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Pedro González - Columnas Blancas

EFE

Sprint final

Este momento de la Liga, cuando se termine de disputar la jornada 34, viene a decirnos que nuestro equipo no ha podido mantener el colchón de puntos que mantenía con sus más directos rivales de Champions, con una última decena de partidos donde el nivel de competitividad exhibido desde el parón de las Navidades, ha ido bajando de manera muy preocupante, hasta llegar a esta jornada, con el infumable partido de ayer con el Cádiz.

Los resultados de esta jornada, de los equipos que están en la lucha con nosotros por estar en Champions, Barcelona, At. Madrid y Betis, dirá si seguimos con alguna ventaja para lograr el objetivo Champions.

Lo de ayer fue un despropósito de principio a fin. Un descalabro mayúsculo que hizo aparecer, por primera vez, de manera casi unánime los gritos en contra de Lopetegui, los jugadores y, sobre todo, por lo demostrado en el campo; confirmando que la crisis de juego se ha convertido un partido si y otro también, en un sinvivir desesperante y continuo, sin que se advierta atisbo alguno que cambie el previsible y soporífero juego de los nuestros.

El nivel físico fue tan lamentable, que el Cádiz nos dio un repaso en toda regla. Parecía, por juego, por presión, y por su planteamiento arriesgado, que el que está arriba en la clasificación era él y nosotros los que estamos hundidos en ella, luchando por la permanencia.

La alternativa ultradefensiva, reiterativa hasta la saciedad, intentado jugar el balón desde nuestra propia área, aún a pesar de que los equipos han ido tomando buena nota de cómo iniciamos las jugadas y aprendido como impedirlo.

A pesar de esto, seguimos erre que erre, repitiendo jugadas y dando lugar a que el contrario las corte y se nos anticipe, generándonos numerosas ocasiones de peligro. Situación que se ha repetido, para nuestra desgracia, en muchas ocasiones últimamente.

¡Y qué decir de nuestro sistema ofensivo!

Brilla por su total ausencia, sin ninguna idea de cómo poder desarrollarlo. Ayer, pésima actuación de sus tres atacantes iniciales, más preocupados con su labor defensiva que ofensiva. Sus recambios aportaron bien poco y la sensación de impotencia ofensiva quedó, una vez más, manifiesta y clara.

No quiero abstraerme, y de ninguna manera quiero dejar en el tintero, la actuación, una vez más, del colegiado de turno.

Es vergonzoso comprobar con que impunidad actúan los árbitros cuando le pitan al Sevilla. El colegiado ayer, en momentos claves del partido, actuó como un juez totalmente parcial, de manera chulesca, altanera y amenazante cuando tenía que dirigirse a nuestros jugadores y permisivo, cuando las decisiones había que tomarlas contra el Cádiz.

Esto ha sido la norma de siempre, la de toda la vida. Pero este año se ha recrudecido de manera tan evidente y vomitiva, vista de las posibilidades de molestar a los intocables allá arriba que tenía el Sevilla F.C., que, sinceramente, nos introduce, de lleno, en el imperio de la impotencia, llenándonos de hartazgo esta mafia impresentable que sigue ahogando y destruyendo y cercenando todas las legítimas aspiraciones de luchar por conseguir ganar La Liga. Una aspiración legítima que se mutila año tras año.

Entiendo que así es muy, muy difícil competir y ganar partidos.

Pero nosotros tampoco debemos obviar nuestra realidad inmediata. El equipo está en electroencefalograma plano, con jugadores fuera de onda, desubicados, sin alma, con las ideas nubladas y dando una imagen lamentable, agravándose por el pésimo tono físico de la mayoría de los que saltaron ayer al terreno de juego.

Visto lo visto, sobre todo en las competiciones nacionales y europeas, y si queremos competir de verdad, el Sevilla F.C. necesita una gran reestructuración para la próxima campaña, que dote al centro de campo y delantera de savia nueva que aporte músculo y gol y lo eleve al mismo nivel físico y de resolución que demuestran los equipos europeos.

