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Estadio - Columnas Blancas

EDU SANIÑA 24/11/2020

Volver a casa

Seguro que si a muchos de nosotros, los que soñamos y vivimos en blanco y rojo, nos preguntan qué añoramos más de la vieja normalidad, no tendríamos duda alguna. Parafraseando alguna canción de Biris Norte contestaríamos con rotundidad eso de ‘quiero verte en el Sánchez-Pizjuán, todos los domingos’ que tantas y tantas veces ha retumbado en el Gol Norte de nuestra casa.

Y sí, cuando hablo del Ramón Sánchez-Pizjuán, hablo de casa. En mis 24 años de vida podría decir que he vivido allí muchos de los momentos que con más cariño guardo en la memoria: aquel gol de Podestá al Tenerife, el gol de Baptista, la remontada al Panathinaikos en UEFA, el gol de Puerta, las semifinales ganadas… Y no es casa solo por eso, claro que no. Es casa porque es un sitio que me lleva a la felicidad más absoluta. Los abrazos con los vecinos de grada, esos extraños que se convierten en familia de domingo a domingo y un largo etcétera de motivos que podríamos añadir.

El sábado, por motivos laborales, me tocó volver a casa. Las horas antes estaba en una nube, pero conforme cogía la calle Juan de Zoyas y empezaba a hacer ese camino que tantas y tantas veces he hecho, todo era distinto. Uno, que a supersticioso le ganan pocos, hizo el mismo camino de siempre, pero nada era igual. Faltaba todo lo que rodea a lo que nos gusta. El fútbol sin nosotros los que lo amamos es un poco menos fútbol.

Tocaba entrar al campo y nada era igual. Tanto que la prensa, con esto de la pandemia, entra al estadio por la puerta número ‘7’, en gol sur. Para entrar, además de la mascarilla y de la toma de temperatura protocolaria, tocaba desinfectar todo el equipo. Tras eso, ahora sí, un seguridad muy amable nos hizo un tour por el estadio para llevarnos a la zona de prensa. Nada era igual.

Primero por el silencio. ¿Os imagináis un estadio de más de 40.000 personas con no más de 150? Pues es para echarse a llorar, ya os lo adelanto. Si supieseis la de cosas que pasaron por mi cabeza en esos 40 interminables minutos de previas os podríais poner en mi lugar. Pero bueno, equipos a vestuarios y vuelta al fútbol. Y cuando pensaba que sí, otra vez fue no. El cénit de mi decepción llegó en ese primer gol de Koundé. Imaginad que el Sevilla FC hace gol en el Ramón Sánchez-Pizjuán y nada retumba. La sensación fue escalofriante.

Tras terminar, vuelta a casa. Con victoria en la saca y una experiencia que a buen seguro podré contar en un futuro. Pero con la sensación agridulce de que nuestra casa, sin los sevillistas, es menos casa. Esperemos que pronto vuelva a llenarse de sevillistas. No os podéis ni imaginar lo raro que se hace verla tan vacía y en silencio. Un día menos para que el fútbol vuelva a recuperar su esencia.

CARLOS MARTÍN 15/10/2020

Sé de un lugar

(Suena Triana con el recuerdo vivo de Jesús de la Rosa y el eco de un gol en el Sánchez Pizjuán aún fresco en la memoria).

Eduardo Galeano, escritor uruguayo fallecido el día antes del 2 a 1 de la ida de cuartos de final contra el Zenit, es decir cuando solo tres Europa League decoraban las vitrinas en abril de 2015, llamó a las cosas por su nombre en ‘El Fútbol a sol y sombra’ para expresar mediante sus relatos lo que muchos comenzaríamos a sentir desde hace algunos meses. “Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al fin del partido”.

