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José Manuel García-Otero - Columnas Blancas

Y en estos malditos tiempos, apareció el Sevilla

En estos tiempos de dureza extrema, donde cada día es una lucha con el cuchillo entre dientes por sobrevivir, pues un enemigo invisible te asalta a plena luz del día y quema tu vida como una servilleta arrojada a la candela, aparece el Sevilla Fútbol Club para ponerte en los labios una sonrisa y regalarte un soplo de alegría.

Después de interminables días de confinamiento, enciendes el televisor y ves al Sevilla que salta al césped como un león con hambre de muchos días y comienza a destrozar rivales con una virulencia descomunal. Atrás, el equipo blanco es una muralla tan alta que da vértigo, pero en el centro se convierte en una orquesta sinfónica repleta de virtuosos; arriba, el gol se llama de distintos nombres y todos llevan la camiseta blanca.

¿Qué ha podido suceder en este tiempo de forzoso recogimiento, con un goteo de noticias tan desalentadoras que hielan el corazón? Que el fútbol es medicina contra el dolor y el Sevilla un foco de luz cegadora que inunda de ilusión a los buenos aficionados y, en especial, a los sevillistas. Bálsamo de Fierabrás.

En estos tiempos de zozobra y panorama oscuro como el ojo de un pozo, el Sevilla es una brizna de aire fresco, un descarado David que apedrea las sienes de Goliat y baila un tango en su barriga; un Sevilla (de Lopetegui) que escribe una historia tan hermosa que no quiero que se termine nunca, porque alivia las entrañas de las espinas que los atardeceres nos clavaron y ya tengo ganas de que vuelva a amanecer para seguir mirando de frente a Nervión y pensar que el sol sigue siendo sevillista.

Hoy, cuando acaricio la plata de la sexta copa de UEFA Europa League que nos volvió a regalar el Sevilla, me acuerdo de ti, padre; de ti, Jesús, hermano; y, sobre todo, de ti, Pilar, hermana, sevillista hasta en las uñas, que naciste y dejaste el último aliento escuchando las campanas de Triana; también me acuerdo de toda esa gente buena que, desde el callejón del Tercer anillo, alentaron a mi equipo a derribar murallas con su fútbol de tronío y tan angelical, que Vivaldi volvió a ser monaguillo y Camarón, grumete de nuestra fragata.

Yo sé que más allá de Carmona o cruzando las lindes de Aznalcázar, este Sevilla se ve con otros ojos que solo encuentran tinieblas. Pero me importa el escupitajo de una hormiga. El Sevilla Fútbol Club siempre fue un rebelde con causa, un pirata con buena vista y los apaños bien puestos; este Sevilla es compadre del Astérix, que puso firmes a legiones de romanos y habla su propia lengua; es el equipo del orgullo y la casta que solo los sevillistas entienden. Por eso somos así y seguiremos hasta el horizonte de la eternidad, un club de pecho muy grande y corazón inquieto. El club de mi gente que brilla como nunca, alza la voz y es mano poderosa que crece, lucha y vence en estos malditos tiempos.

El gran poder del Sevilla FC

Ya llevamos algo más de media Liga disputada y el Sevilla Fútbol Club anda faroleando en la tercera posición de la tabla, solo por debajo de los dos grandes dinosaurios de nuestro fútbol, o sea, Real Madrid y F. C. Barcelona.

Tiene mucho mérito lo de Julen Lopetegui, y tiene mérito porque cuando llegó no le tendieron un manto de flores, precisamente; más bien amontonaron leña para hacerlo arder cuando el equipo cayera y aflojara pistones en el primer socavón. Pero ahí sigue la leña, mojándose.

Porque este Sevilla es un equipo de gruesas convicciones, con un vestuario ajeno a elementos tóxicos, con futbolistas que creen en la palabra de su técnico, que viajan en la misma dirección y reman a ritmo uniforme y con inmensas ganas de seguir creciendo. Este Sevilla F.C. es un equipo que compite.

No es el equipo que vimos en las dos últimas temporadas, ese Sevilla de pitiminí que se desinflaba con el primer soplido feroz del adversario; este equipo 2020 posee recias hechuras, mira a los ojos, devuelve los golpes y cuando cae, se levanta. Es un gallo de pelea que jamás vuelve la cara. Ataca, hiere.

Sin duda, este Sevilla huele a Julen Lopetegui, el hacedor de un carácter que creíamos desaparecido, un Sevilla ahormado a su estratega, un tipo en chándal y flequillo rebelde, su director de escena más eficaz, un entrenador que consume miles de minutos en la Ciudad Deportiva y que tiene en su voluntad de hierro, el trabajo y la constancia, sus armas más eficaces para alcanzar la meta.

