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Juan Pablo Fernández Barrero - Columnas Blancas

Carta al abuelo

Te estrenaste aquella tarde de sol y emociones en el prado holandés donde por primera vez conquistaste Europa. Con mirada arrogante pero limpia, con el blanco inmaculado de tu equipación contrastando el negro de las medias que conocíamos de las fotos del Mercantil o del Reina Victoria. Con la barba blanca de tu centenaria vida, te presentaste allí para decirnos que éramos grandes.

Un poco antes, tras la inenarrable jornada de la Markt Platz, mi hermano que ya vivía al Sevilla en la distancia desde su hogar de Bruselas, se derrumbó en un llanto sin consuelo cuando vio llegar el autobús del equipo navegando sobre bufandas al viento. De golpe, se le vino toda su infancia y su juventud sentado con los primos en la grada alta apretada de Gol Sur, su primer balón rojo y blanco, que no tocaba mal con la izquierda, y el beso de papá tras un gol en las pachangas del Puerto o del Montillo.

Al año siguiente, viajaste hasta la cuna primigenia de Escocia para recordarnos que solo con tanta gloria y tanto fútbol se puede volver a conquistar una copa. No es casualidad que fuera allí, pues hace 131 años unos cuantos jóvenes escoceses, británicos y españoles, decidieron constituir una asociación para jugar al football alrededor de unas cervezas celebrando la fiesta del poeta escocés Robert Burns.

Unos días después, antes de ganar nuestra cuarta Copa de España, te disfrazaste de Rey San Fernando para desearle larga vida al equipo de tus amores, y aquella noche en el Paseo de la Castellana, juramos por escrito no separarnos nunca de tu lado.

Por eso, estuvimos juntos en el viejo estadio de Les Corts, donde pediste respeto y nos llevamos la quinta, trabajando desde la grada tanto como desde el terreno de juego, donde Jesús apuntilló con una escapada y un regate histórico ante De Gea.

En Turín ya nos habías anunciado que el “italian job” no podía escaparse, y allí que te presentaste en tu vespa roja para recordar que habíamos vuelto, y que la victoria, la ambición y el coraje no tienen edad. Y al cielo de la ¨vecchia signora¨ levantamos otra vez, sí otra vez, la plata de tu memoria.

A los pocos días, te asomaste a la grada del viejo Nervión para que nosotros te dijéramos con cariño que los años te hacen más grande, aunque nadie podía imaginar que justo al año siguiente cruzaras el telón de acero para declararnos amor verdadero, en aquel pase medido de José Antonio que Bacca puso en la red.

Y mucho menos que por tercera ocasión consecutiva, sobre la grada recoleta de St. Jakob Park, exclamaras que el campeón está aquí para arrebatarle la copa a todo un Liverpool.

Ahora que esta maldita pandemia se está cebando sin piedad con nuestros abuelos, ahora que nos damos cuenta que os debemos tanto, valga este pequeño homenaje al abuelo que nunca faltó a las grandes citas para rendiros el que tanto os merecéis.

Porque los años te hacen más grande. Nos has dado tanta gloria, tanto fútbol, que te debemos amor verdadero. Larga vida al abuelo que nos recordó que somos grandes, que el respeto solo se gana cuando se entrega la casta y el coraje en cada partido que la vida nos propone. El campeón está aquí, hemos vuelto para quedarnos siempre contigo.

Fidelidad y evolución

Fidelidad no significa inmovilismo. La “fides” latina hace referencia a la confianza, a la lealtad, en definitiva a la fe en unos valores, en una forma de actuar, en una creencia. Normalmente alimentada por resultados positivos, no siempre se ve acompañada de éstos. La “fe del carbonero” ensalza precisamente la adhesión a una convicción y la coherencia con unos principios, para las que no es necesaria mucha ciencia, que prevalece independientemente del destino adonde conduzca.

Cuando la fidelidad es ampliamente correspondida por los resultados, es muy difícil dar el siguiente paso. Se requiere confianza, estabilidad, unidad, audacia y una dosis de ambición lo suficientemente desmedida, pero medidamente orientada, para acometer la subida al siguiente escalón. Digo bien, solo un escalón, solo así se llega hasta arriba. Saltando varios a la vez, el riesgo de caer escaleras abajo crece exponencialmente.

Faltarían otros ingredientes: el trabajo, la constancia, el equipo y la fortuna, cuya mejor definición encontramos en esa que sugiere que la suerte no es más que el cuidado minucioso de todos los detalles. Ahora sí tenemos todo, ahora podemos y debemos subir un peldaño.

