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Enrique Vidal - Columnas Blancas

ENRIQUE VIDAL 11/06/2021

La selección española y el Sevilla FC

La relación entre la selección española y el Sevilla F.C. nunca ha sido idílica, ni muchísimo menos. Pese a ser titular de diversas sedes en las que el equipo nacional sigue imbatido (Reina Victoria, Nervión, Sánchez-Pizjuán), o haber aportado representantes en todas las ocasiones cumbre, deportivamente hablando, del combinado patrio (sin sevillistas, jamás se ha tocado plata), nuestro club es posiblemente, si tenemos en cuenta su permanente presencia en la élite y su significado palmarés, el más maltratado del país en lo que a internacionales y número de internacionalidades se refiere.

Dejo para los amantes de las estadísticas la exactitud de los datos, las comparativas y demás enseñanzas de los números. No es mi intención hacer un estudio basado en cifras, sino ir más allá y bucear en las razones, conscientes y, subconscientes, por las que un servidor, y creo que no pocos sevillistas más, sentimos desapego hacia el equipo nacional.

El desprecio a nuestros jugadores por parte de seleccionadores, federativos y el entorno mediático que los rodea es tan antiguo como la propia historia de la selección, y se remonta a 1920, cuando “la Roja” hizo su debut en los Juegos Olímpicos de Amberes. El seleccionador de entonces, Paco Brú, subrayaba en sus memorias el carácter de auténticos monstruos balompédicos de los genuinos representantes de la escuela sevillista, el catalán Kinké, el gallego Herminio, y los sevillanos Ocaña, Spencer y Brand. Sin embargo, y pese a contar con alguno de ellos en el combinado de “probables” que se midió con otro de “posibles” en los entrenamientos agendados para formar la expedición olímpica a Bélgica, finalmente fueron todos descartados en favor de vascos, catalanes y madrileños.

Tendrían que pasar tres años para que Herminio y Spencer debutaran con la selección. Fue en el campo sevillista de la Victoria, y aunque de méritos andaban más que sobrados, seguramente tuvo mucho que ver en ello el interés de la Federación española por atraer al público local para engordar la taquilla. Con todo, hubo lugar para un nuevo desplante. Brand, el mejor extremo izquierda de España, fue convocado y usado como titular en los entrenamientos previos, generando la consiguiente expectación en los aficionados, para quedar desplazado sorpresivamente a última hora por Del Campo, jugador del Real Madrid, cuando el “efecto taquilla” estaba ya convenientemente garantizado.

Se iniciaba así, con Pepe Brand, una larga historia de convocatorias de jugadores blancos que, sin embargo, jamás llegarían a debutar como internacionales. Brand, Ocaña o Kinké (que llegaría a permitirse el lujo de renunciar a alguna llamada federativa en señal de protesta ante el deprecio de su talento) son sólo algunos de los sevillistas seleccionados en aquellos tiempos a los que no se les permitió lucir entorchado internacional en su hoja de servicios. Luego vinieron más. Sin ánimo de exhaustividad, puedo citar a Gabriel, Roldán, Sedeño, Soler, Joaquín, Raimundo, Busto, Araujo, Enrique, Loren, Pepillo, Pahuet, entre los históricos. Y a Paco, Rivas, Jaén, Antonio Álvarez, Cortijo, Palop o Sergio Escudero, entre los que recuerdo personalmente. Seguro que hay algunos más.

Además de los llamados y no alineados, podemos inventariar otro par de situaciones muy significativas. Por un lado, la de aquellos jugadores que dejaron honda huella en nuestro club pero nunca fueron convocados por la absoluta, como los stukas López, Pepillo y Berrocal, máximos goleadores de su época; futbolistas ejemplares como Blanco, Sanjosé o Juan Carlos; talentos como Oliveros, Liz, Julián Rubio o Antoniet; los campeones ligueros y coperos Villalonga, Herrera y Campos; o ya más recientemente, campeones de Copa, Supercopa de España y Europa y Copa de la UEFA como David Castedo y Pep Martí, o un extraordinario centrocampista, también campeón europeo, como Joan Jordán, algo a mi modo de ver, inexplicable. Por otro lado, también es curioso el elenco de los no internacionales con el Sevilla pero inmediatamente agraciados cuando cambiaron de club: Gallego, Serna y Nando Muñoz, con el Barcelona, o Sarabia, con el PSG, por citar algunos ejemplos. También los hay al contrario, gente que dejó de ser citada al engrosar nuestras filas (Mateos, Diego Rodríguez, etc.). Seguro que no serán los últimos.

