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Enrique Ballesteros - Columnas Blancas

ENRIQUE BALLESTEROS 29/03/2021

Mes y medio después

A principios de febrero el sevillismo se frotaba las manos. Era consciente que el Atlético de Madrid estaba intratable tanto en el terreno de juego como en el videoarbitraje, y que, por ende, el objetivo de conseguir el título de LaLiga andaba muy lejano, más si cabe porque ese tren se nos escapó semanas antes al no aprovechar la oportunidad del partido aplazado del Wanda Metropolitano. Ese 2-0, que no fue otra cosa que una lección de pegada, fue el único lunar en un inicio de 2021 que, si bien a nivel general, fue apocalíptico para el sevillismo fue una sobredosis de ilusión por los cuatro costados.

Y es que desde que perdiéramos frente al Real Madrid el 5 de diciembre hasta que vino Haaland a Tierra Santa pasaron 19 encuentros en todas las competiciones, 16 victorias, dos empates y el comentado tropiezo como visitante ante el Atlético. Es más, desde aquel partido se encadenaron nueve triunfos consecutivos, incluyendo ese 2-0 en la ida de las semifinales de la Copa del Rey que fue el espaldarazo definitivo para que la afición del Sevilla se creyera con derecho a aspirar a todo. Al optimismo también contribuyeron dos factores: Primero: una racha de ocho encuentros consecutivos sin encajar gol colocando a Yassine Bounou al Olimpo de los mejores porteros sevillistas de la historia. Segundo: el Dortmund llegaba con bajas al primer envite en el Sánchez-Pizjuán y con un entrenador nuevo que no terminaba de encajar las piezas de este grande de la Bundesliga.

¿Qué temporada histórica nos esperaba a la vuelta de la esquina? Pues al parecer ninguna. El golazo desde fuera del área de Dahoud nos abrió la puerta de la realidad. Fue la clave del encuentro y la eliminatoria donde si bien el gigantón noruego con rostro porcino marcó diferencia, nos apuntilló y se llevó todo el protagonismo mediático-cavernario, esos 20 minutos postreros al gol del sirio fueron un golpazo del que nos costó salir. Reaccionamos pero la eliminatoria quedó muy cuesta arriba. Y, aunque se ganó de forma solvente en Pamplona, no supimos aprovechar que el Barcelona, tras recibir un golpetazo procedente de París y quedar tocadísimo tras la visita de un Cádiz post-carnavalesco. El Barça nos puso en su sitio.

Si bien en LaLiga las esperanzas eran mínimas, se cargó nuestra máxima ilusión de la temporada en forma de título: la Copa del Rey. No ayudó que el inexpugnable Yassine Bounou se lesionara en los prolegómenos de esta contienda dejando a recaudo la portería a un Tomas Vaclik con la confianza tan subterránea como su físico. A la horripilante puesta en escena en el Camp Nou manifestada en un primer tiempo de muchas tinieblas, donde no fuimos capaces de dar ni una sola patada en el centro del campo y en el que el resultado justo hubiera sido más propio del tenis, se unieron una serie de factores desgraciados tras el descanso. Que Lucas Ocampos desperdiciara una pena máxima, que se le perdonara la expulsión a Mingueza y que nos llevaran a la prórroga en el último suspiro fue un desafortunado, ultrajado y cruel epílogo a lo que sin duda fue algo merecido.

Nos quedamos abatidos, que tuvo como principal símbolo el naufragio de nuestra cara B en Elche. Sin embargo, los acordes de Haendel de la Liga de Campeones y el orgullo propio de nuestro “Nunca se rinde” propició que el Sevilla, el puto Sevilla Fútbol Club, mostrara posiblemente la mejor cara desde que está Julen Lopetegui como entrenador a acosar al Borussia en su imponente Signal Iduna Park. Nuestro asedio y despliegue físico se quedó a la orilla. También fastidió esta eliminación, mucho, pero de cara al futuro dejó la sensación que este equipo seguía su rumbo y que el bajón físico no era una de las razones del bache de resultados.

