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Enrique Vidal - Columnas Blancas

ENRIQUE VIDAL 19/01/2022

La noche de los cristales rotos

El pasado sábado en el estadio Benito Villamarín asistimos a uno de los episodios más graves y bochornosos de la historia del fútbol sevillano, aunque no tanto como los acontecimientos que le han sucedido después. Lo que se suponía una eliminatoria de Copa singular, por ser la primera entre eternos rivales que se disputaba a partido único, acabó convirtiéndose en un sumidero para el desahogo de los complejos acumulados por generaciones de aficionados del equipo local ante una ocasión única de obtener un triunfo efímero ante el campeonísimo local, regional, nacional y europeo de la ciudad.

Para comprender los hechos podríamos remontarnos como mínimo al 10 de mayo de 2006, cuando el ayatolá del Fontanal, Manuel Ruiz de Lopera, dejó de ser aquel ídolo de masas que con sus geniales ocurrencias hipnotizaba a las “criaturitas” sin que nadie le tosiera, y al que se le justificaba cualquier salida de tono con risitas por lo bajini y un “Don Manué en estado puro” que hacía las delicias del grueso de la afición. Lopera tuvo un enorme tirón, prácticamente unánime, y generaba expectación allá por donde iba porque conectaba como nadie con su público, que se reconocía en él, al encarnar con más carisma que otros el inconfundible y perdurable “Estilo Betis”. A Don Manué hubo que demonizarlo ante la opinión pública con todo el aparato propagandístico, institucional, periodístico y judicial del partido político que medra alrededor de ese club desde la transición para poder expropiarle sus acciones. El detonante, no lo olvidemos, fueron los primeros triunfos europeos del Sevilla F.C.

Lo vivido desde aquella gloriosa primavera, revalidada por tantas otras jornadas de orgías en sevillista, no es necesario recordarlo. Nuestra es la plata y nuestra es la memoria. Hay estudios antropológicos que han demostrado la capacidad de los clubs de fútbol de establecer identidades colectivas en tanto que conforman tribus sociales e incluso se habla del ADN de esos grupos. El sevillismo de mi generación se crio con los relatos triunfantes del eterno campeón de Andalucía, de los stukas, del Sevilla clásico campeón de Liga y de Copa y cuartofinalista de la Copa de Europa, de jugadores míticos y de envidias localistas de Despeñaperros para abajo sin excepción, donde para ver jugar en su apogeo a los Di Stéfano, Kubala, Zarra o Puchades en Primera División había que asomarse forzosamente a las gradas del viejo campo nervionense. Pero también nos educamos con el durísimo golpe de realidad que supuso sucumbir a números rojos de la construcción del Sánchez-Pizjuán y la consiguiente ruina deportiva y social que desencajó a la institución del rumbo que se había ganado durante décadas. Ya en este momento, el abandono a traición de las autoridades públicas y la entrega de sus favores al populismo de la periferia eran hechos consumados. El estadio inacabado se convirtió en símbolo de la afición, en la imagen de un proyecto de grandeza deportiva interrumpida pero que estaba ahí, latente, representado por la mole de su edificio y su solidez imperecedera. El resultado es una generación que se nutre del orgullo, de la fe, de la perseverancia, que ha sobrevivido enormes desgracias y hostilidades e incluso a sus propios enemigos interiores. Es la generación humillada que descendió a los infiernos en 1995 y sin embargo, supo regenerarse por sí sola. Nuestros hijos no han crecido mirando a los costados sino hacia arriba. No se trata de qué hacen los demás sino de qué podemos hacer nosotros. De repetir y mejorar lo que consiguieron nuestros mayores.

Mientras, la misma generación en la acera de enfrente vive un tremendo conflicto de conciencia que solo unos cuantos reconocen. La engañosa década de los setenta, deportivamente hablando, y la habitual tendencia a desconsiderar cualquier pasado que se remonte más allá de la propia experiencia vital, lleva al convencimiento erróneo de que una situación siempre ha sido como la recuerdas, sobre todo si esa elección es la más confortable de las posibles. “Volver a ser lo que fuimos” se convierte así en el lema del desconocimiento de la propia historia más memorable que se recuerda. La genética victimista, la envidia o el odio encarnados en el triunfo sobre el rival como mayor y casi única aspiración deportiva lleva a los malos modos generalizados en la (habitual) derrota y en la (excepcional) victoria, multiplicados y agigantados por la eclosión triunfante de un Sevilla al que estos años han reinstaurado en el trono que en su momento ya había ocupado en la historia del fútbol. En lugar de ver esto, y asumir la realidad, se empeñan en considerarla como una anomalía, lo cual impide la aceptación y alienta los bajos deseos. Cualquier mérito ajeno se combate con una irracionalidad que da miedo y recuerda otros tiempos y parajes.

