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JOSÉ MANUEL ARIZA 04/05/2021

Los aforados

Saludos.

Cuando era un crío y todavía teníamos cartilla de racionamiento para aceite y otros alimentos, íbamos al campo del Loreto a animar al equipo de la barriada. Los mayores nos juntaban detrás de la portería del visitante y por apenas unos caramelillos de nata de una chica, nos pegábamos todo el partido gritándoles insultos a los porteros contrarios. Tacos gordos que jamás repetíamos en casa donde eso de las palabrotas estaba muy mal visto y conllevaba penas de restricciones de libertad.

Fue una escuela de vocabulario, en su lado menos amable, impresionante.

Los mayores, por su parte, dedicaban sus esfuerzos gargantiles para con el señor de negro. Comenzaban su trabajo apenas iniciado el partido y sin que el del pito hubiera metido la pata (subjetivo siempre) ni una vez pero se le “condicionaba”. Dicho de otra forma, se les acojonaba por lo que pudiera pasar.

Es cierto que en ocasiones pasaron de las palabras a los hechos y llegué a ver alguna paliza poco edificante, de justicia popular directa en forma de lluvia de puños y patadas de “escarmiento”. Los puntos se iban igualmente pero el personal adulto descargaba su frustración más allá de las faringes.

Los tiempos han cambiado afortunadamente y ahora, en los estadios, los insultos verbales a los árbitros se castigan solo con sanciones económicas y muy raramente, con cierre del campo.

Pero los “trencillas” (llamados así por el cordoncillo trenzado con el que sujetaban el silbato colgado del cuello antiguamente) han alcanzado el estatus del aforamiento absoluto. No importa si es reo de delito de lesa humanidad en favor de… frecuentemente y aunque veinte cámaras, inapelables, lo demuestren desde distintas perspectivas. Si lo vemos nosotros en casa, lo deben ver igual en la sala VOR sin duda ninguna. O no, porque depende de cómo te llames.

“El aforamiento es una situación jurídica según la cual determinadas personas por su condición personal, por el cargo que ocupan o por la función que desempeñan tienen un fuero distinto y no son juzgadas por los tribunales ordinarios que correspondería, sino por otros”.

Dicho lo cual, conviene mirar ahora lo que cobran los árbitros: según el acuerdo de 2018 (que se revisará en 2022) de la RFEF, La Liga y el Comité Técnico de Árbitros, los colegiados perciben unos emolumentos que pueden alcanzar los 296.000 € por temporada: fijo mensual de 12.500€ todo el año (piten o no) y 4.500€ por partido (suelen hacerlo unas 20 veces en cada ejercicio) y que si obtienen la internacionalidad, añadan 7.000€ más por actuación (hay bofetadas por ser ascendidos a ésa dignidad). Los del VOR, por dos horas, unos 2.100€. Dedicación plena, ciertamente. Parece que son los mejor pagados de Europa.

Si a eso añadimos que los más “significados” acaban su vida laboral como comentaristas de los medios afines, cualquier barbaridad estaría justificada. Comprada, mejor.

Por cierto… ¿por qué se les nombra siempre con los dos apellidos? Pues porque en 1970 hubo un colegiado de apellido Franco… deducirán que los epítetos que se le dedicaban al interfecto no eran del agrado del dictador y ordenó, por tanto, hacer ésa precisión “para no confundir”. La orden se mantiene hasta hoy cuando se supone que aquel régimen se superó hace décadas.

Nos encontramos, entonces, que los fallos (groseros o sibilinos porque los aciertos deberían ser la norma y pasar desapercibidos) llevan ahora la firma de DOS árbitros, DOS (con otros dos linieres y un cuarto colegiado como guarnición): el que pita y el que mira que le dice al otro lo que debe pitar aunque esto siempre vaya en función de qué escudo portes en la camiseta. Como antes pero con millones de testigos y tecnología punta.