Tarea ardua para Monchi, que no debe estar muy contento con los resultados y muy preocupado porque todo el trabajo se puede ir al garete sin no conseguimos, finalmente, plaza Champions.

También deberíamos dejar de esgrimir los logros de estar en esta posición privilegiada en la Liga para justificar nuestras últimas actuaciones, cuando se viene vislumbrando, en cada partido, que con este juego será bastante complicado mantener esa excelente posición, si no hay un cambio radical del juego ofrecido ayer.

Y ya está bien de esgrimir lesiones, secuelas del COVID19, etc. etc., porque con ello no cambiaremos nuestra situación actual.

Quedan cuatro partidos, la enfermería ya no está llena, y se cuenta con los mimbres necesarios para consolidar una posición de Champions, que, si no se consigue, abrirá las puertas, de par en par, para que nuestros jugadores más cotizados vuelen a otros equipos.

Debemos amarrar cuanto antes nuestra aventajada actual posición en este sprint final, para consolidar, de una vez, nuestro principal objetivo. Quizás con seis puntos de doce sean más que suficientes.

Sólo la consecución de la clasificación para la Champions paliará esta demoledora realidad del desastre económico de esta temporada. Porque los ingresos previstos para esta temporada no se han logrado, y si se acumula el déficit del año anterior y la disminución tan importante de ingresos por la no participación en Champions, dejará, para el futuro inmediato, un panorama muy preocupante.

 Confiemos que seamos capaces de hacer valer nuestra corta ventaja y que se haya ido tomando nota de los múltiples errores cometidos, con el fin de lograr que los disgustos de esta temporada no vuelvan a repetirse.

Ahora toca apretar los dientes, hacer piña y cambiar el chip. El entrenador tiene toda la autoridad y la obligación para que esto se haga realidad. Los jugadores, a dar la cara y demostrar su entrega y profesionalidad, que por el partido de ayer está en lógica cuestión. Y nosotros, los aficionados, a seguir demostrando, cada partido, que pueden contar con nuestro apoyo y aliento.

Como siempre hemos hecho.

La muerte del derby

Al menos como muchos de nosotros lo conoció.

He dudado mucho en escribir estas líneas. Ha sido tan esperpéntico lo que pasó, y tan increíble lo que ha venido después, que me pareció poco alentador verter una opinión más a la riada de comentarios, de todo tipo, que hemos hecho las dos aficiones sobre lo sucedido en el partido.

Pero no podía sustraerme a este último maldito acontecimiento, porque he notado que el carácter de la rivalidad, nuestra guasa sempiterna, nuestra esencia sevillana está herida de muerte y, sinceramente, creo que nada, ni nadie, puede evitar su desaparición y sólo nos queda ya que la certifiquemos.

No sé cuántos derbis habré visto y de cuántos he participado con mi presencia en ambos estadios. Muchos, sin duda, ya que desde 1963 en tuve mi primer carnet como sevillista, no me he perdido ninguno. Y visité el Villlamarín, muchísimas veces, acompañando a mis amigos y familiares béticos, igual que ellos conmigo, en el Sánchez-Pizjuán.

Los partidos Betis-Sevilla o Sevilla-Betis, era un acontecimiento sevillano que se vivía con intensidad durante toda la Liga. Desgraciadamente, en épocas pasadas, el máximo galardón que se podía obtener era ganarle al eterno rival y si era dándole un repaso, mejor que mejor.

Pero se hacía desde el máximo respeto y cariño. Ambas aficiones soportábamos las puyas clásicas de amigos y familiares cuando nuestro equipo perdía. Pero el ambiente en las gradas era vecinal, familiar y popular. Se compartía la famosa bota de vino, con el bocadillo de tortilla, la cerveza, la Coca-Cola, y los ataques a los nuestros, a vozarrón abierto o por la bajini, si aquel improperio podía herir a los colindantes al evento, fuera en el campo que fuera.