Dejo para el postre el recuento más sangrante de todos, el de las escasísimas oportunidades concedidas a auténticos fuera de serie sistemáticamente maltratados por los seleccionadores de su tiempo y el entorno mediático de la meseta. Mitos del fútbol mundial como Guillermo Eizaguirre, considerado como el tercer mejor portero de los años 30, tras Zamora y Planicka; o Marcelo Campanal, el mejor defensa central de los años 50, sólo alcanzaron 3 y 11 entorchados absolutos, respectivamente. Juan Arza, jugador récord del fútbol español en partidos jugados y goles obtenidos, Pichichi por delante de Di Stéfano cuando éste se encontraba en la plenitud de su apogeo, y campeón de Liga y de Copa con el Sevilla, tan sólo 2 ridículas internacionalidades en quince años de carrera en Primera División, además de su exclusión a última hora de la lista de los expedicionarios al Mundial de Brasil 50.

Como ellos, otros muchos sevillistas se quedaron en un paso meramente testimonial por la selección. No me refiero a gente afectada por ciertos condicionantes como lesiones, baja forma u otras circunstancias especiales (Ramón, Antonio Puerta o Nimo, por ejemplo), sino a profesionales con rendimiento sostenido que no gozaron de más oportunidades por no jugar en alguno de esos clubes privilegiados o acabaron siendo siempre los primeros en ser señalados si la cosa no salía bien: Guillermo Campanal (3), Andrés Mateo (3), Pedro Alconero (4), Paco Antúnez (4), Ramoní (2), Doménech (3), Fernando Guillamón (3), Antonio Valero (1), Manuel Ruiz-Sosa (5) o Enrique Montero (3), son algunos de ellos. Por no hablar, finalmente, del bochornoso trato recibido por gente como Enrique Lora (a quién se tildó de “impuesto” en su debut y a quien Kubala jubiló de la selección de mala manera en Las Palmas) o últimamente Jesús Navas, protagonista de una situación que clama al cielo de las injusticias y denota el amiguismo que preside las decisiones de quienes se ocupan de esto. Por estas razones, y otras que mejor me guardo, me interesan la Eurocopa y España, y el dúo macarra que conforman Luis Enrique y Rubiales, lo mismo que un campeonato de petanca en Roquetas de Mar. Poco, o más bien, nada. Y porque a mí, señoras y señores, el único equipo que me representa, ahora y siempre, se llama Sevilla Fútbol Club.

Facebook. El Hombre y la Tierra
ENRIQUE VIDAL 21/05/2021

Cincuentenario

La primera vez que pisé el Ramón Sánchez-Pizjuán no fue para ir al fútbol, sino al Gran Festival Infantil de Félix Rodríguez de la Fuente. Dada la abrumadora presencia de público, tuvimos que acoplarnos, según el relato familiar, entre aquellas vigas y pilares de hormigón con muñones de hierro que componían el esqueleto del inacabado Gol Sur. Tal vez de aquí provenga mi devoción por esa estampa setentera del estadio sin terminar, más parecida a las ruinas de un viejo teatro romano que a un coso deportivo. Por eso, y seguramente también porque pocas veces un edificio podía representar de forma tan cabal el estado de grandeza interrumpida que entonces presentaba su inquilino. Apenas tenía año y medio y como es lógico, no lo recuerdo en absoluto, pero para entonces estaba bien seguro de algo: yo ya era sevillista.

Al poco de aquel improvisado debut me convertí en asiduo espectador de mi equipo, de aquellos partidos de las cinco de la tarde con mi padre o mis tíos, mi hermano y luego mis primos, siempre que el tiempo no lo fastidiara, porque si llovía o simplemente estaba un pelín nublado, mi madre no nos dejaba salir. Hasta en esto se notaba que éramos (y somos todos) hermanos del Cachorro. Han pasado varias décadas, demasiadas, pero todavía escuece la desilusión de perdernos, a ultimísima hora, más de un partido. Por ejemplo, un cuatro a cero frente el Oviedo de Ortuondo, Galán y compañía, cuando aquel delantero rubio cordobés apellidado Martínez se apuntó un hat-trick bajo la lluvia.

La costumbre nunca hizo que la ruta a Nervión perdiera sus aires de aventura, subidos en el SEAT 132 gris de mi tío Antonio, con la radio trayéndonos los sonidos del Carrusel Deportivo y sus corresponsalías, anticipando alineaciones y perspectivas de la inminente jornada. Aparcábamos siempre en la trasera del Hotel Portaceli, y desde allí, peregrinábamos a nuestro santuario, atravesando el lodazal de albero de los aledaños con el que la desidia municipal llevaba veinte años obsequiando a los sevillistas. Nuestro estadio se había convertido en una verdadera casa, un segundo hogar. Solía dibujarlo sobre papel –otra de mis pasiones- con mi caja de Alpinos, era especialmente “jartible” con ello. Me gustaba esmerarme en perfilar las sombras que, a modo de equis móviles, proyectaban sobre la hierba los jugadores por efecto de los focos que se alzaban en aquellas cuatro enormes torretas de iluminación artificial con su letrero de Almedi que coronaban los vértices de la grada alta. También era capaz de trenzar de maravilla, con mis lápices de colores, las líneas de nuestro escudo, los santos, las siglas y las costuras de su balón central.