Tengo una larguísima vida laboral a mis espaldas y en los distintos trabajos que he realizado, cuando no cumplía con mi parte del contrato, tenía un extenso listado de posibles sanciones: hacerlo mal, cometer errores graves, llegar tarde reiteradamente… Por suerte, siempre fui bastante responsable y solo una vez, por un fallo involuntario, me aplicaron una de ellas, leve. Las sanciones pueden llegar al despido dependiendo de la gravedad del “delito”.

Pues ésa norma se aplica a todos los trabajadores dependientes y cualquiera sea la ocupación,  porque la legislación se encarga de establecer los criterios que raramente se aplican a los empresarios.

A todos los dependientes no.

Los árbitros pueden errar, equivocarse, interpretar mal el reglamento o no saberlo bien, aplicar distintas varas de medir (prevaricar incluso) y… NO PASA NADA. Nadie les exige responsabilidades por sus reiteradas meteduras de pata y muy pocos, poquísimos, son descendidos de categoría por su mal hacer, por incumplimiento de contrato.

Pero ocurre que el empresario arbitral tiene otras estrategias y se debe a la patronal del fútbol, al engendro económico que mantiene dos o tres marcas contra las demás y en ello, los aforados cumplen perfectamente con lo que se les pide, con lo firmado en los tratados ocultos, con los acuerdos privados que solo ellos conocen.

¿Ejemplos? Mil y como dice mi amigo Pedro, “se van de rositas”.

Cuidaros.

DAVID MELERO 30/04/2021

Una asignatura pendiente para algunos

Humildad. Característica que consiste en tener consciencia de nuestras virtudes y defectos y obrar en acuerdo a esto. Valor totalmente contrario a la soberbia. No ser arrogante. Obrar bien sobre los demás. A medida que uno adquiere humildad se va haciendo un pequeño hueco en el corazón de los demás.

Porque una persona modesta tiene un rincón reservado en todos los sitios, o al menos, así me lo hicieron saber durante mi niñez. Sin infancia y una buena educación, la humildad no aparece en la vida de nadie, debido a que desde mi perspectiva, este valor no se trabaja, debe inculcarse a partir del primer lloro en los brazos de nuestros progenitores. Como diría José Ángel Buesa, “sólo es grande en la vida el que sabe ser pequeño”.

Como algunas tardes de primavera, me disponía a escuchar diversos podcasts y leer algunos artículos de distintas épocas futbolísticas. Curiosamente y, de manera totalmente fortuita, encontré una columna de Tomás Roncero en el Diario As del año 2017. En ella, el periodista deportivo español analizaba el pase a la final de la Champions del Real Madrid  tras eliminar al Atlético de Madrid. Todo me pareció normal hasta que al final de la columna leí esta frase: “El Madrid no tuvo infancia, nació grande”. Al instante, mi conciencia me hizo apagar el móvil y reflexionar ante tal afirmación.

Equipos “grandes”. Cuando no estás acostumbrado a caer, no valoras tus verdaderos éxitos. A la mínima que algo empieza a fallar, juegas con tu poder económico sin observar a tu alrededor; la discriminación no es palabra tabú en vuestro diccionario. Aceptar la derrota pocas veces es una opción, mirar a tu lado y culpar al ajeno es tu perdición. El fútbol hace tiempo que no es de los aficionados, pero ustedes, quisisteis desterrarlo de nuestros corazones para siempre, y eso JAMÁS podrá ser perdonado. Jugasteis con el sentimiento y el motivo de vivir de algunos, la palabra “fútbol” os sobrepasa.

“Grande es aquel que camina sin pisar a los demás”.

Los valores de la niñez nunca pueden perderse, de hecho, si tus verdaderos seguidores afirman no haber pasado por ella, difícilmente puedes adquirirlos. Años de tu vida donde te caes una y otra vez, sin tener éxito, hasta que de repente un día la vida te sonríe. “Nacer grande” es una verdadera pasada, un orgullo para tus fans, pero a la hora de la verdad, nada es tan bonito como parece. Cuando toca levantar cabeza después de un verdadero fracaso, todo se vuelve más costoso, la mayoría de tus seguidores se aferran a increíbles hazañas conseguidas en el pasado, sin tener cabida la autocrítica. Conocer el sabor de la derrota es un enriquecedor proyecto a largo plazo.

