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El escudo del Sevilla FC no se besa, se muerde

Si cuando éramos pequeñitos, recién nacidos casi, nos costaban mucho las cosas, o al menos mucho más que a los consolidados clubes del norte, cuando nos contemplan más de 130 años no ha cambiado la situación.

Curtidos en la adversidad, rotos los pechos por sacarlos cuando ha hecho falta menester, enarbolando siempre la bandera del sur, despreciado, con orgullo infinito, siempre defendiendo al escudo donde hiciere falta, fueren terrenos, gradas, tribunales o donde el ofensor quisiera aplicar triquiñuelas al grande de Andalucía.

Porque eso enseñaron las madres sevillistas transmisoras del gen más potente y ganador que se ha desparramado sobre nuestros campos, sierras, ríos y mares desde hace siglos: es territorio del Sevilla FC y lo encarna el Ramón Sánchez-Pizjuán.

Allá donde el escudo no se besa, se muerde; allá donde los demás han de apretarse los dientes; allá donde tu padre te susurró sobre la casta y el coraje cuando el estadio, el gigante, atronaba con su al Madrid y a sus millones nos los pasamos por donde huelga decir la palabra que tributa a la fiereza con la que defendemos lo nuestro.

Allá donde tantas acciones y jugadas de tantos hombres que lucieron nuestra enseña cosida sobre la camiseta generaron una forma de ser que encontró acomodo en el “dicen que nunca se rinde” ante el que recelan los rivales, unos tras de otros.

Porque, podremos perder, de formas rocambolescas o merecidas ante la superioridad de un contrario o porque el sino lo quiso así, pero sin que nadie se lleve nuestra bandera sino tan solo su gloria efímera sabedor de que más pronto que tarde nos tendrá enfrente de nuevo, en pie y con la mirada torva.

O agachados, haciendo piña, formados para que las espaldas estén bien guardadas y para que no exista absolutamente ningún resquicio para que un caprichoso balón entre donde no debe en ningún minuto 100.

Porque ¿quién hay en el mundo que pueda hablarnos de un minuto 100 cuando ahí, en la imagen congelada, se ha detenido el tiempo y se aprecian la formación defensiva, el corazón, el ansia, el valor…?

 

PEDRO GONZÁLEZ 10/11/2019

Me late tu escudo

“Más que mi corazón, me late tu escudo”. Esta corta frase, entresacada del discurso-pregón de García Barbeito en los fastos del centenario de nuestro Sevilla F.C., se ha constituido como la síntesis del sentimiento sevillista y es, con todos los honores, santo y seña de todos los que amamos con locura al Sevilla F.C.

Es una frase hermosa y contundente, que condensa el verdadero espíritu del sentimiento sevillista.

Porque si hay algo que los sevillistas ponemos en nuestro Club, es nuestro corazón. Ese que derrama sangre roja allá por donde vamos, dando ejemplo de sevillanía y señorío. Ese que no entiende de malos momentos, ese que no entiende otra cosa que defender a su equipo, cuyo escudo cobra vida y late al son de todos sus corazones y que lucha contra viento y marea, contra las malas hades, contra el mal fario y contra todo aquello que quiera envilecer y desacreditar nuestro origen y nuestra trayectoria.

Nuestro corazón no se lleva bien con nuestro raciocinio y entendimiento. En esa lucha abierta, muchas veces, cuestionamos todo lo cuestionable.

En el mundo del fútbol, hoy, la paciencia no existe. Y en nuestro Club ni te digo. El índice de exigencia ha subido hasta llegar a ser un muro infranqueable.

Y los nuevos sevillistas, la generación de los “millennials”, aquellos que tienen entre 16 y 36 años, que han conocido la etapa más brillante de nuestro Club, no tiene elementos comparativos en su trayectoria para bajar ese listón de exigencia.

Y ese nivel de exigencia ha logrado incrustarse en todo el cuerpo de los aficionados de una manera, parece, que definitiva.

Es esa exigencia la que perturba la conexión, el entendimiento entre nuestro corazón y nuestro cerebro.

Pero hay sevillistas a los que nada parece perturbarles el ánimo. Ni nada que rompa esa conexión. Lo tienen claro y diáfano.

Cualquiera de nosotros siempre piensa que somos muy sevillistas, Que a sevillista no nos gana nadie. Al menos eso creía yo, que siempre he tenido muy fácil ser consecuente con mi delirio. He tenido la suerte de vivir cerca del Sanchez-Pizjuán, prácticamente, toda mi vida. Salgo de casa para ver los partidos una media hora antes de que comiencen. Y luego tardo diez minutos en llegar a casa, una vez finalizados.

Por eso mi admiración para aquellos que hacen un montón de kilómetros para presenciar cualquier partido de nuestro equipo. Cómo no admirar a la gente que viene de Mérida, de Gilena, de Herrera, de Estepa, de Morón, de todas partes de la geografía española. Cómo no admirar a aquellos que no tienen la fortuna de poder vivir los partidos in situ, pero que buscan todas las maneras para poder presenciarlos. Por muy lejos que estén.

Cómo no sentir admiración por aquellos sevillistas que forman parte de las Directivas de la ingente cantidad de Peñas incrustadas ya por todo el territorio nacional y, cada día más, poblando el internacional. Una lucha diaria por el engrandecimiento del Club.

Cómo no sentir admiración por aquellos jóvenes sevillistas integrados en los Biris, que, por animar a su equipo, se ponen frente a ellos, se olvidan del partido dando la espalda al campo y entonan una y otra canción de aliento, sin desmayo, en pro del club de sus amores.

Tantas y tantas manifestaciones de amor por el Sevilla. Tantas y tantas historias personales de vivencias en sevillista. Tantos y tantos ejemplos de sevillismo puro y duro.

Pero no quiero acabar este artículo sin dar a conocer un ejemplo de cuán grande es sentirse sevillista. Uno de cualquiera de ellos que te eriza la piel por el sentido en sevillista que tiene. Un ejemplo de locura y delirio de amor por nuestros colores.

Tengo un amigo que tiene hijos norteamericanos que residen en EE.UU.

Uno ellos, que es astrofísico y trabaja en la NASA, ha conseguido reunir a otros dos locos con la sangre mas roja que la de Caparrós, para reunirse en un punto intermedio para los tres desde sus lugares de residencia, para presenciar los partidos del Sevilla F.C. y hacen cada uno de ellos un montón de kilómetros para no perderse a su Sevilla F.C.

La verdad, me emociona saber que lo que yo siento, también tiene enamorados, en todas las partes del mundo, a sevillistas capaces de hacer cosas que yo no estoy seguro si las haría.

Es verdad, a mí me late el escudo. Pero me late todavía más comprobando que nuestra pasión es compartida por sevillistas que convierten cada jornada su corazón sevillista y su escudo en una misma cosa. Y engrandecen a nuestra sociedad y defienden, como buenamente pueden, ese escudo que en ellos sí que late de verdad. Ellos sí que hacen honor a esa magnífica frase de García Barbeito.

Vaya para ellos mi más sincera enhorabuena y mi reconocimiento más profundo, por ser ellos los verdaderos dueños del: “MÁS QUE MI CORAZÓN, ME LATE TU ESCUDO”.

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