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Juan Pablo Fernández Barrero - Columnas Blancas

Abrazos

Un fuerte abrazo. Así acostumbramos a cerrar nuestros correos y mensajes. Al enviar este gesto, queremos trasladar lo que sentimos al darlo en realidad: afecto, agradecimiento, respeto, complicidad, reconocimiento, generosidad, cordialidad, cercanía, calor. Pero en este tiempo sin abrazos, descubrimos además otros ingredientes que antes se nos ocultaban. Necesitamos abrazar como respirar, comer o dormir. La neurociencia y la psicología modernas coinciden en afirmar que las conexiones cerebrales de la especie humana son en un 99% emocionales, y sólo un 1% racionales.

No todos son iguales. Hagamos un viaje por algunos de ellos para seguir curioseando por este impulso natural que te lleva a abrir tus brazos, sonreír, mirar a los ojos, y acoger junto a tu corazón al otro, en este reflejo posesivo y a la vez generoso que es el abrazo.

El primer recuerdo inconsciente del contacto con la piel materna es de protección, seguridad, certeza de ser querido. A medida que creces, el amor se recibe y se entrega, genera confianza y va labrando tu personalidad. Un día percibes que al abrazar a un ser querido, puedes expresarle muchas cosas sin hablar, puedes hacer feliz a un amigo del colegio, o celebrar un gol en el estallido de alegría que aún resuena en los partidos del recreo de tu memoria.

Otro día, la mano de tu padre te conduce entre nervios e ilusión al campo del Sevilla. Eran distintos aquellos abrazos cuando marcaba el equipo. Entonces, volabas en el aire entre el estruendo de voces, aplausos y bufandas rojas y blancas, hasta la altura en que era posible un beso largo y una alegría nueva. Mirabas alrededor y todo era un abrazo. Se abrazaban los jugadores, formando una piña blanca sobre el césped. Lo hacía la gente sin importar a quién.

Más adelante, el tiempo descubrió otros abrazos, cuando la vida te amanecía a la emoción y al temblor del primer beso de amor. Al calor de la primera juventud, se fueron forjando tus ilusiones, tus primeras amistades imborrables, y algún abrazo de solidaridad y apoyo con aquel amigo que sufrió su primer revés antes de tiempo. Cumples abrazos y años sin distinguirlos, hasta que un día te sientas al volante y empiezas a conducir tu propio destino. El abrazo entonces toma conciencia de responsabilidad, luchas y consigues metas, eliges y te elige la persona que te acompañará en el camino, y te lanzas entre abrazos a construir el futuro.

Y un domingo por la tarde, te sorprendes caminando con dos niños de la mano, con bufandas rojas y blancas, renovando el misterio de los mismos nervios y la misma ilusión sagrada de aquella otra tarde antigüa. Y les cuentas lo que, cada domingo desde entonces, les repites a pesar de la broma compartida: “desde antes que nacierais, he soñado en ir con vosotros a ver al Sevilla”.

En la grada, revives el abrazo con tus primos en las alturas del Gol Sur, justo después de aquel gol de Bertoni a la Real Sociedad. Y otro con tu amigo del alma tras ganar al Villareal y conseguir el ascenso, cuando llegamos a pensar que aquella podría ser la mayor alegría concedida. No fue el gol de Antonio aquella tarde de Feria el que te cambió la vida. Lo que hizo girar el rumbo de tu historia, fue el grandioso abrazo colectivo del sevillismo, que explotó entonces de golpe ante la sola posibilidad de abrirte las puertas del paraíso.

Frente a aquel abrazo de la esperanza, el que siguió al segundo de Maresca en Eindhoven fue el de la certeza. En ese abrazo te derrumbaste ante la inmensidad de la gloria. Y en aquella breve llamada, en medio del ensordecedor triunfo tras levantar la Copa, el abrazo tomó forma de una larga letanía entre lágrimas compartidas, y una voz rota que repetía sin parar al otro lado del teléfono: “¡Viva el Sevilla!”.