Si hay algún lugar que haya comido tierra una y otra vez, ese es el barrio de Nervión. La tristeza y la derrota estuvieron sobrevolando durante esa maldita época por cada rincón sevillista, sin piedad, pero con la cabeza alta y con sus seguidores al pie del cañón para apoyar a los suyos. Problemas económicos que nos hicieron más fuertes, adversidades que a día de hoy nos sitúan en lo más alto del mercado futbolístico. ¡Ay Monchi de mi vida!

Un canterano nos cambió la vida, un chaval que, con su esfuerzo, sacrificio y su zurda de diamante  colocó al Sevilla FC en la cima. Ese día supimos que nuestra “infancia” tenía punto y final.

El fútbol le debe una al Sevilla FC, el verdadero tapado en la lucha por la Liga. Restan 5 jornadas por dis(fr)putar, tenemos que ir con todo, nadie puede robarnos la ilusión. Nadie la quiere como nosotros, ¡VAMOS, JODER!

Foto: Avaricia (“Greed”). Película de 1924.
ENRIQUE VIDAL 29/04/2021

Avaricia

“Barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura”. Con estas palabras, inicia Jorge Luis Borges el prólogo a la segunda edición de su “Historia universal de la infamia” (1954). Creo no exagerar si afirmo que Florentino Pérez podría haber sido perfectamente el infame protagonista de alguno de los relatos incluidos en esa singular obra, bien como “atroz redentor” (Lazarus Morell), “impostor inverosímil” (Tom Castro) o tal vez “proveedor de iniquidades” (Monk Eastman); que con todas estas caras se nos ha presentado el personaje en alguna ocasión. De haber tenido noticias suyas, quizás un Borges contemporáneo hubiera puesto colofón a su libro con un capítulo que evitase la desmemoria de los últimos acontecimientos, algo así como “El depravado cinismo de F. P.”

Porque, efectivamente, Pérez nos ha demostrado, sin que nadie se lo haya pedido, que está hecho de otra pasta, y que esa pasta se llama cinismo. Un cinismo tan al límite y desbordado, tan borgesianamente barroco, que resuena extravagante y frisa lo jokeriano. Si tuviéramos un periodismo libre, sin servidumbres al yugo del pensamiento único merengue, cualquier plumilla recién licenciado lo hubiese despedazado en las patéticas apariciones públicas que nos ha brindado para justificar su mesiánico proyecto de Superliga, pero (casi) nadie se atreve a toserle.

Ya en anteriores ocasiones he manifestado que el único y verdadero sancta sanctorum de este país es el sillón que se ubica en el centro de la primera fila del palco del Bernabéu. Han caído presidentes de otros clubs, políticos, gobiernos estatales y autonómicos, incluso monarcas, pero el que ocupa ese asiento es invulnerable, y además, lo sabe. Tiene un ejército de cómplices en su propia casa, y otro de mamporreros por todo el orbe. Aquí ha conseguido que sus socios, en lugar de censurarlo y ponerle freno, le hayan permitido modificar estatutos para entronizarse como un Santos Banderas que hace y deshace a su antojo en su particular Tierra Caliente. Allende estas fronteras, ha construido una legión de seguidores prefabricados que no es más que la suma de millones de consumidores de un producto artificial que no llega a ser la sombra de lo que un día pudo parecer genuina grandeza.

Personalmente este tipo de individuos me estremece, porque recuerdan tristes antecedentes de otros salvadores de la patria que también esgrimían la defensa de la democratización y la limpieza de las instituciones para legitimar lo que no era sino ansias de poder absoluto. Comportamientos así sólo tienen dos explicaciones posibles: o se trata de psicópatas o están tan acostumbrados al abuso y la impunidad que lo encuentran natural y no conciben que se les contradiga. Elijan lo que prefieran, cualquiera de las opciones es repugnante. Al menos, por encima del desprecio y la insolidaridad, el tufo supremacista que expele la Superliga y todo el nauseabundo aparato mediático que rodea a sus creadores, nos queda el consuelo de que este esperpento haya servido para que el mundo entero descubra la catadura de estos personajes, su doble moral y la vacuidad de una pose que pretende esconder, ya sin remedio, un egoísmo sin límites.

