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Carlos Martín - Columnas Blancas

CARLOS MARTÍN 15/06/2020

Tiempo de caracoles

Desde mayo a finales de junio es su época genuina. Puede haber citas previas que merezcan un brindis, pero la gloria se hace esperar para llegar en el momento justo del calendario. Todo el mundo sabe en la ciudad que, tras la Semana Santa y la Feria, arranca la temporada de noches para saborear gracias al ramillete de efemérides sevillistas y a los buenos caracoles.

Es necesario detenerse en los gasterópodos. Su carne, sin exceso de grasas gracias a su alimentación con hojas y arbustos, posee una amplia representación de vitaminas y minerales como calcio, hierro, magnesio o zinc. El Cateto, Casa Diego, El Tremendo, El Kiki o Remesal son algunos de sus santuarios, pero no hay barrio que no tenga su lugar de culto. Cada cocina le da su propio toque con recetas que saben a madres y abuelas. La clave está en la limpieza y en la combinación justa entre pimienta, cayena, comino o clavo. No hay dos iguales y unen a todos los públicos. Frente al plato de caracoles se vuelven iguales los nobles, aristócratas, campesinos y burgueses. Todos están dispuestos a mancharse los dedos de la zurda acariciando la cáscara mientras que la diestra agarra el palillo como si fuera un pincel. Afilada herramienta que ensarta el diminuto cuerpo antes de posarlo en la boca. Selecta estirpe de cirujanos de barra de bar con cuentas escritas con tiza.

Sevilla entiende de este arte desde tiempos ancestrales. Esta costumbre de comer caracoles está muy arraigada en Andalucía. No hay elegías, coplas, himnos o poemas a este molusco, pero merecerían algún alegato que hablara sobre sus bondades y características propias. Según algunas referencias hubo restos arqueológicos que sitúan su consumo tanto en la mesa de tartessos como en la de fenicios. También era un alimento muy apreciado por los romanos, incluso fueron los primeros especialistas en la creación de espacios para su crianza.

El final de temporada es su verdadera época, pero no por capricho. La causalidad radica en que durante el curso encuentran el momento justo para la protección del calor, la humedad o las condiciones adversas. Son especialistas en sacar la cabeza para después tapar la abertura de la cáscara creando una costra con su propia baba.

Los más cotizados, Theba pisana y Cernuella virgata. Aunque la que mejor sabe es otra especie autóctona revelada por ese mago griego recomendado precisamente por un camarero, como narró el propio protagonista años más tarde (Rosendo Cabezas durante un viaje para seguir a Karapialis, mediapunta del Olympiacos, atendió a la sugerencia de un desconocido para fijarse en un centrocampista talentoso del AEK). Quizás, por esa conexión que nace en los bares, Vassilis Tsartas identificó pronto a una especie de helícidos que estivan en la capital hispalense.

Nacer en Alexandria no impidió al griego superar los 140 partidos con una cuarentena de tantos durante las cuatro temporadas que llevó la camiseta sevillista y bautizar la noche del 12 de octubre de 1999 a estas entrañables criaturas. Tras sacar la cabeza durante un tiempo, vuelven a casa y reinan en el letargo, inactividad o torpor producido por el descenso en su actividad metabólica. En aquella ocasión, el “sparring” sevillista asestó un merecido 3 a 0 a los púgiles del maestro Carlos Timoteo en el denominado “derbi del cuchillo” dejando una frase para la posteridad: “Ahora vamos a ver muchos caracoles en la ciudad”.

De Quevedo, Juan Carlos y Loren a Ocampos y Fernando. Por mucho que pase el tiempo la victoria es el mejore ingrediente para saborear esta tapa en el merecido silencio. La especialidad radiografiada por el heleno vuelve a ocultarse cuando rueda el balón y la caída del sol va dejando paso a un rato entre amigos, entre Cruzcampo heladas, a las puertas de la “nueva normalidad”.

