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JUANMA DÍAZ 23/05/2021

Volveremos a nuestro templo

Tenía que ir a verte, pero no cuando se convocó a través de las redes sociales. Tenía que ser en otro horario, en otro momento, porque tenía que verte a solas para decirte por lo bajini que pronto nos veremos, que pronto cruzaremos esas puertas numeradas para acceder a tus gradas. Ganas hay… y muchas.

Eran poco después de las once de la mañana del domingo 23 de mayo. Solo unas horas antes de disputarse el Sevilla-Alavés que cerrará la Liga 20/21 en el Sánchez-Pizjuán. Llegué a esa explanada de Gol Sur tras un paseo con mi silla de ruedas eléctrica que me llevó una hora y veinte minutos desde Sevilla Este carril-bici “to p’alante” -y otro tanto para la vuelta, claro-. Casi tres horas que merecieron mucho la pena. Solo para verte, para ver tu escudo en esa fachada de Gol Sur, para hacerme un selfie donde se viera el escudo y el polo de mi Peña Hastalamuerte.net que estaba estrenando.

Solo había por allí un par de operarios de Lipasam y algunos padres y abuelos sentados en los bancos mientras sus hijos y nietos disfrutaban de los columpios y toboganes que hay en el parque infantil junto a la Avenida de Eduardo Dato. La mañana estaba fresquita, pero aún así busqué la sombra de uno de los arbolitos para dirigirme por lo bajini al escudo que preside nuestro templo. Le dije que volveré, seguramente tendré que hacerlo nuevamente a mi sitio de discapacitado con mi sobrino Migue empujando mi silla, porque todavía estoy en la lucha para conseguir el #yomecuro y sigo en silla de ruedas. Pero estoy convencido de que más adelante la soltaré, volveré a andar y volveré a subir esas escaleras que a veces parecen hacerse interminables para llevarte a la grada alta.

El que es creyente, sea de la religión que sea, tiene su templo o templos de referencia, el que es carnavalero tiene al Gran Teatro Falla de Cádiz como su templo del Carnaval -como escribió en su momento Juan Carlos Aragón (q.e.p.d.) en un pasodoble antológico de su comparsa “Los millonarios”- y el que es sevillista tiene al Ramón Sánchez-Pizjuán como templo del sevillismo. El lugar donde tanto hemos disfrutado y, también hay que decirlo, tanto hemos sufrido. Pero, como se suele decir, “que nos quiten lo bailao…” Vivencias tenemos todos, porque todos los que hemos pisado esas gradas -de hormigón como antaño o de asientos como ahora- echamos mucho de menos el llevar tantos meses sin poder estar por allí por culpa de la dichosa pandemia.

Volveremos… y seguramente sea pronto, pero por favor que se haga en condiciones. Con todas las garantías y con las medidas de seguridad necesarias mientras que la pandemia siga entre nosotros. No he entendido muy bien esa decisión de que hubiera público con aforo limitado en estas dos últimas jornadas de Liga, pero solo en algunos estadios. ¿De verdad era necesario? ¿No se crea un agravio comparativo y se puede adulterar la competición? ¿No se podía haber esperado ya a la próxima temporada y tomar una decisión común para todos? En fin, cosas de los que mandan…

Es evidente que todos tenemos ganas de volver a la vida que teníamos antes de marzo de 2020, pero seamos conscientes de que fácil no va a ser. Tenemos que seguir siendo responsables, cumpliendo las medidas establecidas por las autoridades, vacunándonos cuando nos toque -yo me pongo mañana la segunda dosis de Moderna- y siendo conscientes de que esto es tarea de todos. Lo primero es conseguir que no haya más muertes ni más contagios, lo siguiente conseguir recuperar la economía y después vendrá todo lo demás, entre ello el fútbol. Tenemos muchas ganas de seguir viviendo, de poder seguir disfrutando de todo aquello que nos gusta y tú que estás leyendo esto seguro que estás deseando de poder volver a nuestro Sánchez-Pizjuán para volver a ver a nuestro Sevilla FC en vivo, no a través de una pantalla de televisión. Lo veremos… y seguiremos disfrutando, estoy seguro de ello.

Facebook. El Hombre y la Tierra
ENRIQUE VIDAL 21/05/2021

Cincuentenario

La primera vez que pisé el Ramón Sánchez-Pizjuán no fue para ir al fútbol, sino al Gran Festival Infantil de Félix Rodríguez de la Fuente. Dada la abrumadora presencia de público, tuvimos que acoplarnos, según el relato familiar, entre aquellas vigas y pilares de hormigón con muñones de hierro que componían el esqueleto del inacabado Gol Sur. Tal vez de aquí provenga mi devoción por esa estampa setentera del estadio sin terminar, más parecida a las ruinas de un viejo teatro romano que a un coso deportivo. Por eso, y seguramente también porque pocas veces un edificio podía representar de forma tan cabal el estado de grandeza interrumpida que entonces presentaba su inquilino. Apenas tenía año y medio y como es lógico, no lo recuerdo en absoluto, pero para entonces estaba bien seguro de algo: yo ya era sevillista.