Y es que debe resultar insoportable contemplar el buen hacer, la administración ejemplar, la personalidad y el éxito de tu enemigo sostenido en el tiempo cuando eres un fracasado, al que, si le falla la emulación, sólo concibe el exterminio, como mejor epítome del síndrome de Procusto. La noche del sábado y las horas y días subsiguientes constituyen un auténtico pogromo contra el Sevilla F.C., sus jugadores, su entrenador y, por extensión, todos sus aficionados, con acusaciones improbadas y linchamientos de la víctima agredida o del entrenador Lopetegui, éste tras una rueda de prensa ejemplar que se ataca demagógicamente sin haber comprendido (o querer comprender) nada. En definitiva, una noche de cristales rotos que es pura y directa consecuencia de la paranoia destructiva de quienes alimentan este clima asfixiante de rencor insano con el que enervan los ánimos de los energúmenos de instinto más animal, que tiene su epicentro en el cinismo de palco y puro, y que acaba con la sensatez de gente aparentemente cabal que, sin embargo, a las primeras de cambio, por acción u omisión, se pone a la misma altura que los anteriores, engullidos por la barbarie de los instintos más primarios. Es un comportamiento sistémico, del que no escapa nadie, que pudre y contamina con su mugre a todo el que se acerca o toca a esa institución.

Soy pesimista en cuanto a cualquier posible solución, porque dos no se arreglan si uno no quiere, y a quien disfruta del lodo es imposible sacarlo de su miseria. Cansa demasiado poner siempre la otra mejilla, porque esta película la hemos visto muchas veces. El Sevilla FC tiene esta temporada una oportunidad única de decir algo importante en el torneo liguero, y eso crea enemigos muy poderosos que saben bien como manipular al tonto útil correspondiente para desgastar indirectamente a su presa objetivo. Ya pasó en 2007 y quieren hacernos lo mismo en 2022. Ojalá hayamos aprendido la lección y podamos aplicarnos aquel “no escucho y sigo” de Sampaoli, pero la dificultad es máxima, porque la toxicidad que nos rodea hace el aire irrespirable.

ENRIQUE VIDAL 03/10/2021

Back to black

“Back to black” (literalmente, “regreso al negro”) es una canción y, también, el título de un álbum (2006) de la excepcional artista británica Amy Winehouse (1983-2011), por todos conocida. Aunque la letra está inspirada, según la propia autora, en una ruptura sentimental y versa sobre el vacío que ello le produjo, lo cierto es que, como sucede a lo largo de la historia con tantas otras obras maestras, la canción ha trascendido de su modesto origen y es fuente de variadas controversias:

“And I tread a troubled track
My odds are stacked
I’ll go back to black”.

“Y ruedo por una pista atormentada,
llevo las de perder,
regresaré al negro”.

Entre esas interpretaciones posibles, me quedo con la que gráficamente se mostraba en el video clip original del single, donde la propia cantante, vestida de negro en un cementerio, entierra un pequeño cofre sobre el que arroja unos pétalos, bajo una lápida que reza “R.I.P. The Heart Of Amy Winehouse” (“descanse en paz el corazón de Amy Winehouse”), detalle que fue eliminado tras su fallecimiento.

“Back to black” recuerda en algunos aspectos a otra obra colosal de la historia del arte, la película “Vertigo” (1958), de Alfred Hitchcock, basada en la novela “Sueurs froides: d’entre les morts” (1954) escrita por Pierre Boileau y Thomas Narcejac, con la que comparte obsesiones, pulsiones sexuales y el juego de la confusión entre cuerpo y espíritu, entre la vida y la muerte. Esa difusa línea entre el ser y el morir y el riesgo de un “back to black” que rescate de entre los muertos viejos fantasmas de tiempos oscuros y cenagosos, se cierne sobre el Sevilla F.C. con ocasión de la próxima junta general de accionistas.