Cuánto se parece a la antigua en este tiempo de caracoles.

CARLOS MARTÍN 12/02/2020

Verte en la lona

(Estas letras son hijas del “Vengo buscando pelea”. Silvio siempre presente)

Se colocan en fila y se frotan las manos. Siempre ha sido así y nunca va a cambiar. Todos desean darte el golpe certero que consiga tumbarte.

Es cierto, luces heridas y escupes sangre. Las dudas suenan a crisis. El fracaso es un buen titular.

Miedos y miserias se proyectan en tertulias. Anhelan un cambio de ciclo como el que espera la lluvia en mitad del desierto. Con facilidad olvidan quién eres.

Escuchas que la flor se marchitó. Falta personalidad y el tren del entrenador viaja sin pasajeros. ‘El equipo se cae’ te resume el análisis. Los ídolos son de barro y hasta el cuadro ya no luce.

Nadie te regaló nada. Te duelen los golpes, pero nunca te rindes.

“Soy el más grande. Me lo dije incluso a mí mismo cuando no sabía que lo era”. Como Classius Clay, nombre de esclavo. Todo o nada sobre la lona.

Cuando el viento sopla en contra tu grada te sostiene. También empuja y exige. Siempre a tu lado, en las buenas y en las malas.

“Los campeones no se hacen en gimnasios. Están hechos de algo inmaterial que está muy dentro de ellos. Es un sueño, un deseo, una visión”. Como Mohammad Ali, el hombre libre, todos proyectamos salir vencedor en la lona.

“La pelea se gana o se pierde lejos de testigos, tras las cortinas, en el gimnasio y en la carretera, mucho antes de que me ponga a bailar bajo las luces del ring”. The Champ is here’, de Les Corts a Basilea.

Sin poder bajar los brazos en esta recta final. Todo por ver el éxito reflejado en la lona.

Por esa que se ondea en el centro del campo en la previa de las grandes noches. Por la que se convirtió en el olimpo de las leyendas sevillistas y busca otros rostros que escriban la historia. Por la misma que decora los costeros del marcador y quiere nueva plata junto a tu escudo.

No dejes que nada te tumbe. Sevilla, la gloria es una lona que lleva tu nombre.

CARLOS MARTÍN 22/01/2020

Sevillismo ‘efímero’: del antropocentrismo a la brevedad de la vida

(Suena de fondo “Lo bueno y lo malo” de Ray Heredia. Gracias a Álvaro Yanes por todas esas veces en las que la música da forma a las letras blancas y rojas de Salmonpalangana).

Del griego “ánthropos” (hombre) y del “kentron” (centro). Aunque esta historia nada tiene que ver con el heleno que jugaba con el 10 que convertía en oro cada balón en la frontal ni tampoco se sitúa en El Pireo donde años más tarde llegaría aquel gol del mago de Osijek. A las puertas del Renacimiento tiene su origen etimológico el antropocentrismo, término según el cual el ser humano se concibe como el centro del universo y sostiene la justificación de la creación del mundo por Dios para el disfrute del hombre. Una visión vital que desde el sur se aleja de la acepción recogida en el diccionario filosófico marxista para reflejarse en Nervión en la ilusión del niño que ve por primera vez el mosaico de Santiago del Campo o en el suave tintineo que producen dos llaves al son de ‘Pasan los Campanilleros’. Una vivencia edificada sobre recuerdos intangibles que se dirigen en la mayoría de los casos hasta el Ramón Sánchez-Pizjuán como kilómetro cero de su existencia. Una filosofía de vida que se profesa como ‘religión’, como divulgó el León ante la necia meseta. Y pobre del que quiera robarnos la ilusión de esos momentos. Fugaces como el paladeo de cinco toques al esférico de plata del otro dios que habitó entre nosotros. O eterno como el intervalo que abarca la histeria generada por cada entrenador tuitero tras conocer la convocatoria y el drama posterior al anuncio de la alineación. Todo gira sobre lo vivido, lo pensado, lo opinado y lo sentido. Porque para quererte ya estamos nosotros.

