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ANTONIO VELÁZQUEZ 19/07/2020

Otro año igual

Corría el año 1995. Era día 10 de octubre y un Sevilla entrenado por Juan Carlos Álvarez defendía ante el Olympiakos en el “infierno” griego un 1-0, con gol de Juanito, conseguido en el Pizjuán en los dieciseisavos de final de la antigua Copa de la Uefa. El partido se fue a la prórroga y, durante el tiempo extra, el equipo de El Pireo se ponía con un 2-0 en el marcador que nos mandaba directamente pa’ la Venta. En el minuto 110 de partido, Davor Šuker colocaba el balón con mimo para lanzar una falta con su zurda mágica. En ese momento, yo, con once añitos y mirando la tele junto a mi padre, sabía que algo podía pasar aunque era un tiro lejano, casi desde Coria del Río. Y pasó. El croata le quitó las telarañas a la portería y el Sevilla se clasificaba para octavos. Recuerdo perfectamente cómo en cuanto pitó el final el árbitro, todos los chiquillos sevillistas nos bajamos a la calle a jugar al fútbol e intentar tirar faltas como Davor. Daba igual que fuera tarde y que al día siguiente hubiera clase en el colegio. Ahí estábamos todos celebrando una clasificación para octavos. Qué tiempos aquellos…

En la siguiente ronda nos tocaría el Barça (sí, el auténtico Barça en la Uefa) que nos dio fuerte y flojo en el Camp Nou. Quedamos eliminados pero, oye, habíamos llegado a octavos. Fue una pequeña alegría en un año raro, en el que quedamos en duodécima posición en la Liga. Al año siguiente bajamos a Segunda y comenzaría la época más trágica de nuestra historia reciente. Pero no hablaré de eso, que me da urticaria de solo pensarlo.

Y cómo ha cambiado la cosa. Entre finales de los 80 y principios de los 90 era famoso el cántico de “otro año igual”, refiriéndose el respetable a las clasificaciones normalmente mediocres del equipo, carne de mitad de la tabla durante mucho tiempo. No pasaba nada bueno, tampoco nada demasiado malo. Y a nosotros nos gusta la emoción, somos unos auténticos Johnny Drama de la vida. Después de mucho doló llegaron Don Roberto Alés, Caparrós y Monchi y, bueno, ya sabemos el resto. Dieciséis clasificaciones para Europa en 17 años desde aquel gol de Baptista contra el Osasuna en la última jornada de la 03/04 (que viví en directo en nuestro estadio con mi amigo Cristo) y que, seguro, cambió la historia del Sevilla.

Ese año en España, donde era presidente Zapatero, UPA Dance era un éxito y los triunfitos sacaban sus primeros discos. Incluso Bisbal y Chenoa aún eran novios. Se llevaban los pantalones de campana de tiro bajo y todo el mundo usaba gomina Giorgi. Aún nos quedaba un tiempo para conocer Facebook o Twitter, pero era muy molón tener un Myspace. Quentin Tarantino estrenó Kill Bill 2 y a mí me faltaban unos años para siquiera imaginar algo parecido a Malviviendo.

Las chicas y los chicos sevillistas de 20 años para abajo no saben lo que es ese “otro año igual”, pero es mucho más bonito este “otro año igual”. Y aún no ha acabado todo, podría ser ‘otro año igual’ al del Dream Team de Juande Ramos, y unir la clasificación de Champions a la sexta Europa League. Prometo que si lo hacemos, bajaré como aquel chiquillo en 1995 a jugar al fútbol e intentar emular los goles de Ocampos, los regates de Banega o los centros de Navas.

Ojalá “otro año igual”.

JULIÁN RUÍZ 18/07/2020

Lopetegui a domicilio ¡DÍGAME!

Julen Lopetegui Agote, que cumplirá 54 años a finales de verano, ha podido ser de largo, desde su contratación, una persona muchísimo más criticada que querida por la afición sevillista en los últimos tiempos, incluido por quién suscribe este artículo, pese a los resultados obtenidos en esta temporada.

No hay que irse muy lejos, para recordar que en el artículo del mes de febrero argumentaba lo que debía de ser su destitución. Pero lejos de mantener una postura rígida e inflexible, convendremos todos que el técnico sevillista se ha ganado si no la admiración de los aficionados por su trabajo, al menos sí ha consolidado su respeto. Y más contundente aún, respeto basado en el trabajo de su idea de fútbol y contrastado con los resultados.

Y es que este Sevilla ha vuelto hecho una auténtica fiera desde que se reanudara el campeonato doméstico, donde ningún equipo ha sido capaz de derrotarlo. Esta plantilla tiene músculo y está físicamente muy fuerte, repliegan todos muy rápidos y casi en bloque en las transiciones ataque-defensa, además de haberse podido observar de nuevo, un aumento bastante significativo de esa presión alta que hizo gala el equipo en la pretemporada veraniega y en los primeros encuentros del torneo.

El Sevilla jugará la Champions League el próximo curso y el éxito, a la vista de los resultados, radica en los partidos disputados a domicilio, donde no hace mucho tiempo, había que esperar hasta un año para ver ganar un partido. Dejo unos datos que son aplastantes y concluyentes para el éxito de Lopetegui en esta primera temporada en Nervión, de remodelación absoluta de la plantilla, sin un delantero fiable y con una portería mejorable para el aficionado de a pie, lo que realza más si cabe el excelente trabajo del entrenador vasco para estar luchando hasta la última jornada por el tercer puesto.

