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Enrique Vidal - Columnas Blancas

ENRIQUE VIDAL 11/06/2020

El derbi de las musas

En agosto de 1967, Mario Vargas Llosa, por entonces novelista emergente dentro del gran mosaico de las letras hispanoamericanas, defendía en una interview para la revista Imagen que “la literatura comienza donde termina el testimonio; de otro modo, sería periodismo, sociología o historia”.

Otro gran columnista y escritor como Javier Marías, en su magnífico libro recopilatorio de ensayos cinematográficos “Donde todo ha sucedido” (2005), plantea desde el propio título de la obra que las cosas cotidianas que nos ocurren en nuestra vida de alguna manera resultan familiares por haberlas presenciado antes en la gran pantalla.

Ciertamente, las lindes entre lo cierto y lo fingido, la verdad y la imaginación, pueden resultar ambiguas, como por ejemplo nos demuestra el cine, con la protagonista de esa maravillosa película de Woody Allen titulada “La rosa púrpura de El Cairo” (1985), o el personaje espejo de Madeleine Elster / Judy Barton en “Vertigo” (1958), de Hitchcock, pero generalmente (subrayo el adverbio) todos solemos tener claro cuándo estamos en un plano o en otro. La realidad, pertinazmente cruda por su nula compasión, se contrapone a la ficción al punto de que lo soñado cubre un vacío en nuestros corazones que de otro modo sería imposible. La literatura, instrumento paradigmático de la ficción, nos aleja del sufrimiento.

Todo esto que acabo de largar me pone a tono para introducir un asunto futbolero que siempre me ha parecido curioso, y no es otro que la insistencia recurrente de cierta caterva de insensatos, algo así como feligreses del enterismo ilustrado, por sostener, con orgulloso desdén, que el Sevilla F.C. carece de literatura; cosa que hacen, sin excepción, en contraposición con la que a su juicio goza y rebosa su Real Betis Balompié. Cabría preguntarse por qué sucede esto y por qué este mantra coincide en el tiempo con sus acostumbradas crisis de resultados.

Desde luego, en el sentido antaño expresado por el Premio Nobel peruano, no me cabe la menor duda de que el Sevilla F.C. no necesita literatura. Res, non verba o, más castizamente, obras son amores, que no buenas razones. El Sevilla F.C. no gasta juglares, hagiógrafos o creadores de mitos fabulosos que llevarse a la cama las largas noches de pirotecnia mojada. Nuestro club escribe su biografía con la blanca claridad de sus luces, el negro de sus etapas más sombrías, la sangre roja de sus fieles y la plata reservada a los campeones. En lenguaje cinematográfico, la trayectoria sevillista se contaría como un documental, bastaría con plantar una cámara delante y dejar que fluyese sola, libre de trucos y efectos especiales, sin enfatizar las formas en vez de la sustancia. Toda la magia de la narración reside en la autenticidad del relato, una historia de superación. Por eso nadie, ni propios ni extraños, podrá jamás distorsionarla, por mucho que perseveren. Les queda demasiado grande.

¿Significa ello que el Sevilla F.C. no tiene quien le escriba? En absoluto. Quien afirme esto será porque se encuentra bajo los efluvios de una osadía paleta e ignorante. O simplemente porque es un manipulador. Los Blázquez, Izquierdo, Smith, Ferrand, Luca de Tena, Barbeito o Machuca que podemos citar de carrerilla como una alineación de los 70, son sólo algunos de los ases de las letras sevillistas -¿verdad querido “niño” Aguilar?- que han dejado para la posteridad obras maestras y pequeñas suites de enorme belleza y profundidad, también críticas feroces y alegatos punzantes, pero ninguno de ellos ha tenido que recurrir a la fábula, el género fantástico o la ciencia ficción para componer la compleja y admirable historia del Sevilla F.C. El aficionado palangana tiene el privilegio de disfrutar de sus textos por puro deleite, para conocerse y reconocerse en ellos, para afirmarse y reafirmarse en sus sentires, no por razones terapéuticas ni para espantar fantasmas ancestrales.