Con el club instalado en la élite y una apuesta valiente (quizás incluso, temeraria) de inversiones y gastos para lo aventurado que resulta competir y el peso que el azar sigue teniendo en el deporte, parece indecente, a ojos de un simple aficionado, que la paz social en nuestra entidad sea una utopía, que los grupos accionariales se tiren los trastos unos a otros para ver quien esquilma más y mejor, y que el mínimo común denominador entre ellos sea la codicia. Filibusterismo de etiqueta con la complicidad de muchos y la necesidad de algunos. Cada vez más parecen casta política, agitadores de masas con la bandera del sevillismo para vestir de blanco y de rojo la miseria de sus personalísimos propósitos: poder, estatus y dinero, montañas de dinero. Pero no nos engañan, si estas familias de supuesta solera sevillista no han vendido aún “sus” acciones, no es por amor a los colores, sino a la pasta gansa.

La junta viene condicionada por la maniobra de Del Nido Benavente en su afán de reaparecer. Personaje sórdido donde los haya, ahora ya casi espectral, capaz de pactar con el mismísimo diablo y además traicionarlo, representa como nadie la negrura triste y profunda presagiada por Amy Winehouse, el regreso de la soberbia y unos modos grotescos y desafiantes que ni siquiera los muros y barrotes del presidio parecen haber mitigado, y que hacen de este presunto remedo del Saturno de Goya un individuo del que desconfiar por puro instinto de conservación. Sabemos, porque lo ha demostrado con hechos, que considera el club como un instrumento a su servicio, medio de vida y tabla de salvación. Y fanfarronea de antemano, como solo él gusta hacerlo, de un éxito seguro tras su alianza con 777 Partners, el troyano yanqui que cree tener atado en corto, pero que nos monitoriza desde dentro, agazapado, para perpetrar su propio asalto al control gracias a la torpe invitación de quienes tenían la responsabilidad legal de proteger los intereses de la sociedad, ahora renovada por y para sus opositores. Si se confirma la amenaza, los americanos volverán al Consejo, con voz y veremos si mando, acceso sin límites a información privilegiada y otras prerrogativas del nuevo y cautivo, aunque él no lo sepa, aspirante a la púrpura. Podrán tener legitimación formal, desde luego, pero en ningún caso moral.

Y es que los otros tampoco es que parezcan mucho mejores, aunque mentalmente nos inquieten menos. Ambos grupos utilizan la bisagra de Sevillistas Unidos 2020, S.L. a conveniencia y viceversa, al igual que ambos sellaron con el pacto del taco gordo otras barbaridades que con anterioridad hemos denunciado desde estas mismas columnas, en especial, unos salarios obscenos que, no sólo no están justificados en sí mismos, sino que facilitan la compra, directa o indirecta, de más capital mediante recursos procedentes del propio club, con el consiguiente agravio para el resto de accionistas. Al margen de otras actitudes y desplantes inaceptables, es ver lo que algunas marionetas del palco se embolsan alegremente y tener la sensación, por no decir la certeza, de que nos están metiendo la mano en el bolsillo. Esta práctica no sólo tiene que acabarse, y más con los preocupantes números que presentan las últimas cuentas anuales, sino que hay que devolver las cosas al lugar que le corresponden y propiciar que el Sevilla F.C., una vez más, salga al rescate de sí mismo, aún a costa del envidiable momento deportivo que vivimos. Hay expedientes técnicos que posiblemente podrían hacerlo viable, pero es necesario tener voluntad y altura de miras para poder llevarlo a cabo, anteponiendo el interés social al particular, con generosidad y verdadero corazón sevillista, y estos valores, en el caso de los accionistas mayoritarios, parecen haber sucumbido ante el tintineo de los dólares.

“Sudores fríos”, como la novela de Boileau y Narcejac, me sobrevienen ante la posibilidad de un terremoto social a raíz de la próxima junta general, como seguramente a cualquier otro sevillista del montón. Me da miedo nuestro particular “back to black” y que caigan torres importantes (por ejemplo, Monchi), pero a algo debemos aferrarnos, y no me sirve otro paripé de pacto accionarial que institucionalice el trinque a la carta. No quiero caer en un romanticismo sensiblero, ni que mis palabras suenen a orgullo vano o un mero desiderátum, pero pongamos en valor algo que tal vez no comprendan, o no hayan calibrado bien, locales ni forasteros, y es lo serio que nos tomamos los sevillistas al Sevilla F.C. Aquí puede estar la clave, o una de ellas. La jartibilidad de la que podemos hacer gala es difícilmente mensurable, por irracional y tocapelotas. Estamos acostumbrados a luchar, somos inconformistas y, aunque sabemos que es muy difícil recuperar el control de la propiedad, no hay que rendirse, sino seguir picando piedra, en forma de incordio permanente, para defender lo que es nuestro, desde el atril de las asambleas, las calles y los tribunales, la grada del estadio, los medios de comunicación y las redes sociales, o espacios como éste donde, como dice uno de nuestros cánticos, “alzaremos fuerte la voz” para que le quede a todo el mundo claro que nunca podrán librarse de nosotros. Ellos pasarán, pero nosotros permaneceremos.

