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afición - Columnas Blancas

JOSÉ MANUEL ARIZA 07/11/2019

Lo que nos une

Saludos.

Todos los hombres de cualquier nivel social, ideas religiosas o políticas, tendrán aquí cabida.

Pocas frases tienen un contenido mayor con tan pocas palabras, pocas muestran una declaración de principios más definitiva y de recorrido tan largo.

[Hoy, sin embargo, debería decir “…todos los hombres y mujeres…” y seguiría siendo tan rotunda y plena como lo fuera en 1905. Incluso más si cabe.]

Lamentablemente, muchos no saben lo que significa o no quieren pararse un poco a pensar y entender lo que transmite, la grandeza de decirlo en una época tan remota y que permanezca inalterable a través de los tiempos. Otros prefieren hacer una interpretación perversa de algo enorme, universal y eterno con argumentos peregrinos, con la ausencia olímpica de pudor que les caracteriza. Podría ser que no les alcanzara a entenderla o tal vez les venga demasiado grande. Es pretender destruir algo que no tiene fisuras porque es, sencillamente, perfecto e indestructible.

En el Sevilla FC cabemos todos y lo ha sido así desde la fundación misma. Y todos somos todos. Y todos estamos ahí y lo estaremos hasta la muerte.

La frase alcanza un valor mayor si cabe en la era de las redes sociales, en la era los Twitter, Instagram, Facebook… en tiempos de mensajería interactiva instantánea en que podemos verter nuestras opiniones libremente (veremos cuanto más dura esto) y obtener respuestas (a veces cientos o miles) en pocos minutos. Opiniones que se discuten, se rebaten, se apoyan o rechazan con verdadera pasión, con entusiasmo caluroso o con malos modos y que en no pocas ocasiones han terminado con un bloqueo, un dejar de seguir e incluso, una denuncia que deja al titular fuera de circulación unos días o para siempre.

Y opinamos de todo.

Es habitual que en tu listado de personas (que te siguen o sigues con nombres y apellidos o bajo pseudónimo) aparezcan mayormente gente que profesa la misma religión futbolera que tú, que comparte contigo Colores, Bandera y Escudo porque hablar de lo nuestro nos gusta mucho y porque el metalenguaje sevillista es una gozada para los propios.

Personas capaces de hacer análisis de lo jugado con una perspicacia asombrosa y los demás, los que disparan a todo lo que se mueve, pensando quizás que la botella siempre está medio vacía.

Hay gente culta y menos; gente sabia y de los otros; gente educada y con carencias; amables, tolerante e irascibles en buen número. Los hay religiosos, agnósticos y ateos que llenan tu ventana, porque los sigues, de mensajes con los que quizás no compartas nada… salvo el Sevilla FC.

Gente políticamente comprometida con ideas de extremos, de centro, apolítica, militante o que pasaba por allí y no se detuvo. Tampoco coincides con ellos la mayor parte de las veces pero los lees aunque se te retuerzan las tripas con frecuencia. Gente en tus antípodas sociales e ideológicas que toleras porque… nos une el Sevilla FC.

Compartes opiniones en políticas, religiones, músicas, libros, pinturas, vivencias personales, enfermedades, cines, fotografías, investigaciones, historias… y tratas, casi siempre o casi nunca, de echar algo ahí aunque no tengas formación en ninguno de ésos saberes; aunque seas un enorme ignorante cuyo único mérito consista en tu capacidad de admirarte, de aprender de los que saben, de intentar pulir un poco tus aristas leyendo a gente maravillosa y obviando a los burdos porque… a todos ellos y ellas nos une el Sevilla FC.

Lo que nos une es el abrazo emocionado a un perfecto desconocido que sienta a tu lado en una final cuando marcamos, cuando alzamos una copa plateada, cuando nos sentimos entera y totalmente sevillistas sabiendo que el otro también lo es y que está ahí porque es como tú, que grita y vibra como tú en una sintonía insuperable de pasión, de sangre blanca y roja.

Lo que nos une es el Sevilla FC desde 1890 y todo lo demás puede esperar.

Cuidaros.

ENRIQUE BALLESTEROS 29/10/2019

El padre desplazado

Como el ácido láctico de un corredor agotado de 400 metros cuando encara la recta, como el MGU-K del McLaren de Fernando Alonso en plena progresión o como la nula resignación de Valentino Rossi en el ocaso de su carrera mientras compite contra el tipo que le va a destrozar su brillante palmarés; así se siente uno cuando está dispuesto a darlo todo, como lo ha hecho siempre, a la hora de viajar en el día para ver, disfrutar y animar al Sevilla en un partido de visitante, o de local, en otra ciudad diferente a Madrid. Madrid, un privilegio, porque si algo tiene la berlina del donut es que está relativamente cerca de casi todos los destinos nacionales de desplazamiento sevillista (hablamos de carretera o raíl).

Posiblemente el alcohol atenúe el momento de la ejecución, pero no es más que un ingrediente más para “acabar con los leones” (y nunca mejor dicho porque mi mujer es del Athletic). La rutina de criar a dos niñas maravillosas, cuidar a tu mujer y la casa donde vives se alterna con, afortunadamente, las 40 horas de rutina y stress semanal. Ello deja no solo al Sevilla sino a otros quehaceres en un segundo plano, aunque en tu interior la sangre roja sigue bombeando igual. Primero, porque el tiempo escasea; pero, sobre todo, porque el resquicio que encuentras libres (si es que gozas de cheques-libertad) se intenta aprovechar….reventado y con rémora de sueño.

