Cabecera Columnas Blancas
image
RAFAEL CÁCERES 17/10/2019

¡Me hierve la sangre roja!

Un día entre semana cualquiera, da igual, quedamos a las 10 de la mañana en la cafetería de la Ciudad Deportiva. Nueve minutos antes de la hora establecida suena el WhatsApp:

-“Avísame cuando esté en cafetería, que bajo!!”

-“Ya estoy aquí”

-“Bajo”

No ha dado tiempo a que me sirvan mi ‘máquina cortado’ cuando Caparrós me está dando un toque en la espalda diciéndome que ya ha bajado.

Se suponía que habíamos quedado para entrevistarlo, pero no. No lo entrevisté. Cosas que suceden sin pensarlas. Fue por una buena causa ¿a que sí, Joaquín?. Había que echar una mano a alguien y se la echamos.

Os podéis hacer una idea de los ¡hola!, ¡buenos días!, ¿qué hay? y demás saludos dirigidos a Caparrós, que se intercalaron en la charla, de quiénes entraban o salían de la cafetería; entre ellos, Juan Redondo, el camero que fue lateral derecho de la primera plantilla.

Tomé algunas notas… pocas, porque nos conocemos y nos vemos con cierta asiduidad desde hace unos 18 años, casi siempre con sus inseparables Daniel, Felipe, Florindo (Florindo es apellido, de nombre Antonio, que así lo llamarían sus padres, porque para todos los demás siempre ha sido “el Florindo”)… amigos de la infancia de Pío XII, de donde Joaquín se tuvo que ir a Madrid con 12 años. Su padre, trabajador de Agromán, había sido destinado a la capital.

Por entonces, Caparrós ya destacaba en esto del fútbol. Con mucho dolor de su corazón, tuvo que dejar de jugar en los infantiles del Sevilla FC (llegó a jugar en el Sánchez-Pizjuán) y pasó a la cantera del Real Madrid y de ahí a… ¡con esto no me enrollo! Todo lo referente a su trayectoria deportiva ya está publicado. Lo que no sé si sabéis es que, allí, en Madrid, ese chaval de 12, 13, 14 años, iba acompañado de su padre al hotel de concentración de su Sevilla FC, cada vez que jugaba contra el Real Madrid o Atlético. Aquí hago un paréntesis para deciros, cómo le brillan los ojos recordando esa época. Seguramente también recordando a su padre, que le inoculó ese veneno rojo y blanco que corre por sus venas y las nuestras. ¡Me hierve la sangre roja!

Pasión, garra, profesionalidad, nervios, sentimiento… hasta ahí no os descubro nada nuevo, pero a todos esos valores hay que añadir, al menos dos más: la importancia que Caparrós le da a la amistad: conserva sus amigos del barrio, de Bilbao (Jokin), de Madrid, de Cuenca, de Sevilla, de Utrera… ¡amigos de verdad, no de boquilla! La otra cualidad es su cercanía: Joaquín no olvida sus raíces, sabe que procede de una familia humilde, de un barrio humilde (del Patronato de Casas Baratas), y eso lo sabe llevar a gala. Sabe quién es y dónde ha llegado, se considera un privilegiado por trabajar en el Sevilla, tiene los pies en el suelo y no se le suben sus logros a la cabeza. En este aspecto es de una categoría humana insuperable, ejemplar. Siempre con un gesto amable no impostado, siempre dispuesto a echarte una mano, si te hace falta. Es tal como lo veis, sin dobleces, transparente ¡una gran persona! Lo que aquí llamamos ¡un tío muy buena gente!

MAMEN GIL 16/10/2019

¿Por qué te gusta el fútbol?

He perdido la cuenta de las veces que me han hecho esa pregunta a lo largo de mi vida y la verdad es que casi nunca he contestado. Siempre he considerado que quien eso se cuestiona jamás entenderá tu respuesta, así que tras una ligera elevación de hombros, me he dado media vuelta y a otra cosa, mariposa.

Nací en una época en la que todavía sonaba en la radio esa otra pregunta de Rita Pavone “¿por qué, por qué el domingo por el fútbol me abandonas?”… Y sí, muchas mujeres se identificaban con ella, porque el hombre alfa se marchaba a disfrutar del llamado deporte rey y por mucho que ellas pidieran que les llevaran al partido alguna vez, al final se quedaban en casa solas.

Yo nunca me he reconocido en esa canción, pues en mi casa siempre se ha respirado fútbol en todos los rincones. Se escuchaba en la radio, se veía en la tele y acudíamos al campo. Era tan pequeña cuando fui por primera vez al Ramón Sánchez-Pizjuán que no recuerdo cuál fue ese primer partido. Pero sí sé que ahí comenzó una bonita relación, una relación que sigue viva después de varias décadas y que seguirá hasta que la muerte nos separe.

¿Que por qué me gusta el fútbol?… Pues ni idea, quizás porque es una metáfora de la vida… El fútbol es una máquina de generar sentimientos, una eclosión de emociones. En el fútbol se sufre, se ríe, se llora, se grita… En un segundo se puede pasar de una emoción positiva a otra negativa… Lo mismo se sube al cielo que se baja a los infiernos.