El proyecto de la Superliga incurre, no en una, sino en varias, claras y manifiestas, peticiones de principio. Premisas como que los problemas económicos de los clubs sedicentes han sido provocados por la pandemia o que gracias a ellos se consiguen ingresos televisivos y traspasos para la supervivencia de todos los demás clubs son absolutamente falaces. La primera pasa por encima de un dato elocuente: la Superliga lleva años gestándose en la clandestinidad. Además, soslaya el despilfarro y la mala administración de unos recursos económicos descomunales puestos al servicio de una megalomanía obscena. La segunda, sencillamente, subvierte la realidad, porque el trato privilegiado recibido de gobiernos e instituciones (desde su régimen jurídico, hasta prerrogativas políticas, financieras, fiscales, federativas o mediáticas), es la causa y no el efecto de haber incorporado a estrellas mundiales a sus filas, acumular triunfos y generar una brecha deportiva con sus rivales que rozaba lo ridículo. Queda muy poco de lo que en su día fue un deporte de caballeros, pero Pérez y compañía pretenden borrar hasta su recuerdo. Ni siquiera se conforman con una competición groseramente adulterada. No les parece suficiente disponer de designaciones arbitrales a la carta, comités sumisos, calendarios a medida o un VAR adecuadamente prostituido para que todo siga igual. Nos ofrecen el veneno y nos sugieren, como Tom Hagen a Pentangeli en la segunda parte de El Padrino, que seamos nosotros mismos quienes, discretamente, nos quitemos la vida, en un gesto de honor.

Según está montado el tinglado, Real Madrid y F.C. Barcelona (añadan si quieren al Atlético de Madrid) deben mantener su delirante espiral de gasto, y los demás tenemos que dejarlos vivir más allá de sus posibilidades (que son casi infinitas) en lugar de pasar por una reconversión. No solo debemos dejarlos, sino que estamos moralmente obligados a contribuir y apoyar su cruzada elitista. Se creen por encima del bien y del mal y, en su necesidad de acaparar recursos, no pueden permitirse la excepción a la regla, el riesgo de alguna heroicidad intrusa ni que algún rebelde plebeyo ose poner en jaque sus dominios de señor feudal. Por ello, si surge una competencia que pueda llevarse la mano pese a sus cartas marcadas, hay que eliminarla. Se trata de aniquilarnos a todos, por si acaso, como Herodes con los santos inocentes. Por eso, me gusta pensar (y me congratula saber) que nuestro Sevilla F.C. pueda ser una de esas amenazas. Y quisiera soñar (que para eso es el verbo más conjugado estos días por el sevillismo) que la torticera maniobra separatista de estos otrora enemigos íntimos, no les puede librar de acabar algún día como Schouler y McTeague, los protagonistas de uno de los mejores finales cinematográficos de la historia. Hablamos de “Greed” (Avaricia), la monumental película muda de Erich Von Stroheim, genio cáustico al que, por cierto, Borges tanto admiraba.

JOSÉ MANUEL ARIZA 28/04/2021

La neolengua

Saludos. George Orwell, en su magnífica obra “1984”,  inventó el término “neolengua” (nuevahabla, nuevalengua) en un alegato fantástico contra los totalitarismos. El bueno de George se inspiró para el libro en su experiencia en la guerra civil española, donde sufrió en carne propia los horrores de las represiones, purgas y otras lindezas aplicadas al control […]

ANTONIO VELÁZQUEZ 27/04/2021

Y si…

Corre el minuto 82 de partido en el Sánchez-Pizjuán. El Deportivo Alavés se atrinchera en su área debido al dominio sevillista, que no para de atacar en los últimos minutos. Precioso domingo primaveral de fútbol para dar fin a la liga más igualada, y con más pretendientes del siglo XXI. La temporada 20/21 llega a […]

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