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Juan Pablo Fernández Barrero - Columnas Blancas

Respeto

Con tus 130 años, eres como siempre te soñé. Como te imaginaba desde pequeño en aquellas letanías de gloria de las alineaciones repetidas de memoria. Como te esperaba en las historias de frío y Machaco del descanso en la caseta del Valladolid, como te veía en los relatos sobre aquel gol legendario de la Stuka y las hazañas de Marcelo. Eres como la ilusión infantil que cabía entera en el seiscientos que nos llevó aquél día al entrenamiento en la carretera de Utrera. Como me imaginaba tu escudo presidiendo la caseta familiar en la Feria del Prado, o apuntillado sobre el asiento de madera que abuelín instaló en el banco de pista del viejo Nervión.

Eres como la foto sepia del año 22, con Barrero, Pepe Brand, Spencer, Herminio y Kinké, eres la línea del miedo que asombró al mundo con el pase corto y la filigrana imposible. Eres un balón de cuero cosido con cordón sobre el albero, y la foto de la gabardina del bar de Manolo Domenech. Eres como te oía con interferencias de carrusel deportivo en aquella radio del coche volviendo a Bilbao por carreteras oscuras y mojadas, como la respiración cortada hasta que decían el resultado de aquel domingo. Eres la emoción del exilio al verte saltar al césped de San Mamés o de Atocha. Te reconocí luego en las largas noches de verano del Puerto, escuchando al maestro Araujo en los partidos del Carranza bajo toallas y sombrillas.

Eres la elegancia de Eizaguirre, la clase de Juan Arza, la genialidad de Bertoni, la cintura de Enrique Montero, la zancada de Kanouté, la vaselina de Súker, la casta de Pablo Blanco, y aquel gol de Antonio Puerta. Te conocí todavía escondido en aquellas tardes de Gol Sur, en la grada alta de nuestra memoria, y te intuía en los abrazos tras el gol, pero también en los paseos de vuelta pisando charcos de frustración. Intimamos en las alegrías de los ascensos, en las victorias trabajadas, en las clasificaciones para Europa, pero también en los sinsabores de las derrotas que duelen.

Cumpliste 100 años apostando por tu identidad, por los valores que siempre te inspiraron y definieron. Aquel año, un niño de pueblo al que prometieron llevar por primera vez a verte jugar tras la dura faena del campo, no pudo ver cumplido su sueño, como casi siempre, y escribió con un carbón sobre una pared encalada “Viva el Sevilla”. Aquel año, el sevillismo izó para siempre una bandera roja con un corazón latiendo, y cuando saltaste al prado holandés envuelto en el blanco más puro de tu Centenario, supe que ya eras el campeón. Te descubrí aquel día, justo antes del partido, en las lágrimas de mi hermano viendo llegar tu autobús al Philips Stadium, y justo después, en aquella emoción incontenida de mi padre que solo adivinaba tras el teléfono, repitiendo como aquel niño sin parar “¡Viva el Sevilla!”.

Eindhoven despertó tu ambición y demostró que los sueños se cumplen, sin caer en la complacencia y aceptando que siempre lo mejor está por llegar. Ese gen competitivo, la consolidación de un estilo, un modelo, un trabajo excepcional en los despachos, y la unión de todo el sevillismo, hicieron el resto. Y cuando mejor te conocíamos, el tifo del abuelo volvió para recordarnos que somos grandes, que nadie podrá quitarnos la ilusión, y que por muchos años que pasen los guardianes de Nervión te seguiremos defendiendo. Por eso, luego vino Glasgow, Mónaco, Turín, Varsovia, Basilea, las Copas de Madrid y Barcelona, la Supercopa en el Bernabéu, y momentos únicos de alegría roja y blanca única, distinta a todas, que se dispara sin medida, y que solo puede explicar quién la haya vivido.

En este día de tu cumpleaños, te doy las gracias por regalarnos la memoria de nuestros mayores, tantos abrazos con nuestros hijos, tanta pasión compartida, tanta amistad en sevillismo, tanta emoción, tantas historias de ternura, pero también tantos buenos ejemplos de superación, compañerismo, solidaridad, ambición sana, coraje y determinación.

Y hoy, especialmente, destacar un valor sobre otros. Recuerdo que los que ocupábamos el segundo anillo del gol norte del Camp Nou en aquella final de Copa del Rey que ganamos al Atlético de Madrid en 2010, formamos un mosaico en rojo y blanco que rezaba “Respeto”. Todo el resto del grandioso escenario de Les Corts lo llenaba la afición colchonera, que dejaba en franca minoría a la parroquia sevillista. Aquella final se liquidó con dos goles de Capel y Jesús Navas. Pedíamos respeto, con firmeza y discreción, y eso también acabó empujando la victoria.