Y ahí están los de colorao (o blanco, o negro, o azul… qué más da si en el escudo queda grabada su identidad), volviendo a ser ese equipo malaje, tan nuestro, indómito, guerrero y salvaje, que a veces pinta como Murillo y compone como Cernuda, pero siempre, siempre, aprieta los dientes y nunca arruga el pecho. Y los de colorao (o blanco o azul o negro…), esos que son tan nuestros, caminan contra mareas poderosas, tan mediáticas como falsas; ese equipo que dinamita resortes de un poder futbolístico lleno de granos corruptos y que, por más castigos que reciba y críticas afiladas e injustas que reciba, no deja de crecer. Es lo que veo de este Sevilla, tan nuestro, tan vivo, que se siente invencible porque cree en la fuerza de sus manos y en el poder de su corazón. Es el gran poder del Sevilla Fútbol Club. El gran poder del inmenso corazón de miles y miles de sevillistas.

Éver Banega, el genio que apadrinó Reyes

En este mundo de infinitas esquinas, la sensibilidad es un bien que se prodiga poco y el arte un privilegio que escasea. Se dice que los tipos sensibles y con arte se delatan por su peculiar personalidad. No son gente común. Es más, incluso con demasiada frecuencia atraen enemigos como la miel a los osos o a las moscas. Yo he tenido la suerte de conocer a tipos así. Éver Banega es uno de ellos. El otro ya no está: José Antonio Reyes.

Éver Banega aterrizó en España con apenas veinte años. El Valencia pagó a Boca Juniors la friolera de 18 millones de euros por un veinteañero que en esos momentos solo escuchaba campanas de elogio a su paso. Lo reunía todo: talento, descaro, ambición y juventud. Los voceros del club de Mestalla pregonaron tal adquisición a los cuatro vientos; algunos llegaron a calificar al chaval rosarino como una mezcla de Riquelme (Juan Román) y Messi. Muy pocos pararon la pelota y la bajaron al pie; se trataba de un pibe de veinte años, deslumbrado por la plata que, como agua de grifo, entraba y salía en la Liga de las Estrellas, y que hacía lo que más le gustaba que era jugar al fútbol.

A los pocos días de vivir en Valencia, Banega se compró un Ferrari, relojes de cincuenta mil euros, trajes de Boss y Armani, realizó viajes de ensueños, luego las chicas, los amigos… Para un chico de barrio humilde en Rosario, tímido como un sol que sale en Dinamarca, hacer la digestión a tanto lujo se hizo complicado. El monstruo casi merendó al pobre Éver, que llegó a olvidar que su corazón y sus piernas chorreaban talento. Una grave lesión, un estúpido accidente con otra grave lesión añadida, años de tirar de la cadena y no encontrar nada, ni tan siquiera encontrarse a sí mismo.

Desmembrado y roto como un juguete abandonado en un trastero, el Sevilla Fútbol Club, entidad milagrera y especialista en recuperar futbolistas perdidos, tiró del argentino. Unai Emery, que es entrenador las veinticuatro horas del día, se acordó de Éver. Y le dijo a Monchi, otro loco irreversible: “Ramón, me hace falta un Banega”. Y Banega, apaleado en Valencia, aterrizó en el Sevilla un bendito día de hace unos años.

En Nervión, Ciudad Deportiva arriba, Éver tropezó con Reyes. Se miraron. Sonrieron. Lo primero que hizo José Antonio fue enviarle la pelota y Éver Banega le dedicó su primera sonrisa. Ambos pelotearon sin abrir la boca, porque el lenguaje de los genios del fútbol apenas consta de palabras, solo de gestos, pinceladas, guiños, suavidad de seda, caricias, gol y fútbol. Talento de calidad suprema. Pases imposibles y títulos. ¡Cómo le gusta a Éver ese grito de gol norte con su nombre y apellido!

Aquí Banega fue el Banega que soñó de pibito en Rosario. En Nervión ganó títulos y su fútbol se elevó al cuadrado. Aquí, en esta Bombonera que huele y pregona magia, Éver fue feliz. Se fue un día al Inter (que le pagaba cuatro veces más), pero ya en Navidad pidió billete de vuelta al año siguiente, porque quería seguir riendo y oliendo a fútbol y azahar. Pero, sobre todo, a Nervión, Sevilla…

Con 31 años ya, este futbolista todavía tiene en los bolsillos de su corazón mucho fútbol y yo no lo pongo en duda. (Pregunten a Jesús Navas…). El Sevilla cuenta con un jugador superlativo, un Von Karajan, un Arthur Rubinstein, tal vez un Velázquez. Todo de blanco y medias negras. Se llama Éver Banega, aquel que el primer día apadrinó Reyes, el otro genio.

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