Por el contrario, quienes fanfarronean alegremente de literatura no se dan cuenta, o tal vez sí, de que la necesitan en abundancia para compensar la obstinación de las estadísticas, para suplir el enorme vacío de la insatisfacción, la nada viscosa que les orada el deseo como incesante gota china. Se antoja entonces casi inevitable acudir a recursos como la predestinación, el fatalismo, la fascinación por los perdedores, la envidia de pena o el dulce encanto de ser víctima, temas clásicos del folclore popular ampliamente testados a lo largo de los tiempos y de las culturas, y tan caros, todos ellos, a la demagogia y el consumismo de masas.

Dar pena siempre resultó rentable. Hacerlo falsamente y en bucle es una inmoralidad. Según la profesora Amar Sánchez, en “Instrucciones para la derrota. Narrativas éticas y políticas de perdedores” (2010), su atractivo literario reside en que “el perdedor es una figura atravesada por la historia de su tiempo, es el resultado de una coyuntura trágica y, a la vez, se constituye como tal por propia decisión, es decir, deviene perdedor a partir de una consciente elección de vida”. ¿Les suena de algo? Manque algunos no lo crean, a mi sí. Por su parte, el ensayista italiano Daniele Giglioli, en su libro “Crítica de la víctima” (2017), proporciona las claves del éxito de la mitología victimista. No le cambio ni una coma: «La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. No somos lo que hacemos, sino lo que hemos padecido, lo que podemos perder, lo que nos han quitado”.

El universo literario verdiblanco es el espacio donde todas estas diatribas convergen, apuntando a un ogro, un villano que no es otro que el Sevilla F.C., especie de ballena blanca melvilliana, siempre detrás, por acción u omisión, de todo lo malo que le sucede al héroe, o mejor dicho, al antihéroe; meollo de su ira y, a la vez, objetivo aspiracional inconfesado. Culpable sumarísimo por ser guapo en un mundo de feos, por ser el listo que destaca en el pelotón de los torpes, por tener éxito, en definitiva, en un medio ambiente hostil, que fomenta el fracaso para justificar su desidia y decapita el talento para evitar cualquier comparación. No irrita tanto la diferencia como la vecindad, que aquel a quien consideras semejante (o incluso inferior) porque ello te reconforta, resulte, no accidental sino secularmente, citius, altius, fortius; esto es lo verdaderamente insoportable, más que la propia incapacidad. Cuando sucede lo mismo con suficientes kilómetros de distancia, el sentido de ajenidad troca la envidia en admiración. La literatura cumple aquí una función social como forma de evasión y de reconciliación en el dolor, trazada con ínfulas de romanticismo telenovelesco; tan repetida, tan interiorizada, que casi nadie la cuestiona, que se asume y normaliza como credo oficial aunque suponga traspasar de forma soez las fronteras de la honestidad. No importa anular el espíritu crítico de los adeptos, ni sacrificar la dignidad en aras de un mínimo parapeto intelectual, el fraude es mejor que la verdad y proporciona versos más dulces. Enhorabuena a los Discóbolo, Olmedo, Del Arco, Burgos, Hernández o García Reyes, y a todos los demás arquitectos de tan colosal trampantojo, gracias por los servicios prestados.

Termino. En pocas horas tendremos un nuevo y extraño derbi en el Sánchez-Pizjuán, con todo lo que ello significa, incluida la habitual exuberancia de pasiones y las dosis de mal gusto del personal que, al menos a mí, me aburren soberanamente. Poca influencia tiene cómo se llega, de hecho, creo que estamos más desorientados que nunca a este respecto. Si acaso, puede ser algo más relevante cómo se salga. Y yo, que nunca he sido de aventurarme en pronósticos, me animo a compartir con vosotros, al hilo de este engendro que acabo de perpetrar, un vaticinio para redimirme. ¿Clío? ¿Calíope? Si esta noche tan triste de fútbol herido de muerte gana el eterno rival, al margen de los desplantes y alharacas que cada cual necesite para expiar complejos y aliviar sus bajas pasiones, conversaremos de fútbol, goles, estrategia, aspiraciones, lo que incluso en tan contrariada tesitura, al menos será saludable. Pero si vence el Sevilla F.C., como siempre espero y deseo, los guarismos del pleito quedarán nuevamente silenciados por la lira verde y su tradicional tocata y fuga de lisonjas, lamentos de tribu maltratada y restante parafernalia de autoayuda para dummies, que para eso, como la tía Julia de Vargas Llosa, cuentan al final de la Palmera con buenos escribidores.

