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ABC
ALBERTO CONTRERAS 11/03/2020

El fútbol ya no nos pertenece

“El fútbol ya no nos pertenece”. Así cierra su acertada reflexión mi compañero blancocolumnista, Pedro Monago, en el último artículo publicado en este espacio.

Y esa última afirmación (o negación) se me clavó como una certeza.

El fútbol es ya, desde hace tiempo, una herramienta sociológica que ha servido, por ejemplo, para que el gobierno italiano consiga instalar de inmediato en las conciencias de sus conciudadanos la seriedad que quería transmitir respecto de las medidas que por la crisis del coronavirus aplicaban. Cuentan que en los primeros días el aislamiento se lo pasaba la mayoría por el forro del pantalón de Gucci. Basta con suspender la Serie A para que Don Giovanni apure su Birra Moretti y se despida del camarero diciendo, ¡coño, esto va en serio, me voy para casa!

Se están alzando las voces de los aficionados reclamando lo que es una obviedad. Sin la afición, sin público, la celebración de los partidos de la Liga no tiene sentido. El espectáculo pierde el elemento esencial de su razón de ser, el espectador. La muchedumbre apasionada que desde la grada envuelve los insulsos sonidos de un cuero golpeado en el rectángulo verde y hace parecer aquello épico. Porque la épica no reside en el “clinc” que suena cuando la pelota golpea el travesaño, sino en el “¡ohhh!” inmediatamente posterior que se derrama desde el graderío hacia el césped.

Otro de nuestros ilustres blancocolumnistas, Alfonso Ramos –aka Cazón Palangana-, lo resumía con su mordaz guasa en un tuit: Todos los equipos de la Liga jugarán sus partidos de local como el Getafe, sin público.

Y mucho me temo que por esta vez y sin que sirva de precedente los aficionados ganarán esta batalla. Pero no nos vengamos arriba. Será una victoria paradójica. No vendrá determinada porque vayan a ser tenidas en cuenta sus reivindicaciones, sino porque desde arriba, los que mandan, saben de la potenciación que supone el fútbol (más concretamente su cancelación) para el mensaje de concienciación que quieran trasladar a la sociedad llegado el caso. Es su as en la manga. No ganaremos porque el fútbol sea nuestro, será, precisamente, porque el fútbol ya no nos pertenece.

PEDRO MONAGO 10/03/2020

A medias

Pues nada, aquí andamos, leyendo noticias sobre la evolución del Covid-19 en nuestro país y las posibles medidas a adoptar para contener la posible pandemia. Lo último que se comenta es que las dos próximas jornadas de la Liga de fútbol se jueguen a puerta cerrada y, a este respecto, creo que resulta de interés hacer una breve y urgente reflexión sobre lo que tantas veces hemos llamado “el fútbol moderno”.

Me mantendré alejado de la tentación de opinar sobre cuestiones médicas y de medidas epidemiológicas en general, pero creo que el simple sentido común nos da algunas claves de por dónde deberían ir los tiros en esta cuestión.

Que el virus ya está aquí es indiscutible y que las medidas para contenerlo son urgentes, también. Tengo claro que debe prevalecer la salud de los ciudadanos y que, por tanto, debemos asumir las incomodidades asociadas a esas medidas de prevención necesarias, pero también tengo claro que para esa prevención no es mejor jugar sin público que no jugar, así que ¿por qué celebrar un espectáculo sin público? ¿En qué hemos convertido este deporte para que no se decida, sencillamente, suspender los partidos?

Soy perfectamente consciente de los inconvenientes que suspender dos (o las que sean) jornadas de la Liga suponen, pero si la situación es de emergencia y, sobre todo, si comparamos esos inconvenientes con el bien superior protegido, que es la salud ¿tiene sentido que nos quedemos a medias? Desde el punto de vista futbolístico ni siquiera es una buena manera de respetar la competición, porque de alguna forma altera las reglas del juego, pero eso es casi lo de menos, lo verdaderamente importante es que se obvie el papel que juega el aficionado, lo que no es sino un síntoma de lo que llevamos tiempo temiendo: el fútbol ya no nos pertenece.

EFE
ENRIQUE BALLESTEROS 06/03/2020

Siento que ya llegó la hora

El Athletic Club llega a una final de la Copa del Rey. Cuánto sevillismo he visto en esa eliminatoria de semifinales. Es 6 de marzo (en el momento que escribo este artículo) y el 4 de marzo se cumplían 11 años de la debacle de Bilbao. De ese “nos comeremos al león desde la cabeza hasta la cola”. Esa “Jimenada” que nos costó toda una final siendo aplastados como una apisonadora por un equipo con hambre made in Jokin Caparrós que buscaba su primera final en dos décadas. “Jimenada” la de Gaizka Garitano que casi se carga la final de su Athletic Club con un planteamiento ramplón, el que tiene habituados a la parroquia del Botxo, y extremadamente defensivo dejándose avasallar por el Granada.

