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PABLO F. ENRÍQUEZ 07/12/2019

Sentimiento

Con las palabras no se juega, o no se debería. Y sin embargo, no hay que remontarse al recurrente goebbelsiano para comprobar hasta qué punto resulta efectivo manipular el diccionario para consagrar como irrefutable lo que no pasa de ser una ocurrencia. Una de esas palabras es sentimiento. Hablemos de ello.

No hace tanto, un futbolista retirado del Real Betis que atendía al apodo ‘Capi’ trató de zanjar un debate televisivo (prescindible, y no solo por este motivo) con el categórico «soy bético porque lo he mamado, no por ganar títulos». A los no tan jóvenes no les resultará novedoso este recurso a lo intangible para reafirmar una identidad. Un ejemplo lo encontramos en aquel spot de un Atlético de Madrid en horas bajas donde un crío preguntaba a su padre por qué eran del Atleti («por qué me has hecho del Atleti» habría sido lo justo en una secuencia con más tintes freudianos). Tampoco le fuimos a la zaga en el Sevilla, que todo hay que decirlo, con la campaña de la entrañable ecografía que adelantaba la condición sevillista del nasciturus. Y es que a la hora de invocar emociones no se salva casi nadie. Que le pregunten a los del ‘mes que un club’.

La experiencia dicta que el manido sentimiento viene precedido de la indigencia, la derrota y el fracaso. Es esta una bandera que se enarbola de forma instintiva cuando nos damos de bruces con una realidad desagradable, que viene a decirnos que no somos lo que un día nos contaron o que, en el mejor de los casos, estamos lejos de ser lo que quizás fuimos. Del sentimiento habla (y ya cansa) el que pierde más que gana, y éste deja de hacerlo un segundo después de que la pelota entre. Todos los adalides del sentimiento en vena cambiaron el discurso conforme normalizaron su relación con la victoria. No falla.

Además, con la apelación al sentimiento esta pasando en el fútbol como con tantas batallitas que se libran en la esfera política, donde el más espabilado se hace rápidamente con el patrimonio de la defensa del medio ambiente, los derechos de los trabajadores y la igualdad efectiva entre ellos y ellas. La primicia sirve, de paso, para situar enfrente al resto de la tropa. En lo que nos ocupa, más de mismo: se ha naturalizado esto del sentimiento, con su aura de falsa grandeza agredida, como signo identitario de aficiones poco acostumbradas al éxito. Como si sentir los colores fuera monopolio del que lucha por evitar el descenso de categoría.

Así que, ‘Capi’, sin la menor acritud: sepa que a «los de los títulos» no nos parieron el 10 de mayo de 2006 en la grada del Philips Stadium. Y créame si le digo que el que más y el que menos se curtió en entornos no precisamente agradables antes de que Puerta se la pusiera imposible a Rost. A diferencia de usted, quizás la memoria de un pasado exitoso evitó que cayéramos en la tentación siempre dulce de convertir la derrota, el fracaso y la indigencia en una forma de vida. En eso sí nos distinguimos.

ENRIQUE VIDAL 06/12/2019

Mercadeo

“No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado” (Jn 2:16).

La anterior cita, incluida en el Evangelio de San Juan, ilustra la conocida escena bíblica de la expulsión de los mercaderes del Templo.

Confieso que la presentación del denominado “gran pacto” de los grupos mayoritarios de accionistas del Sevilla F.C. me recordó enormemente esta escena, en la que un puñado de cambistas y especuladores profanaban el Templo sagrado del pueblo de Jerusalén.

Ya lo dijo el Papa Francisco, no hace mucho: “Este gesto de Jesús es siempre actual, no solo para las comunidades eclesiales, sino también para los individuos, las comunidades civiles y la sociedad”.

El debate sobre los clubs de fútbol, su naturaleza jurídica, la titularidad de su patrimonio y el régimen al que fueron condenados, salvo unos pocos privilegiados a dedo, con su conversión en sociedades anónimas deportivas, daría para mucho.

En el caso del Sevilla F.C. es más que dudoso que, en los planteamientos originales de la Ley del Deporte, hubiera tenido que someterse a su transformación, dado que gozaba de un patrimonio real enormemente superior a su deuda, gracias a la titularidad privada de su estadio y terrenos circundantes y de la ciudad deportiva, con enormes plusvalías latentes que los requerimientos contables impedían lucir en sus estados financieros, pero que indiscutiblemente hacían de la entidad una de las más solventes del panorama español.

Aquella conversión propició que unos cuantos, con el único mérito de pasar por allí en el momento oportuno y prevalerse de su posición para planificar concienzudamente el desembarco en el capital, se apropiasen de la obra, tangible e intangible, de varias generaciones de sevillistas, a un coste ridículo, o lo que es lo mismo, sin justiprecio.