Eran tiempos, deportiva e institucionalmente, extraños. Se palpaba la crispación propia del desarraigo, andábamos como zombis, perdidos en el laberinto de la muy bizarra Segunda División de los setenta. Olsen estaba al timón, Biri-Biri era el ídolo de la chiquillería, y en los mayores empezaba a intuirse algo nuevo, la ilusionada esperanza del ascenso y la terminación del estadio, pero muy tímidamente, sin lanzar campanas al vuelo, debido a las décadas de sufrimiento y los muchos palos recibidos. Fueron años de aprendizaje en el rito y, sobre todo, una época para el despertar de las sensaciones: los olores del día de partido (césped, albero, puros habanos, caramelos pictolines …); los sonidos de la grada (las broncas, los miedos, los gritos de gol, los olés, los “piropos” al arbitraje, la megafonía -en la puerta, Paco; dos, Hita; tres, Sanjosé …); los ruidos a pie de campo (la bota percutiendo el balón, gastado y pentagoneado en cuero rojo y blanco, adquirido, como todos, en Deportes Arza; los disparos contra el hierro de las porterías, las terribles patadas de los defensores de entonces y los gemidos de dolor de sus “beneficiarios”…); la estampa imponente del espectáculo visual, escudriñada palmo a palmo con ojos infantiles, curiosos, posados en las vallas publicitarias o el Simca con sus anuncios a dos aguas dando vueltas en los descansos, el marcador simultáneo de tablillas y el electrónico Orient de cuarzo, el palco con el escudo y sus sillones de forja, los pañuelos al viento para el gol por la escuadra o el desaire arbitral, las almohadillas y los enfermeros de la Cruz Roja, las banderas con la clasificación liguera, los reclutas que accedían con la entrada de 100 pesetas para militares y niños, los toldos rayados en el banquillo, etc.

El salvoconducto mágico, en forma de carnet de socio, era un cartoncillo blanco de esquinas redondeadas poblado de escuditos grises que se rellenaba a máquina, plastificado, con foto sepia de ficha escolar, y se gestionaba en la Secretaría de la calle Harinas, en aquella mansión, oasis de frescor antiguo en las mañanas de julio, donde mientras mi padre hacía cola con guayabera y pantalón de mil rayas, yo me extasiaba boquiabierto pegando mi cara en el cristal de la mesa vitrina que ocupaba el patio de la casa, en la que, como un juguete maravilloso, se podía contemplar la maqueta, color maestranza, de la anhelada mole sevillista. Años después, por casualidad, encontré mi nombre y el de mi hermano, en la lista de contribuyentes a la fila cero para la terminación del estadio. Las cosas del viejo. Lo publicaba Sevillismo, y aquello me pareció algo así como la confirmación de aquel remoto bautismo en la fe nervionense; un versículo, entre tantos otros iguales de miles de hermanos sevillistas, susurrándome: “… esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna” que por entonces comenzaba a profesar y que cumple ahora cincuenta años de ejercicio ininterrumpido, sin más mérito que el de alcanzar la edad necesaria para ello e intentar darle continuidad al más preciado legado de nuestros mayores.

Foto: Avaricia (“Greed”). Película de 1924.
ENRIQUE VIDAL 29/04/2021

Avaricia

“Barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura”. Con estas palabras, inicia Jorge Luis Borges el prólogo a la segunda edición de su “Historia universal de la infamia” (1954). Creo no exagerar si afirmo que Florentino Pérez podría haber sido perfectamente el infame protagonista de alguno de los relatos incluidos en esa singular obra, bien como “atroz redentor” (Lazarus Morell), “impostor inverosímil” (Tom Castro) o tal vez “proveedor de iniquidades” (Monk Eastman); que con todas estas caras se nos ha presentado el personaje en alguna ocasión. De haber tenido noticias suyas, quizás un Borges contemporáneo hubiera puesto colofón a su libro con un capítulo que evitase la desmemoria de los últimos acontecimientos, algo así como “El depravado cinismo de F. P.”

Porque, efectivamente, Pérez nos ha demostrado, sin que nadie se lo haya pedido, que está hecho de otra pasta, y que esa pasta se llama cinismo. Un cinismo tan al límite y desbordado, tan borgesianamente barroco, que resuena extravagante y frisa lo jokeriano. Si tuviéramos un periodismo libre, sin servidumbres al yugo del pensamiento único merengue, cualquier plumilla recién licenciado lo hubiese despedazado en las patéticas apariciones públicas que nos ha brindado para justificar su mesiánico proyecto de Superliga, pero (casi) nadie se atreve a toserle.