El derbi cortó la sangría y fijó horizontes. Con la plantilla descansada y una zona de nadie árida en el cuarto lugar con las mismas opciones de ganar LaLiga (11 puntos) que de caer al quinto puesto (10), el Sevilla se presenta de esta manera a esa parte de la temporada que nuestro exentrenador Luis Aragonés catalogaba como la más importante de la temporada: los diez últimos encuentros. Y se presenta con el objetivo principal e inicial del curso: el cuarto puesto encarrilado. Solo una hecatombe privaría del notable alto a la 2020/21. Es más, hay dos fines muchos menor que, a un servidor, personalmente me haría mucha ilusión: uno, adelantar al Real Madrid y ser tercero, clasificándonos para un torneo con derecho a título como la Supercopa de España; dos, que Yassine Bounou se convierta en el primer portero de siempre de la entidad en conseguir el Trofeo Zamora, ya que anda mano a mano, décima arriba décima abajo, con Jan Oblak.

En definitiva, el Sevilla lo tiene claro. Y a Julen Lopetegui, al que planteamientos y formas de jugar aparte, solo hay que achacarle las dos “Jimenadas” coperas, porque por lo demás está siguiendo el camino prediseñado por Monchi de manera intachable: estar en la Liga de Campeones un año sí y otro también. Y es lo que un club de zona media – alta si quieres ascender a clase olímpica debe porfiar: estar un lustro entre los transatlánticos de Europa con el fin de amasar una cantidad ingente económica para, poco a poco, asentarse y ver como normal objetivos que eran impensables en toda nuestra honorable historia.

EFE
ENRIQUE BALLESTEROS 14/01/2021

Pepe y José discutiendo hasta 2024

«A seguir enfadándonos, discutiendo y exigiéndonos, pero sobre todo, a seguir consiguiendo objetivos», esto fue lo que declaró nuestro omnipotente director directivo Ramón Rodríguez Verdejo, Monchi, cuando se confirmó la renovación de Julen Lopetegui por la entidad sevillista hasta 2024. Unos gerundios que encierran muchos secretos, que son más allá de unas declaraciones típicas de cara a la prensa. Le gusta mucho al isleño, será sobre todo por su cariño al Carnaval, soltar comentarios entre líneas para que los más inteligentes capten de inmediato los mensajes, y los más toscos se queden en la literalidad de las letras como hace un año sucedió en el Santiago Bernabéu. Aún nos recuerdan que quisimos retirar al equipo…

Es indudable que esa división existencial que existe en el sevillismo en torno a la figura de su entrenador existe también en la cabeza de Monchi. No solo a la hora de confeccionar la plantilla, que es el principal cometido de nuestro manager (en el significado español), sino a la hora de observar y de comentar lo que se contempla en los terrenos de juego cada tres o cuatro días por parte de nuestro manager (en el concepto inglés). ¿Por qué no termina de convencer a una parte del sevillismo Julen Lopetegui más allá de los incuestionables resultados que tienen como bandera la conquista de la Europa League?

Una pregunta que conduce a una división. Una división que es absurda y que reaviva una rivalidad completamente innecesaria, que solo sirve para alimentar egos. El de “Pepe” que es cierto que vive los éxitos de su equipo de forma afligida y al acecho de cualquier fallo para llevar razón. O el de “José” que se atreve a llamar “Pepe” al que realiza una autocrítica o pone encima de la mesa otro tipo de preferencias sin dejar que éste último pueda expresarse con libertad. ¿Si Monchi se enfada, discute y exige a Julen Lopetegui, por esa regla de tres, es un “Pepe”?.

La gran arma de los “José” son los resultados. Da igual que no vean los partidos, le bastaría con ver parpadear los numeritos del teletexto Voy a detenerme en los resultados. Voy a comparar a Julen Lopetegui con los entrenadores que hemos tenido en la élite en el Siglo XXI y que han cumplido al menos una temporada. Esto es, Joaquín Caparrós, Juande Ramos, Manolo Jiménez, Unai Emery y Jorge Sampaoli. Hace no mucho salió el dato que el exseleccionador es el entrenador con el mejor porcentaje de victorias de la historia del Sevilla con al menos cuatro partidos dirigidos; y ya la campaña pasada salió a relucir la estadística aquella de que su % de derrotas es el más bajo de cuantos entrenadores han pisado Nervión y no Nervión. Nada que objetar a los “José”.