El respeto es un valor básico de la condición humana, es la consideración especial que se le tiene a algo o alguien al que se reconoce su valía, su dignidad, sus logros, su aportación y su personalidad. Es por lo tanto un ingrediente esencial en la relación entre personas y es la base de la convivencia, la concordia, la amistad y la paz. Tal es su trascendencia, que el respeto empieza por uno mismo, te obliga a conocerte, a valorar tus fortalezas pero también a reconocer tus carencias, y por ello te obliga a mejorar. Y aún más, es tal su importancia, que en su ausencia debe ser reclamado, pues la falta de respeto hiere la dignidad, anula al otro en lugar de ponerse en lugar del otro. Si nos referimos además al deporte, donde juegan los valores de la competición, podemos afirmar que el respeto es el cimiento sobre el que se construye todo el edificio del mayor espectáculo del mundo.

Has conseguido en estos 130 años ocupar un espacio muy destacado en la competición del deporte rey en España y Europa. Y lo has hecho respetando, pero también haciéndote respetar cuando fue necesario. Sigue por este camino de la excelencia, de la ambición que lleva a la entrega y el compromiso, la casta y el coraje, la profesionalidad y la innovación, la humildad y el orgullo. El respeto de los demás es siempre el resultado, nunca el objetivo. Y ese es un título que por encima de todos y todo, brilla como el que más en tu grandiosa sala de trofeos.

¡Vamos mi Sevilla, vamos Campeón!

Balance social

Una de las mayores conquistas de la tan denostada globalización, ha sido el conocimiento del otro, y por extensión, la conciencia de que el bienestar, el progreso y el futuro no solo dependen del éxito o la acción individual, sino de las condiciones en las que el mercado, la comunidad y la sociedad puedan alcanzar y consolidar en el tiempo un “desarrollo sostenible”. Ya en los años 50, los balances financieros de las grandes compañías en Estados Unidos se completaban con un “balance social”, en el que se detallaba la contribución de la empresa a la mejora de las condiciones de vida en su entorno de actuación, con especial atención al medio ambiente y a la ayuda a los colectivos más desfavorecidos.

El sentido y la acción de la solidaridad empresarial ha evolucionado desde entonces de una forma dramática. Incluso esa gran máxima del compromiso de devolver a la sociedad lo que se obtiene de ella, ha quedado absolutamente desfasada. La tan manida “responsabilidad social corporativa” se ha instalado de manera incontestable en las formulaciones estratégicas de las compañías, si bien su implementación es casi tan diversa como difusa. La famosa trilogía de “misión, visión y valores” que podemos encontrar en cualquier web corporativa, incorpora muchas veces una esforzada declaración de buenas intenciones, que luego no son de fácil aplicación práctica. Vaya por delante mi admiración y reconocimiento por lo mucho conseguido por esta conquista, y por los frutos de la ingente acción social que las empresas realizan, cubriendo necesidades básicas allí donde las administraciones no han llegado. Sin embargo, en ésto, precisamente por su trascendencia y por su capacidad para mejorar y transformar la realidad, se echa de menos mayor rigurosidad, metodología, definición y compromiso en la dedicación de recursos, y como en cualquier ejercicio, una medición del impacto y de sus resultados.

Las compañías líderes en sostenibilidad del mundo, han ido más allá incluso, y han llegado a redefinir toda su estrategia empresarial, de gestión de personas y equipos, de marketing, ventas y comunicación, alrededor de un propósito mayor al de su mero “objeto social”. Y está resultando que la inversión en objetivos y procesos socialmente responsables, es más rentable y el mercado lo reconoce en términos de cotización, reputación, recomendación positiva y valor de la marca. Merece la pena, por tanto, apostar por este camino.

Si a todo ello añadimos el atractivo y la evidente fuerza del fútbol como fenómeno de masas, capaz de movilizar como nadie sentimientos, afectos, pasiones y comportamientos ejemplarizantes -o no- para la educación en valores que esencialmente conlleva el deporte, la cuestión parece clara: los clubes de fútbol en su doble dimensión de grandes empresas y de titulares depositarios de este patrimonio inmaterial ¿cómo están actuando ante el desafío que supone esta responsabilidad social?

Aunque el tema ofrecería contenido suficiente para una tesis doctoral, no pretendo llevarlo más allá de una sugerencia para la reflexión y el debate. Una simple mirada a los grandes clubes de nuestra querida y viajada Europa, demuestra un elevado grado de compromiso y ejecución de programas sociales, educativos, de integración, inclusión, reinserción social y laboral de colectivos en riesgo de exclusión, reconociendo el poder del fútbol como palanca de valores y principios ejemplares, sobre todo entre la infancia y la juventud. La Fundación suele ser, en la casi totalidad de los casos, la fórmula jurídica utilizada para ordenar, gestionar y desarrollar programas que habitualmente responden a un ejercicio de elección entre varias alternativas, definición de objetivos y un visible esfuerzo de comunicación. El reciente requisito de la transparencia, que obliga a las fundaciones a publicar sus memorias, nos permite analizar hasta el detalle más pequeño las estructuras, organigramas, patronatos, presupuestos, proyectos e iniciativas.