Cerrado el mercado de fichajes, varias señales nos indican que nos disponemos a seguir creciendo, a subir por esta compleja montaña del fútbol y la alta competición:

  • La permanencia en la plantilla de los profesionales clave sobre los que se han construido los éxitos deportivos de la temporada recién finalizada;
  • La consecución de la sexta Copa de la UEFA Europa League, la clasificación para disputar la fase de grupos de la UEFA Champions League, la cuarta plaza en el duro y exigente Campeonato Nacional de Liga, y los flujos de ingresos que estos resultados garantizan;
  • La consolidación de un técnico que ha logrado en un plazo admirable, imponer un estilo y un esquema que permite obtener lo mejor de cada componente de la plantilla, bajo principios que nos definen: exigencia, intensidad, casta y coraje, ofreciendo una imagen de cohesión, robustez y circulación como pocas veces hemos visto;
  • La dirección deportiva, que añade a una metodología contrastada para identificar talento, hacerlo crecer, crear valor y vender para volver a fichar, la inoculación del gen de la entrega y el triunfo nada más bajar del avión a cualquiera que llega para defender la camiseta.
  • El extraordinario trabajo del equipo de preparadores físicos, que han impuesto un elevado estándar de forma, resistencia y fondo, claves en la competición, en el fútbol moderno y en un calendario más tensionado de lo recomendable;
  • El inmenso valor del intangible conseguido en competencias críticas como la motivación individual, el compañerismo, el orgullo de pertenencia, la autoexigencia, la familiaridad y el compromiso;
  • El respeto, sobre el que ya escribí, ese hito tan sencillo pero fundamental para crecer, ganado por fin y a pulso tras 130 años de historia viva, que requiere del rival un esfuerzo adicional y que siempre suma;
  • La organización, una estructura engrasada en la que valiosos profesionales responden a perfiles de una compañía de alto rendimiento, con esquemas de competencias, relacionales y de desarrollo propios de la nueva gestión de recursos humanos y financieros, con una visión internacional y empujando una marca cada vez más valiosa;
  • El compromiso social que va más allá de devolver a la sociedad lo que se obtiene de ella, con una Fundación que debería avanzar en sus programas, visibilidad y presencia.
  • La afición, ese activo sin el que nada tendría sentido, un colectivo que siente latir de forma sincronizada el bombeo imparable, alegre, identitario y familiar de un escudo, de una bandera, de una memoria, de una personalidad que nos une en la complicidad del sevillismo, ese que nos hace emocionarnos cuando salta al campo el equipo, ese que nos lleva por Europa en volandas de amistad, ese que nos ha regalado vivir momentos únicos con nuestros padres, con nuestros hijos y nietos.

Los mimbres están, pero los riesgos también. Y siempre hay que medirlos y saberlos gestionar para poder evitarlos o al menos reducirlos. Esta ola de éxitos deportivos, este proyecto empresarial consistente, esta marca reconocida, atrae y no es casualidad, la atención creciente de inversores ajenos al entorno del Club, como ocurre en todo el mundo y especialmente a raíz de la generación de retornos financieros que igualan y superan rentabilidades obtenidas por otros activos en el vasto universo del mercado de capitales.

Y aunque no hay razón inicial para concluir un conflicto de intereses entre una rentable inversión financiera y un exitoso proyecto deportivo, lo cierto es que algunos ejemplos en el fútbol doméstico y europeo nos indican que no siempre se gana cuando se invierte, que debe existir detrás un propósito, la fidelidad a unos valores, la ambición de crecer sobre lo construido, peldaño a peldaño, sin renunciar a nada pero siendo conscientes de dónde venimos, y sobre todo, incorporando en el ejercicio la humildad, el sentimiento, la esencia y la patria que es el sevillismo y nuestro Sevilla F.C.

Estamos preparados, demos el siguiente paso, subamos el siguiente escalón, pero hagámoslo sin perder el equilibrio.

A trabajar

Con la esperanza blanca de que un día no muy lejano podamos volver a ocupar nuestros asientos en la grada, traigo hoy a este patio de columnas algunas sensaciones nacidas del eco vacío de los gritos que retumban en la soledad de un estadio mudo, del golpeo sordo del balón entre voces agitadas del banquillo, de la ausencia de almas que respiran, cantan, sufren o explotan tras el gol, en fin, de ese concierto sin público y sin aplausos que son los partidos a puerta cerrada.

Sin duda debemos reconocer y agradecer antes el ejemplo que el mundo del fútbol ha ofrecido haciendo posible la continuidad de las competiciones bajo estrictas normas de seguridad sanitaria, priorizando la salud de plantillas y empleados, la regularidad en los entrenamientos, y la rápida respuesta coordinada de clubes e instituciones modificando formatos y calendarios, con generosidad y voluntad de acuerdo lógicamente animadas por la exigencia de los necesarios ingresos y de la propia supervivencia del sistema.

