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PABLO F. ENRÍQUEZ 06/10/2019

¿Un debate sereno?

He visto ateos con papeles persignarse tres veces en dos segundos al tiempo que el árbitro señalaba el inicio del partido. Y señores con varias décadas de sevillismo en su haber atravesar el descampado de gol sur con la mirada clavada en el albero, para no verse en la tesitura de saludar a algún inconsciente, desconocedor además de las coordenadas de la fortuna. Hay señoras que no se sientan hasta que un futbolista del Sevilla entra en contacto con el balón, y letrados en ejercicio que no acompañan al equipo fuera de la ciudad sin su añeja bufanda de lana, una pieza retro que, por cierto, daría lustre al remozado museo.

Hay camisetas que sólo salen del cajón la víspera de una final, e hijas que besan a sus padres tras el último acorde del himno del Arrebato. Igualmente, familias que hacen cola en el mismo acceso de siempre, siguiendo el turno inverso a la edad, mientras el torno de al lado está expedito. Y no son pocas.

En el interior de Preferencia se cuentan tramos de escalones que se inician invariablemente con la pierna derecha, y vigas ya desgastadas de las huellas que dejan las manos de generaciones de sevillistas, que seguirán haciendo lo que vieron hacer a quienes les precedieron en la cita con esta liturgia futbolera.

La experiencia dicta que no se habla mal de un miembro del equipo contrario hasta que acaba el partido, máxime si es negro, alto y aparentemente torpe. Por la misma regla de tres, estaremos más tranquilos si en el once rival no figura alguien con pasado sevillista (los riesgos de “la diáspora”, he llegado a escuchar).

Y a toda esta tropa, a este ejército de majaretas en cuyas filas milito, le pedimos un juicio objetivo, razonado y sereno de las cosas del Sevilla. Queremos que no convierta la salida de Dabbur en un espectáculo “impropio”, que derroche paciencia con un rival pretencioso y maleducado (sí, va por Ramos) y templanza con los suyos. Un día nos contaron que el Ramón Sánchez-Pizjuán se miraba en las tertulias del Ateneo (cuando las había), y terminamos cayendo en la cuenta de que las cosas marchaban bien en el campo antes de que los loqueros alinearan ambulancias a la espera de evacuación. Que esto es fútbol, oiga, sin pretensiones.

Nota bene: Este texto ha sido perpetrado antes de que a Pepe Lobo le dé por hacer lo propio y nos mande al resto a los albañiles.

Nostalgia

uno siempre está en casa en su propio pasado….” Vladimir Nabokov.

Los que han cumplido cierta edad me comprenderán. Llega un momento en la vida en que piensas más en el pasado que en el futuro. Sientes nostalgia de la niñez y la juventud, tiempos que fueron peores de cómo los recuerdas, pero que son los tiempos que te formaron y que te hicieron como eres.

Emocional y sentimentalmente, mi vida, gracias a mi padre, siempre has estado ligada al Sevilla. No tanto a este Sevilla de los títulos y que no cumple sus objetivos una temporada si no accede a la Champions, que también, sino a un Sevilla que ya cada vez menos gente conoció y rememora. El Sevilla al que siempre asocio el recuerdo de mi padre, que nos llevaba al fútbol las tardes de los domingos, a mi hermano y a mí, cruzando las vías por Kansas City, desde muy niños, aspiraba un año a la UEFA y otro a la permanencia, dependiendo cómo se diera la temporada.

A veces te viene un olor, un sabor, un sonido, una luz al atardecer, algo difícilmente definible con palabras, e inmediatamente te recuerda tu infancia, porque entonces aprendías con sabores y olores, y no con palabras. A veces el Sevilla juega una tarde de otoño o primavera, y la luz del sol sobre el césped me recuerda aquellos tiempos en que en gol sur y norte no había asientos, en que los fotógrafos se sentaban en la cepa del poste (y más de un balonazo se llevaban)… Mi padre me señalaba a uno que indefectiblemente estaba allí todos los domingos y me decía “a ese le dicen Carpanta”. Y entre las calvas del césped veías hacer maravillas a Montero (“Montero, Montero, el mejor del mundo entero…” le cantaba todo el estadio).

Sabores y olores, como el sabor de las salchichas que mi padre nos compraba en el campo y a la que nosotros le hacíamos tanta fiesta que al llegar a casa le decíamos a mi madre: “mamá, busca las salchichas del campo del Sevilla”, porque las demás no nos sabían igual. Como el olor a césped en cuanto salías por el vomitorio (¿por qué ya no huele tanto el césped?). Nostalgia de sabores y olores o sonidos, como aquel grito de “ahí va el premioooo” que anunciaba un vendedor de boletos para una rifa que se hacía a lo largo del partido. Siempre alguien le decía “un pico y una pala” y no puedo reproducir aquí lo que el vendedor de boletos contestaba…

Aún podías seguir los resultados de todos los encuentros (el dinero de la televisión aún no había acabado con que todo los partidos se jugaran a la vez, los domingos, a la taurina hora de las cinco de la tarde) en un marcador simultáneo que consistía en una endeble estructura metálica con una casetilla. El encargado del marcador, cambiaba el número cuando se producía un gol, manualmente, o mejor analógicamente, como diría un millenial.

