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Paco Escarti - Columnas Blancas

Los ídolos no existen

Año 1996. Davor Suker ficha por el Madrid. “¿Eso es cierto?”, “No es posible”.”¿Sukerman?”, “¡¡El Mago no se puede ir!!”

Pues se fue. Y al Madrid.

Qué impotencia, qué difícil de entender para una afición que volvía a encontrar tras muchos años a un referente, a un ídolo, a un jugador del que presumir frente al mundo y que se sentía sevillano y sevillista.

Pues se fue. Y al Madrid.

Seguramente no fue el primero en coger el vuelo de San Pablo a Barajas, y evidentemente no sería el último, pero fue una salida que se nos clavó en el alma.

Despedido como las grandes figuras del toreo después de cortar dos orejas en la Maestranza; a hombros y con la grada coreando su nombre. Qué lástima pero, qué orgullo de afición. Qué compostura y qué señorío despedir así a un jugador que creíamos sería la base sobre la que montar un gran Sevilla, y a pesar de todo, nuestra afición supo darle las gracias y poco faltó para llevarlo a hombros al aeropuerto.

Y al Madrid.

Honor para ellos y gratitud eterna para el que siempre se  comportó como un gran profesional. De principio a fin.

Han pasado ya algunos años y más futbolistas, algunos se fueron con gloria y otros sin ella, algunos incluso, ¿sin dignidad?. A algunos les perdieron sus propias palabras, otros, quizás mejor asesorados, supieron utilizar éstas para mitigar la tormenta. Algunos se fueron en silencio, otros, con ruido de fondo. Hubo quien se fue sin que nos percatáramos casi. Perdimos jugadores antes, después y durante alguna temporada. Alguno se fue con una foto en un avión, o a través de una red social, y hubo alguno, como Davor, que se fue en olor de multitudes.

Siempre estarán en el recuerdo jugadores que tras muchos años de esa despedida siguen sintiendo la camiseta que alguna vez llevaron, esos, los más queridos.

Pero quizás  casi sin darme cuenta he aprendido que nada de aquello debía afectarme como lo hizo ese día de hace 24 años. Aunque cueste definirlo así porque para nosotros los sentimientos no tienen precio, hablamos de trabajadores, gente que viene y va. Gente que busca su bienestar y el de sus seres queridos, y eso, queramos o no, es algo que debemos aprender a entender por muy mal que nos haga sentir. Las formas ya, es otro cantar.

Esta es la realidad.

A muchos los he conocido de cerca, muy de cerca. He trabajado con ellos, he viajado con ellos, he comido con ellos, y esa magia del jugador que sale del túnel de vestuarios mientras suena nuestro himno es otra según cada jugador, que a la postre es como el resto de los mortales. Pero esa es otra historia que dejo para más adelante…

Lo que sí debemos saber exigir es que el tiempo que lleven el  escudo en el pecho se dejen el alma cada día, cada partido y cada entrenamiento. Que luchen por cada gol, por cada punto, por cada jugada. Que ganen partidos y luchen por ampliar las vitrinas de la planta noble, y que mueran por esa afición que les lleva en hombros si hace falta.

Lo demás, es puro romanticismo, y aunque cueste asumirlo, fútbol y romanticismo hace tiempo que dejaron de coexistir. Posiblemente hace 24 años.

Quién sabe.

Los ídolos, quizás,  ya no existen.

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