Otro cántico sevillista, el “Hasta la muerte”, se hizo grito de trinchera en el delicadísimo agosto de 1995. “I died a hundred times” (“He muerto cien veces”) es uno de los versos más emblemáticos de “Back to black”. Lejos de su aparente pesimismo, ambos llevan implícito un mensaje premonitorio: la capacidad de resurgir las veces que hagan falta y derrotar a la muerte. Exactamente igual que el amor sobrenatural de James Stewart por Kim Novak en “Vertigo”. Del mismo modo que Amy Jade Winehouse, cuya voz taciturna y astillada resucita en bucle con cada emisión, descarga o reproducción de sus discos para recordarnos que está ahí para siempre. El Sevilla F.C., pese a los planes vampíricos de los accionistas mayoritarios, también sabrá sobreponerse a cualquier abismo y resurgirá cientos de veces, porque nos pertenece y trasciende al capital social. El Sevilla F.C. es nuestro patrimonio. El Sevilla F.C. es nuestra historia. Aunque algunos no quieran entenderlo. Aunque otros menosprecien lo que somos capaces de hacer.

ENRIQUE VIDAL 11/06/2021

La selección española y el Sevilla FC

La relación entre la selección española y el Sevilla F.C. nunca ha sido idílica, ni muchísimo menos. Pese a ser titular de diversas sedes en las que el equipo nacional sigue imbatido (Reina Victoria, Nervión, Sánchez-Pizjuán), o haber aportado representantes en todas las ocasiones cumbre, deportivamente hablando, del combinado patrio (sin sevillistas, jamás se ha tocado plata), nuestro club es posiblemente, si tenemos en cuenta su permanente presencia en la élite y su significado palmarés, el más maltratado del país en lo que a internacionales y número de internacionalidades se refiere.

Dejo para los amantes de las estadísticas la exactitud de los datos, las comparativas y demás enseñanzas de los números. No es mi intención hacer un estudio basado en cifras, sino ir más allá y bucear en las razones, conscientes y, subconscientes, por las que un servidor, y creo que no pocos sevillistas más, sentimos desapego hacia el equipo nacional.

El desprecio a nuestros jugadores por parte de seleccionadores, federativos y el entorno mediático que los rodea es tan antiguo como la propia historia de la selección, y se remonta a 1920, cuando “la Roja” hizo su debut en los Juegos Olímpicos de Amberes. El seleccionador de entonces, Paco Brú, subrayaba en sus memorias el carácter de auténticos monstruos balompédicos de los genuinos representantes de la escuela sevillista, el catalán Kinké, el gallego Herminio, y los sevillanos Ocaña, Spencer y Brand. Sin embargo, y pese a contar con alguno de ellos en el combinado de “probables” que se midió con otro de “posibles” en los entrenamientos agendados para formar la expedición olímpica a Bélgica, finalmente fueron todos descartados en favor de vascos, catalanes y madrileños.

Tendrían que pasar tres años para que Herminio y Spencer debutaran con la selección. Fue en el campo sevillista de la Victoria, y aunque de méritos andaban más que sobrados, seguramente tuvo mucho que ver en ello el interés de la Federación española por atraer al público local para engordar la taquilla. Con todo, hubo lugar para un nuevo desplante. Brand, el mejor extremo izquierda de España, fue convocado y usado como titular en los entrenamientos previos, generando la consiguiente expectación en los aficionados, para quedar desplazado sorpresivamente a última hora por Del Campo, jugador del Real Madrid, cuando el “efecto taquilla” estaba ya convenientemente garantizado.