Olores, sabores y sonidos…si querías oír la radio, no había iPod, ni móvil, ni auriculares, sino que la gente llevaba el aparato de su casa y lo mantenía junto al oído todo el partido, mi padre entre ellos, escuchando al maestro Araujo. El Jueves, 3 de Octubre, ahora sí, con mi iPod y mis auriculares, viendo a este Sevilla pentacampeón de la Europa League, tuve uno de esos momentos de nostalgia en el campo, casi un déjà vu, al escuchar la narración de Araujo del Sevilla-Apoel, que con ocasión de su 75 aniversario quiso regresar al micrófono con todas las de la ley, narrando… Y no pude dejar de pensar en aquel Sevilla, y en mi padre, con el que seguimos yendo siempre al campo mi hermano y yo, aunque ahora, él se sienta en el tercer anillo.

ENRIQUE VIDAL 05/10/2019

La mandanga sevillista

No sé vosotros pero yo, siendo niño, sabía que una tarde de fútbol en Nervión podía salir torcida para los intereses de mi equipo desde los primeros compases de los partidos. Mi padre, que no anduvo nunca sobrado de paciencia, gastaba una sentencia, generalmente premonitoria que, en caso de ser pronunciada, anticipaba cosas muy poco chingonas para el devenir del encuentro: “Ya está Rubio con la mandanga”.

Y no es que yo, en aquellos tiempos de novel observación futbolera, tuviera muy claro quién era Rubio ni mucho menos entendiese el significado de aquella extraña palabra que se le atribuía al diez blanco, sino que comprendía perfectamente, sin necesidad de aclaraciones ni notas al pie, la coreografía de improperios, aspavientos, pitos y lluvia de almohadillas con que la grada del Sánchez-Pizjuán inevitablemente acompañaba aquel fallo inapelable de mi padre, sobre todo si el mitin de los nuestros acababa siendo lo suficientemente gordo.

Con los años fui aprendiendo que aquella cualidad que parecía exclusiva de Julián Rubio, no era patrimonio personal suyo, sino que tuvo y tiene ilustres herederos, casi siempre figuras capaces del todo o nada según se hayan despertado de la siesta o con quién se hayan cruzado en el ascensor; y por ello mismo, genios amados y odiados a partes iguales por los aficionados, tal y como, por ejemplo, puede suceder ahora con un futbolista tan singular como Franco Vázquez.

También aprendí muy pronto que la mandanga podía contagiarse a todo el equipo, sobre todo en determinadas tardes señaladas con el cenizo de las meigas, y ante ciertos rivales especialmente desagradables, con los que el tropiezo era casi ritual, ya fuere la U.D. Las Palmas de Morete y Brindisi o la Real Sociedad de Ormaechea, entre varios de ingrato recuerdo.

La mandanga sevillista es indolencia que duele. Y sigue doliendo. Lejos de dejarnos con el traspaso de Julián Rubio al F.C. Barcelona, habita entre nosotros, agazapada, en la sombra, esperando cualquier sobredosis de confianza para dar un zarpazo inopinado de vez en cuando y dejarnos esa sensación de cabreo e indignación que, no por esperada, deja de escocer en lo más profundo de nuestro orgullo.

Porque si algo caracteriza y dota de individualidad propia a esta suerte perversa respecto a algunas afecciones similares de otras geografías no es la reiteración de sus apariciones, sino su inconfundible y nefasta puesta en escena. O dicho de otro modo, no es tanto cuestión de cantidad -estadística que en las últimas décadas ha descendido notablemente-, como de calidad y, sobre todo, oportunidad. Cuando el Sevilla Fútbol Club pega un petardazo, elige el día como nadie y es capaz de lo más inverosímil.

A las múltiples eliminatorias tiradas a la basura, podemos sumar descensos infames, remontadas de última hora y ridículos tan surrealistas que todos podemos recordarlos tanto o más que los muchos momentos de gloria vividos, sin que aquellos hayan supuesto no obstante merma alguna de nuestra fe y determinación por cumplir nuestro destino. ¿Quién ha olvidado aquella noche nevada de Pamplona, el naufragio ante el Isla Cristina, la vergonzante final copera del Wanda o el numerito de Kjaer y compañía en Praga la temporada pasada? Están ahí, bien conservados en lugar preferente de nuestra memoria, como las quintillizas de plata que presiden el Museo.

Mi generación se educó con la mandanga sevillista sin serle indiferente, para poder crecer y construirse un lugar. En cierto modo, hemos sido rencorosos con ella y así, cada hecatombe sufrida, cada esperpento mamado, ha servido y sirve para forjar nuestra idiosincrasia, que no es recrearnos en el fracaso ni dormirnos en los muy literarios laureles de la fatalidad o el victimismo, sino bien al contrario, vislumbrar claramente el camino de lo que no queremos ser y perseguir con osadía las metas que deseamos alcanzar.

PEDRO GONZÁLEZ 04/10/2019

Injusticia solapada

La planificación de Monchi para esta temporada 2019-2020 ha sido tratada, extensamente, por los medios de comunicación españoles. La vorágine de fichajes del mejor Director Deportivo del mundo, tenía en vilo a los diarios deportivos españoles, pues no había día de principios del mes de julio en que no saltase la noticia de la llegada […]

EDUARDO ARENAS 04/10/2019

El Sevilla Fútbol Club SAD: ¿sólo capital?

Con sencillez, pero con orgullo y firmeza, contestamos que no. En el SEVILLA FC se administra capital pero también sentimientos porque nuestro Club es una institución “hecha a sí misma”, que ha crecido con el esfuerzo de los Sevillistas, sin depender de las administraciones públicas, de un dueño mayoritario, ni de capital extraño o extranjero, […]

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