Ya en anteriores ocasiones he manifestado que el único y verdadero sancta sanctorum de este país es el sillón que se ubica en el centro de la primera fila del palco del Bernabéu. Han caído presidentes de otros clubs, políticos, gobiernos estatales y autonómicos, incluso monarcas, pero el que ocupa ese asiento es invulnerable, y además, lo sabe. Tiene un ejército de cómplices en su propia casa, y otro de mamporreros por todo el orbe. Aquí ha conseguido que sus socios, en lugar de censurarlo y ponerle freno, le hayan permitido modificar estatutos para entronizarse como un Santos Banderas que hace y deshace a su antojo en su particular Tierra Caliente. Allende estas fronteras, ha construido una legión de seguidores prefabricados que no es más que la suma de millones de consumidores de un producto artificial que no llega a ser la sombra de lo que un día pudo parecer genuina grandeza.

Personalmente este tipo de individuos me estremece, porque recuerdan tristes antecedentes de otros salvadores de la patria que también esgrimían la defensa de la democratización y la limpieza de las instituciones para legitimar lo que no era sino ansias de poder absoluto. Comportamientos así sólo tienen dos explicaciones posibles: o se trata de psicópatas o están tan acostumbrados al abuso y la impunidad que lo encuentran natural y no conciben que se les contradiga. Elijan lo que prefieran, cualquiera de las opciones es repugnante. Al menos, por encima del desprecio y la insolidaridad, el tufo supremacista que expele la Superliga y todo el nauseabundo aparato mediático que rodea a sus creadores, nos queda el consuelo de que este esperpento haya servido para que el mundo entero descubra la catadura de estos personajes, su doble moral y la vacuidad de una pose que pretende esconder, ya sin remedio, un egoísmo sin límites.

El proyecto de la Superliga incurre, no en una, sino en varias, claras y manifiestas, peticiones de principio. Premisas como que los problemas económicos de los clubs sedicentes han sido provocados por la pandemia o que gracias a ellos se consiguen ingresos televisivos y traspasos para la supervivencia de todos los demás clubs son absolutamente falaces. La primera pasa por encima de un dato elocuente: la Superliga lleva años gestándose en la clandestinidad. Además, soslaya el despilfarro y la mala administración de unos recursos económicos descomunales puestos al servicio de una megalomanía obscena. La segunda, sencillamente, subvierte la realidad, porque el trato privilegiado recibido de gobiernos e instituciones (desde su régimen jurídico, hasta prerrogativas políticas, financieras, fiscales, federativas o mediáticas), es la causa y no el efecto de haber incorporado a estrellas mundiales a sus filas, acumular triunfos y generar una brecha deportiva con sus rivales que rozaba lo ridículo. Queda muy poco de lo que en su día fue un deporte de caballeros, pero Pérez y compañía pretenden borrar hasta su recuerdo. Ni siquiera se conforman con una competición groseramente adulterada. No les parece suficiente disponer de designaciones arbitrales a la carta, comités sumisos, calendarios a medida o un VAR adecuadamente prostituido para que todo siga igual. Nos ofrecen el veneno y nos sugieren, como Tom Hagen a Pentangeli en la segunda parte de El Padrino, que seamos nosotros mismos quienes, discretamente, nos quitemos la vida, en un gesto de honor.

Según está montado el tinglado, Real Madrid y F.C. Barcelona (añadan si quieren al Atlético de Madrid) deben mantener su delirante espiral de gasto, y los demás tenemos que dejarlos vivir más allá de sus posibilidades (que son casi infinitas) en lugar de pasar por una reconversión. No solo debemos dejarlos, sino que estamos moralmente obligados a contribuir y apoyar su cruzada elitista. Se creen por encima del bien y del mal y, en su necesidad de acaparar recursos, no pueden permitirse la excepción a la regla, el riesgo de alguna heroicidad intrusa ni que algún rebelde plebeyo ose poner en jaque sus dominios de señor feudal. Por ello, si surge una competencia que pueda llevarse la mano pese a sus cartas marcadas, hay que eliminarla. Se trata de aniquilarnos a todos, por si acaso, como Herodes con los santos inocentes. Por eso, me gusta pensar (y me congratula saber) que nuestro Sevilla F.C. pueda ser una de esas amenazas. Y quisiera soñar (que para eso es el verbo más conjugado estos días por el sevillismo) que la torticera maniobra separatista de estos otrora enemigos íntimos, no les puede librar de acabar algún día como Schouler y McTeague, los protagonistas de uno de los mejores finales cinematográficos de la historia. Hablamos de “Greed” (Avaricia), la monumental película muda de Erich Von Stroheim, genio cáustico al que, por cierto, Borges tanto admiraba.

ENRIQUE VIDAL 26/11/2020

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ENRIQUE VIDAL 11/06/2020

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