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Pedro Monago - Columnas Blancas

Probaturas

Aunque llevo ya unos años opinando por aquí y en redes sociales, siempre me he resistido a escribir sobre fútbol en sentido estricto, sobre sus aspectos técnicos. No entiendo de fútbol, lo digo siempre y muchos amigos lo consideran falsa modestia, pero no es así. No me suelo fijar ni en como están colocados en el campo los jugadores y solo al final puedo tener una opinión, más basada en sensaciones y hechos objetivos (soy resultadista), que en un análisis técnico del desarrollo del partido, cosa que dejo para gente muy preparada que tenemos la suerte de leer también aquí.

Hoy, en puertas del descanso futbolístico navideño, voy a hacer una excepción para contaros algo de cómo veo al Sevilla hasta ahora.

Parece obvio que esta temporada hemos mejorado en la configuración global del equipo: somos más sólidos en dos zonas claves, como son la defensa y el centro del campo.

Y también parece obvio que hemos empeorado en el ataque. Eso, además de las sensaciones, lo dicen los números.

La cuestión es, ¿cuál es la razón de que ataquemos peor? Y, en función de ello ¿qué se puede hacer?

Aquí hay opiniones para todos los gustos, desde la más popular (De Jong, Chicharito, etc, son unos bultos), hasta la teoría de la manta (atacamos peor porque nos arropamos más atrás), pasando por la mala configuración de la delantera por parte de Lopetegui.

Yo que, como decía un querido (aunque reciente) amigo que nos dejó hace poco, suelo ser equidistante, aquí no lo voy a ser menos: no creo que haya una sola causa de que nos cueste hacer gol.

Los delanteros no son, parece claro, del nivel de los monstruos que hemos tenido en los años de esplendor, vale, pero tampoco creo que tengan un nivel que no sea, al menos, equiparable a otros equipos (bastantes) que han anotado más que el Sevilla. No puede, por tanto, ser la única ni principal causa de la sequía.

La segunda posible circunstancia, la teoría de la manta, puede servir para algunos partidos en los que (dicho por el propio Lopetegui) nos hemos metido demasiado atrás, después de ponernos por encima en el marcador, pero no para otros cuantos en los que hemos atacado bastante, sin acierto. Por ejemplo, los dos últimos o la primera parte de Barcelona.

Nos queda, de las tres posibles causas comentadas, la relativa a la configuración de la delantera por Lopetegui. Tengo claro que este posible motivo es más amplio, porque la configuración de la delantera está condicionada (y al revés) por la del resto del equipo y el estilo de juego. Aquí, desde mi niideísmo, al principio reconocido, y sin pretender saber ni una milésima parte de lo que sabe Lopetegui, yo creo que hay campo de mejora.

Suelo decir (vuelvo a remitirme a mi post El especialista) que los hombres de fútbol, a veces, precisamente por serlo, pierden de vista cosas más mundanas que, sin el corsé de ser el que más sabe de esto, son palpables para el común de los mortales. En mi opinión, cualidades escasas pero muy valorables en los especialistas son la flexibilidad y la humildad, virtudes que, sin duda, hacen que no caigan en el pecado mortal de la cabezonería, que a tantos entrenadores se ha llevado por delante.

Tengo plena confianza en que Lopetegui, que ha conseguido lo más difícil desde que llegó, será capaz de mostrarnos las referidas cualidades. Y no lo digo porque yo crea que debe poner a uno u otro (que ahí el cabezón sería yo), sino porque entiendo que sería bueno que probara soluciones que a los legos se nos ocurren, como poner a Munir y/o Dabbur de delantero, utilizar a De Jong más como recurso que como regla, mezclar un poco el estilo y que no sea centros laterales al área el 90% de las veces, etc.

A lo mejor nada de eso funciona, pero estaremos de acuerdo en que esta prueba es más fácil (y barata) que intentar sustituir a los jugadores en plena temporada.

Matar el partido

Hay cosas en el fútbol que no cambian.

Cada verano nos ilusionamos con los fichajes y desesperamos con las ventas que no nos gustan. Después, a lo largo de la temporada, los resultados van, poco a poco, poniéndolo todo en su sitio e irremediablemente aparece otro elemento imprescindible en toda temporada futbolística: la cantinela, que dice la RAE, en su segunda acepción, que es una “repetición molesta e importuna de algo”.

He dudado si usar este término u otro, con menos connotación crítica, porque mi idea no es tratar aquí la cantinela como algo negativo, sino más bien como algo inevitable, casi necesario y no forzosamente tan molesto. Al final, sin embargo, me he decidido por dejarlo así e intentar explicarlo.

Por empezar con un análisis comparado de cantinelas, todos recordaremos las menos antiguas: Emery y la posición de Rakitic, Sampaoli y su desapego por “el otro fútbol” (ay, Konoplyanka), Machín y sus tres centrales… Un vistazo, aunque sea superficial, a esos casos, demuestra que las cantinelas no son inventos sin fundamento alguno, sino que, bien al contrario, tienen, por lo general, un sólido soporte de conocimiento por parte de la afición que las crea, lo que las convierte en un importante instrumento de exigencia bien entendida. Me remito aquí a lo dicho sobre la sabiduría de la afición en el post “el especialista”.