ENRIQUE VIDAL 27/02/2020

La teoría de la relatividad

Uno no fue nunca de ciencias, sino de letras, sobre todo, de la S, la F y la C unidas en perenne abrazo rojo de gol, pero como niño de otras letras también amigas desde la infancia, como la EGB, cierta educación general básica aún retiene, pese a los achaques de la memoria, y además, para cubrir lagunas, ahí está el tito Google con ganas siempre de echarte una mano. La cosa ésta de la relatividad dicen que se le ocurrió al loco Einstein, que no es ningún arquero argentino descendiente de inmigrantes ni nada por el estilo, y por lo visto, sirve para explicar el universo; el universo conocido, se entiende, porque hay algunos paralelos verdaderamente insondables.

Con todo, no soy tan osado como para pretender explicar el universo fútbol con ecuaciones ni fórmulas algebraicas. Mi teoría de la relatividad no tiene que ver con la ciencia, sino con la conciencia: soy enemigo de lo absoluto, salvo en una cosa, el equipo de mis amores. En esto, mi apóstol es Shankly, porque el Sevilla F.C. no es cuestión de vida o muerte, sino mucho más que eso. Pero una cosa es la pasión arrebatada a la que no se puede renunciar, la pulsión de los colores, los vaivenes de la emotividad, y otra bien distinta traicionar la inteligencia reflexiva que nos ha llevado a encontrar el nicho del éxito donde pocos ven más allá del deseo frustrado. Tal vez por ello prefiero buscar cierta distancia, mesura, cuando el sentido común deja de serlo y se convierte en vulgar. No es fácil encontrar el equilibrio ni la calma necesaria cuando nos toca hablar de lo nuestro, no ya entre la tropa de los aficionados, sino incluso la dirigencia y los profesionales, movidos muchas veces por sensaciones cortoplacistas que nos hacen viajar por el tobogán de la cima a la sima más rápidos que la velocidad de la luz que obsesionaba a nuestro amigo Albert.

El Sevilla FC de los títulos, el último, porque ha habido varios, el de la generación del Centenario, esa sinfonía maravillosa de Juande y posteriormente Unai que hemos tenido el privilegio de degustar, todavía no hemos sido capaces de comprenderlo y asumirlo en su verdadera dimensión. Nos sigue descolocando. No se vea en ello reproche alguno, sino un problema de perspectiva. Quizás convenga recordar que campeonar como lo hemos hecho, disfrutar de un sinfín de finales y pasearnos por el mundo con el orgullo de ser gigantes, dentro de nuestras enormes limitaciones sociales, políticas y económicas, supone una heroicidad al alcance de pocos. Mantenernos dos décadas, casi sin excepción, en la nobleza del fútbol nacional y europeo lo es aún más. Y todo esto, al menos a la gente de mi edad, hablo por mí y por muchos que conozco, nos ha desestresado y nos permite verlo todo de otra manera, arrojando cualquier urgencia del pasado al cubo de la basura junto con todos aquellos años grises que, aunque bien empleados, suponían una afrenta para nuestra historia. Tanto éxito de golpe cuesta manejarlo, posiblemente más entre quienes forman la nueva hornada de fieles cocida al calor de la plata, y dispara las ambiciones de una forma tal vez desproporcionada, aunque irrenunciable, al punto de que hasta el club parece haberla hecho suya. Pero noto que hemos cambiado la antigua ansiedad por la reconciliación, que ha marcado a varias generaciones de sevillistas, por una patología moderna, una especie de mono adictivo por añadir timbres de gloria a nuestro palmarés, como si no fuera excepcional algo tan difícil, como si acostumbrados al frenesí de los triunfos, no hubiera cabida para el más mínimo tropiezo. Y eso a mí, que cada contratiempo deportivo me enturbia el humor como no desearía, me preocupa, en la medida que nos haga perder la paciencia y reventar lo que tantos sinsabores ha costado reconstruir. Olvidar la sensatez me da tanto miedo como la autocomplacencia.