Julen Lopetegui, tras perder en el Wanda Metropolitano ante el Atlético de Madrid, acumuló el 57,50% de victorias (por las 57,14% de Juande Ramos), y posee tan solo el 18,75% de las derrotas (por las 22,56% del manchego, su perseguidor y según una encuesta de Estadio Deportivo, el entrenador favorito del sevillismo). Ahora bien, me parece original como Julen Lopetegui distribuye estos porcentajes si tenemos en cuenta los parámetros de casa y fuera, porque si algo ha conseguido el vasco es igualar hasta límites casi ínfimos la diferencia de resultados siendo local y visitante. Meritorio cuanto menos y homenajeando a esta época de pandemia donde no hay público en las gradas y la diferencia entre ser local y visitante por tanto es menor.

Una buena razón de los “Pepe” es el hastío que le deja el equipo cuando el Sevilla juega sus partidos en el Ramón Sánchez-Pizjuán. Julen Lopetegui ha vencido el 60% de sus partidos en casa (21 de 35). En la comparación de esta centuria, solo está por encima de Joaquín Caparrós (54,64%), está cerca de Manolo Jiménez (el 63,23%) y está muy lejos de los otros tres que están por encima del 70% en esta estadística demostrando que necesitaron hacerse fuertes en casa para sacar resultados. En el % de derrotas, Julen Lopetegui cuenta con un 14,29% (anda casi a la par con Unai Emery, 15,93%), un dato mejorado por el 10,94% de Juande Ramos y el 11,54% de Jorge Sampaoli. No pierde mucho como local pero otros han perdido menos.

No obstante, los “José” pueden contragolpear, como no, con resultados, los de a domicilio. Julen Lopetegui ha vencido el 52,50% de sus encuentros fuera (o lo que es lo mismo 21 de 40). En este aspecto, destroza a cualquiera de sus homónimos en este siglo con Manolo Jiménez en la distancia con el 45,59% de victorias como visitante, y el resto sin apenas superar el 40% (Juande Ramos 40,62%). Más relevante es su estadística de derrotas en los desplazamientos. El 22,5% (es decir solo 9 de 40), pulveriza a cualquiera que se le ponga enfrente (los otros cinco misters comparados giran entre el 34 y el 42%).

Julen Lopetegui ha ganado el 60% de sus partidos en casa y el 52,50% fuera. Alucinante. Una diferencia de 7,5 puntos, que contrastan redondeando con los 18 puntos de Manolo Jiménez, los 20 de Joaquín Caparrós, los 24 de Jorge Sampaoli, los 31 de Juande Ramos y los 39 de Unai Emery. Julen Lopetegui ha perdido el 14,29% de sus encuentros como anfitrión; y ha sido derrotado el 22,50% como forastero; es decir una diferencia de unos 8 puntos en comparación con los 18 de Manolo Jiménez, los 20 de Joaquín Caparrós y Unai Emery, los 24 de Juande Ramos o los 27 de Jorge Sampaoli (resultado de los 11,54% de derrotas en el RSP con el 38,46% de derrotas lejos de Sevilla).

Es decir, sus extraordinarios resultados como entrenador foráneo tapan sus estadísticas como local y le ayudan a aquellos “José” que creen y apoyan a Julen Lopetegui para seguir mirando por encima del hombro a quienes tienen la libertad de expresar lo que no le gusta. Siendo como es una forma de jugar similar independientemente del escenario donde se sitúe. Cuando los rivales visitan el Ramón Sánchez-Pizjuán esperan su oportunidad dando por bueno el punto de inicio, no tienen prisa y juegan con la horizontalidad de los nervionenses para hacerse fuertes, más si cabe si tienen el bloque bajo apuntalado, por eso los equipos modestos cuestan más. Cuando los rivales reciben al Sevilla, no se embotellan y tienen la necesidad de hacerse fuertes en casa dejando esos resquicios en su parte defensivo tan buenos para el estilo de este Sevilla de autor, algo que no le gusta a los “José” que, una vez por delante, sí sabe gestionar la ventaja a su favor (siempre que hayan cinco minutos de por medio).