En treinta y siete partidos de Liga, el Sevilla ha dejado su portería a cero solamente la barbaridad de dieciséis partidos, ¡casi ná! (ocho en casa y ocho a domicilio). Lejos del Ramón Sánchez Pizjuán ya se han disputado los diecinueve partidos preceptivos, donde el club hispalense se ha alzado como vencedor en nueve de ellos, siendo el segundo mejor visitante del campeonato con treinta y tres puntos.

Tan sólo cayó derrotado en cuatro ocasiones: en casa de los dos mastodontes de nuestro fútbol, en Vigo y en Ipurúa. ¡Ay, Eibar!, que todavía perdura en el recuerdo tras esa lección de fútbol en la primera mitad y ese comodísimo 0-2 al descanso.

Quince salidas de las diecinueve en las que el Sevilla logró sumar. Habría que tirar de la hemeroteca para conocer la última temporada en la que se superaron estos excelentes datos.

Es más, pensando en frío, este año nos faltan las derrotas habituales del Wanda, Mestalla o San Mamés, donde lejos de perder, incluso se ha ganado en alguna de ellas y dando una buena imagen.

No es menos cierto que a los aficionados nos gusta el que se arriesgue en fútbol, que no se sea “amarrategui”, o que se juegue “bonito” (muy difícil de definir por cierto). Pero lo que no engaña es la prueba del algodón, ésa que dice que el fútbol es un deporte en el que se juega para ganar y, en esto último, no se equivocó Monchi cuando anunció que fichaba a un entrenador para ganar partidos y este lo ha conseguido con la ayuda de su trabajo y, evidentemente, con la de los Koundé, Diego Carlos, Fernando o el mismísimo Lucas Ocampos.

La felicidad reina en la Sevilla rojiblanca que, pese a todo, aún no bajará la guardia, ni la crítica, ni la exigencia ante la disputa de la Europa League en el mes de agosto. Idiosincrasia sevillista, ésa que nos permite ser tan distintos pese a vivir en la misma ciudad. Ésa que hace que le hayamos dado, le demos y a buen seguro, le seguiremos dando palos en el lomo a Julen Lopetegui, porque somos así, tan exigentes como cariñosos. Tan críticos como reconocedores a final de temporada de un trabajo muy bien hecho. Simplemente exigimos pero respetando el trabajo. Simplemente somos sevillistas desde la cuna.

El escudo del Sevilla FC no se besa, se muerde

Si cuando éramos pequeñitos, recién nacidos casi, nos costaban mucho las cosas, o al menos mucho más que a los consolidados clubes del norte, cuando nos contemplan más de 130 años no ha cambiado la situación.

Curtidos en la adversidad, rotos los pechos por sacarlos cuando ha hecho falta menester, enarbolando siempre la bandera del sur, despreciado, con orgullo infinito, siempre defendiendo al escudo donde hiciere falta, fueren terrenos, gradas, tribunales o donde el ofensor quisiera aplicar triquiñuelas al grande de Andalucía.

Porque eso enseñaron las madres sevillistas transmisoras del gen más potente y ganador que se ha desparramado sobre nuestros campos, sierras, ríos y mares desde hace siglos: es territorio del Sevilla FC y lo encarna el Ramón Sánchez-Pizjuán.

Allá donde el escudo no se besa, se muerde; allá donde los demás han de apretarse los dientes; allá donde tu padre te susurró sobre la casta y el coraje cuando el estadio, el gigante, atronaba con su al Madrid y a sus millones nos los pasamos por donde huelga decir la palabra que tributa a la fiereza con la que defendemos lo nuestro.

Allá donde tantas acciones y jugadas de tantos hombres que lucieron nuestra enseña cosida sobre la camiseta generaron una forma de ser que encontró acomodo en el “dicen que nunca se rinde” ante el que recelan los rivales, unos tras de otros.

Porque, podremos perder, de formas rocambolescas o merecidas ante la superioridad de un contrario o porque el sino lo quiso así, pero sin que nadie se lleve nuestra bandera sino tan solo su gloria efímera sabedor de que más pronto que tarde nos tendrá enfrente de nuevo, en pie y con la mirada torva.

O agachados, haciendo piña, formados para que las espaldas estén bien guardadas y para que no exista absolutamente ningún resquicio para que un caprichoso balón entre donde no debe en ningún minuto 100.

Porque ¿quién hay en el mundo que pueda hablarnos de un minuto 100 cuando ahí, en la imagen congelada, se ha detenido el tiempo y se aprecian la formación defensiva, el corazón, el ansia, el valor…?

 

ALBERTO CONTRERAS 16/07/2020

El credo del león

Creo en un solo León, el nacido en San Fernando. Creador de plantillas exitosas, veedor del talento visible y del invisible.   Creo en el Sevilla, su equipo, concebido en verano por obra y gracia del León, nacido de sus scouts, a golpe de llamada y negociación, puesto en duda por escépticos, dado por muerto […]

Reuters
RAFA VELASCO 15/07/2020

Cuantas bocas calladas

Decía Séneca “ Lo importante es saber cuándo hablar y cuándo quedarse callado“ Hace aproximadamente un año, Monchi anunciaba el que sería entrenador de nuestro Sevilla FC en la temporada 2019/2020. Varios eran los candidatos según la prensa, pero nadie pensaba que el elegido fuera a ser Julen Lopetegui. Su accidentada salida de la Selección […]

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