Y todo es efímero. Como el silencio de la grada antes de un gol.

Palop; Daniel Alves, Javi Navarro, Dragutinovic, Puerta, Martí, Poulsen, Maresca Adriano, Luis Fabiano y Kanouté. Y la repetiríamos las veces que hagan faltan sabiendo que el ‘Big Bang’ blanquirrojo giró entre los meses que transcurrieron entre Eindhoven y Glasgow. Quizás Copérnico, por el hecho de crear la astronomía científica, refutaría la teoría ptoloméica, pero fue el darwinismo el que asestó posteriormente el golpe decisivo a la concepción que considera al hombre como un ser sobrenatural. Aunque si solo fuera posible escoger a uno de esos seres divinos muchos coincidirían con esta elección fija en su once.

“Era muy especial marcar en las dos finales, pero cuando me fui ganaron tres más, y entonces dije: no era tan especial”. Todos los focos apuntan hacia él mientras pregona esta frase después de alzar un pequeño papel que pone Sevilla FC ante los ojos de Europa. Un maliense nacido en Sainte-Foy-lès (Lyon) te pone los pies en la tierra de la misma forma con la que te bajaba un balón del cielo frente a la media luna. Frédéric Oumar Kanouté, 290 partidos y 136 goles a sus espaldas, el mismo atleta con el que te sentiste inmortal en cualquier guerra, viene a hablarte de la brevedad de la vida (De brevitate vitae) como si fuera un filósofo romano. Séneca en el año 55 d. C. ya incluyó este concepto en su obra Diálogos, que no sólo influenció siglos después a los autores españoles del Siglo de Oro, pues dejó un mensaje que puede valer para el individuo que habita en la grada de Nervión, o aquel que reside en el Foro, peña, grupo de WhatsApp, o incluso a ese que resopla mientras aún marca el 212 del teletexto. La vida es corta si no se sabe aprovecharla. Tan breve como los 20357 minutos en los que el gigante maliense portó la camiseta sevillista.

Después de Glasgow llegó Turín. Aunque también vino Varsovia y Basilea. Y ese momento que creíste que nunca sería igual se repitió. Como en el cuento de ‘Pedro y el lobo’ perdiste la credibilidad con el “a ésta vamos por si es la última”. Vinieron nuevas previas y hubo otros abrazos de gol que te permitieron comparar lo que parecía inolvidable. Hubo otros tifos, arengas y bengalas. Te volvió a faltar el hielo y también se ausentaron algunos de los que nos acompañaron para ocupar su localidad en el tercer anillo. Incluso hubo vida después de la pérdida de esa bufanda sacra. Porque otros amuletos llegan y ningún jugador besará el escudo eternamente. Larga vida al mercenarios en el césped, sevillistas en las gradas. Aunque solo un retorno como el de Navas puede reconciliarte con la fórmula de la eterna juventud o ese maldito tópico de las segundas partes.

En Zúrich, mientras seguían saliendo emparejamientos, era imposible priorizar el cruce o el rival. Sólo se podía escuchar: “pero cuando me fui ganaron tres más, y entonces dije: no era tan especial”. Justo en ese punto toca afrontar lo que se presenta en este tramo del curso. ¿Y si este año trae una nueva oportunidad? ¿Se sigue conjugando en Nervión el hambre con los sueños?

“La felicidad es el significado y propósito de la vida, el objetivo y fin de la existencia humana”. Aristóteles, a lo fiel de Nervión, sabe que las finales se juegan en mayo pero su felicidad se siembran desde el frío ecuador de la temporada. Toca apretar los dientes para encontrarse de nuevo. Para sentirnos el centro del universo. Para que la gloria vuelva a ser efímera. Para que Kanouté nos diga que lo hicimos de nuevo, aunque ya no seamos tan especiales por conseguirlo.

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