Al estilo de Julen Lopetegui le gusta tener el balón, sobarlo para que no pase nada y que decida la cantidad de sus puntales. Le gusta jugar siempre igual. Le gusta jugar al empate. Tanto es así que el de Euskal Herria tiene el 23,75% de empates en total; el que más de los técnicos de este siglo con al menos una temporada completa. Es más, el Sevilla ha empatado nueve de sus 35 encuentros en Nervión (el 25,71%), solo Joaquín Caparrós está a la altura al haber empatado el 23,71% de sus compromisos como local (el resto de este siglo no superan el 19%).

Resultados, porcentajes, estadísticas y datos al fin y al cabo, que de momento de forma indudable avalan a un Julen Lopetegui cuanto menos original a la hora de conseguir sus réditos. Luego están las sensaciones que te deja, el gusto por su estilo de fútbol o lo que más le gusta a nuestra afición, que no es otra cosa que enconarse de forma absurda entre sí. Ver quién tiene razón, si los “Pepes” que se amargan o los “José” prepotentes que no dan pábulo a esa libertad de expresión, ahora tan envenenada en tiempos de pandemia y redes sociales. Libertad inherente a ese enfado, discusión y exigencia de un sevillismo que siempre va a intentar aportar su granito de arena para conseguir objetivos.

ENRIQUE BALLESTEROS 20/10/2020

Asalto al cielo

Veníamos de la catedral protestante de St.Paul, de comprarnos una camiseta en el Emirates, de cruzar el puente de la Torre y de cantar el “God save the Queen” en el mismísimo Buckingham Palace. Estábamos exultantes. Nuestro equipo se había clasificado el día anterior por segundo año consecutivo a las semifinales de la Copa de la UEFA. El Sevilla superó con nota la prueba del añejo White Hart Lane entre terribles sufrimientos (los míos) y la tranquilidad del Tío Pepe (la de él). Teníamos un día por delante para patear una de las ciudades más importantes del planeta, con un tiempo extrañamente estupendo, y a la que viajábamos ambos por primera vez. Y gracias, porque a punto estuvimos de perder uno de los dos vuelos que nos trasladaría a Reino Unido. Con la ilusión por parte mía de visitar todos los lugares y escenarios deportivos posibles, y por parte suya de conocer la torre de Willy Fog o cerrar cualquier pub de Picadilly, nos plantamos en uno de los barrios más pijos de la ciudad en una escala ineludible para cualquier friki futbolístico: Stamford Bridge, el estadio del Chelsea.

Juro que no había otro objetivo que contemplar el exterior y, a lo sumo, visitar su tienda. No íbamos a perder más tiempo porque había mucho camino por recorrer. Instalado entre chalés que parecen pequeñas mansiones, “The Bridge” se encontraba dentro de un recinto que te recibía con un espectacular mural donde se podía ver a todos los socios del club posando en la foto de equipo con el resto de jugadores “blue”. Lo dicho, fotos de rigor y a dar una vuelta buscando la tienda. Fue en ese instante cuando encontramos una de las puertas del estadio abiertas. Evidentemente, nos adentramos.

Y más aún cuando a aquello le faltaba la alfombra roja. Sin vigilancia ninguna queríamos nuestra estampa con el césped de fondo. Entonces, empezamos a subir escaleras, escaleras y escaleras. Arriba del todo y ya con el esfuerzo realizado, ya no nos íbamos a quedar atrás. Proseguimos en nuestro viaje al centro de nuestro universo. Dedujimos que aquello no era un vomitorio de entrada de aficionados normal y corriente. Y más cuando ya entre pasillos que bien podían pertenecer a los de un hotel nos cruzamos con una cocina. Tras ella, despachos, uno de ellos de Barclays Bank y, al final del todo, una puerta que destacaba sobre las demás. En ella un letrero bien nítido: “Roman Abramovich, owner”. “¿Entramos o no entramos?” “Venga, lo intentamos”. Fue tocar el pomo y saltar todas las alarmas de la instalación. Acojonados, salimos corriendo. No se sabe dónde. Tocaba bajar escaleras de emergencia; y mientras nosotros descendíamos, ellos con más rapidez subían.

