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Juan Pablo Fernández Barrero - Columnas Blancas

Fidelidad y evolución

Fidelidad no significa inmovilismo. La “fides” latina hace referencia a la confianza, a la lealtad, en definitiva a la fe en unos valores, en una forma de actuar, en una creencia. Normalmente alimentada por resultados positivos, no siempre se ve acompañada de éstos. La “fe del carbonero” ensalza precisamente la adhesión a una convicción y la coherencia con unos principios, para las que no es necesaria mucha ciencia, que prevalece independientemente del destino adonde conduzca.

Cuando la fidelidad es ampliamente correspondida por los resultados, es muy difícil dar el siguiente paso. Se requiere confianza, estabilidad, unidad, audacia y una dosis de ambición lo suficientemente desmedida, pero medidamente orientada, para acometer la subida al siguiente escalón. Digo bien, solo un escalón, solo así se llega hasta arriba. Saltando varios a la vez, el riesgo de caer escaleras abajo crece exponencialmente.

Faltarían otros ingredientes: el trabajo, la constancia, el equipo y la fortuna, cuya mejor definición encontramos en esa que sugiere que la suerte no es más que el cuidado minucioso de todos los detalles. Ahora sí tenemos todo, ahora podemos y debemos subir un peldaño.

Cerrado el mercado de fichajes, varias señales nos indican que nos disponemos a seguir creciendo, a subir por esta compleja montaña del fútbol y la alta competición:

  • La permanencia en la plantilla de los profesionales clave sobre los que se han construido los éxitos deportivos de la temporada recién finalizada;
  • La consecución de la sexta Copa de la UEFA Europa League, la clasificación para disputar la fase de grupos de la UEFA Champions League, la cuarta plaza en el duro y exigente Campeonato Nacional de Liga, y los flujos de ingresos que estos resultados garantizan;
  • La consolidación de un técnico que ha logrado en un plazo admirable, imponer un estilo y un esquema que permite obtener lo mejor de cada componente de la plantilla, bajo principios que nos definen: exigencia, intensidad, casta y coraje, ofreciendo una imagen de cohesión, robustez y circulación como pocas veces hemos visto;
  • La dirección deportiva, que añade a una metodología contrastada para identificar talento, hacerlo crecer, crear valor y vender para volver a fichar, la inoculación del gen de la entrega y el triunfo nada más bajar del avión a cualquiera que llega para defender la camiseta.
  • El extraordinario trabajo del equipo de preparadores físicos, que han impuesto un elevado estándar de forma, resistencia y fondo, claves en la competición, en el fútbol moderno y en un calendario más tensionado de lo recomendable;
  • El inmenso valor del intangible conseguido en competencias críticas como la motivación individual, el compañerismo, el orgullo de pertenencia, la autoexigencia, la familiaridad y el compromiso;
  • El respeto, sobre el que ya escribí, ese hito tan sencillo pero fundamental para crecer, ganado por fin y a pulso tras 130 años de historia viva, que requiere del rival un esfuerzo adicional y que siempre suma;
  • La organización, una estructura engrasada en la que valiosos profesionales responden a perfiles de una compañía de alto rendimiento, con esquemas de competencias, relacionales y de desarrollo propios de la nueva gestión de recursos humanos y financieros, con una visión internacional y empujando una marca cada vez más valiosa;
  • El compromiso social que va más allá de devolver a la sociedad lo que se obtiene de ella, con una Fundación que debería avanzar en sus programas, visibilidad y presencia.
  • La afición, ese activo sin el que nada tendría sentido, un colectivo que siente latir de forma sincronizada el bombeo imparable, alegre, identitario y familiar de un escudo, de una bandera, de una memoria, de una personalidad que nos une en la complicidad del sevillismo, ese que nos hace emocionarnos cuando salta al campo el equipo, ese que nos lleva por Europa en volandas de amistad, ese que nos ha regalado vivir momentos únicos con nuestros padres, con nuestros hijos y nietos.

Los mimbres están, pero los riesgos también. Y siempre hay que medirlos y saberlos gestionar para poder evitarlos o al menos reducirlos. Esta ola de éxitos deportivos, este proyecto empresarial consistente, esta marca reconocida, atrae y no es casualidad, la atención creciente de inversores ajenos al entorno del Club, como ocurre en todo el mundo y especialmente a raíz de la generación de retornos financieros que igualan y superan rentabilidades obtenidas por otros activos en el vasto universo del mercado de capitales.

Y aunque no hay razón inicial para concluir un conflicto de intereses entre una rentable inversión financiera y un exitoso proyecto deportivo, lo cierto es que algunos ejemplos en el fútbol doméstico y europeo nos indican que no siempre se gana cuando se invierte, que debe existir detrás un propósito, la fidelidad a unos valores, la ambición de crecer sobre lo construido, peldaño a peldaño, sin renunciar a nada pero siendo conscientes de dónde venimos, y sobre todo, incorporando en el ejercicio la humildad, el sentimiento, la esencia y la patria que es el sevillismo y nuestro Sevilla F.C.