Con la dulce excusa de nuestro centenario, el Sevilla F.C. hizo nacer su Fundación que hoy es una hermosa realidad. He sido padre usuario de la Escuela Antonio Puerta, cuyos frutos en la difusión de valores propios del deporte, sevillismo y felicidad no hay más que verlos en las caras de los alumnos -y de los padres que soñábamos tener un Jesús Navas en casa-. Preciosa ha sido la experiencia de “Sácale partido al cole”, llevando ilusión y el ejemplo del valor del esfuerzo y la constancia a los niños. Y en general, admirable es toda la intensa actividad deportiva, educativa, cultural, social y asistencial con otras organizaciones en red, que hoy coordina con maestría nuestro eterno mariscal D. Antonio Álvarez.

Hoy que, gracias a tantas cosas bien hechas, disfrutamos de un pasado grandioso, un presente ilusionante, y nos proponemos anticipar un futuro en el que siempre lo mejor está por llegar, quizás haya llegado el momento de redefinir con rigurosidad y metodología nuestra responsabilidad social, y repensar desde cero qué objetivos queremos alcanzar, cuántos recursos dedicar, qué impacto nos proponemos obtener, con qué socios podemos trabajar y cómo integrar ese compromiso en nuestra marca. Ser grande pasa por pensar en grande, pero sin olvidar nunca la enorme responsabilidad que un club de la entidad y prestigio del Sevilla F.C. debe tener con las necesidades de los más vulnerables y pequeños de nuestra sociedad.

Identidad

Entro por primera vez en este patio de columnas blancas, agradeciendo la elegante invitación de sus arquitectos, y la complicidad de mi amigo del alma y vecino de asiento en nuestro particular teatro de los sueños. Y de alguna manera, en este primer paseo, rescato de mi memoria imposible el escudo suizo que mi abuelo Juan Pablo Barrero estrenó sobre su corazón un 16 de octubre de 1921, en un partido con el Casa Pía de Lisboa. Y lo beso. Y pienso en nuestra identidad, y en cómo se compuso desde aquellos primeros años de albero, cuero y fotos sepia, esa sinfonía compleja y única que es el sevillismo.

Un modo de vivir ya entonces aquél juego de pelota que, cuando el equipo salía lejos de Andalucía, era ya reconocible y admirado. Preciosismo, alegría, pase corto, entusiasmo, ambición, virtuosismo, autoexigencia, compañerismo. Unos valores que trascienden la forma de entender ese juego y se inyectan en la médula de un Club, que desde entonces, participa de esa identidad impregnando todos sus estamentos.

Barrero, en un artículo que publicaba el diario sevillano “La Unión” en marzo de 1925, se refería a ello: “un dribling original es uno de los mayores encantos para un aficionado andaluz, dos provocan ya una suerte de entusiasmo, y si son tres, la ovación se acompaña de sombreros al viento que se desprenden rápidamente de la cabeza de sus poseedores”.

Esa identidad está viva, sigue hoy definiéndonos, y podemos concluir sin temor a equivocarnos, que cuando el Club ha sido más fiel a esos principios y ha sido más “sevillista”, es cuando hemos alcanzado y tocado la gloria. Por eso, en este primer paseo, me paro y reconozco esta identidad colectiva, y la encuentro en uno de los nuestros. Aquel niño de ojos azules y mirada inquieta, que saltó al campo en noviembre de 2003 de la mano de Joaquín Caparrós, conserva hoy en los dominios de su banda derecha, la llave y la esencia de lo que somos. Más allá de la casta y el coraje, que también, están la humildad sincera, la discreción justa, la entrega sin límite, la asistencia precisa, la carrera emocionante, el recorte certero, la alegría desbordante, y el ejemplo de una profesionalidad que supera expectativas.

Ahí es donde cobra sentido el abrazo emocionado y ya imposible con tu padre tras un gol, la alegría total del triunfo en los ojos de tu hijo, la cerveza y el cántico en un bar muy lejos de Sevilla, la bufanda dormida en ese rincón de tu armario, la tertulia de amigos viviendo la amistad en sevillismo, y aquella alineación de memoria con la que rezábamos cada noche después del partido.

Por eso, Jesús, vaya desde estas columnas blancas, mi admiración, respeto y emoción, y si me permites, un ruego: sigue contagiando sevillismo en ese vestuario sagrado de ropas blancas, y reparte con generosidad esos valores que nos han hecho, contigo, grandes.

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