Otro tanto puede decirse de quienes vienen protagonizado una lucha sin cuartel por acopiar más y más acciones de nuestro club en los últimos tiempos, en una vergonzante carrera en la que casi todo vale con tal de arañar cuota.

Ninguna legitimación, material ni moral, tienen ni tuvieron estos atípicos dueños de la ahora mercantil sevillista, por mucho que lo proclamen a los cuatro vientos, pues cualquier inversión de tiempo, apoyo económico o financiero puntual que pudieran haber realizado en algún momento, incluso considerando aquellas apuestas más arriesgadas, además de minúsculas en términos relativos si se compara con toda la trayectoria de décadas de la sociedad, fueron perfectamente compensadas y rentabilizadas, tanto social como crematísticamente hablando.

Como decía el filósofo y jurista alemán Max Weber, sin legitimación, el derecho es una fuerza desnuda, carente de ética, contrario a la moral.

Nos encontramos ahora con la propuesta de aprobación en la próxima junta general de una muy importante distribución de recursos de la sociedad Sevilla F.C. a favor del Consejo de Administración, que salvo pirueta con triple tirabuzón, habrá que ver cómo encaja en el siguiente mandato legal:

“La remuneración de los administradores deberá en todo caso guardar una proporción razonable con la importancia de la sociedad, la situación económica que tuviera en cada momento y los estándares de mercado de empresas comparables. El sistema de remuneración establecido deberá estar orientado a promover la rentabilidad y sostenibilidad a largo plazo de la sociedad e incorporar las cautelas necesarias para evitar la asunción excesiva de riesgos y la recompensa de resultados desfavorables.”

Habrá que ver también cómo se entiende un sistema ya instaurado donde las inversiones efectuadas en la adquisición compulsiva de acciones por parte de los grupos del “gran pacto” se retroalimenta a base de remuneraciones, salarios y dividendos que aprueban con su propia mayoría, salen de la caja del club y previo paso, directo o indirecto, por sus bolsillos, acaban con una flamante anotación en el Libro Registro de Acciones Nominativas, en una suerte de círculo vicioso que, como poco, bordea la asistencia financiera y el conflicto de intereses.

Recordemos que no muy lejos de Nervión, se ha resuelto un sonado litigio mercantil donde vino a anularse la adquisición de acciones de una SAD por parte de ciertos particulares por haberse acreditado, a juicio del tribunal, que los recursos utilizados a tal fin procedían en última instancia de la propia sociedad.

Todo esto, con la rumorología de fondo apuntando a que el “gran pacto” se transformará en la “gran venta” en cuanto se cumplan las condiciones que los fondos de inversión manejan, hace que la metáfora bíblica con que iniciamos este artículo amenace con cumplirse a pies juntillas en nuestra particular realidad.

Duele ver profanado, con tanto mercadeo, nuestro templo, el edificio sevillista construido y sustentado por varias generaciones de fieles. Y duele también sospechar que, en un futuro, quién sabe si muy cercano, pueda acabar ese templo convirtiéndose en lo que Jesús denunciaba. Búsquenlo, si quieren saberlo, en los evangelios, que yo no me atrevo ni siquiera a pensarlo.

Por cierto, de aquel templo, como bien me apuntaba un amigo, sólo queda hoy el Muro de las Lamentaciones.

La junta de accionistas

En cada convocatoria de Junta de Accionistas (J. d. A.) se perciben movimientos y maniobras orquestales más o menos en la oscuridad, tal vez sea actualmente el mayor problema de inestabilidad en nuestro querido club. ¿Por qué será? Este año no es una excepción. Primero, el misterio en la colocación de la fecha, luego se cambia tras el anuncio de que los pequeños accionistas llegan al 5% del control de las acciones y se pone en un día que casi hay que llevar las uvas a la asamblea, después se rechazan 1.067 acciones según el sistema de cotejo de la propia entidad convocante, y finalmente el gran pacto que incluye solo al gran accionariado del club y excluye al pequeño. Unos vaivenes impropios e injustificados en una sociedad que marcha bien.

El SFC va en crecimiento continuo desde que en 1999 D. Roberto Alés presidió el Consejo, a él hay que reconocerle la catarsis que consiguió en la entidad y en la afición basada en la humildad y el realismo, y así se produjo un ascenso por el que nadie daba un duro al empezar el campeonato. Él fue quien puso los dos pilares deportivos sobre los que luego se han sostenido los éxitos del equipo: Caparrós y Monchi. Luego, D. José Mª. Del Nido puso a la ciudad futbolísticamente en el mapa,  sacó al club del provincianismo, a la afición del conformismo, y supo crear una plantilla y cuerpo técnico con hambre de triunfos,  bajo su mandato llegaron los primeros títulos en 58 años. Finalmente, con D. José Castro, se ha continuado la senda, pero además,  se han mejorado notablemente las infraestructuras del club, estadio y ciudad deportiva, hasta el punto de que la UEFA celebrará la final de UEL 2021 en el RSP. D. José Castro y su consejo, han hecho el milagro de llegar a 40.000 abonados en una ciudad, deportivamente dividida, donde existen los tres barrios más pobres de España y que sus principales fuentes de ingresos son el turismo y la función administrativa, ha recuperado al director deportivo más reconocido mundialmente, está consiguiendo que al SFC empiece a respetársele a nivel nacional (Fuera ya lo era, y no incipientemente) mediante su exquisito trato con la prensa, va aumentando año tras año el presupuesto de la Sociedad y hay hasta reparto de dividendos. Nadie puede dejar de reconocer estos logros, el sevillismo lo sabe.