Se iniciaba así, con Pepe Brand, una larga historia de convocatorias de jugadores blancos que, sin embargo, jamás llegarían a debutar como internacionales. Brand, Ocaña o Kinké (que llegaría a permitirse el lujo de renunciar a alguna llamada federativa en señal de protesta ante el deprecio de su talento) son sólo algunos de los sevillistas seleccionados en aquellos tiempos a los que no se les permitió lucir entorchado internacional en su hoja de servicios. Luego vinieron más. Sin ánimo de exhaustividad, puedo citar a Gabriel, Roldán, Sedeño, Soler, Joaquín, Raimundo, Busto, Araujo, Enrique, Loren, Pepillo, Pahuet, entre los históricos. Y a Paco, Rivas, Jaén, Antonio Álvarez, Cortijo, Palop o Sergio Escudero, entre los que recuerdo personalmente. Seguro que hay algunos más.

Además de los llamados y no alineados, podemos inventariar otro par de situaciones muy significativas. Por un lado, la de aquellos jugadores que dejaron honda huella en nuestro club pero nunca fueron convocados por la absoluta, como los stukas López, Pepillo y Berrocal, máximos goleadores de su época; futbolistas ejemplares como Blanco, Sanjosé o Juan Carlos; talentos como Oliveros, Liz, Julián Rubio o Antoniet; los campeones ligueros y coperos Villalonga, Herrera y Campos; o ya más recientemente, campeones de Copa, Supercopa de España y Europa y Copa de la UEFA como David Castedo y Pep Martí, o un extraordinario centrocampista, también campeón europeo, como Joan Jordán, algo a mi modo de ver, inexplicable. Por otro lado, también es curioso el elenco de los no internacionales con el Sevilla pero inmediatamente agraciados cuando cambiaron de club: Gallego, Serna y Nando Muñoz, con el Barcelona, o Sarabia, con el PSG, por citar algunos ejemplos. También los hay al contrario, gente que dejó de ser citada al engrosar nuestras filas (Mateos, Diego Rodríguez, etc.). Seguro que no serán los últimos.

Dejo para el postre el recuento más sangrante de todos, el de las escasísimas oportunidades concedidas a auténticos fuera de serie sistemáticamente maltratados por los seleccionadores de su tiempo y el entorno mediático de la meseta. Mitos del fútbol mundial como Guillermo Eizaguirre, considerado como el tercer mejor portero de los años 30, tras Zamora y Planicka; o Marcelo Campanal, el mejor defensa central de los años 50, sólo alcanzaron 3 y 11 entorchados absolutos, respectivamente. Juan Arza, jugador récord del fútbol español en partidos jugados y goles obtenidos, Pichichi por delante de Di Stéfano cuando éste se encontraba en la plenitud de su apogeo, y campeón de Liga y de Copa con el Sevilla, tan sólo 2 ridículas internacionalidades en quince años de carrera en Primera División, además de su exclusión a última hora de la lista de los expedicionarios al Mundial de Brasil 50.

Como ellos, otros muchos sevillistas se quedaron en un paso meramente testimonial por la selección. No me refiero a gente afectada por ciertos condicionantes como lesiones, baja forma u otras circunstancias especiales (Ramón, Antonio Puerta o Nimo, por ejemplo), sino a profesionales con rendimiento sostenido que no gozaron de más oportunidades por no jugar en alguno de esos clubes privilegiados o acabaron siendo siempre los primeros en ser señalados si la cosa no salía bien: Guillermo Campanal (3), Andrés Mateo (3), Pedro Alconero (4), Paco Antúnez (4), Ramoní (2), Doménech (3), Fernando Guillamón (3), Antonio Valero (1), Manuel Ruiz-Sosa (5) o Enrique Montero (3), son algunos de ellos. Por no hablar, finalmente, del bochornoso trato recibido por gente como Enrique Lora (a quién se tildó de “impuesto” en su debut y a quien Kubala jubiló de la selección de mala manera en Las Palmas) o últimamente Jesús Navas, protagonista de una situación que clama al cielo de las injusticias y denota el amiguismo que preside las decisiones de quienes se ocupan de esto. Por estas razones, y otras que mejor me guardo, me interesan la Eurocopa y España, y el dúo macarra que conforman Luis Enrique y Rubiales, lo mismo que un campeonato de petanca en Roquetas de Mar. Poco, o más bien, nada. Y porque a mí, señoras y señores, el único equipo que me representa, ahora y siempre, se llama Sevilla Fútbol Club.

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ENRIQUE VIDAL 21/05/2021

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