Este año, por ahora de bonanza en cuanto a resultados, ya tenemos también nuestra cantinela: el Sevilla no mata los partidos (bueno, esa es la principal, luego están Nolito, etc). Cómo decía más arriba, no se puede decir que sea un invento no soportado por razones, porque resulta indiscutible que nos cuesta ganar por más de un gol y acabamos cada partido sufriendo más de lo que el juego del equipo invitaría a pensar.

Siendo esto así, creo que conviene tener en cuenta alguna consideración extra. Y es que, en mi opinión, la cantinela debe ser tomada con cautela (para no convertirse en algo molesto e inoportuno, más acorde a la definición de la RAE) cuando se refiere a un modelo de juego que está dando resultados. No matamos el partido, decimos, porque Lopetegui, cuando el equipo se adelanta en el marcador, es amigo de acumular centrocampistas y sobar el balón, dejando que pase el tiempo y sin buscar profundidad. Bien, de acuerdo, no discutimos eso, pero ¿podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que ese no ir a matar el partido es la causa de que no llevemos más puntos? ¿De verdad somos tan superiores como para poder “matar” esos cinco partidos que hemos ganado fuera, sin dejar opción alguna a los rivales? ¿No estaremos convirtiendo la superioridad que el equipo muestra en muchos momentos en el síntoma de un defecto?

Yo no tengo las respuestas, nadie las tiene (baste recordar que uno de los dos partidos que hemos perdido fuera ha sido aquél que habíamos “matado” en el descanso, con un 0-2), pero sí me resulta curioso que una afición tan dada a pensar que tiene que ir al fútbol siempre por el mismo camino o vestir una determinada ropa en los partidos importantes, sea tan alegre a la hora de pedir, qué digo, exigir, cambios en algo tan relevante como el planteamiento del entrenador, cuando los resultados le están dando la razón.

La realidad es que somos terceros, pero queda un mundo y no sabemos qué pasará a final de temporada. De momento, nos tendremos que conformar con hacer la reflexión de que más vale no sufrir con nuestras cantinelas, porque lo único que conseguimos es disfrutar menos.

Viabilidad

Sabido es que la contabilidad “moderna”, o de partida doble, fue difundida por Fray Luca Pacioli en el Siglo XV. Probablemente, en términos relativos, la contabilidad es de las materias que menos ha cambiado en 6 siglos, dada la vigencia de los principios que la regían:

  • No hay deudor sin acreedor.
  • La suma que se adeuda a una o varias cuentas ha de ser igual a lo que se abona.
  • Todo el que recibe debe a la persona que da o entrega.
  • Todo valor que ingresa es deudor y todo valor que sale es acreedor.
  • Toda pérdida es deudora y toda ganancia acreedora.

Visto así, parece claro que la contabilidad, al menos en sus rudimentos, no es una materia compleja y cualquiera puede entender esas reglas fundamentales. De hecho, todo el mundo usa esos principios contables –con mayor o menor acierto- en la llevanza de su economía doméstica.

Me resulta, por ello, sorprendente la dificultad del personal para aplicar esos principios básicos cuando hay que mezclarlos con una pasión, como es el fútbol. Estoy seguro de que (casi) cualquiera tiene más o menos claro cuáles son sus ingresos ordinarios (con suerte, la nómina), la diferencia con los extraordinarios (con mucha suerte, un cupón) y cómo debe administrar unos y otros para hacer frente a los gastos ordinarios (el día a día) y extraordinarios (la comunión de la niña) o a una inversión (arreglar el cuarto de baño).

Cuando hablamos de fútbol, sin embargo, nos da igual todo: ponemos, en un lado, los importes de las ventas de jugadores en ese período de fichajes y, en el otro, los importes de las adquisiciones. Da igual lo que haya pasado en ejercicios anteriores, da igual lo que pase en el propio ejercicio (con los cedidos; por ejemplo) y da igual lo que tenga que pasar en el futuro, nosotros hacemos un “análisis contable” simplificado, de un ejercicio estanco, y a partir de ahí opinamos sobre si, como nos gusta decir, el dinero está o no en el campo.

Obviamente las cuentas no son así, como no son así nuestras propias finanzas. Uno no deja de pagar la hipoteca de una casa porque la alquile los meses de verano, ni deja de abonar el móvil que se compró a plazos porque lo ha perdido (y, además, se tiene que comprar otro), ni necesariamente se gasta en un fin de semana un dinerito extra que ha pillado, que estoy ahorrando para un viajecito… Pues en un club de fútbol también hay hipotecas, móviles perdidos y dineritos extra que hay que administrar.

No vamos aquí a explicar el modelo del Sevilla FC, aunque solo sea porque ni de lejos me acercaría a la capacidad pedagógica de Juan Luis Villanueva en las últimas Juntas Generales, pero sí que conviene recordar que es un modelo cuya principal virtud es precisamente seguir aplicándose muchos años después de implantarse, porque un club se debe administrar no con el objetivo de obtener éxitos deportivos a corto plazo, sino con el de seguir obteniéndolos dentro de muchos años. Se llama viabilidad y es, quizás, nuestro principal patrimonio.

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