Por eso intento relativizar las cosas. No sólo lo intento, es que me sale sola. Actuar a golpe de impulsos, cambiar tajantemente de opinión de un día para otro, o peor aún, mantenerse en un criterio absurdo por una mal entendida personalidad, qué sé yo, cuando las evidencias dictan que uno está equivocado, genera crispación, no suma sino que resta, y precipita el fracaso. Esto vale para Lopetegui como para Koundé, para Munir o De Jong, la Copa del Rey o la Liga. ¿Supone ello ignorar la tan cacareada exigencia sevillista? En absoluto, censurar el desempeño de nuestro Sevilla y hacerlo sin ignorar los condicionantes de fondo y de forma es perfectamente compatible, se trata de ajustar la mirilla. En lugar del inútil blablablá de salón, del que tenemos permanentes ejemplos de ineficacia probada a nuestro alrededor, os invito a observar, acompañar, criticar, pero en un adecuado marco de referencia, sabiendo quiénes somos, dónde estamos y qué objetivos podemos razonablemente alcanzar. Y, por supuesto, exigir, demandar, de cada responsable lo suyo, pero no tanto títulos ni resultados perfectos, sino diligencia, buen hacer, profesionalidad, gestión, cabeza, orgullo, esfuerzo. No hay otro camino para la excelencia que todos queremos.

Decía Einstein, sí, ese que no es ningún portero argentino hijo de gringos, algo que ningún sevillista debería ignorar: “Aprende del pasado, disfruta del presente y sueña con el futuro. Lo importante es que nunca dejes de pensar”.

ENRIQUE VIDAL 25/01/2020

130 años, guste o no guste

Aludía no hace mucho Monchi a los últimos 130 años de grandeza del Sevilla F.C., en un discurso de tintes delnidianos que no sé si abrazar del todo, porque si bien parece natural que el león (de San Fernando) marque su territorio recordando de vez en cuando quién es el rey en esta selva futbolera local sobrecargada de toxinas verdes, no me convence demasiado que el principal portavoz del club tenga que rebajarse a subrayar públicamente lo obvio, y menos en un foro amigo, como se supone que es la junta general de accionistas.

Con esto último no me refiero solamente a la indiscutible hegemonía blanca sostenida a lo largo de los tiempos, sino también, y principalmente hoy, a los 130 años de vida sevillista. Sí, 130 años de Sevilla Fútbol Club, y parafraseando a Monchi, 130 años de historia, “guste o no guste”, tal como asume y reconoce oficialmente, con total naturalidad, la propia entidad.

Porque las cosas son como son, no como nadie quiera que sean. Cuando los datos salen a la luz, cuando hablan los documentos, las evidencias, los testimonios otrora sepultados por la pátina del olvido o el silencio interesado, se desmoronan los mitos, no hay lugar para el romanticismo impostado y se renuevan, querámoslo o no, nuestros referentes, por mucho cariño que les hayamos tomado. Es otra forma de crecer, de madurar si se quiere. Porque ¿acaso en nuestro particular Olimpo, no hay sitio para Suker como lo hay para Juan Arza, para Kanouté como para Campanal, para Jesús Navas como para Enrique Montero? Llegaron no hace mucho “Ned” Johnston o Hugo Maccoll para sentarse junto a Alba, Miró o Sánchez Pizjuán, haciendo honor al evangelio sevillista según Gallegos: “Todos los hombres, de cualquier condición social, ideas políticas o religiosas, tendrán aquí cabida”. Hablamos del Sevilla Fútbol Club, que es lo que nos toca y nos duele, aquí y ahora, pero esto de asumir la evolución de las cosas vale también para cualquier otra institución, sea cual sea. Es solo cuestión de nobleza y altura de miras.