Siguieron luego muchos más abrazos, en una colección que puedes proyectar cerrando los ojos, en una suerte de escena final de “Cinema Paradiso”. Esos recortes de besos prohibidos son ahora abrazos ganados para siempre en Glasgow, en Mónaco, en el Bernabéu, en Varsovia, Valencia, Turín o Basilea, o desde la grada tuya de cada día.

Hoy, en este tiempo sin abrazos, sabes muy bien que nos esperan otros, y que siempre el mejor está por llegar. Ánimo, salud y un fuerte abrazo, sevillista.

Respeto

Con tus 130 años, eres como siempre te soñé. Como te imaginaba desde pequeño en aquellas letanías de gloria de las alineaciones repetidas de memoria. Como te esperaba en las historias de frío y Machaco del descanso en la caseta del Valladolid, como te veía en los relatos sobre aquel gol legendario de la Stuka y las hazañas de Marcelo. Eres como la ilusión infantil que cabía entera en el seiscientos que nos llevó aquél día al entrenamiento en la carretera de Utrera. Como me imaginaba tu escudo presidiendo la caseta familiar en la Feria del Prado, o apuntillado sobre el asiento de madera que abuelín instaló en el banco de pista del viejo Nervión.

Eres como la foto sepia del año 22, con Barrero, Pepe Brand, Spencer, Herminio y Kinké, eres la línea del miedo que asombró al mundo con el pase corto y la filigrana imposible. Eres un balón de cuero cosido con cordón sobre el albero, y la foto de la gabardina del bar de Manolo Domenech. Eres como te oía con interferencias de carrusel deportivo en aquella radio del coche volviendo a Bilbao por carreteras oscuras y mojadas, como la respiración cortada hasta que decían el resultado de aquel domingo. Eres la emoción del exilio al verte saltar al césped de San Mamés o de Atocha. Te reconocí luego en las largas noches de verano del Puerto, escuchando al maestro Araujo en los partidos del Carranza bajo toallas y sombrillas.

Eres la elegancia de Eizaguirre, la clase de Juan Arza, la genialidad de Bertoni, la cintura de Enrique Montero, la zancada de Kanouté, la vaselina de Súker, la casta de Pablo Blanco, y aquel gol de Antonio Puerta. Te conocí todavía escondido en aquellas tardes de Gol Sur, en la grada alta de nuestra memoria, y te intuía en los abrazos tras el gol, pero también en los paseos de vuelta pisando charcos de frustración. Intimamos en las alegrías de los ascensos, en las victorias trabajadas, en las clasificaciones para Europa, pero también en los sinsabores de las derrotas que duelen.

Cumpliste 100 años apostando por tu identidad, por los valores que siempre te inspiraron y definieron. Aquel año, un niño de pueblo al que prometieron llevar por primera vez a verte jugar tras la dura faena del campo, no pudo ver cumplido su sueño, como casi siempre, y escribió con un carbón sobre una pared encalada “Viva el Sevilla”. Aquel año, el sevillismo izó para siempre una bandera roja con un corazón latiendo, y cuando saltaste al prado holandés envuelto en el blanco más puro de tu Centenario, supe que ya eras el campeón. Te descubrí aquel día, justo antes del partido, en las lágrimas de mi hermano viendo llegar tu autobús al Philips Stadium, y justo después, en aquella emoción incontenida de mi padre que solo adivinaba tras el teléfono, repitiendo como aquel niño sin parar “¡Viva el Sevilla!”.

Eindhoven despertó tu ambición y demostró que los sueños se cumplen, sin caer en la complacencia y aceptando que siempre lo mejor está por llegar. Ese gen competitivo, la consolidación de un estilo, un modelo, un trabajo excepcional en los despachos, y la unión de todo el sevillismo, hicieron el resto. Y cuando mejor te conocíamos, el tifo del abuelo volvió para recordarnos que somos grandes, que nadie podrá quitarnos la ilusión, y que por muchos años que pasen los guardianes de Nervión te seguiremos defendiendo. Por eso, luego vino Glasgow, Mónaco, Turín, Varsovia, Basilea, las Copas de Madrid y Barcelona, la Supercopa en el Bernabéu, y momentos únicos de alegría roja y blanca única, distinta a todas, que se dispara sin medida, y que solo puede explicar quién la haya vivido.