Estamos preparados, demos el siguiente paso, subamos el siguiente escalón, pero hagámoslo sin perder el equilibrio.

A trabajar

Con la esperanza blanca de que un día no muy lejano podamos volver a ocupar nuestros asientos en la grada, traigo hoy a este patio de columnas algunas sensaciones nacidas del eco vacío de los gritos que retumban en la soledad de un estadio mudo, del golpeo sordo del balón entre voces agitadas del banquillo, de la ausencia de almas que respiran, cantan, sufren o explotan tras el gol, en fin, de ese concierto sin público y sin aplausos que son los partidos a puerta cerrada.

Sin duda debemos reconocer y agradecer antes el ejemplo que el mundo del fútbol ha ofrecido haciendo posible la continuidad de las competiciones bajo estrictas normas de seguridad sanitaria, priorizando la salud de plantillas y empleados, la regularidad en los entrenamientos, y la rápida respuesta coordinada de clubes e instituciones modificando formatos y calendarios, con generosidad y voluntad de acuerdo lógicamente animadas por la exigencia de los necesarios ingresos y de la propia supervivencia del sistema.

La obligada celebración de los encuentros a puerta cerrada ha puesto de manifiesto, sin embargo, algunas evidencias que no por esperadas han sido menos sorprendentes y, afortunadamente en mi opinión, más concluyentes sobre la realidad de este deporte, sobre su esencia, su razón de ser, y lo que verdaderamente le otorga ese poder único de atracción, sentido de pertenencia, afición, memoria y pasión.

Desde sus orígenes como sport distinguido, hasta su rápido desarrollo popular en las islas británicas y luego en las colonias y comunidades laborales y sociales en Europa y en todo el mundo, la presencia de espectadores curiosos primero y expertos aficionados después, ha sido consustancial con su crecimiento, y absolutamente imprescindible en la universalización del fútbol y en su configuración tal y como lo conocemos hoy.

Un partido sin afición no es fútbol, es otra cosa. Sencillamente, no existiría. Solo la tecnología audiovisual, que es un invento moderno, permite que nos asomemos a una cancha en la que dos equipos, bajo la norma y el convenio de la FIFA, disputan un partido. Pero eso no es fútbol. Entonces, podemos preguntarnos, ¿qué es?

Pues fútbol es levantarte por la mañana con un pellizco en la boca del estómago, cuando recuerdas que ese día juega el Sevilla. Cuando compruebas que el plan de la jornada se ha elaborado según la hora del partido, y que la previa con la peña, con los amigos de las “tardes de fútbol” o con los vecinos de grada, tiene la certeza de una cita en la barra de un bar y una cerveza fría. Cuando la conversación gira alrededor de una alineación soñada, de una lesión que la desbarata, y del delantero del equipo que hoy nos visita, que está en racha y juega de memoria.

Fútbol es salir de casa con la bufanda anudada en la muñeca y con la memoria de los que te llevaron por primera vez anudada en el corazón.  Y es ese rumor de los alrededores, y los bares llenos donde se ensayan cánticos. Es llegar pronto para disfrutar del ambiente, saludar a los abonados que llevan ahí más temporadas que años, y es emocionarte cuando saltan al campo once jugadores.

Fútbol es cantar, animar, comentar esa jugada, criticar un planteamiento, aplaudir en el 16, discutir sobre ese jugador que prometía y no acaba de cuajar. Y es, sin duda, transmitir y proyectar ese sentimiento individual y colectivo a los once que hoy tienen sobre el césped la responsabilidad de cumplir un compromiso con un escudo, una bandera, una afición y una historia.

Llevo a gala tener buenos amigos, y entre ellos, uno entrañable que en las grandes ocasiones, allá donde nos haya llevado el sevillismo para disfrutar de una final, toma literalmente el escenario de la “fan zone”, pide amablemente el micrófono de megafonía, y se dirige respetuosamente a los miles de sevillistas que allí nos concentramos. “Señores, buenas tardes. Aquí estamos otra vez, juntos, gracias a nuestro Sevilla Fútbol Club. Ahora tenemos que irnos al estadio, y ahora nos toca a nosotros devolver todo lo que recibimos de nuestro equipo. Señores, vamos a trabajar que el equipo nos necesita. ¡Viva el Sevilla!”

Esto es fútbol. Aún en estas extrañas circunstancias  y precisamente más que nunca en esta fase final de la Europa League, sintámonos interpelados por esta arenga de amistad y sevillismo, y hagamos llegar juntos al equipo la fuerza inconmensurable de la afición, el cántico al unísono que levanta corazones y hace olvidar el cansancio, las palmas por sevillanas que juegan al fútbol, y la casta y el coraje que meten goles.