La conmemoración de nuestro aniversario me mueve a compartir con vosotros brevemente algunos hitos del proceso de descubrimiento de la verdadera datación del club y su puesta en conocimiento del sevillismo y del público en general. Hay que remontarse a los meses previos a los fastos del inolvidable centenario que entonces creíamos todos que tenía una fecha clara, el 14 de octubre de 2005. El añorado Agustín Rodríguez y el profesor Castro Prieto se hallaban preparando trabajos sobre la historia sevillista con ocasión de la citada efeméride cuando concertaron una visita a la casa particular de cierto historiador onubense que, encargado de confeccionar una enciclopedia sobre el R.C. Recreativo de Huelva, manejaba bastante material hemerográfico en su archivo particular. Allí, hojeando y ojeando informalmente algunos documentos, se toparon casi de refilón, de forma casual e inesperada, con un suelto periodístico del diario La Provincia de Huelva que llamó su atención. La noticia, redactada en inglés, un idioma que ni Agustín Rodríguez ni Juan Castro comprendían, aludía claramente al Sevilla Football Club. Apenas pudieron quedarse con la fecha de la publicación, pues su anfitrión guardaba el recorte celosamente y aquel acceso fue casi clandestino. Al interesarse por el asunto, Agustín y Juan recibieron la siguiente respuesta del historiador de Huelva: “Lo mismo sois más antiguos de lo que creéis”. Cada cual que interprete esta escena como prefiera, algunos quizás comprenderán mejor por qué fueron necesarios tantos años para aclarar las cosas y por qué tras aquello las reacciones desde determinadas atalayas han sido, y siguen siendo, las que son. De la casa de aquel historiador marcharon Agustín y Juan a la hemeroteca, hallaron la fuente original y se hicieron con una copia de la ya famosa carta de Isaias White Jr., Secretario de un Sevilla Football Club recién constituido, invitando a los miembros del club de recreo de Huelva a un desafío futbolístico en nuestra ciudad. Aparecía en la edición del 25 de febrero de 1890.

A partir de aquel momento, las investigaciones y el interés general dentro del sevillismo por conocer el verdadero origen del club, sus protagonistas y sus actividades se precipitaron, encontrándose nuevas evidencias documentales asombrosamente explícitas, entre las que sobresalió, por su contundencia, el Dundee Courier de 17 de marzo de 1890, con noticia del acto fundacional, localizada por Javier Terenti Sánchez, filólogo inglés con demostrada erudición, que situaba con plena exactitud la fecha original de la sociedad Sevilla Football Club en el sábado 25 de enero de 1890.

Memorable sería también la jornada sabatina del 10 de diciembre de 2011, cuando desde las mismas entrañas del Ramón Sánchez Pizjuán, un tosco ordenador nos alumbraba a los allí presentes con la columna del diario escocés en la que se relataba, con minuciosidad costumbrista, el nacimiento oficial de nuestro amado club. Los nombres de Johnston, Maccoll, White, Plews, Moliní y un largo etcétera de deportistas británicos y españoles, se unían a los Gallegos, Wood, Langdon o Alba, revelándose como protagonistas imprescindibles del pasado en rojo y blanco, dispuestos a recuperar el sitio en la historia que hasta entonces se les había privado.