En este día de tu cumpleaños, te doy las gracias por regalarnos la memoria de nuestros mayores, tantos abrazos con nuestros hijos, tanta pasión compartida, tanta amistad en sevillismo, tanta emoción, tantas historias de ternura, pero también tantos buenos ejemplos de superación, compañerismo, solidaridad, ambición sana, coraje y determinación.

Y hoy, especialmente, destacar un valor sobre otros. Recuerdo que los que ocupábamos el segundo anillo del gol norte del Camp Nou en aquella final de Copa del Rey que ganamos al Atlético de Madrid en 2010, formamos un mosaico en rojo y blanco que rezaba “Respeto”. Todo el resto del grandioso escenario de Les Corts lo llenaba la afición colchonera, que dejaba en franca minoría a la parroquia sevillista. Aquella final se liquidó con dos goles de Capel y Jesús Navas. Pedíamos respeto, con firmeza y discreción, y eso también acabó empujando la victoria.

El respeto es un valor básico de la condición humana, es la consideración especial que se le tiene a algo o alguien al que se reconoce su valía, su dignidad, sus logros, su aportación y su personalidad. Es por lo tanto un ingrediente esencial en la relación entre personas y es la base de la convivencia, la concordia, la amistad y la paz. Tal es su trascendencia, que el respeto empieza por uno mismo, te obliga a conocerte, a valorar tus fortalezas pero también a reconocer tus carencias, y por ello te obliga a mejorar. Y aún más, es tal su importancia, que en su ausencia debe ser reclamado, pues la falta de respeto hiere la dignidad, anula al otro en lugar de ponerse en lugar del otro. Si nos referimos además al deporte, donde juegan los valores de la competición, podemos afirmar que el respeto es el cimiento sobre el que se construye todo el edificio del mayor espectáculo del mundo.

Has conseguido en estos 130 años ocupar un espacio muy destacado en la competición del deporte rey en España y Europa. Y lo has hecho respetando, pero también haciéndote respetar cuando fue necesario. Sigue por este camino de la excelencia, de la ambición que lleva a la entrega y el compromiso, la casta y el coraje, la profesionalidad y la innovación, la humildad y el orgullo. El respeto de los demás es siempre el resultado, nunca el objetivo. Y ese es un título que por encima de todos y todo, brilla como el que más en tu grandiosa sala de trofeos.

¡Vamos mi Sevilla, vamos Campeón!

Balance social

Una de las mayores conquistas de la tan denostada globalización, ha sido el conocimiento del otro, y por extensión, la conciencia de que el bienestar, el progreso y el futuro no solo dependen del éxito o la acción individual, sino de las condiciones en las que el mercado, la comunidad y la sociedad puedan alcanzar y consolidar en el tiempo un “desarrollo sostenible”. Ya en los años 50, los balances financieros de las grandes compañías en Estados Unidos se completaban con un “balance social”, en el que se detallaba la contribución de la empresa a la mejora de las condiciones de vida en su entorno de actuación, con especial atención al medio ambiente y a la ayuda a los colectivos más desfavorecidos.

El sentido y la acción de la solidaridad empresarial ha evolucionado desde entonces de una forma dramática. Incluso esa gran máxima del compromiso de devolver a la sociedad lo que se obtiene de ella, ha quedado absolutamente desfasada. La tan manida “responsabilidad social corporativa” se ha instalado de manera incontestable en las formulaciones estratégicas de las compañías, si bien su implementación es casi tan diversa como difusa. La famosa trilogía de “misión, visión y valores” que podemos encontrar en cualquier web corporativa, incorpora muchas veces una esforzada declaración de buenas intenciones, que luego no son de fácil aplicación práctica. Vaya por delante mi admiración y reconocimiento por lo mucho conseguido por esta conquista, y por los frutos de la ingente acción social que las empresas realizan, cubriendo necesidades básicas allí donde las administraciones no han llegado. Sin embargo, en ésto, precisamente por su trascendencia y por su capacidad para mejorar y transformar la realidad, se echa de menos mayor rigurosidad, metodología, definición y compromiso en la dedicación de recursos, y como en cualquier ejercicio, una medición del impacto y de sus resultados.

