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Banega - Columnas Blancas

MIGUEL CANALES 26/11/2019

Mi mediocampista favorito

Recuerdo hace muchos años una conversación virtual con Abel Rojas, en aquel momento redactor de la magnifica web Ecos del balón y actualmente integrante de la dirección deportiva de la Real Sociedad, en torno a Banega. En aquel momento, Éver no había tenido en España un periodo de continuidad en su rendimiento, jugaba en Valencia y lo entrenaba Valverde. Le comenté que el argentino era mi mediocentro favorito de la liga en ese momento -momento en el que estaba teniendo un desarrollo espectacular y jugando una serie de partidos de altísimo nivel-  y que me tenía encandilado. A eso, Abel, siempre certero en sus análisis, me respondía que Éver era de todo menos un mediocentro convencional. Otra vez más, Rojas lo clavaba en sus apreciaciones.

Banega ya estaba mostrando que era un centrocampista de alma libre, de enorme recorrido lateral y vertical, y con un descaro para buscar el desborde, regateando en zonas comprometidas y sin una velocidad punta importante, inusual en un jugador de su teórica ubicación en el terreno de juego. El Rosarino parecía haber encontrado en Valverde un entrenador que lo entendía y le daba una libertad para que sacara su repertorio con absoluta confianza. Veíamos un mediocampista total, capaz de generar superioridades en banda con sus extremos, venir a sacar la pelota jugada desde atrás apoyando al mediocentro y filtrar pases en profundidad a los puntas para ponerlos de gol.

Aquel momento no tuvo gran continuidad en el tiempo, pese a que Banega se destapó como uno de los mejores mediocampistas de nuestra liga -al menos potencialmente y durante algunas jornadas-. Luego se cruzó en su vida, Unai Emery. Posiblemente el entrenador que mejor ha sabido manejar a Banega y que más rendimiento continuado ha sacado de él. No fue fácil y en esa “batalla” Unai llevó a Éver a hacer de todo en diferentes momentos, según las necesidades del equipo o de la situación futbolística del argentino.

En Sevilla, el rosarino ha tenido múltiples entrenadores, y cada uno de ellos ha buscado cosas diferentes del 10 sevillista, haciendo totalmente reales las palabras que me comentaba Abel Rojas muchos años atrás. Hemos visto un Banega reconducido a sus orígenes en Boca como típico 5 argentino por delante de la defensa, cargando con la responsabilidad de inicial el juego y  de sostener por dentro en el aspecto defensivo, de la mano de Pablo Machín.

Caparrós, como entrenador más pragmático, llevó a Banega a jugar de falso interior sacándole de la zona caliente defensiva delante del área propia. Joaquín, en su último periplo como entrenador sevillista, generó un dispositivo táctico en el que Amadou permutaba su posición con él. Éver jugaba de extremo derecho en el repliegue y no participaba en los primeros pases de salida del juego, para activarse cuando el balón llegaba a mediocampo desde esa banda. Ibrahim rompía en profundidad a banda y liberaba a Banega para que este comenzara a organizar el juego más abierto de lo habitual y más arriba.

Aunque quizás, como comentaba anteriormente, Unai Emery ha sido el entrenador que más ha mutado a Banega, que más lo ha exprimido en diferentes funciones y con el que hemos visto al mediocampista menos encasillable en una definición para los más puristas. Con el vasco, Éver ha hecho de todo, desde jugar de falso delantero en sus primeros partidos en UEFA en el primer año de Unai tirando desmarques, a jugar de mediocentro único por delante de la defensa, de interior, de doble pivote, de mediapunta. Y todo ello con distintos recorridos en el campo y roles diferentes. Han sido muchos los años en los que han coincidido y en los que Emery ha tenido que manejar la indomable rebeldía del argentino en el campo queriendo erigirse como el líder natural del equipo y con presencia continua en el juego.

Sin embargo, el binomio Emery-Banega será posiblemente mucho más recordado a través de la figura de Iborra. El de Hondarriba creó un sistema de permutas entre ambos excepcional y que definió al Sevilla que ganó su segunda UEFA con él. En defensa, el argentino ocupaba posición de descanso, jugando paralelo al delantero y quedaba liberado del repliegue y el juego defensivo. En ataque, Iborra y él intercambiaban posiciones para que fuera Vicente el jugador que peleara las disputas aéreas y llegara de segunda línea a posiciones de remate. Mientras, Éver se posicionaba como mediocentro para construir el juego desde atrás. Ese movimiento fue singular y la clave más distintiva de aquel Sevilla campeón.

Llegaba la temporada 19/20 y con ella un matrimonio nuevo para Banega, como pareja desde el banquillo se presentaba Julen Lopetegui. Un matrimonio que había generado mucha controversia en el sevillismo durante el verano pero que ha acallado todas las críticas con el padrinazgo inesperado de Fernando Reges y los testigos Jules Koundé y Diego Carlos. El trío central que protege a Vaclik está siendo uno de los tridentes más significativos del campeonato y muy definidor de lo que es el Sevilla de JLO. Desde esa red de seguridad, el técnico sevillista está construyendo un equipo que se asienta ofensivamente desde un Banega que campa con libertad y a sus anchas a un nivel medio sostenido bastante alto.