Un Granada con avidez, más si cabe que aquel Athletic Club del Lehendakari Toquero, porque la única vez que se saboreó una final de Copa en el reducto Al-Andalus se llevó el Óscar Charlton Heston al mejor actor por Ben-Hur. Un conjunto nazarí que tiene en el banquillo a un Diego Martínez de la misma cepa que don Unai Emery, y que cuenta como habituales al canterano nervionense Víctor Díaz, al ex jugador del Sevilla Atlético Yan Eteki, al francés Gonalons y a nuestra perla de esperanza Carlos Fernández, el cual a punto estuvo de tocar las mieles de la heroicidad copera. Sin embargo, el Karma que protegió al Real Betis en la Copa del Rey del año 2005, o al Sevilla en la Europa League de 2014, ha contagiado esta temporada al Athletic Club en la maravillosa Copa revolucionaria de Luis Rubiales para darles el billete directo a la cartujera final de Sevilla.

Manolo Jiménez fue tremendo. Como jugador y como entrenador. La retahíla de encuentros del que fuera capitán del Sevilla al inicio de los 90 no necesita mayor mención como futbolista que el de la admiración y la de su presencia en el mosaico de preferencia junto a otras leyendas. Artífice del primer ascenso histórico del Sevilla Atlético a la categoría de plata del fútbol español (ahí estuve yo, en Sevilla no, en Burgos viendo a Salva Sevilla fallar un penalti, mientras todo el sevillismo creía en el milagro contra el Villarreal en la única última jornada liguera vivida donde nos jugábamos una liga). El técnico del Arahal se aprovechó de la huida roedora de Juande Ramos a territorio “yid” para dar el salto como entrenador de Primera División. Y Manolo Jiménez fue tremendo en solo dos años y medio.

Anda que no han pasado entrenadores por el Sevilla en el Siglo XXI y solo tres han cumplido el objetivo de situar al Sevilla en la Liga de Campeones. Uno fue el propio Juande Ramos beneficiado y, a su vez, creando un equipo “Top Class” que quedará para los anales. El otro fue Unai Emery, crucificado todos los partidos pero a su vez querido que apostó por la vía Europa League para lograr el objetivo económico mayor. El otro fue Manolo Jiménez. Dos años y medio duró el apodado “Wenger”. No ha habido ser deportivo que haya provocado mayor división dentro del sevillismo. Un entrenador que se apoyaba en datos pero que no logró ningún título. Un preparador que contaba con el cariño de ser canterano y el odio de aquellos que veían eso como una protección a su figura. Una persona que metió al Sevilla tercero, que ganó en el Santiago Bernabéu, en el Camp Nou, en el Vicente Calderón….pero que contabilizó hasta cinco batacazos en tan poco espacio de tiempo que nos dejó molidos a muchos.

“Los balones parados no se entrenan”. Así despachaba a los periodistas tras uno de los petardazos tratando a los aficionados de a pie como si fuéramos imbéciles. Culpable directo de la destrucción del mejor Sevilla de toda la historia, dio con la tecla en casa contra el Getafe en las semifinales de Copa del Rey del año 2010 poniendo en liza a su querido Romaric y revolucionar esa eliminatoria. Una edición copera donde se vieron dos de las mejores actuaciones de Andrés Palop para clasificar al Sevilla en una final donde no estuvo Manolo Jiménez. Pocas veces se ha visto como una afición desplazada ovacionaba al árbitro de turno expulsar al entrenador de su propio equipo (eso ocurrió en Getafe en la citada semifinal de Copa, el protagonista fue Iturralde, I T U R R A L D E, el hombre que nos tangó una liga en Mallorca tres años antes). Pero lo inédito fue que muchos se alegraron de un tanto rival que suponía el empate a pocos minutos de final. El milagro lo obró Leandro Gioda, que llevó a un desahuciado Xerez a arrancar un punto de Nervión, y que precipitó la salida de MJ3.

Pues aquí estamos. Una década después con otro posible caso “Manolo Jiménez”. En el momento culminante de una temporada en la que el entrenador, Julen Lopetegui, se juega el ser o no ser. La punta del iceberg del pródigo Monchi, cuyo proyecto se juega el todo por el todo en dos semanas, tres si añadimos la visita a Orriols justo antes de un descanso de selecciones muy jugoso para la destitución de un entrenador. Wanda Metropolitano, derbi y una eliminatoria ante la Roma (encima la Roma que acogió a Monchi) enrarecida por el coronavirus, la que decidan si el ex seleccionador nacional hace las maletas o empieza a convertirse en el nuevo Dios del sevillismo.

Condicionado por su pasado madridista, por su poco bagaje en su CV y, sobre todo, por su plante a España a favor de Florentino Pérez justo antes de la disputa del Mundial de Rusia, no cayó en gracia a un neosevillismo que, de manera desafortunada, se está acostumbrando a pitar durante los partidos. Tan extraordinario a domicilio (suma siete victorias en liga, y el record histórico está en diez) como nefasto como local (ya se ha dejado 16 puntos), Julen Lopetegui ha visto como la flor, traducido en la intervención del VAR y en un gol en el descuento, le han dado oxígeno a pesar de la exhibición del equipo en Getafe. Ahora otro rival directo como el potente Atlético de Madrid que nos recibirá en su fortín de nueva creación, la presión que existe contra un eterno y alicaído rival, y la barrera que nos dice históricamente en Europa si vamos a ser campeones o no, van a dictaminar definitivamente si va a ser en los próximos años uno de los nuestros o si dentro de un momento se alejará al fin.

Paolo Bruno

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