Jamás viví un altercado, nunca presencié actos de violencia y si mucha, mucha guasa sevillana. Y cuando veo y vivo el presente, se me caen los palos del sombrajo. ¡Qué pena!

Que esto es historia es más que sabido. Que unos pocos violentos, han ido erosionando poco a poco esta hermandad y han provocado que desapareciera toda esta liturgia sevillana de los derbis, también.

Este último suceso ha sido bochornoso y vergonzoso y ha tenido gran calado informativo allende nuestras fronteras, fortalecido por la altura moral de muchos responsables, que, haciendo gala de una gran dosis de fragilidad e inconsciencia, han plantado una semilla que veremos qué resultados dan en el futuro próximo.

De momento, la ciudad de Sevilla retratada de arriba abajo, porque un descerebrado, quiere, y tiene, la posibilidad de cargarse un espectáculo deportivo de primera magnitud mundial y, lo que es muchísimo peor, los que siguen con esa enajenación mental, dando nacimiento a una serie de hechos y actos, con rol equivocado, de quiénes, repito, deben dar ejemplo de cordura y no convertirse en fanáticos de medio pelo.

Que se tenían que haber tomado medidas correctoras para reconducir que el amor por su Club, no se confundiera con vanagloriarse y presumir denigrando al adversario, zahiriendo al derrotado, jactándose de una superioridad temporal, más típica de fanfarrones que de gente sensata que tienen, como deber ineludible, ser consecuentes con lo que somos todos: SEVILLANOS, que disputan un evento deportivo y no una conflagración entre hermanos.

He vivido con sorpresa lastimera, cómo aquellos que tienen el poder de poner cordura en todo esto, han dejado explotar su rabia contenido durante muchos años, para hacerse ver haciendo el ridículo más espantoso; dando su versión más vil y rastrera, sin importarles el sonrojo que producen actos fuera de tiempo y lugar.

La mal entendida rivalidad, llevada por los próceres de la nada a la antesala de lo imprevisto y de las consecuencias indeseadas, que sus seguidores cortos de entendederas, mártires de la ignorancia y valedores del sinsentido, guerrilleros dispuestos al desafío que urdieron sus mentes, y que van dejando, lamentablemente, el tufo rancio del esperpento.

Arriada está la bandera de la sevillanía, de luto por la muerte de un evento sevillano a mas no poder, de tardes de amigos y cachondeo y de gracia y salero por doquier.

Ahora manda el Gran Derby. El Derby de la mentira, el Derby que ya no existe porque entre todos lo matamos y el sólito se murió. Descanse en paz.

Lopetegui

Que el Sevilla F.C., ha tenido una mejoría sustantiva, en todos los aspectos, con Julen Lopetegui en el banquillo sevillista, no es sino confirmar una realidad.

Cuanto el vasco aterrizó por Sevilla, el equipo estaba en una encrucijada. No habían sido buenos tiempos. La entidad había entrado en una fase deportiva que no respondía a la ya sempiterna aspiración sevillista de ir paso a paso, cada día, más arriba.

Los números de Lopetegui, a día de hoy, son incontestables.

De los 116 partidos jugados, se ganaron 69, se empataron 26 y sólo, se han perdido 21.

Porcentajes de 59,48 ganados, 22,42 empatados y 18,10 perdidos, habiendo conseguido en su primera temporada 2019-2020, por la cuarta posición empatados a puntos con el 3º, meterlo en Champions, y logrando la 6ª Copa Europa Ligue para las vitrinas sevillistas. Clasificación que repitió esta temporada pasada 20-21 para Champions, con el record de puntos sevillistas en la Liga: 77.

Y esta temporada, estamos terceros, sin haber perdido ni un encuentro, ni en Liga ni en Champions.

Como digo, números incontestables.

