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Monchi - Columnas Blancas

ALFONSO GENTIL 21/10/2019

Auctoritas

La palabra autoridad procede de la romana auctoritas. Se entendía por ésta en el derecho romano la legitimación socialmente reconocida que procede de un saber, la que tenía la capacidad moral para emitir una opinión, la que debía decidir.

Hace unos años tuve con mi familia un encontronazo con una jauría de perros que creímos salvaje. Subiendo a una montaña en la sierra de Huelva se abalanzó hacia nosotros un tropel de perros que nos llevó a temer seriamente por nuestra integridad física. Un solo gesto de autoridad, alzar la mano, hizo que estos huyeran con el rabo entre las patas. Los perros solo entienden la autoridad aprendida o impuesta. De nada les sirve la razón o el sentido común. No entienden del conocimiento o de la legitimidad. A los animales, o a los grupos humanos que se comportan como tales, se le debe de imponer la autoridad como la entendemos coloquialmente.

En nuestro Sevilla FC desde siempre la legitimidad, el conocimiento, la sabiduría están muy por encima de la imposición, de la zafiedad. Desde nuestra proclamación como club. De ahí nuestra grandeza. De ahí la supremacía que tenemos en nuestro medio y que nos debemos perder. En los recientes premios Princesa de Asturias Siri Hustved proclamó la necesidad de aprender unos de otros como única fórmula de ser mejores, de progreso. No hay nada que mejore el conocimiento en un Hospital como el intercambio de opiniones entre profesionales de distintas especialidades o entre médicos residentes y médicos del staff.

JM Cruz y Monchi representan en el momento actual, a mi entender, la auctoritas en nuestro Sevilla FC. Son los líderes de una entidad que no debe de parar jamás hasta llegar a ser la mejor o al menos como las mejores. Se dicen de los líderes que son aquellos que acompañarías a un sitio al que no irías si no fuera con ellos. Ellos son los líderes. Representan el conocimiento, la sabiduría, la elegancia intelectual de contar con muchos, la sevillanía. Los que deben decidir. Aunque otros estén al mando de la entidad. Como en el senado romano. Ninguna decisión romana dejaba de pasar por él.

RAFA VELASCO 20/09/2019

¿Una vuelta atrás?

Dicen que siempre hay que mirar adelante, que nunca se debe mirar atrás, pero el rico refranero español, también nos dice que Rectificar es de sabios.

¿Y todo esto a qué viene? Pues viene a colación de la vuelta que parece haber dado nuestro Sevilla FC a aquellos comienzos donde se fraguó un Sevilla Campeón. Un Sevilla forjado sobre un concepto olvidado y que parece que vuelve a ser, esta temporada, seña de identidad, me refiero a la COMPETITIVIDAD. Era necesario construir un equipo sólido y solidario, siempre sobre la base de una plantilla de alto nivel técnico para que los aficionados se sintieran orgullosos de sus futbolistas.

El Sevilla de Unai Emery había ganado la tercera Europa League consecutiva, pero gran parte de la afición no estaba contenta porque no se realizaba un fútbol vistoso. En busca de un crecimiento futbolístico que nos pusiera a la misma altura de los llamados «grandes» se dio un golpe de timón, que nos alejaba de la fórmula que tantos éxitos nos había dado. Era un proyecto arriesgado, y más arriesgado nos pareció aquella loca noche de agosto en la que Sampaoli debutaba como entrenador en el Sánchez Pizjuán, con aquel inolvidable 6-4 frente al Español, en el que los sevillistas nos mirábamos atónitos sin comprender muy bien qué era lo que estaba pasando. Con el «amateurismo» de Sampaoli se consiguió un meritorio cuarto puesto que nos dio la posibilidad de jugar la previa de Champions, pero nadie olvidará que el equipo se cayó con estrépito en la segunda vuelta. Después del argentino llegaron Berizzo, Montella y Machin, con sus luces y sombras, pero con el denominador común de dejar la fuerza y el físico en un segundo lugar.

Casualidad o no, regresó Monchi de su periplo romano y el «León San Fernando» llegó con las ideas muy claras, recomponiendo el puzzle que se había desordenado en los últimos años. Ramón Rodríguez Verdejo, constructor de esa fórmula exitosa, nos ha redirigido a ese camino que nos llevó directamente y sin atajos, a ser campeones. Su primer diagnóstico fue certero, faltaban  jugadores de verdad, competitivos y partiendo de esa base, pintó el ya «famoso cuadro» en el que se le dio prioridad al físico. Un cuadro que, por cierto, según se desprende de sus propias palabras,  parece estar inacabado.

¿Apostar de nuevo por la vieja fórmula te garantiza el éxito? No, está claro que no, pero sí nos acerca a ese Sevilla que nunca se rinde, a ese Sevilla de la Casta y el Coraje, a ese Sevilla que no tiene miedo a ganar, en definitiva a ese Sevilla que se funde con su afición en un mágico abrazo rojiblanco.

