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Mamen Gil - Columnas Blancas

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El fútbol que me vale

Hubo un tiempo en el que los domingos eran sinónimo de fútbol y la Gran Plaza nuestro centro neurálgico. En esos primeros años de mi infancia aún éramos muy pequeños solo iban al Ramón Sánchez Pizjuán ellos, los padres, y algún que otro niño (varón, por supuesto). El resto íbamos llegando para la merienda. A veces quedábamos con los amigos y otras, con los abuelos, pero siempre quedábamos allí, en La Ponderosa.

Mientas ellas, las madres, charlaban, nosotras, las niñas, correteábamos por los alrededores. De vez en cuando nos acercábamos a las mesas y dábamos cuenta de la merienda. A pesar de nuestros gritos y nuestras risas, siempre llegaba con nitidez los ecos de los goles del Sevilla. Entonces, corríamos a nuestras mesas a reunirnos con las madres y todos, adultos y pequeños, lo celebrábamos como si estuviéramos en el estadio: manos en alto, besos, abrazos, palmas, ¡viva el Sevilla!… era fantástico.

Después llegaban ellos, los padres, con las sonrisas de oreja a oreja y nos contaban qué tal había ido el partido. Era como si lo estuviéramos viviendo en directo. Esas narraciones no tenían nada que envidiar a esas otras que escuchábamos los domingos que jugábamos fuera, en casa de mis abuelos, primero en torno a la vieja radio de madera, después alrededor del primer transistor moderno que llegó a casa de mis abuelos.

Y mientras ellos, los padres, contaban cómo había ido el partido, yo soñaba con acompañarlos algún día. Quería estar allí, en ese campo aún inacabado pero que a mí me parecía perfecto, porque lo que se ama siempre es bello.

A veces los sueños se cumplen y ese día llegó, así es como sin soltar la mano de mi padre en ningún momento, recorrimos en silencio la antigua calle Padre Coloma (actualmente Cristo de la Sed). Yo iba aguantando la respiración y solo se me escapó un suspiro cuando empecé a vislumbrar el córner de gol sur, ese que sería nuestro espacio durante varias temporadas.

No recuerdo cuál fue ese partido ni cómo quedó, pero lo que nunca he podido olvidar es esa frase que me estremeció, ¡árbitro, aborto de rana!… A mi corta edad no lograba entender exactamente el significado de esa frase, pero por el modo en el que lo gritó y por la mirada y el asentimiento de los demás, deduje que ese señor de negro, no el de la serie de televisión que interpretaba José Luis López Vázquez, sino el árbitro, sería un enemigo más.

Cuando terminó el partido y me preguntaron qué tal me había parecido, no comenté nada de esa frase que, en los días posteriores se convirtió en una verdadera pesadilla, pues soñaba una noche sí y otra también, con ranas asesinas y con árbitros con caras de anfibios.

No, no me aburrí como había imaginado mi padre y, ante mi insistencia, no tuvo más remedio que hacerme socia. La Gran Plaza siguió siendo durante algunos años más nuestro punto neurálgico, pero ya habíamos cambiado las meriendas de La Ponderosa por los pepitos de lomo de Casa Prieto.

Decía Fontanarrosa que el fútbol que vale es el que uno guarda en sus recuerdos y estos retazos de la memoria son también ya partes del fútbol, de ese fútbol que me vale.

No, el fútbol no vuelve

Dicen las altas esferas deportivas que esta semana vuelve el fútbol y que lo hará a lo grande, con el rey de los derbis, con un Sevilla-Betis… Pero no, que no te engañen, el fútbol no vuelve… Si acaso vuelve la liga y 22 hombres corriendo detrás de una pelotita, aunque si queremos hablar con propiedad, lo que vuelve es el fútbol-negocio. Es cierto que las circunstancias son las que son, pero no es menos cierto que la pela es la pela.