En estos tiempos de parones prematuros a causa de las selecciones, y en los que añorar el fútbol de verdad, el de los clubes, parece que está en una posición preferente en el listado de pecados capitales, es inevitable acordarse con cierta morriña de las rutinas y emociones que han ido dando sentido a esta pasión. Cuadrar los compromisos y el festejo familiar según los partidos de local, un horario que te parte el día o un árbitro que no agrada a nadie. La eterna cola a la puerta del estadio mientras suena el himno con otra previa muy corta en una semana muy larga. Una avalancha tras un gol en el descuento. Tres puntos de oro que volverán a quitarte el sueño por la adrenalina postpartido y hasta una almohadilla bajo el brazo que escucha nuevamente camino de casa que no se juega a lo que se jugaba antes. Quién nos iba a decir el pasado 1 de marzo tras vencer a Osasuna en el último partido en casa que la nueva normalidad nos dejaría sin detalles así.

Aficionados herederos de una rutina llena de nostalgia con un fútbol huérfano de bufandas de un gran valor sentimental que volaban al viento para ser perdidas en las gradas. Robaron algo que daba sentido a una vida en blanquirrojo y que era recetado como mínimo una vez cada quince días. Una vacuna que durante 90 minutos era capaz de sanar todas las taras. Porque este amor, que fue creciendo hasta convertirse en locura camino del estadio y no frente la pantalla, también sabía de exilios en lugares como Carranza, Chapín, Nuevo Arcángel o Almendralejo. ¿Y quién ha levantado la voz para hablar de esta pérdida? ¿Qué estamento, parte implicada u colectivo se ha puesto en la piel del aficionado para comprender este escenario o acortar los plazos? Efectivamente, las mismas que en anteriores en ocasiones levantaron la voz por el cambio de sede de la supercopa. Cuidar al aficionado no es un discurso que venda ni genera un valor añadido porque se sitúa al lado del eslabón más débil de la cadena. Incluso en ciertos campos se vive mejor sin que se apunte al palco, se escuche el runrún en la grada si no llegan los cambios o se falla a puerta vacía.

En este nuevo tiempo en el que se habla de pérdidas económicas o de derechos de televisión se cuelga el ‘no hay billetes’ mientras los aficionados son sustituidos por un decorado virtual que tapa los asientos vacíos. El pregonado ‘Respect’ con su ‘animar no es insultar’ es una realidad exitosa al sonar una banda sonora artificial con cánticos en los que no es necesario el temido ‘apuntador’. Un escenario ideal en el que ya no hace falta cuidar los productos de las barras, negociar los precios como visitantes o comparar el cupo de entradas que se asignan a los socios y a los patrocinadores. La situación sanitaria manda mientras la sección de deportes muestra por televisión como un nuevo estadio en Alemania, Holanda, Bélgica o Francia abre sus puertas a un representativo porcentaje en las gradas.

Aunque en este nuevo escenario en el que nos encontramos toca detenerse en los segundos de diferencia que rompen cada semana con la magia. Esos que separan el canto de un gol entre los que ven el partido en la barra del bar por TV, desde la App móvil, en la plataforma de pago o lo escuchan por la radio. 90 segundos de diferencia que hacen que cada tanto deje de ser un grito unánime y se convierta en un eco cada vez más apagado. Un festejo escalonado que quita la emoción en casa a cada ataque sabiendo que algún otro lugar, si fue gol, ya se cantó.

Una situación que sirve para actualizar el poema de Martín Niemöller. “Cuando finalmente vinieron a buscarme a mi no había nadie más que pudiera protestar.” Se llevaron tantas cosas que incluso se perdió la emoción del gol.

Ojalá aún no sea demasiado tarde para pelear por el aficionado. Ojalá pronto se pueda cantar ese gol. Ojalá se regrese al lugar en el que todo cobra sentido. Hagan posible la vuelta al Sánchez-Pizjuán.

JOSÉ MANUEL ARIZA 02/03/2020

Los aires del sur

Saludos.