Porque nadie duda que unidos, equipo y afición, somos mucho más GRANDES.

Monchi
ENRIQUE VIDAL 19/09/2019

Otra obra blasfema de Monchi

Desde el púlpito de la moralidad, el republicano de Sullivan (Indiana), William H. Hays, perpetuaría su apellido como padre de la censura en el cine estadounidense bajo un código (“A Code to govern the making of motion pictures”) que, desde 1934 hasta 1967, metió el dedo del puritanismo en la llaga de los crímenes, el alcohol, la religión o la sexualidad, entre otros asuntos tabú para el muy hipócrita bestiario de miedos yanquis. En su período más crudo, el Código Hays sirvió de pretexto para purgar a cineastas incómodos, trasgresores, outsiders, acusados de antiamericanismo, con procesos y penas no sólo estrictamente legales, sino también sociales, como la exclusión, el ostracismo y el olvido. La denominada “caza de brujas”, con su carrusel de delaciones infames, cercenó la carrera profesional de no pocos talentos e hizo añicos su prestigio, su honor y el de sus familias, llevando a algunos de ellos a la indigencia o el suicidio, tras haber sido señalados, como el Billy Bones de Stevenson, con la temida mota negra de un supuesto comunismo.

Sin ir tan lejos, la Junta Superior de Censura Cinematográfica de la dictadura en España impuso también sus propias condiciones y criterios –Spain is different– para la producción y exhibición de obras cinematográficas, mostrando singular fruición en la amputación de fotogramas y la alteración de los diálogos mediante un uso creativo del doblaje en el caso de las filmaciones extranjeras, con algún que otro sonado despropósito. Tanto el Código Hays como la censura franquista, bajo el velo de un pretendido bien social general, perseguían educar, manipular y, en definitiva, influir sobre el pensamiento y la conciencia de las masas a las que supuestamente “protegían” de las inconveniencias y salidas de madre de cualquier desaprensivo artista que quisiera filtrar mensajes subversivos o simplemente inapropiados entre el inocente público de la posguerra que acudía a las sesiones dobles de su cine de barrio.

Estos ejemplos, por más que puedan parecernos estadios superados por la evolución de los tiempos, siguen coexistiendo con nosotros, en muchos ámbitos y múltiples formas. Si me apuran, la censura, como la discriminación arbitraria o los atentados contra la sana competencia, en el mundo que aquí nos importa, que es el del fútbol, viven su mejor momento, perfeccionados en sutilidad, disfraz o cinismo, como un virus que resiste y se adapta a los nuevos desafíos que le presenta el día a día. Es curioso, o no tanto, que la censura del chivatazo a la carta de la LFP actúe siempre contra los mismos y nunca contra esos otros mismos. Es llamativo, también, que el VAR, una herramienta conceptualmente impecable, esté sujeta al todo ok José Luis de turno en manos de una autoridad arbitral con inclinación estadística a dejarse llevar por la corriente. Es indignante, para finalizar, que el reparto de los derechos de TV genere diferencias descomunales entre los participantes en una misma competición y que el criterio principal para ello resida en un dato –la audiencia camuflada bajo el eufemismo de la implantación social- pervertido por el propio sistema, que se dedica a retroalimentar a los mismos de siempre, ignorando las apariciones del resto, salvo que sirvan para erosionarlos.

Pero no perdamos la esperanza. Al igual que los censores del cine americano y del español inspiraron con sus castrantes grilletes maravillosas obras maestras del Séptimo Arte, fruto de la adversidad y de la propia necesidad de buscar por caminos indirectos -más inteligentes, más ricos, más imaginativos- llegar a la meta deseada, las dificultades que los más poderosos siguen poniendo a quienes osan menearlos de su pedestal han propiciado en el balompié patrio singularísimos casos de ingenio y reinvención, entre los cuales, sin ninguna duda, destaca poderosísimamente el Sevilla Fútbol Club de nuestro acreditado Ramón Rodríguez Verdejo. Ha regresado Monchi entre nosotros, desde su exilio romano, como lo hiciera Buñuel a España a principios de los sesenta para rodar Viridiana, burlando dificultades, cortapisas administrativas y herencias envenenadas, con la ilusión y la osadía de ofrecernos otra pieza cumbre de las suyas, otro equipo de leyenda, en este nuevo ciclo recién iniciado. No es fácil repetir empresa, como tampoco le resultó sencillo a don Luis regatear a los inquisidores con aquel film tan memorable, pero si el genio aragonés consiguió alzar la Palma de Oro en Cannes y rasgar vestiduras en el Vaticano y el Pardo, por qué no volverá el de San Fernando, con su flamante troupe, a levantar plata y provocar otra vez pesadillas con un seísmo (de seis güefas, por ejemplo) yonkigitano. Ojalá este nuevo Sevilla de Monchi se convierta, como Viridiana, en otra obra blasfema que profane el mausoleo de nuestro fútbol; otra envidiada masterpiece que desate el escándalo allá por donde se exhiba.

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