La obligada celebración de los encuentros a puerta cerrada ha puesto de manifiesto, sin embargo, algunas evidencias que no por esperadas han sido menos sorprendentes y, afortunadamente en mi opinión, más concluyentes sobre la realidad de este deporte, sobre su esencia, su razón de ser, y lo que verdaderamente le otorga ese poder único de atracción, sentido de pertenencia, afición, memoria y pasión.

Desde sus orígenes como sport distinguido, hasta su rápido desarrollo popular en las islas británicas y luego en las colonias y comunidades laborales y sociales en Europa y en todo el mundo, la presencia de espectadores curiosos primero y expertos aficionados después, ha sido consustancial con su crecimiento, y absolutamente imprescindible en la universalización del fútbol y en su configuración tal y como lo conocemos hoy.

Un partido sin afición no es fútbol, es otra cosa. Sencillamente, no existiría. Solo la tecnología audiovisual, que es un invento moderno, permite que nos asomemos a una cancha en la que dos equipos, bajo la norma y el convenio de la FIFA, disputan un partido. Pero eso no es fútbol. Entonces, podemos preguntarnos, ¿qué es?

Pues fútbol es levantarte por la mañana con un pellizco en la boca del estómago, cuando recuerdas que ese día juega el Sevilla. Cuando compruebas que el plan de la jornada se ha elaborado según la hora del partido, y que la previa con la peña, con los amigos de las “tardes de fútbol” o con los vecinos de grada, tiene la certeza de una cita en la barra de un bar y una cerveza fría. Cuando la conversación gira alrededor de una alineación soñada, de una lesión que la desbarata, y del delantero del equipo que hoy nos visita, que está en racha y juega de memoria.

Fútbol es salir de casa con la bufanda anudada en la muñeca y con la memoria de los que te llevaron por primera vez anudada en el corazón.  Y es ese rumor de los alrededores, y los bares llenos donde se ensayan cánticos. Es llegar pronto para disfrutar del ambiente, saludar a los abonados que llevan ahí más temporadas que años, y es emocionarte cuando saltan al campo once jugadores.

Fútbol es cantar, animar, comentar esa jugada, criticar un planteamiento, aplaudir en el 16, discutir sobre ese jugador que prometía y no acaba de cuajar. Y es, sin duda, transmitir y proyectar ese sentimiento individual y colectivo a los once que hoy tienen sobre el césped la responsabilidad de cumplir un compromiso con un escudo, una bandera, una afición y una historia.

Llevo a gala tener buenos amigos, y entre ellos, uno entrañable que en las grandes ocasiones, allá donde nos haya llevado el sevillismo para disfrutar de una final, toma literalmente el escenario de la “fan zone”, pide amablemente el micrófono de megafonía, y se dirige respetuosamente a los miles de sevillistas que allí nos concentramos. “Señores, buenas tardes. Aquí estamos otra vez, juntos, gracias a nuestro Sevilla Fútbol Club. Ahora tenemos que irnos al estadio, y ahora nos toca a nosotros devolver todo lo que recibimos de nuestro equipo. Señores, vamos a trabajar que el equipo nos necesita. ¡Viva el Sevilla!”

Esto es fútbol. Aún en estas extrañas circunstancias  y precisamente más que nunca en esta fase final de la Europa League, sintámonos interpelados por esta arenga de amistad y sevillismo, y hagamos llegar juntos al equipo la fuerza inconmensurable de la afición, el cántico al unísono que levanta corazones y hace olvidar el cansancio, las palmas por sevillanas que juegan al fútbol, y la casta y el coraje que meten goles.

¡Forza Sevilla Campeón!

Abrazos

Un fuerte abrazo. Así acostumbramos a cerrar nuestros correos y mensajes. Al enviar este gesto, queremos trasladar lo que sentimos al darlo en realidad: afecto, agradecimiento, respeto, complicidad, reconocimiento, generosidad, cordialidad, cercanía, calor. Pero en este tiempo sin abrazos, descubrimos además otros ingredientes que antes se nos ocultaban. Necesitamos abrazar como respirar, comer o dormir. […]

Respeto

Con tus 130 años, eres como siempre te soñé. Como te imaginaba desde pequeño en aquellas letanías de gloria de las alineaciones repetidas de memoria. Como te esperaba en las historias de frío y Machaco del descanso en la caseta del Valladolid, como te veía en los relatos sobre aquel gol legendario de la Stuka […]

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