Posiblemente en Pucela vimos la actuación más brillante de Éver en esta temporada. Hizo un gol de penalti, dio otro cantado a Nolito, y dirigió la batuta del equipo en un partido de esos que se juegan en el fango, duro, intenso, comprometido y difícil. En él, Banega sacó a relucir todo su repertorio con 5 regates en un campo de minas, con su habitual 88% de pases y siendo ese mix que Emery o Valverde sacaron de él. Jugando liberado en el repliegue en paralelo con De Jong en muchos momentos, yendo a recibir de Fernando para sacar la pelota cuando el brasileño se incrustaba entre centrales para sacar el balón, apareciendo en ¾ de campo abierto para liberarse de las marcas y bien buscar un pase interior a los puntas o dar continuidad al juego por bandas. Banega pisó todas las zonas del ancho y el largo del campo y recordó a su mejor versión con Unai Emery o Valverde. Esa en la que está en todos sitios, haciendo todo lo que pide el juego en ese momento y con un nivel de acierto mayúsculo.

Lopetegui ha conseguido devolvernos a ese Banega que muchos no esperaban -esperábamos, para incluirme yo también-. Machín nos trajo el año pasado un Banega más lejano, Julen nos ha dado un Banega más cercano. Le queda a Lopetegui conseguir que Éver mantenga este rendimiento. Si lo consigue, los objetivos serán más cercanos, porque Éver Banega es de esos jugadores estructurales que, en su pico de rendimiento, sube el nivel de los equipos varios escalones. Por ahora lo está consiguiendo y es una de las claves de la tercera posición del Sevilla en el campeonato. Banega vuelve a ser feliz,y con él el sevillismo.

Éver Banega, el genio que apadrinó Reyes

En este mundo de infinitas esquinas, la sensibilidad es un bien que se prodiga poco y el arte un privilegio que escasea. Se dice que los tipos sensibles y con arte se delatan por su peculiar personalidad. No son gente común. Es más, incluso con demasiada frecuencia atraen enemigos como la miel a los osos o a las moscas. Yo he tenido la suerte de conocer a tipos así. Éver Banega es uno de ellos. El otro ya no está: José Antonio Reyes.

Éver Banega aterrizó en España con apenas veinte años. El Valencia pagó a Boca Juniors la friolera de 18 millones de euros por un veinteañero que en esos momentos solo escuchaba campanas de elogio a su paso. Lo reunía todo: talento, descaro, ambición y juventud. Los voceros del club de Mestalla pregonaron tal adquisición a los cuatro vientos; algunos llegaron a calificar al chaval rosarino como una mezcla de Riquelme (Juan Román) y Messi. Muy pocos pararon la pelota y la bajaron al pie; se trataba de un pibe de veinte años, deslumbrado por la plata que, como agua de grifo, entraba y salía en la Liga de las Estrellas, y que hacía lo que más le gustaba que era jugar al fútbol.

A los pocos días de vivir en Valencia, Banega se compró un Ferrari, relojes de cincuenta mil euros, trajes de Boss y Armani, realizó viajes de ensueños, luego las chicas, los amigos… Para un chico de barrio humilde en Rosario, tímido como un sol que sale en Dinamarca, hacer la digestión a tanto lujo se hizo complicado. El monstruo casi merendó al pobre Éver, que llegó a olvidar que su corazón y sus piernas chorreaban talento. Una grave lesión, un estúpido accidente con otra grave lesión añadida, años de tirar de la cadena y no encontrar nada, ni tan siquiera encontrarse a sí mismo.

Desmembrado y roto como un juguete abandonado en un trastero, el Sevilla Fútbol Club, entidad milagrera y especialista en recuperar futbolistas perdidos, tiró del argentino. Unai Emery, que es entrenador las veinticuatro horas del día, se acordó de Éver. Y le dijo a Monchi, otro loco irreversible: “Ramón, me hace falta un Banega”. Y Banega, apaleado en Valencia, aterrizó en el Sevilla un bendito día de hace unos años.

En Nervión, Ciudad Deportiva arriba, Éver tropezó con Reyes. Se miraron. Sonrieron. Lo primero que hizo José Antonio fue enviarle la pelota y Éver Banega le dedicó su primera sonrisa. Ambos pelotearon sin abrir la boca, porque el lenguaje de los genios del fútbol apenas consta de palabras, solo de gestos, pinceladas, guiños, suavidad de seda, caricias, gol y fútbol. Talento de calidad suprema. Pases imposibles y títulos. ¡Cómo le gusta a Éver ese grito de gol norte con su nombre y apellido!

Aquí Banega fue el Banega que soñó de pibito en Rosario. En Nervión ganó títulos y su fútbol se elevó al cuadrado. Aquí, en esta Bombonera que huele y pregona magia, Éver fue feliz. Se fue un día al Inter (que le pagaba cuatro veces más), pero ya en Navidad pidió billete de vuelta al año siguiente, porque quería seguir riendo y oliendo a fútbol y azahar. Pero, sobre todo, a Nervión, Sevilla…

Con 31 años ya, este futbolista todavía tiene en los bolsillos de su corazón mucho fútbol y yo no lo pongo en duda. (Pregunten a Jesús Navas…). El Sevilla cuenta con un jugador superlativo, un Von Karajan, un Arthur Rubinstein, tal vez un Velázquez. Todo de blanco y medias negras. Se llama Éver Banega, aquel que el primer día apadrinó Reyes, el otro genio.

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