A lo largo de la vida, compres o no lotería, te van tocando unas bolitas que van a determinar que te toque reír o te toque llorar. Lo mismo pasa en el fútbol, pero en ese caso, la bolita adopta forma de balón, y es ese balón el que te hará sentir alegre o triste. Todo depende de si la pelotita quiere entrar o no en la portería contraria.

En cualquier caso, con el fútbol aprendes que hasta el rabo todo es toro y que tanto las victorias como las derrotas son efímeras, por eso se viven los partidos con tanta intensidad. Es el carpe diem elevado a la máxima potencia.

¿Que por qué me gusta el fútbol… Pues porque es buenísimo para desestresarnos y, por tanto, para la salud, ya que aunque vayan mal dadas, podemos clamar a los cuatro vientos todo lo que llevamos dentro. Da igual que grites más de la cuenta o que sueltes algún que otro improperio, nunca vas a estar solo. Conozcas o no a los que te rodean, comparten tus sentimientos. Te abrazas con ellos porque sienten como tú.

¿Que por qué me gusta el fútbol?… Pues no sé, quizás podría añadir que porque también te ofrece la posibilidad de conocer otras ciudades, otros países, otras culturas… Pero llegados a este punto he de confesar una cosa… En verdad, verdad… a mí no me gusta el fútbol (¡ea, ya lo he soltado!)… A mí lo que me gusta es el Sevilla F.C., porque si el fútbol es como una metáfora de la vida, el Sevilla es la vida… Pero bueno, de eso tocará hablar otro día…

PEDRO MONAGO 15/10/2019

Viabilidad

Sabido es que la contabilidad “moderna”, o de partida doble, fue difundida por Fray Luca Pacioli en el Siglo XV. Probablemente, en términos relativos, la contabilidad es de las materias que menos ha cambiado en 6 siglos, dada la vigencia de los principios que la regían:

  • No hay deudor sin acreedor.
  • La suma que se adeuda a una o varias cuentas ha de ser igual a lo que se abona.
  • Todo el que recibe debe a la persona que da o entrega.
  • Todo valor que ingresa es deudor y todo valor que sale es acreedor.
  • Toda pérdida es deudora y toda ganancia acreedora.

Visto así, parece claro que la contabilidad, al menos en sus rudimentos, no es una materia compleja y cualquiera puede entender esas reglas fundamentales. De hecho, todo el mundo usa esos principios contables –con mayor o menor acierto- en la llevanza de su economía doméstica.

Me resulta, por ello, sorprendente la dificultad del personal para aplicar esos principios básicos cuando hay que mezclarlos con una pasión, como es el fútbol. Estoy seguro de que (casi) cualquiera tiene más o menos claro cuáles son sus ingresos ordinarios (con suerte, la nómina), la diferencia con los extraordinarios (con mucha suerte, un cupón) y cómo debe administrar unos y otros para hacer frente a los gastos ordinarios (el día a día) y extraordinarios (la comunión de la niña) o a una inversión (arreglar el cuarto de baño).

Cuando hablamos de fútbol, sin embargo, nos da igual todo: ponemos, en un lado, los importes de las ventas de jugadores en ese período de fichajes y, en el otro, los importes de las adquisiciones. Da igual lo que haya pasado en ejercicios anteriores, da igual lo que pase en el propio ejercicio (con los cedidos; por ejemplo) y da igual lo que tenga que pasar en el futuro, nosotros hacemos un “análisis contable” simplificado, de un ejercicio estanco, y a partir de ahí opinamos sobre si, como nos gusta decir, el dinero está o no en el campo.

Obviamente las cuentas no son así, como no son así nuestras propias finanzas. Uno no deja de pagar la hipoteca de una casa porque la alquile los meses de verano, ni deja de abonar el móvil que se compró a plazos porque lo ha perdido (y, además, se tiene que comprar otro), ni necesariamente se gasta en un fin de semana un dinerito extra que ha pillado, que estoy ahorrando para un viajecito… Pues en un club de fútbol también hay hipotecas, móviles perdidos y dineritos extra que hay que administrar.

No vamos aquí a explicar el modelo del Sevilla FC, aunque solo sea porque ni de lejos me acercaría a la capacidad pedagógica de Juan Luis Villanueva en las últimas Juntas Generales, pero sí que conviene recordar que es un modelo cuya principal virtud es precisamente seguir aplicándose muchos años después de implantarse, porque un club se debe administrar no con el objetivo de obtener éxitos deportivos a corto plazo, sino con el de seguir obteniéndolos dentro de muchos años. Se llama viabilidad y es, quizás, nuestro principal patrimonio.

JUANMA DÍAZ 14/10/2019

Yo… sevillista como mi padre

Una de las cosas que más recuerdo de mi infancia es la pasión que mi abuelo materno tenía conmigo. Y eso que yo era muy pequeño, pero parece que se me ha quedado grabado a fuego. Yo tendría 3-4 años y cuando llegaba a casa después del colegio me sentaba en sus rodillas y me […]

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies