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Carlos Martín - Columnas Blancas

CARLOS MARTÍN 31/07/2021

Magia en tiempos de pandemia

Esperanza no descansaba. Peleaba cada día por ese viaje familiar. Se había pasado todo el año ahorrando y había conseguido un pack que le permitiría, tras mucho esfuerzo, llevar a su familia al lugar que siempre había soñado. Como una hormiguita consiguió unos billetes con unos asientos que les permitía disfrutar de un pequeño descuento, aunque no era el sitio con el pasaje más económico. A ella no le importó, pero la historia daría un giro inesperado al poco tiempo. Llegó una pandemia y, después de muchos meses sufriendo las consecuencias, la compañía se vio obligada a suspender el vuelo regular con público. Esperanza, aunque había pagado por adelantado, no pudo disfrutar de ese viaje en la fecha prevista. Al menos a ella le consolaba la posible devolución y ver otros viajes por TV imaginando que llegaría una nueva fecha. El dinero no le vendría mal, aunque la empresa a cambio le ofrecía ventajas en las tiendas del aeropuerto o descontarlo en las próximas vacaciones. Los datos reforzaban este planteamiento y un 97,2% de los viajeros no tendría que desembolsar el precio completo, pues todos aquellos que decidieron mantener el dinero de su devolución en la caja tendrían ya entregado a cuenta el importe que les correspondía. Esos gestos demostrarían su fidelidad a la compañía, aunque siempre podría recuperar el dinero si lo deseaba. Esperanza confió, el sueño era mucho mayor, y se apuntó al ‘Quédate conmigo’. Tiempo después podría volver a sacarse un nuevo billete para el esperado viaje. La sorpresa llegó al comprobar que había subido de precio. Podría disfrutar del descuento, pero las condiciones no se correspondían con lo adquirido previamente y la ventaja desaparecía. Además, el contexto no daba ninguna garantía de poder asistir a este vuelo. ¿Quién había pensado en el esfuerzo familiar de Esperanza?

Alegría llevaba muchos años regentando un diminuto espacio. Con esfuerzo pagaba el importe por este humilde lugar. Aunque el sitio era más pequeño de lo imaginado, y no contaba con todas las comodidades por el precio que se pagaba, merecía la pena. Le habían prometido mejoras en la zona que quitaría el calor del sol y las molestias de la lluvia, modernos accesos y servicios de restauración próximos de primer nivel, pero no le importaba que se quedara en una promesa. Allí había vivido los mejores momentos y quería pasar el resto de la vida. La pandemia obligó a cerrar temporalmente y, aunque había realizado una gran inversión personal, no le quedó más remedio que bajar la persiana y confiar en que pronto podría volver a la normalidad. El casero, entre buenos deseos, comentaba el papel importante que jugaban su inversión en la economía general de la sociedad y que pronto podría reunirse con aquellos que siempre le habían acompañado. Un espejismo que se confirmaba cuando tiempo después veía como el coste del alquiler subía con la justificación de que era el segundo más bajo de las últimas décadas cuando se habían cumplido todos los objetivos fijados. ¿Era el mismo contexto para compararse en el espejo de décadas atrás? ¿Estaba justificada la subida cuando no se había recuperado económicamente del aciago 2020? ¿Quién había pensado en la entrega de Alegría?

Caridad era una cliente fiel en el quiosco del barrio. Cada día acudía por el periódico. Desde hace años se acogió a un bono total como signo de confianza en el que, pasara lo que pasara, ella no fallaría. Fuera mejor o peor el equipo editorial, se cayeran los principales anunciantes o se complicara la tirada, su apoyo siempre estaría ahí. Durante muchos años fue una suscriptora fiel, que contó algunas decepciones y otras temporadas más que amortizadas. La pandemia la dejó sin uno de los rituales más preciados y tuvo que resistir viviendo de cerca a la inestabilidad familiar de los ERTE. Al volver de las exigentes medidas sanitarias se encontró que el periódico cambiaba de precio y que, si quería mantener las condiciones, debía pagar además un suplemento para consultar todas sus secciones El motivo era que los ingresos entre fieles suscriptores solo suponen para la empresa entre el 6 y el 7% de los ingresos totales, porcentaje muy inferior al de otros periódicos de referencia en España. Además, si quería acudir al quiosco enseñando su carné de suscriptor debía pagar diez euros más para recuperar este formato porque ya no le facilitarían la tradicional acreditación que tenía un gran valor sentimental. ¿Quién había pensado en el compromiso de Caridad?

Las historias de Esperanza, Alegría y Caridad podrían ser situaciones reales. La compañía aérea sería denunciada mediáticamente por sus condiciones abusivas, el casero se encontraría entre las tendencias en las principales redes sociales y el periódico vería como numerosos mensajes inundaban la redacción mostrando su descontento. Las medidas adoptadas por las empresas mostrarían una falta de empatía por unas decisiones alejadas de la realidad familiar dentro del contexto social y económico. La presión, en algunos de estos casos, incluso generaría un cambio evidente. Sus testimonios son cercanos, aunque tengan otros nombres y apellidos.

¿Por qué eso no ocurre en el mundo del fútbol? La principal razón puede ser que los que deciden saben que este producto es consumido por una clientela que, a pesar de ser exprimida o arrinconada del espectáculo, seguirá pagando por algo que se concibe como mucho más que una opción de ocio semanal. Se trata de un sentimiento y, aunque duela, eso parece no tener precio para cuarenta mil familias que sienten en blanquirrojo.

‘Vuelve la Magia’, ese es el lema escogido por el Sevilla Fútbol Club para la campaña 2021/22. Magia en tiempo de pandemia para que en las casas de Esperanza, Alegría y Caridad vuelvan a sacarse de la manga una nueva manera de conseguir ese carné que tanta felicidad trae. Pero ¿y si algún día alguien se cansa de esta falta de tacto?

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CARLOS MARTÍN 25/05/2021

Los niños del Tartiere

1 de junio de 1997. Derrota 1 a 0. Sobre el tiempo añadido Maqueda firmaba la sentencia ya sin margen de error. Se consuma el descenso a Segunda en Oviedo con apenas dos jornadas por delante. Monchi, como un ovillo, se rompe al final del túnel ante los pies de Ramis. “Hasta la muerte” suena en una grada desconsolada mientras, poco a poco, reaparece el equipo. “Casi 3.000 peregrinos que viajaron 900 kilómetros desde Sevilla para asistir al milagro sólo pudieron ser testigos del acta de defunción”. Así se lee en la crónica de la fatídica tarde. Las imágenes de archivo hoy siguen mostrando los primeros planos de Mirsad Hibić o Ivica Mornar junto a las lágrimas de Julián Rubio. Aún emociona ver las caras de una joven afición que en su mayoría probaba por primera vez el amargo sabor de la decepción futbolera más profunda. Tocaba volver a la división de plata después de 21 años.

‘Los niños del Tartiere’ no sabían entonces que la primavera futura podría convertirse en un calendario repleto de efemérides de gloria. La generación del PC Fútbol 5.0 venía de la nebulosa de la salvación sobre la bocina por el castigo administrativo de la Segunda B y se situaba frente a un espejismo muy diferente con la ilusión precoz de la pretemporada invicta de Camacho. Para los 50000 de la presentación estival no existía aún Eindhoven. En aquella época la miel llegaba también de Holanda en forma de triangular en Vitesse, brillaba como una carabela del Colombino o tenía ciertas dosis de intranquilidad ante el noveno penalti del Trofeo Osama en el Olímpico de Roma. La vida era una noria que avanzaba indultándole errores a la última actualización de la guía Marca y contando parpadeos del teletexto hasta el resumen de Estudio Estadio. Tocaba superar el desengaño de ver a Suker con otro escudo, que fue el mayor desamor juvenil de orgullo herido, mucho peor que ver pasear a la ex por el barrio en la moto de otro. Una época en la que valorar prematuramente la importancia de una renuncia a tiempo, con el ejemplo fresco del mito Bilardo, comprendiendo que un Mercedes podría conquistar el amor de “Miss España” y que el dispendio económico bajo la dirigencia de un tridente formado por De Caldas, Menéndez y Cabezas le pondría esta camiseta a un elenco con un toque exótico con nombres como Marinakis, Colusso, Bebeto y Prosinečki.

El resto de la historia es conocida. Aquella época amenazó seriamente la supervivencia de un club que tuvo que lidiar con episodios de ‘cuidados intensivos’. De aquel trauma, que se aproxima lentamente a sus bodas de plata, hasta el dulce presente del prestigio que se anuncia en la manga con el parche del rey de la Europa League. Del áspero comienzo del milenio a la fortaleza de una entidad que, con el sólido respaldo de su afición, está muy por encima de las crisis pasajeras que una abultada derrota con chanclas pueda provocar o de las nuevas frustraciones a golpe de tuit por caer contra pronóstico en tus nuevas cimas. Como en las series de Netflix (¿qué director se animará a darle forma de documental a esta épica historia?) se pasó de la tragedia del infierno deportivo a una trayectoria casi inmaculada desde hace casi dos décadas. Cerrar la temporada 20-21, una de las más exigentes de la historia reciente con la octava clasificación para la Champions con cinco jornadas de adelanto, siendo la decimoséptima para Europa en este siglo XXI. ¿Es justo hablar de decepción o de un aspirante fracasado en una Liga de 86 puntos? ¿Agridulce sabor de boca? Desde el gol de Baptista a Osasuna el 23 de mayo en la última jornada de la 2003-04 este equipo se acostumbró a poner mimbres para poner la mirada más allá de Despeñaperros y pasear por las alturas sin que apenas le temblara el pulso en los momentos claves. Un huracán sin techo que va desde el Sevilla de Joaquín Caparrós, que cimentó las bases de lo que vendría luego, al de Julen Lopetegui, con los 77 como mejor marca histórica de puntos y la pelea hasta la penúltima jornada por el título liguero.