Pero como aquí no conformamos con nada, y somos muy exigentes con todo y con todos, pues yo voy a dar mi opinión y, es seguro, que se abra el debate y nos enriquezcamos con las distintas opiniones al respecto. Me meto a entrenador a sabiendas de lo puede caerme encima. Pero si no lo digo, reviento. Así que “p’adelante”

A mí el Sr. Lopetegui me parece, en su conjunto, un magnífico entrenador. Su currículo en sevillista, no debería tener objeciones. Pero este año, el mago Monchi, le ha dejado un cuadro que merece la pena.

Que merece la pena, porque le ha dejado un cuadro polícromo, con muchas variantes, con futbolistas que han mejorado la ya magnífica plantilla de la que dispuso la pasada temporada. Como buen vasco, la tenacidad, y obstinación por qué no decirlo, en mantener sus ideas, sustentadas, precisamente en sus logros deportivos, hace más que difícil, hacerlo cambiar.

Tengo amigos que han sido profesionales del fútbol, durante muchos años, con distintos entrenadores, y todos me dicen lo mismo. “Ningún entrenador tira piedras sobre su tejado y todos colocan en el equipo a aquellos jugadores que creen mejor para afrontar los partidos”.

Bien, los entrenadores, y su staff técnico, son los que mejor conocen el paño. Están día a día, con ellos. Y pasan muchas horas estudiando y debatiendo pros y contras. Y comprendo, que debe ser jodidamente complicado, manejar los egos de una plantilla con tan variopinta gente. Y la de tomar decisiones que pueden cambiar, y mucho, su trayectoria deportiva.

Pero los aficionados basamos nuestras opiniones en lo que vemos en cada partido y de la información de los medios de comunicación que creamos veraces y reales. Y, a veces, hasta coincidimos con algunos profesionales de la información que refrendan lo que nosotros percibimos en la grada o a través de la TV.

Y yo no entiendo algunas cosas que ocurren con determinados jugadores.

¿Cómo podemos los aficionados encontrarle explicación a que jugadores como Suso, y Ocampos, y menor medida Rakitic o Jordán, jueguen casi todos los partidos, cuando vemos que no aportan nada o casi nada los dos primeros, y andan desdibujados los segundos?

¿Cómo es posible que Munir reine en el ostracismo, y Lamela, juegue tan poco, cuando nos han demostrado a los sevillistas que tienen cosas que no tiene ninguno de los jugadores de la plantilla? Velocidad, regate, gol, son virtudes, que pocos, muy pocos tienen en nuestra plantilla.  Y en mi opinión, están desaprovechados.

Contra el Wolfburgo, ambos disputaron algunos minutos y media parte, respectivamente,

Y el equipo cambió, creando más peligro. Como leí esta mañana en Twitter, y siento no recordar, quién lo twitteó, “Munir ha creado más peligro en 17 minutos que Ocampos en 7 jornadas”.

¿Cómo es posible, que, a la vista del desarrollo del juego de los partidos, sigamos erre que erre, sea el equipo que sea, con la misma predisposición y no sepamos cómo cambiar la trayectoria, cuando se ve que eso no funciona? ¿Cómo dejamos que los rivales se replieguen a su gusto y monten barreras defensivas que haga que los números de disparos a puerta sea irrisorio o, prácticamente, nulo?

Pues eso. Que me lo expliquen.

Como creo que a nadie haya que explicarle, porque no nadie tenga nada que objetar en como seguimos insistiendo en resguardar la meta, en eso somos los números unos y aquí no hay que cambiar nada.

Pero tanto sobar la bola y tener menos peligro que el “pescao blanco”, debe cambiarse de alguna manera. Y tenemos mimbres y futbolistas para darle policromía a nuestro juego, y no parecer tan grises en nuestro fútbol.

Es decir, que veamos alternativas. Otras alternativas que mejoren los resultados en ataque. Porque de seguir así, mucho me temo, que los rivales se aprendan el libreto y ganar partidos se convierta en misión imposible y la policromía se convierte en tonos grises por aburrimiento.

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