Y el abonado, accionista, socio, o simpatizante, también sabe que ellos, los del Consejo, arriesgan su patrimonio en beneficio del Sevilla, que la Ley de S.A., aunque injusta, les da la razón, que tienen derecho a comprar acciones, aunque sea a costa de gente necesitada pero a los que nadie ha puesto una pistola en el pecho, que tienen derecho a ponerse un sueldo porque dedican un esfuerzo que el resto no hace. Es de justicia reconocer estos hechos y realidad incontestables.

Pero la J. d. A. no está para servir de botafumeiro ni al Presidente ni su Consejo, está para hacer críticas ya sea a la gestión, a las cuentas, a la situación deportiva e incluso las formas de convocatoria de la misma, está para responder las dudas y sombras de sospecha que el accionista, aunque no sea del gran capital, albergue. Las preguntas al Consejo, no se hacen para que sienten mal a sus miembros, sino por un deseo de transparencia, y sin dejar de reconocer lo mucho y bueno que hacen por el Sevilla. Por lo tanto, no es de recibo que se conteste con mal humor, que no se responda o que, desde algún sector de la mesa, se le refriegue al pequeño accionista su mucha o poca capacidad económica. Y, desde luego, señalar al pequeño accionariado como foco de inestabilidad alejándolos de grandes pactos, a modo de cordón sanitario, tampoco ayuda.

Escrito esto, si en el actual Consejo existe la voluntad de que algún día hay que dar entrada a un inversor foráneo que controle la mayoría de acciones y además se decide la venta del RSP y su traslado a otro escenario, esto debe explicarse.  Sabemos que en una S.A. el capital manda, pero las S.A. del fútbol no son como las puramente comerciales, además de administrar capital, administran sentimientos, y aunque la ley ampara al capital, tampoco se puede ir, sin más, contra la opinión mayoritaria. Los pequeños accionistas, el resto de abonados, socios y simpatizantes, se merecen una aclaración detallada como mínimo, aunque luego la votación obedezca a la ley de SA.

La mayoría del sevillismo, que no integra los grandes capitales que controlan el club, cree que si ha de venir un inversor foráneo lo sea en beneficio del SFC previo cumplimiento de algunos compromisos y requisitos: respetar la idiosincrasia de la entidad, tener un mínimo de tiempo de afiliación al club, y comprometerse a no deslocalizarlo. El SFC no se entiende sin su ciudad. Y si hay que proceder a la venta del patrimonio inmobiliario y su traslado a otro lugar abandonando el barrio donde lleva 91 años y que es parte del alma del Sevilla ¿Cómo se le puede exigir sin más al aficionado la salida del escenario donde varias generaciones aprendieron lo que es ser sevillista? que igualmente sea en beneficio del club. Hoy por hoy, la opción del Estadio Olímpico es inviable porque este no reúne las condiciones mínimas de conectividad ni de adaptación a la práctica y visualización del fútbol profesional, tendría que ser además en propiedad exclusiva del Sevilla. La utopía de un estadio comunal municipal compartido pasó ya. La construcción de un nuevo campo en Montequinto sería menos traumática porque la entidad lleva ya allí desde 1974.

Si todo esto se explica bien, es la voluntad del Consejo, y no hay inmediatez en el tiempo, el sevillismo lo va a entender, y una futura generación puede aceptar estos pasos. Lo que bajo ningún concepto se entendería es que todo se hiciese de forma opaca y no en beneficio del club. Hoy, es utópico que al SFC le pueda ocurrir lo que en tantos lugares de nuestra geografía si ha pasado, escisiones que han hundido en la miseria deportiva a los clubs de  Salamanca, Logroño, Jerez de la Frontera, Badajoz, Orense, en su momento Granada, y los que vendrán. Claro que el Sevilla y nuestra ciudad son diferentes, pero en un mundo tan volátil, voluble y proceloso como es el fútbol en el que en cuestión de días se pasa de héroe a villano, nada es descartable. Si desde la cúpula de la entidad se apuesta por la unidad, que se tenga en cuenta al pequeño accionista y al resto de abonados, socios y simpatizantes. No es la Ley, pero si la Justicia.

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200

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