Pues así se plantea el Valencia-Sevilla de este miércoles. Ir y venir en el día en un trayecto que dura tres horas (y gracias porque un día más y hubiéramos pillado el traficazo del puente). Valencia en llamas. En la Capital del Turia habré estado 200 mil veces; incluso alrededor de un estadio que, por fuera, puede ser de los más feos de España (yo siempre lo he comparado al esqueleto de una falla quemada). Pero a un Valencia – Sevilla solo una vez. Sí, esa, con Malvarrosa y kilométrico cortejo en forma de botellón, incluido. Por aquel entonces, la felina ya llevaba tres meses embarazada de mi primera retoña. Ni de lejos era consciente de lo que se me veía encima…. Tres Europas Leagues más, más dos finales de Copa en mi ciudad; sin contar las enésimas Supercopas perdidas, con Cardiff o Barcelona, por ejemplo, entre ceja y ceja de mi mochila viajera.

Fueron las últimas estaciones de inconsciencia ciega por darlo todo sin entender las consecuencias. Se ha seguido viajando, por supuesto, pero la rutina familiar pasa factura en las repercusiones. Sobre todo, ese día después que te recuerda que tienes que volver, que debes tirar del carro de la situación con el estómago hecho una mierda y la cabeza como el bombo de gol norte, con el razonamiento que quizás la paliza no compensa, con que tienes que dejar la casa en orden, a las niñas en el cole y después hacerte cargo de ella, de sus deberes, de su baño, de su cena, de sus pañales, de su sueño. El que yo no tengo. El que tampoco tiene mi mujer, que me ha cubierto y al que debo su proporcional y cariñosa atención. Por estas y muchas razones más, no es lo mismo.

No, no lo es. Antes tirabas a todo. Te daba igual cerveza, ron o whisky, mezclado o a la vez. Te daba igual las tuyas o las rivales. No te daba igual la situación dentro del estadio porque querías estar lo más cerca de la primera plana en la grada. Incluso te daba igual cuando volver. Le dabas más importancia al post que al pre. Ahora ni de lejos. Ahora rara vez hay post. Y si lo hay, comedido. Fichas por el móvil cada dos por tres siempre con el recuerdo de tus hijas por bandera. La conciencia te atormenta el cerebro con la maldita frase “qué clase de padre eres que te vas sin tu familia”. Regulas más con la cerveza pensando qué puñetera barriga te está saliendo que te va a joder los tiempos en las carreras populares o medias maratones, que antes hacías con la gorra y ahora te cuesta hasta entrenarlos. Hablas con la gente pero no con la sociabilidad de antes, ya no lo necesitas, y te gustaría encontrarte con viejos conocidos. Intentas cantar fuera, o así empiezas, pero no prosigues porque si no el cansancio empieza a hacer mella. En la grada, estás encima del partido…y del móvil y los millones de grupos de fútbol de whatsapp; además, tienes hambre y priorizas la comida cuando antes era completamente prescindible. Aún así, esos glóbulos rojos palanganas te ayudan a animar, a responder a la afición rival, a cagarte en los muertos del árbitro, a enfadarte o desesperarte con un gol en contra y a celebrar a muerte ese gol tan caro para el Sevilla como forastero. Y, tras el pitido final, hundimiento.

Quieres continuar, sobre todo si el partido ha ido de cara, pero te das cuenta que no puedes, que mañana tienes que cumplir y que, además, con los que viajas también tienen prisa y no se quedaban a hacer noche como se quedaban antes. Hay que volver a casa, que no es mejor ni peor, ni trato de comparar una situación con la otra. Por favor, no. No se confrontan tener a la persona que más quieres en el mundo con dos seres que te llenan por los cuatro costados, con los títulos, las alegrías de las victorias y la aventura que te brinde apoya a tu equipo de fútbol en la distancia. Es diferente. Solo trato de describir, más o menos y en las horas previas a un viaje con su cosquilleo correspondiente, lo que puede sentir un padre desplazado.

foto: Columnas Blancas
CORNELIO VELA 13/10/2019

En todos los sentidos

Te he visto en derrotas y victorias, en campo propio y en ajenos. Te he visto en directo y en diferido, en color y en sepia. Pero sobre todo, te he visto en los ojos emocionados de los tuyos, que son los míos, en sueños infantiles e ilusiones maduras, en forma de cantera o de camiseta firmada en un hospital.

Te he oído en himnos universales, en cánticos memorables de un mágico norte. Te he oído en gritos de alegría, en suspiros eternos y en palmas al compás. Pero sobre todo, te he oído en retransmisiones a ciegas en radio a pilas, en alineaciones memorizadas y en relatos, con sones antiguos, de los que ya se fueron.

Te he olido en tu hierba cortada, en la mezcla inconfundible de aromas de bocadillos al descanso y frutos secos de un canasto vestido de blanco. Pero también te he respirado en humos de bengalas y en olor a gasolina de kilómetros de ilusiones.

Te he probado con sabor a previa, con el regusto de una buena tertulia y masticando nervios en finales. Pero sobre todo, he sabido del amargo fracaso y me he relamido en la dulzura del éxito.

Te he tocado en tu escudo y tu bandera. He tocado un cielo de plata más de veces de las que pude soñar. Pero sobre todo, te he tocado en la bufanda que me acompaña desde mi niñez, en aquella bandera que me hizo mi madre hace 40 años y en las manos del que me condujo a esta pasión.

Así te he he vivido,así te vivo. En todos los sentidos. Con todos los sentidos

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