Al poco de aquel improvisado debut me convertí en asiduo espectador de mi equipo, de aquellos partidos de las cinco de la tarde con mi padre o mis tíos, mi hermano y luego mis primos, siempre que el tiempo no lo fastidiara, porque si llovía o simplemente estaba un pelín nublado, mi madre no nos dejaba salir. Hasta en esto se notaba que éramos (y somos todos) hermanos del Cachorro. Han pasado varias décadas, demasiadas, pero todavía escuece la desilusión de perdernos, a ultimísima hora, más de un partido. Por ejemplo, un cuatro a cero frente el Oviedo de Ortuondo, Galán y compañía, cuando aquel delantero rubio cordobés apellidado Martínez se apuntó un hat-trick bajo la lluvia.

La costumbre nunca hizo que la ruta a Nervión perdiera sus aires de aventura, subidos en el SEAT 132 gris de mi tío Antonio, con la radio trayéndonos los sonidos del Carrusel Deportivo y sus corresponsalías, anticipando alineaciones y perspectivas de la inminente jornada. Aparcábamos siempre en la trasera del Hotel Portaceli, y desde allí, peregrinábamos a nuestro santuario, atravesando el lodazal de albero de los aledaños con el que la desidia municipal llevaba veinte años obsequiando a los sevillistas. Nuestro estadio se había convertido en una verdadera casa, un segundo hogar. Solía dibujarlo sobre papel –otra de mis pasiones- con mi caja de Alpinos, era especialmente “jartible” con ello. Me gustaba esmerarme en perfilar las sombras que, a modo de equis móviles, proyectaban sobre la hierba los jugadores por efecto de los focos que se alzaban en aquellas cuatro enormes torretas de iluminación artificial con su letrero de Almedi que coronaban los vértices de la grada alta. También era capaz de trenzar de maravilla, con mis lápices de colores, las líneas de nuestro escudo, los santos, las siglas y las costuras de su balón central.

Eran tiempos, deportiva e institucionalmente, extraños. Se palpaba la crispación propia del desarraigo, andábamos como zombis, perdidos en el laberinto de la muy bizarra Segunda División de los setenta. Olsen estaba al timón, Biri-Biri era el ídolo de la chiquillería, y en los mayores empezaba a intuirse algo nuevo, la ilusionada esperanza del ascenso y la terminación del estadio, pero muy tímidamente, sin lanzar campanas al vuelo, debido a las décadas de sufrimiento y los muchos palos recibidos. Fueron años de aprendizaje en el rito y, sobre todo, una época para el despertar de las sensaciones: los olores del día de partido (césped, albero, puros habanos, caramelos pictolines …); los sonidos de la grada (las broncas, los miedos, los gritos de gol, los olés, los “piropos” al arbitraje, la megafonía -en la puerta, Paco; dos, Hita; tres, Sanjosé …); los ruidos a pie de campo (la bota percutiendo el balón, gastado y pentagoneado en cuero rojo y blanco, adquirido, como todos, en Deportes Arza; los disparos contra el hierro de las porterías, las terribles patadas de los defensores de entonces y los gemidos de dolor de sus “beneficiarios”…); la estampa imponente del espectáculo visual, escudriñada palmo a palmo con ojos infantiles, curiosos, posados en las vallas publicitarias o el Simca con sus anuncios a dos aguas dando vueltas en los descansos, el marcador simultáneo de tablillas y el electrónico Orient de cuarzo, el palco con el escudo y sus sillones de forja, los pañuelos al viento para el gol por la escuadra o el desaire arbitral, las almohadillas y los enfermeros de la Cruz Roja, las banderas con la clasificación liguera, los reclutas que accedían con la entrada de 100 pesetas para militares y niños, los toldos rayados en el banquillo, etc.

El salvoconducto mágico, en forma de carnet de socio, era un cartoncillo blanco de esquinas redondeadas poblado de escuditos grises que se rellenaba a máquina, plastificado, con foto sepia de ficha escolar, y se gestionaba en la Secretaría de la calle Harinas, en aquella mansión, oasis de frescor antiguo en las mañanas de julio, donde mientras mi padre hacía cola con guayabera y pantalón de mil rayas, yo me extasiaba boquiabierto pegando mi cara en el cristal de la mesa vitrina que ocupaba el patio de la casa, en la que, como un juguete maravilloso, se podía contemplar la maqueta, color maestranza, de la anhelada mole sevillista. Años después, por casualidad, encontré mi nombre y el de mi hermano, en la lista de contribuyentes a la fila cero para la terminación del estadio. Las cosas del viejo. Lo publicaba Sevillismo, y aquello me pareció algo así como la confirmación de aquel remoto bautismo en la fe nervionense; un versículo, entre tantos otros iguales de miles de hermanos sevillistas, susurrándome: “… esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna” que por entonces comenzaba a profesar y que cumple ahora cincuenta años de ejercicio ininterrumpido, sin más mérito que el de alcanzar la edad necesaria para ello e intentar darle continuidad al más preciado legado de nuestros mayores.

JOSÉ MANUEL ARIZA 19/05/2021

Vacaciones

Saludos.