Los que hemos nacido por ésta parte de la Iberia sabemos, desde tiempos inmemoriales y porque un sinfín de pueblos invasores así lo testifican, que aquí el aire es más puro y trasparente, más límpido y donde las ondas sonoras y visuales se propagan con mucha mejor calidad. Una vez conquistados y expoliados convenientemente, nunca quisieron retornar a sus tierras patrias y muy al contrario (alguno lloró cuando hubo de irse) optaron por mestizar con los nativos de la Vandalucía y conservar sus privilegios compartiendo sangre. Luego, nosotros trasladamos ésa costumbre a América con los resultados conocidos.

Hoy el proceso sigue en curso, de maneras menos violentas aparentemente aunque, las más de las veces, igualmente cruentas porque las espadas se han cambiado por euros y dólares que matan igual pero de forma más disimulada, más lentamente. Con solo un mínimo de atención se pueden ver ésas guerras. También las otras, las de las bombas que son equivalentes pero con más vísceras visibles.

De esa mezcla maravillosa, de ése crisol de culturas que exprimimos y nos reservamos las mejores esencias, resultaron nuestras conocidas características físicas, sociales y psicológicas: nuestra herencia que tomamos de lo mejor de cada pueblo, lo maceramos y nos hicimos nuestro propio caldo único y distinto de todos los demás.

Los que hemos tenido la suerte de poder viajar mucho por buena parte del mundo, somos testigos privilegiados de eso que afirmo sobre las virtudes de nuestro aire que, sin negar los de los otros y sin atisbo de egocentrismo, nos permite tener bastantes elementos de comparación.

Pongamos algún ejemplo práctico, sin tener que irnos a la Cochinchina, con una actividad que se realiza al aire libre, prisioneros de emociones intensas y a la que acuden regularmente decenas de miles de personas en calidad de espectadores, tal que el fútbol:

Un observador procedente de alguna ciudad no sureña, pongamos por caso Madrid (ha sido casualidad que haya recordado ésa ciudad que habrá otras muchas) toma un tren que viaja a grandísima velocidad y en algo más de dos horas arriba a Sevilla, allá por Santa Justa y a tiro de piedra (¡) de la Casa Mas Grande. Apenas pisa suelo hispalense, ya comienza a notar una sensible mejoría de los sentidos. Es lógico porque en viniendo del ombligo, donde sabemos que usan boina pestosa y maloliente (a pesar de los esfuerzos abortados de alguna alcaldesa y que el alcaldeso posterior se empeña en conservar contra toda lógica y contra Greta) sentirse rescatado de tamaña losa debe suponer una liberación sensorial rayana en lo sensual. Más tarde tapeo y bebeo para subliminar la estancia a gastos bien pagados (yo pongo mi parte alícuota, contra mi voluntad, como todos los paganos).

Éste tren rápido, y el que circula bajo tierra, dejan muy cerca de uno de los Estadios (que para llegar al otro hay que usar medios alternativos, fruto de la “birigestión” histórica consabida). Ése segundo tendrá que esperar, como siempre, tiempos mejores que para eso manda quien manda (modo irónico on que luego pasa lo que pasa y ya nos conocemos).

Antes de partir, a los fisgones de turno se les alecciona convenientemente para hacer un uso selectivo de sus facultades; se les señala exactamente lo que deben ver, escuchar y hacia dónde dirigir la mirada y los pabellones al levantar el acta no notarial que aun siendo alegal, se cumple con una rigurosidad que para sí quiera la otra Justicia. Obvio también porque como decía antes y dependiendo del estadio en allende, la contaminación aletarga sus capacidades hasta rozar la ceguera y la sordera permanentes. Aquí, en ambos casos, siempre experimentan una recuperación notable de las percepciones. El aire más puro, supongo.