Mi compañero se identificó rápido como componente del orden y la ley mientras nos empotraban contra la pared. Chequeados, interrogados y, con las cámaras temporalmente confiscadas, nos invitaron a recorrer de nuevo el camino que habíamos hecho dentro de Stamford Bridge. Como era de esperar, no supimos repetir la senda que habíamos atravesado minutos antes. Al final nos dejaron en paz siendo incluso despedidos amablemente en el gran mural de jugadores y socios. Con la adrenalina por las nubes, cogimos el tren (que no el metro) y en él coincidimos con un padre y un hijo ataviados con la camiseta del Chelsea. No dudamos en contarles lo que nos acababa de pasar, nos miraron entre alucinados e incrédulos, y empezamos a hablar de fútbol. Cuando nos tuvimos que despedir, mi colega y yo le dijimos al crío, que ahora me lo imagino…. (poned el estereotipo que queráis), que volveríamos al lugar de los hechos en cuanto el Sevilla visitara al Chelsea.

Más de 13 años después ha llegado ese momento. No cumpliremos esa promesa al viento, por supuesto por razones obvias de pandemia como principal causa. Pero el recuerdo y la deuda quedan pendientes en ese escenario ahora que llega Handel a nuestras vidas para llevarnos de la mano al olimpo del fútbol continental. Esa melodía que ha servido siempre para coronar a los reyes de Inglaterra desde la época de Jorge II y que, adaptada por Tony Britten, ahora sirve para presentarnos los partidos de fútbol más importantes de Europa. En esos donde el Sevilla FC comienza su andadura, en el barrio de los pensadores de Londres en la vertiente norte del revirado río Támesis, a lo que tiene que ser una empresa motivadora y apasionante ahora que se habla de objetivos ambiciosos, muy ambiciosos.

En el último lugar que nos faltaba por visitar del “Big Six” de la cacareada Premier League (1V 2E 2D), el Sevilla debe seguir la lenta progresión de la que está disfrutando en los últimos tres lustros. No solo seguir afianzándose en la zona noble de la competición doméstica, codearse con los mejores y acaudalados clubes del mundo en este escaparate internacional, sino, por qué no, traducirlo en resultados interesantes, como esos históricos cuartos de final de 2018. Una competición de prestigio, tronío y gloria, que empequeñece a los que no la disputa y que obsesiona a quienes quieren ser el tercer club de España en conseguirla tras Real Madrid y Barcelona. Aunque sea desde el sofá, vamos a intentar paladear de esta grandeza porque los sueños, incluso, son como una puerta abierta, inesperada, que te puede llevar a los pasillos de la ilusión y que, a su vez, te conducen a un éxito que creías imposible de conseguir.

ENRIQUE BALLESTEROS 05/09/2020

El Seny sevillista

El tanteado por ColumnasBlancas, Rubén Uría, muy querido por el que escribe y por la comunidad sevillista, ha enjabonado a Lionel Messi en una entrevista exclusiva mundial donde el crack argentino se delató a sí mismo a la vez que intentaba poner en evidencia al Presidente del Barcelona. Todo ello dentro de un culebrón de […]

EFE
ENRIQUE BALLESTEROS 09/07/2020

Insulina

Solo el Barcelona ha dado menos pases en el último tercio con respecto a sus pases totales en esta liga (9%) que el Sevilla de Julen Lopetegui (10%). Atendiendo a este dato descenderíamos a Segunda División, según éste y unos cuantos más. Es una estadística como otra cualquiera. Como las que se han disparado estos […]

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