Llega el final de curso y a falta de un partido (me adelanto, por tanto, a un posible análisis final porque, entre otras razones, en eso también soy muy malo y conozco al menos dos docenas de personas que son brillantes analizando) surge la polémica de siempre, la de todas las temporadas: los jugadores están cansados y su rendimiento físico anda al límite. Desde ésa verdad irrefutable, los nuestros deben estar más que muy cansados y más que muy al límite.

Es ciertísimo que en ésta hemos tenido un ritmo de partidos infernal, extenuante, sin descanso prácticamente (dos años consecutivos sin respiro) y para el que debes tener una fortaleza mental y corporal inusitada. También que estar ahí arriba tiene un precio y que las plantillas deben estar preparadas para ello o no estarán; que los mejores deben administrar sus esfuerzos aunque sean, como este año, terroríficos y que es fundamental una competente administración de los recursos humanos y sicológicos. Porque aunque atletas de élite, con preparación y cuidados especiales y que ya quisiéramos el común, también son humanos que se cansan, se agotan y se estropean. Para nuestro regocijo, sin embargo, las lesiones han sido mínimas y a ésta altura de la competición, todos o prácticamente todos los jugadores, están disponibles. Mis loores al cuadro médico y físico.

Sabíamos que sería así y querremos un partido cada tres días en los próximos años y para siempre: en esta carrera de fondo, solo los mejor dotados llegan a la meta. De la misma forma, sabemos que todos los equipos andan en la reserva y que los que aguantan y aprietan los dientes, llegan a sus metas. Y el Sevilla, éste año, es uno de los que más veces ha tenido que apretarlos. El premio al esfuerzo es jugar de nuevo, la máxima competición europea, lograda con holgura “vergonzante”.

Estamos viendo a todos los equipos flaquear y, por ejemplo, el Chelsea dejó al Madrid pidiendo conteo de protección en Champions y lo envió a la Venta continental. El Barça (ya en el mismo sitio con anterioridad) anda igual y el Atlético, posible vencedor de Liga, aparcado allí con los otros dos, tampoco parece un ramo de flores recién cortadas. Los tres han jugado menos partidos que nosotros en casi dos años, con sus vacaciones correspondientes, y aunque a nosotros también nos largaron, hicimos un papel más que destacado: un mal medio tiempo, de cuatro, y adiós… es fútbol.

Pues el Sevilla resiste en Liga y aún no están totalmente definidas las posiciones finales de la tabla, aunque parece poco probable que mejoremos la clasificación a pesar de que el de arriba ya no se juegue nada y que solo sea cuestión de prestigio. Y dinero. Aún no aunque el último clavo esté al rojo vivo.

Es, cierto, no obstante, que el resultado contra el Villarreal ha podido ser y lo ha sido, sonrojante; que no parece normal que nos cuelen cuatro con una defensa que ha demostrado una solidez y una consistencia de altísimo nivel y que tengamos la sensación de que ya se han marchado, mentalmente, de vacaciones.

Una de nuestras divisas es “Dicen que nunca se rinde” y aunque haya momentos en que pueda parecer que los jugadores la traicionan (yo no lo creo, pero los grados de motivación son fundamentales y hemos tenido abundantes pruebas de compromiso) se les pidió una voluntad férrea y con un objetivo específico: clasificarnos para la máxima competición continental. Y lo hicieron de largo.

Todos los peros circunstanciales que queramos, pero pase lo que pase el domingo 23 a las 23 horas aproximadamente, lo de estos tipos habrá sido ESPECTACULAR. Y lo es doblemente: un sacrificio extenuante y larguísimo y competir contra tres gorilas que nos doblan o triplican los presupuestos y que, hasta casi el final del todo, no las tenían, tienen, todas consigo.

No confundamos las cosas, por favor, porque hemos tenido malos momentos en la temporada (como TODOS), deprimentes incluso y aun así, nos hicieron soñar que nuestra segunda Liga fue posible. Quiero todas las ligas que me queden por ver con ésa incertidumbre de estar cerca, de duplicar el palmarés, de tenerlo al alcance de la mano. Sí, por favor.

Hoy les deseo, a todos ellos y a partir del lunes 24, unas largas, satisfactorias y reparadoras vacaciones. Gracias.

Cuidaros.

SEBASTIÁN GUERRERO 18/05/2021

Mucho equipo, poca plantilla

A expensas de ver si conseguimos batir nuestro récord de puntos, en una temporada liguera, y si damos asalto a la tercera plaza, esta temporada ha acabado. Sí, las dos motivaciones son grandes, de traca, de lío gordo, pero el final de temporada se ha hecho tan sumamente largo, y casi cruel, que psicológicamente todos […]

CARLOS ROMERO 12/05/2021

La irreductible aldea de Híspalis

Me contaba Genaro, llamémosle así, que acudía por aquellos lares invitado al estadio madridista por cuestiones de trabajo. Fue recibido por un directivo merengue henchido de la prepotencia característica, que trata al resto de los clubes nacionales como si de extranjeros se tratase -si el club referido tiene cierta importancia- o como paletos mononeuronales que […]

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