Las compañías líderes en sostenibilidad del mundo, han ido más allá incluso, y han llegado a redefinir toda su estrategia empresarial, de gestión de personas y equipos, de marketing, ventas y comunicación, alrededor de un propósito mayor al de su mero “objeto social”. Y está resultando que la inversión en objetivos y procesos socialmente responsables, es más rentable y el mercado lo reconoce en términos de cotización, reputación, recomendación positiva y valor de la marca. Merece la pena, por tanto, apostar por este camino.

Si a todo ello añadimos el atractivo y la evidente fuerza del fútbol como fenómeno de masas, capaz de movilizar como nadie sentimientos, afectos, pasiones y comportamientos ejemplarizantes -o no- para la educación en valores que esencialmente conlleva el deporte, la cuestión parece clara: los clubes de fútbol en su doble dimensión de grandes empresas y de titulares depositarios de este patrimonio inmaterial ¿cómo están actuando ante el desafío que supone esta responsabilidad social?

Aunque el tema ofrecería contenido suficiente para una tesis doctoral, no pretendo llevarlo más allá de una sugerencia para la reflexión y el debate. Una simple mirada a los grandes clubes de nuestra querida y viajada Europa, demuestra un elevado grado de compromiso y ejecución de programas sociales, educativos, de integración, inclusión, reinserción social y laboral de colectivos en riesgo de exclusión, reconociendo el poder del fútbol como palanca de valores y principios ejemplares, sobre todo entre la infancia y la juventud. La Fundación suele ser, en la casi totalidad de los casos, la fórmula jurídica utilizada para ordenar, gestionar y desarrollar programas que habitualmente responden a un ejercicio de elección entre varias alternativas, definición de objetivos y un visible esfuerzo de comunicación. El reciente requisito de la transparencia, que obliga a las fundaciones a publicar sus memorias, nos permite analizar hasta el detalle más pequeño las estructuras, organigramas, patronatos, presupuestos, proyectos e iniciativas.

Con la dulce excusa de nuestro centenario, el Sevilla F.C. hizo nacer su Fundación que hoy es una hermosa realidad. He sido padre usuario de la Escuela Antonio Puerta, cuyos frutos en la difusión de valores propios del deporte, sevillismo y felicidad no hay más que verlos en las caras de los alumnos -y de los padres que soñábamos tener un Jesús Navas en casa-. Preciosa ha sido la experiencia de “Sácale partido al cole”, llevando ilusión y el ejemplo del valor del esfuerzo y la constancia a los niños. Y en general, admirable es toda la intensa actividad deportiva, educativa, cultural, social y asistencial con otras organizaciones en red, que hoy coordina con maestría nuestro eterno mariscal D. Antonio Álvarez.

Hoy que, gracias a tantas cosas bien hechas, disfrutamos de un pasado grandioso, un presente ilusionante, y nos proponemos anticipar un futuro en el que siempre lo mejor está por llegar, quizás haya llegado el momento de redefinir con rigurosidad y metodología nuestra responsabilidad social, y repensar desde cero qué objetivos queremos alcanzar, cuántos recursos dedicar, qué impacto nos proponemos obtener, con qué socios podemos trabajar y cómo integrar ese compromiso en nuestra marca. Ser grande pasa por pensar en grande, pero sin olvidar nunca la enorme responsabilidad que un club de la entidad y prestigio del Sevilla F.C. debe tener con las necesidades de los más vulnerables y pequeños de nuestra sociedad.

Identidad

Entro por primera vez en este patio de columnas blancas, agradeciendo la elegante invitación de sus arquitectos, y la complicidad de mi amigo del alma y vecino de asiento en nuestro particular teatro de los sueños. Y de alguna manera, en este primer paseo, rescato de mi memoria imposible el escudo suizo que mi abuelo […]

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