Pero el fútbol no. El fútbol es otra cosa, es mucho más que todo eso… En una entrada anterior (¿por qué te gusta el fútbol?) ya decía que, para mí, el fútbol es una máquina de generar sentimientos, una eclosión de emociones. En el fútbol se sufre, se ríe, se llora, se grita… En un segundo se puede pasar de una emoción positiva a otra negativa… Lo mismo se sube al cielo que se baja a los infiernos…

Emociones todas, que se activan con el contacto directo con los tuyos, en tu grada, con tus vecinos de asiento, con tus jugadores en el campo y con la dopamina al cien por cien, gracias al chute de adrenalina que le inyectan desde la grada. Pero esas gradas ahora estarán vacías, un vacío que generará desencanto y sentimientos encontrados ante esa falta de conexión piel con piel.

Está claro que el regreso a los terrenos de juego no va a ser emocionalmente lo mismo y va a generar desencanto y frustración tanto en aficionados como en jugadores. Estos últimos necesitan el calor de los suyos y al no tenerlo, el jugar en casa ya no será un plus. Los que jueguen de local lo harán con desventaja respecto a los de la primera vuelta, por lo que los más suspicaces podrían ver aquí un conato de adulteración de la competición.

Claro que al que manda en esto, eso le importa más bien poco. Hay muchas formas de adulterar la competición y si es necesario para determinados intereses se hace y no pasa nada… Tampoco sería la primera vez. Dice el que manda que el derbi sevillano será un acontecimiento mundial, el más visto de la historia. No, señor Tebas, ese no será un derbi sevillano. No habrá calor ni color en las gradas, será una pachanguita sevillana, eso sí, con tres puntos por medio… Puntos muy importantes, por cierto.

El fútbol también es un ritual. En las vísperas, siguiendo las novedades de los entrenamientos… En la previa, seleccionando la ropa, procurando que no se olvide tu prenda u objeto fetiche… Antes del partido, comprando las pipas en el mismo quiosco, ir hacia el estadio por el camino de siempre… Entrar con el mismo pie y por la misma puerta; pedir el refresco de rigor, aunque después lo dejes entero; entrar al servicio, aunque nada más sea para volver a salir… Durante el partido, sentarte en tu asiento, aunque no sea el tuyo, sacar las pipas solo cuando las cosas se ponen fea, cruzar los dedos… Y en el postpartido analizando durante el camino de vuelta a casa (un camino más o menos agradable según el resultado) esas jugadas claves.

Nada de eso pasa cuando te quedas en casa a ver el partido por la tele, ni siquiera llegará a mi salón los ecos de los goles del Sánchez-Pizjuán, pues no habrá nadie para cantarlo en nuestra bombonera. Además, no me gusta ni el fútbol radiado ni el televisado. Pierde la esencia, me pone demasiado nerviosa y no soy capaz de aguantar frente a la pantalla más de 10 minutos seguidos.

Dicen que vuelve el fútbol, pero para mí no lo hará hasta que se pueda cubrir el cien por cien del aforo, solo entonces se supone que estará la pandemia controlada y será cuando yo, como población de riesgo, pueda volver a disfrutar del ambiente del Ramón Sánchez-Pizjuán. Mientras tanto, para mí no hay fútbol… Habrá liga, habrá negocio, pero no habrá afición y sin afición no hay fútbol.

Me aburro… y eso me preocupa

El fútbol me aburre (donde se escribe fútbol, léase Sevilla). Comenzó a resultarme tedioso hace un par de temporadas, pero lo de este año me resulta ya insoportable. No me gusta lo que veo y, además, tengo la sensación de estar siendo timada por una publicidad engañosa. Se anuncia partido de fútbol pero, en realidad, se trata de una pachanguita. No hay ritmo, no hay velocidad, no hay intensidad… No hay ambición, no se sale a ganar.

No entiendo de técnicas ni de tácticas, pero después de toda una vida viendo y viviendo el fútbol, sé que para ganar hay que marcar, al menos, un gol más que el contrario. Para marcar hay que chutar entre los tres palos de la portería contraria y este equipo no le chuta ni al lucero del alba. Con este sistema de juego (¿sistema?) creo que no marcaría ni el Luis Fabiano de sus mejores tiempos.