El descubrimiento era fabuloso, no ya para el Sevilla F. C., sino para todo el fútbol hispano, y de ello queda testimonio enmarcado en la sede de la Real Federación Española de Fútbol. Su trascendencia superaba fronteras y tendía un puente en la distancia con la lejana Escocia, patria de muchos de aquellos pioneros. En clave puramente sevillista, no sólo cuadrábamos el relato de los acontecimientos, sino que nos permitía comprender sin distorsiones que el Sevilla F.C., lejos de lo que proclama el manoseado bulo de un supuesto clasismo nobiliario, fue realmente gestado por una élite, sí, pero intelectual más que social, unos individuos que en su tiempo eran ideológicamente avanzados, profesionales liberales, comerciantes, ingenieros, químicos, médicos, abogados, miembros todos ellos de una burguesía emergente y cultivada, inquieta y emprendedora, incómoda para el antiguo régimen y comprometida con el regeneracionismo más recto que los jóvenes españoles del grupo traían aprendido de las escuelas extranjeras, lo que explica su temprana labor proselitista entre los más desfavorecidos de nuestra ciudad y también sus actividades benéficas, inicialmente intensas, pero que nunca han cesado ni siquiera en nuestros días. Unos ideales modernos y progresistas, pujantes en Europa, que encontraron fuerte reacción en los sectores más rancios y conservadores de la sociedad sevillana, encendiendo la mecha de la rivalidad local dentro de la casta militar, primero, y entre los políticos y nobles aristócratas del sistema caciquil, poco después, hasta alcanzar en última instancia la mismísima cúspide de la corona. En pocas palabras, “Football” y “Club” versus “Balompié” y “Real” como marchamo definitorio de cada idiosincrasia en los apellidos adoptados. Toda una declaración de intenciones.

Desde entonces, ha sido necesaria una ímproba labor en diversos frentes y con distintas finalidades, en la que poco a poco el propio Sevilla Fútbol Club se ha ido implicando. Por un lado, una tarea arqueológica, de reconstrucción de los hechos, no sólo con cada uno de los nuevos datos encontrados, sino también, y casi más importante, con la recuperación y puesta en contexto de numerosas informaciones y publicaciones sobre el Sevilla F.C. en el siglo XIX de las que ya se disponía, accesibles para todos, pero que resultaban de muy difícil incardinación en el espacio y el tiempo sin los nuevos hallazgos encontrados. Cualquier sevillista o estudioso del tema que dispusiera de alguna publicación sobre el club, ya fuere con ocasión de las Bodas de Oro o Platino, fascículos o ediciones especiales de cualquier periódico, etc., podía encontrar en ellas referencias a ese Sevilla pretérito del ochocientos, aunque deslavazadas por puro desconocimiento de lo principal, el pegamento que lo amalgamaría todo, hasta entonces apenas intuido.

Por otro lado, la historia oficial, precaria en sus fuentes y repetida en bucle por pura comodidad o falta de medios de quienes la contaban, se demostró relatada principalmente por actores secundarios que, sin cuestionar su buena fe, es indudable que aprovecharon también su condición de supervivientes para arrogarse un papel estelar que no les correspondía. Protagonistas tardíos como Luis Ibarra Osborne o Paco Díaz, idealizando sus recuerdos y adornando su propio rol en los orígenes del club, versionaron lo que un Johnston, un Maccoll o un Alba, con más autoridad y criterio, nos hubieran narrado a buen seguro de otra manera, en el caso de haber sido entrevistados como lo fueron aquéllos, cuando el fútbol era ya un fenómeno de masas. Esta empresa de investigación e interpretación de los hechos históricos continúa abierta, porque siguen apareciendo novedades en forma de pequeñas teselas que añadir al mosaico mural de la trayectoria sevillista.

En segundo lugar, y junto a la labor arqueológica de base, se puso en marcha una tarea didáctica, pedagógica, encaminada a presentar, explicar y compartir, principalmente con el sevillismo, pero también con toda la comunidad interesada, la nueva información acopiada, de forma ordenada y sistematizada, exponiendo razonadamente los datos y documentos obtenidos, mediante publicaciones en internet, sitios web y redes, libros, conferencias, entrevistas, exposiciones y audiovisuales, de la mano de expertos en todos los ámbitos de rigor (histórico, jurídico, periodístico, académico). En colaboración con la Universidad de Sevilla, y coordinado por el Área de Historia, se editó en 2014 una obra magnífica, compendio científico de los estudios realizados: “El Sevilla Football Club a caballo entre los siglos XIX y XX. De las élites británicas a la ilusión regeneracionista”. Pese a ello, hay que reconocer que incluso dentro de la masa social sevillista el tema ha tenido, y quizás tiene aún, cierta resistencia, pues no es fácil resetear de la noche a la mañana la perspectiva que cada uno de nosotros tiene del club y su historia si hablamos, como sucede con la fecha fundacional, de símbolos de identidad; y menos aún, cuando factores más o menos legítimos como el desinterés, la nostalgia, la rebeldía frente al cambio o la sublimación de la tradición familiar y la propia experiencia pueden pesar en nosotros más que el dato frío y conciso, académicamente testado.