¡Forza Sevilla Campeón!

Abrazos

Un fuerte abrazo. Así acostumbramos a cerrar nuestros correos y mensajes. Al enviar este gesto, queremos trasladar lo que sentimos al darlo en realidad: afecto, agradecimiento, respeto, complicidad, reconocimiento, generosidad, cordialidad, cercanía, calor. Pero en este tiempo sin abrazos, descubrimos además otros ingredientes que antes se nos ocultaban. Necesitamos abrazar como respirar, comer o dormir. La neurociencia y la psicología modernas coinciden en afirmar que las conexiones cerebrales de la especie humana son en un 99% emocionales, y sólo un 1% racionales.

No todos son iguales. Hagamos un viaje por algunos de ellos para seguir curioseando por este impulso natural que te lleva a abrir tus brazos, sonreír, mirar a los ojos, y acoger junto a tu corazón al otro, en este reflejo posesivo y a la vez generoso que es el abrazo.

El primer recuerdo inconsciente del contacto con la piel materna es de protección, seguridad, certeza de ser querido. A medida que creces, el amor se recibe y se entrega, genera confianza y va labrando tu personalidad. Un día percibes que al abrazar a un ser querido, puedes expresarle muchas cosas sin hablar, puedes hacer feliz a un amigo del colegio, o celebrar un gol en el estallido de alegría que aún resuena en los partidos del recreo de tu memoria.

Otro día, la mano de tu padre te conduce entre nervios e ilusión al campo del Sevilla. Eran distintos aquellos abrazos cuando marcaba el equipo. Entonces, volabas en el aire entre el estruendo de voces, aplausos y bufandas rojas y blancas, hasta la altura en que era posible un beso largo y una alegría nueva. Mirabas alrededor y todo era un abrazo. Se abrazaban los jugadores, formando una piña blanca sobre el césped. Lo hacía la gente sin importar a quién.

Más adelante, el tiempo descubrió otros abrazos, cuando la vida te amanecía a la emoción y al temblor del primer beso de amor. Al calor de la primera juventud, se fueron forjando tus ilusiones, tus primeras amistades imborrables, y algún abrazo de solidaridad y apoyo con aquel amigo que sufrió su primer revés antes de tiempo. Cumples abrazos y años sin distinguirlos, hasta que un día te sientas al volante y empiezas a conducir tu propio destino. El abrazo entonces toma conciencia de responsabilidad, luchas y consigues metas, eliges y te elige la persona que te acompañará en el camino, y te lanzas entre abrazos a construir el futuro.

Y un domingo por la tarde, te sorprendes caminando con dos niños de la mano, con bufandas rojas y blancas, renovando el misterio de los mismos nervios y la misma ilusión sagrada de aquella otra tarde antigüa. Y les cuentas lo que, cada domingo desde entonces, les repites a pesar de la broma compartida: “desde antes que nacierais, he soñado en ir con vosotros a ver al Sevilla”.

En la grada, revives el abrazo con tus primos en las alturas del Gol Sur, justo después de aquel gol de Bertoni a la Real Sociedad. Y otro con tu amigo del alma tras ganar al Villareal y conseguir el ascenso, cuando llegamos a pensar que aquella podría ser la mayor alegría concedida. No fue el gol de Antonio aquella tarde de Feria el que te cambió la vida. Lo que hizo girar el rumbo de tu historia, fue el grandioso abrazo colectivo del sevillismo, que explotó entonces de golpe ante la sola posibilidad de abrirte las puertas del paraíso.

Frente a aquel abrazo de la esperanza, el que siguió al segundo de Maresca en Eindhoven fue el de la certeza. En ese abrazo te derrumbaste ante la inmensidad de la gloria. Y en aquella breve llamada, en medio del ensordecedor triunfo tras levantar la Copa, el abrazo tomó forma de una larga letanía entre lágrimas compartidas, y una voz rota que repetía sin parar al otro lado del teléfono: “¡Viva el Sevilla!”.

Siguieron luego muchos más abrazos, en una colección que puedes proyectar cerrando los ojos, en una suerte de escena final de “Cinema Paradiso”. Esos recortes de besos prohibidos son ahora abrazos ganados para siempre en Glasgow, en Mónaco, en el Bernabéu, en Varsovia, Valencia, Turín o Basilea, o desde la grada tuya de cada día.

Hoy, en este tiempo sin abrazos, sabes muy bien que nos esperan otros, y que siempre el mejor está por llegar. Ánimo, salud y un fuerte abrazo, sevillista.

Respeto

Con tus 130 años, eres como siempre te soñé. Como te imaginaba desde pequeño en aquellas letanías de gloria de las alineaciones repetidas de memoria. Como te esperaba en las historias de frío y Machaco del descanso en la caseta del Valladolid, como te veía en los relatos sobre aquel gol legendario de la Stuka […]

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