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Sevilla - Columnas Blancas

RAFA VELASCO 27/07/2020

El cuento de la Ciudad Imaginaria

Érase una vez una ciudad imaginaria, perdida en un mundo paralelo, que estaba a una distancia sideral del “País de la Realidad”.

Quienes vivían en esta quimérica ciudad, eran criaturas verdes, cual marcianos llegados del espacio, que no tenían noticias del mundo real y se perdían entre estrellas apagadas y firmamentos escondidos.

El Sol daba luz a todos, menos a ellos que curiosamente decían vivir en la ciudad del sol, pero qué en la realidad, se pasaban el mayor tiempo de sus vidas agazapados en la oscuridad.

En la época estival se reproducían en un número estratosférico y salían de sus cuevas proclamando a todos que su luz, esa que nunca brillaba, volvía a iluminar el mundo.

Hacían fiestas con bailes muy aplaudidos, sus risas altisonantes eran escuchadas por todas partes y vociferaban por todos los rincones, pregonando su reinado sobre la ciudad con burlas hacia los demás ciudadanos que los miraban atónitos sin poder comprender aquella situación.

Su desbordante alegría solo se veía truncada por la aparición de un terrible guerrero que capitaneaba a miles de soldados que nunca se rendían.

Este Ejército de soldados llegaba cantando su “arrebatador” himno de guerra, portando plata que cual Kryptonita para Superman, hacía que las criaturas verdes encolerizaran, echaran espuma por la boca y huyeran hasta sus escondrijos más remotos.

En su mundo gris, lleno de bisutería barata, soñaban con ser alguna vez como ese terrible guerrero con su coraza de plata, al que insultaban y despreciaban poseídos por el virus de la envidia más atroz.

Un día que los soldados estaban en año de descanso militar, las criaturas verdes aprovecharon para adentrarse en el mundo real queriendo usurpar la corona del Rey del Sur.

Consiguieron ganar alguna batalla y creyeron hacerse dueños de la ciudad.

Quisieron implantar un cambio de ciclo medieval con sus risas altisonantes, sus bailes verbeneros y sus historias inventadas a unos ciudadanos, que aterrados, rezaban para que terminara aquella pesadilla.

Querían pintar todas las casas de verde, los lagos se convirtieron en ciénagas, los bellos jardines en descampados y plantaron una gran palmera en el centro del poblado como única Diosa a la que profesar su religión.

El Gran Bufón de la Corte, conocido por todos como Quin, era experto en chascarrillos jocosos y adoraba con danzas profanas a la diosa Palmera.

Este Gurú, junto a los dos grandes Pontífices de la causa, que aportaban su gran plus de energía, se hicieron con el control de la ciudad, liderando al Ejército Escondido que era especialista en perder batallas y entrar en estado de amnesia, con el fin de empezar una nueva, sin las vergüenzas del pasado.

Todo era luto verde, tristeza verde ennegrecida, hasta que una mañana, relucientes por el baño de sol que provenía del tercer Anillo, volvieron los soldados que nunca se rinden, con sus espadas blancas, sus cascos rojos y sus escudos de plata.

El pueblo les aplaudía y entraron victoriosos en la ciudad, sin tener ni que desenvainar sus espadas ante la huida cobarde del Ejército Escondido que daba vueltas y vueltas alrededor de las murallas sin llegar a plantarles cara, en una posesión infinita, que les hacía perder el control de la ciudad, pero que al menos, les hacía no perder el acceso a los caminos decadentes que llevaban directamente al Reino de Ninguna Parte.

El gran Mago Merlín, regresó convertido en León y logró con su magia que los lagos rebosaran de aguas cristalinas, los jardines se llenaran de rosas rojas y las casas siguieran encaladas con sus techos de tejas “colorás”.

La palmera se secó en su tristeza infinita, Quin huyó entre bufonadas a un Hormiguero gigante y todos desaparecieron llenando la ciudad de paz y armonía.

Los soldados de espadas blancas y cascos rojos volvieron con sus familias y el terrible guerrero, con su Ejército que nunca se rinde, volvió a reinar sin corona, que no le hacía ninguna falta para ser proclamado Rey del Sur.

Y colorín, colorados……… son los nuestros, este cuento se ha acabado.

P.d. : Esta historia es solo ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

La importancia de llamarse Sevilla

Para algunos es cuestión baladí la denominación de los clubes de fútbol o de las ciudades mismas cuando la historia viene a concederles en muchos casos la ocasión de pasar a la posteridad o de instalarse en el subconsciente colectivo como sinónimo de algo importante, de gesta heroica o de titánica tarea.

Y vivimos en Sevilla, que fue Hispalis como Isbiliya y cuyo significado y simple mención la sitúa ante muchos como ciudad o sitio de importancia. Fue la principal capital europea en los asuntos concernientes al Nuevo Mundo cuando ya había destacado como lugar importante para culturas trascendentes como fueron la romana o la árabe y  musulmana.

Si la urbe inglesa Liverpool, reivindicadora de ardorosas gestas guerreras en el pasado, es la cuna de The Beatles, su sola mención invoca en todo el mundo el saber que es la ciudad que acoge al Liverpool.

Como asocia Madrid su nombre al del Real Madrid, uno de sus principales embajadores tal que lo es el FC Barcelona de la ciudad de la que toma el nombre. Hay importantes ejemplos, que no cuantiosos, porque no son demasiadas las ciudades de renombre mundial que se vinculan en la imaginación colectiva a un club conocido en todos los continentes a través de todos los océanos y mares.

Y Sevilla, la ciudad por la que deportivamente peleamos invocando su nombre al conjuro de sus tierras y cielos que vela la Giralda, se siente bien representada por quien alardea de ella de natural forma, sin estridencia, con gallardía y generosidad.

En estos tiempos mercantiles, los adelantados de Sevilla, quienes idean la ciudad y pretenden que su nombre colonice nuevos mercados de maneras distintas a como lo hacía hace medio milenio, deben corresponder en los tiempos que se tornan a las reclamaciones de uno de sus mejores vecinos y, sin duda, mejor embajador.

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