Dejo para el final otro de los ámbitos que ha sido preciso abordar, habida cuenta la animadversión que despierta el gigantismo sevillista en determinados círculos y geografías. Se trata de una actividad que podríamos calificar de carácter profiláctico, orientada a la limpieza y desinfección de toda la contaminación vertida por quienes se mueven exclusivamente por razones de odio, rivalidad o acomplejamiento, y que tienen como objetivo único negar cualquier iniciativa que, desde su particular perspectiva de las cosas (ni siquiera la nuestra) pueda suponer un timbre de mérito u honor para el Sevilla Fútbol Club. Allá ellos, individuos y colectivos, con su castrante síndrome procustiano, no merecen mayor comentario, salvo quizás el agradecimiento por habernos espoleado a formar un expediente sobre los inicios de nuestro club, con un nivel de detalle y exhaustividad muy superior al de cualquier otro semejante, y mucho más allá. Esos ataques gratuitos, esa envidia atormentada, esa vileza miserable y cobarde que califica y define a sus protagonistas, nos confirmaba a cada momento que estábamos en el buen camino, que existían cosas sabrosas por descubrir y que había miedo, auténtico pánico, a sus consecuencias, algo que sólo puede obsesionar a quienes tienen mucho que esconder. Nos hicieron situar el foco, sin proponérnoslo, en cuestiones en las que jamás nos hubiésemos parado, sobredimensionando el asunto. Terrible error de cálculo, pues Clío, ya lo sabemos, es implacable. Sin ellos, nada de esto habría sido posible, como tampoco lo hubiera sido conocer y documentar, cada día que pasa, hechos inéditos, incluso revolucionarios, que no cesan y tampoco dejan de sorprendernos. Así que bienvenidos sean, pero que nunca nos infravaloren, porque a tenacidad, ciencia y paciencia no gana nadie a ningún sevillista.

En cualquier caso, nosotros a lo nuestro, a nuestro ritmito (;-), siempre por delante, con firmeza y determinación, alzando nuestras copas en un brindis de plata inacabable, con el venerado Robert Burns, por los viejos tiempos (“for auld lang syne”) y por los próximos doscientos años, con la misma grandeza o más, de Sevilla Fútbol Club. Tal y como profetizara Monchi, guste o no guste.

P.S. Estatutos Sociales vigentes del Sevilla Fútbol Club, SAD, inscritos en el Registro Mercantil:

Artículo 1º. Denominación social.

Con la denominación de SEVILLA FUTBOL CLUB SOCIEDAD DEPORTIVA S.A.D., se constituye una Sociedad Anónima Deportiva que se regirá por los presentes Estatutos y por las disposiciones legales que en cada momento le fueran aplicables. El Sevilla Fútbol Club se fundó el 25 de enero de 1890 como Asociación Privada de carácter cultural y deportivo. El proceso registral de la misma se completó, según la normativa vigente, el 14 de octubre de 1905, previa aprobación de estatutos y reglamento el 23 de septiembre anterior. Se transformó en Sociedad Anónima Deportiva el 29 de junio de 1992, en virtud de lo dispuesto en la Ley 10/1990, de 15 de octubre, del Deporte.

ENRIQUE VIDAL 06/12/2019

Mercadeo

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Autor
ENRIQUE VIDAL 22/11/2019

Los Ramones

La historia del Sevilla F.C. se vertebra a través de tres Ramones: Sánchez-Pizjuán, Encinas y Rodríguez Verdejo. Cada uno de ellos, en sus respectivas áreas competenciales, representa el canon de la excelencia, el talento, la eficacia y la caballerosidad que una institución como la sevillista (o lo que es lo mismo, su masa social de […]

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