Prosigamos: un jugador canterano del Sevilla FC y que lleva un par de siglos en otro club es, por méritos propios y amplia y debidamente contrastados a nivel mundial, objeto preferente de “lindezas” sin fin que son de todo menos eso, lindezas. Cuando digo “lindezas” quiero decir insultos gruesos y muy gruesos, explícitos y contundentes porque, sin justificarlos nunca, habrá que admitir que puso mucho de su parte para ser desbendecido en su propia casa. Ya saben aquello de que nadie es poeta en su tierra y éste de poesía (y otros géneros literarios) en los pagos de Cernuda, Aleixandre o Machado, aparece como un borrón musculado, un fallo antropológico de escaso o nulo recorrido y eso lo hace más comprensible porque por aquí tenemos muchas letras.

Pues ésos mirones son capaces de identificar exactamente a 1500 espectadores, denunciarlos y elevada la papela al departamento correspondiente, sancionarlos a todos en masa. 1500 que podrían ser 2000, 5000, 1100 o 33, pero se dispara al bulto que siempre se acierta. Es una burrada ponderada que se solventa con el manido “colaboradores necesarios por cercanía”, saco con capacidad ilimitada y recurrente para cobijar los “aproximadamente” de rigor que es, con diferencia, lo menos riguroso conocido.

También hay calidades en los “delitos”: al tipo ése de antes, una tosecilla un pelín alta se anota (juega con quien juega) porque a los míos, a los del régimen, no les tose nadie; decirle nazi a un nazi se anota porque los gritantes desprenden un tufo izquierdoso intolerable para el jefe nazi; llamar negro a un negro parece menos delito porque los negros, en general y aunque caen mal al jefe (otros de igual pigmentación y mucho menos posibles, ni se les considera) son tolerados en tanto que produzcan ingresos cuantiosos; a los ínclitos trencillas, conspicuos ellos por méritos prestados, nadie ose señalarles sus condiciones de profesionales de bajo nivel, incompetentes y casi siempre tendenciosos (desarrollan una sorprendente capacidad para detectar infracciones en una sola dirección: la del viento del norte) porque se anota y se eleva a la instancia correspondiente…

[Si llevas tu bandera o bufanda, ésa que alguien en su perverso desquicie particular (cómplices locales añadidos) y dirigido en función de quién seas o representes, te la roban porque figuran en la lista de los símbolos terroristas más buscados, a manos de un señor con pistola y uniforme, sucedáneo de madero, capaz de entrever, juzgar y ejecutar un “posible delito” en tu libertad de expresión y manifestación. No es un aguilucho, obviamente]

…si se canturrean a coro los “méritos” de otro Equipo local o foráneo, salta la alarma del “respect” en la tierra de la guasa, en donde nos reímos de nuestra sombra y la de los demás, en la que los mejores chistes se cuentan de la quinta fila para atrás en los entierros y donde buscarles las costuras a todo lo importante de la vida, es un gratificante ejercicio intelectual difícilmente igualable en otras latitudes (de ahí que la escasez imaginativa de gran parte de la meseta sea incapaz de entenderlo) se anota. Todo se anota o no: hay lugares, bajo la boina preferentemente, en que se asesina y no pasa nada, no se anota.

Todo lo que hemos venido haciendo un siglo largo y hemos sobrevivido, ahora se anota porque a los mafiosos nazis les gustan las gradas uniformadas, encuadradas, enmarcadas y aleccionadas, matando directamente una de las esencias mismas de éste maravilloso deporte: la increíble disparidad de opiniones sobre un mismo asunto. De uniformes va la cosa porque la diversidad y la pluralidad asustan a los homogéneos de pensamiento único y no hay nada más peligroso que un homogéneo con poder.

Y son los aires del sur, del sur no conquistado por castellanos y aragoneses tardíos, los que por sus propias características nos convierten en decantadores privilegiados de un espectáculo grandioso que ya quisiera el mejunje de Fierabrás para sanar las almas.

Aires. Nuestro aire.

Cuidaros.

Ciudad Deportiv

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