Tú tienes que marcar y procurar que no te marquen y, para eso, mientras más lejos estemos de nuestro área mejor. Pues no, este Sevilla se empeña una y otra vez en jugar para atrás, arriesgando de forma innecesaria. Tocamos y tocamos la pelotita (la posesión, la gran mentira del fútbol moderno) pero no sabemos qué hacer con ella. Los rivales, sí. Los rivales nos tienen perfectamente estudiado y hasta el más malo hace con nosotros encaje de bolillos.

No voy a hablar del entrenador porque, si tengo que ser honesta, he de decir que mi relación con ellos es un poco complicada. No me gusta casi ninguno. Creo que un buen entrenador es aquél que hace el mejor cesto con los mimbres que tiene en cada momento, pero en ese colectivo parece que se ha instalado la cabezonería, cuando no la soberbia, y no quieren ver más allá de “su” sistema. Y nada que decir si ya se trata de apuestas personales.

Sí, sé que algunos dirán que el entrenador es el eslabón más débil de la cadena, que si se falla más de la cuenta es el primero en salir a la calle. Cierto, pero se van de rositas y con los bolsillos llenos, mientras que aquí se queda el equipo totalmente perdido, sin rumbo, y nosotros desolados.

Todas estas consideraciones pueden ser subjetivas y si me aburro es mi problema. Vale, lo compro, pero además de aburrirme empiezo a preocuparme, y mucho, por la falta de identidad. El equipo ya no tiene ni garra ni coraje. Se ha olvidado eso del “dicen que nunca se rinde” y a las primeras de cambio ya ha bajado los brazos.

Nada de esto es una tontería. La garra, el coraje y el nunca se rinden son parte de nuestra marca, de la marca Sevilla FC. Y en esta sociedad donde eso de la marca es tan importante, deberíamos cuidar de esas cosas más que nunca.

Componentes importantes también e inherentes de nuestra marca son el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán y la afición. Podríamos jugar mejor o peor, pero los equipos que venían a nuestro campo sabían que era muy, muy difícil sacar algún punto aquí. El Ramón Sánchez-Pizjuán era un fortín y ya, ni eso. He perdido la cuenta de los puntos que hemos dejado escapar esta temporada de nuestro feudo.

Es todo tan decadente que la indolencia parece estar llegando a la grada. El aburrimiento nos está imbuyendo tanto, que hasta a los Biris les cuesta trabajo arrancar a animar. Ya no somos una caldera y ni siquiera nos sincronizamos a la hora de cantar el himno (el himno a capela, otro pilar fundamental de nuestra marca)…

No sé lo que pasará de aquí a final de temporada. Si se alcanzarán o no los objetivos. Si seguiremos aburriéndonos o no, pero lo que sí sé es que urge recuperar la ilusión y no permitir que se pierdan nuestras señas de identidad… Que la garra, el coraje y el nunca se rinden no se pierda nunca. Lo que pase en el palco y en el campo no está en nuestras manos, pero lo que pase en la grada sí. Quién sabe, quizás desde arriba podamos cambiar la actitud de los de abajo.

Eugenio Montes Cabeza

Lo pudo decir más alto, pero no más claro, “árbitro de cámara del Real Madrid”. El entonces presidente sevillista, Eugenio Montes Cabeza, expresaba así su indignación por el arbitraje del colegiado canario Merino González durante un Sevilla-Real Madrid. Esa escueta frase hizo tambalear los cimientos del fútbol español, no solo por lo que significaba, sino […]

David Ramos

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Hay que ser muy inconsciente o temeraria (en este caso creo que las dos cosas) para intentar explicar por qué el Sevilla es la vida, pero como lo prometido es deuda, aquí estoy, lanzándome de cabeza a la piscina. Alguien con mucho más galones que yo como @leonsfdo lo ha dejado muy claro: ‘el sevillista […]

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