Aquella postal asturiana de abatimiento colectivo jamás perderá vigencia porque también de las derrotas, incluso de las verdaderamente duras, se aprende y se crece. Ahora la perspectiva cambia. Se bajaron de la valla para atarse a hipotecas. Se secaron las lágrimas para peinar las canas con orgullo. Regalaron las bufandas para meter el veneno blanquirrojo a hijos o sobrinos. Dos décadas después ‘los niños del Tartiere’ tragan saliva y escupen ese regusto amargo que aún pueda quedar. En los ojos puede verse que tienen ganas de más.

CARLOS MARTÍN 12/04/2021

Treinta y tantos años y quinientas noches

El maestro Joaquín Sabina una vez exprimió un desengaño hasta convertirlo en himno, pero acercarse a la musicalidad de ese título no siempre lleva a hablar de alcobas vacías o de aprender a olvidar. Y es que la banda sonora blanquirroja de estos extraños días sin fútbol sevillista cada 72 horas estuvo dedicada al protagonista del medio millar de victorias desde que desempeña su cargo alejado de los tres palos y al valor que las mismas han tenido para cambiar la historia.

“Mi margen de influencia es verdad que es mínimo, porque no he jugado ninguno de esos partidos, pero sí te quedas con lo vivido en ellos y con quién los has vivido, y sobre todo que has hecho feliz a mucha gente. Son 500 alegrías, como mínimo. Las horas de trabajo que uno le dedica a esto es para hacer feliz a la gente del Sevilla”, respondía el culpable de este hito ante los medios oficiales tras tres décadas ligado al club de sus amores para detenerse poco después de nuevo frente a la exigencia. Esa que no le permite bajar los brazos, la que marca el ritmo, la que muerde y aprieta para buscar el siguiente salto.

“Disfruto poco luego de las victorias, siempre hay un reto posterior. Las noches de los títulos son diferentes, aunque me entretengo poco. Soy explosivo en las celebraciones, pero me enfrío rápido. A veces te arrepientes de no haber disfrutado más. Te come el día a día y es una pena. Quizás debería haberlo hecho, aunque no nos ha ido mal del todo siendo así”, explicaba para poner la noche de Colonia como ejemplo de esa pareja perfecta que hacen sufrimiento y felicidad.

Una efeméride que no se construye con el placer del azúcar y entiende mucho de ese veneno interno que lleva implícita la autoexigencia. Con los fríos números por delante o al calor del ‘Big Data’ habría que revivir emocionalmente cada encuentro para sentir lo que ha significado el 50,86% de victorias. Cada abrazo, cada gol, cada peldaño superado. Así se llega hasta el 71,5% al referirse a la invencibilidad en los mismos. Datos que vuelven a darle la razón a don Roberto Alés (qué ojo para “descubrir” al que era delegado del equipo y cuánto bien institucional trajo esa apuesta) al colocar al de San Fernando al frente de la dirección deportiva.

Ese joven que llegó en 1988 reclutado por Pablo Blanco para ponerse los guantes con el Sevilla Atlético, y que forjó su carácter en el primer equipo con el ejemplo de Bilardo, se coloca a las puertas de los 1000 partidos en un Sevilla que, tras un puñado de finales y con plata renovada en las vitrinas, muestra que el colmillo está afilado, que sigue teniendo hambre y que el techo puede saltar por los aires en cualquier momento.

“El leitmotiv de nuestro trabajo es hacer feliz a los sevillistas”. Esa es la palabra de Monchi. Tocará pelear para que así sea, por otros treinta y tantos años y quinientas noches.

 

CARLOS MARTÍN 22/01/2021

Tara pluscuamperfecta

(Suena El equilibrio es imposible mientras una crítica al juego del equipo muere en el tablón de Twitter aplastada por un retuit con puestos Champions en la clasificación. Yo te sigo porque creo que en el fondo hay algo). Seguro que hubo un día en el que este amor cobró sentido. Un momento en el […]

CARLOS MARTÍN 15/10/2020

Sé de un lugar

(Suena Triana con el recuerdo vivo de Jesús de la Rosa y el eco de un gol en el Sánchez Pizjuán aún fresco en la memoria). Eduardo Galeano, escritor uruguayo fallecido el día antes del 2 a 1 de la ida de cuartos de final contra el Zenit, es decir cuando solo tres Europa League […]

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