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Juan Pablo Fernández - Columnas Blancas

Last call

Última llamada. La megafonía de los aeropuertos, antes de que el 11S y la globalización liquidaran con la invasión digital el mundo analógico en el que nos movíamos, alertaba así para avisar a los pasajeros despistados de la salida inminente del vuelo. Urgencia, prisas, última oportunidad.

Ya no importan los motivos que llevaron a esa situación. No sirve ya para nada al pobre y agobiado viajero analizar la razón por la cual salió tarde de casa, ni quejarse por el atasco de tráfico que le retrasó. Ahora ya solo le queda correr hacia la puerta de embarque si no quiere perder su destino.

Este es el estado actual de nuestro Sevilla Fútbol Club. Una posición deportiva, social, económica e institucional de urgencia y alarma. Un instante que precede justo a caer en el irreversible remolino del fracaso, del que es imposible librarse. Un momento en el que, como en el partido de ayer demostró el rabioso gesto de Acuña rompiendo y tirando al césped el papel con las instrucciones del equipo técnico, ya no son válidas las mismas recetas que precisamente lo llevaron hasta ahí. En tiempos de tribulación no hacer mudanza, decía San Ignacio, y cierto es que en un contexto de máxima presión tomar decisiones se hace igual de necesario que arriesgado.

Deportivamente, la propuesta del equipo arroja grandes dudas que podemos observar en algunas evidencias. Carencia de centrales que ofrezcan seguridad y contundencia;  jugadores ocupando posiciones forzadas que acaban desesperando al más templado; insistencia en optar por salidas de balón con el portero haciendo de central, obligado a ceder el balón a defensas sin opciones de volverse marcados por la espalda; acumulación de pérdidas en campo propio; exceso de circulación hacia atrás u horizontal sin posibilidad de generar; ausencia de un líder de juego o al menos de una línea media sólida y solvente. En la Liga de 2023, no es que sea difícil, es que es imposible superar así a ningún equipo de la competición.

En la dirección del Club pasa algo similar. La sensación ya tornada en certeza de un barco a la deriva se puede comprobar cuando nadie se hace responsable de la situación, y lo que es peor, se insiste en el error. No hay nada más tóxico para una organización con estructura empresarial que la falta de la debida separación y la necesaria independencia entre la propiedad y la dirección, es decir, entre los accionistas y la junta directiva. La confusión se agranda cuando los intereses de unos y otros entran en conflicto, se ocupan responsabilidades ajenas, o se desatienden tareas básicas. La urgente necesidad de un pacto por la paz y por la estabilidad desborda ya cualquier aspecto personal o económico, y se ilumina con la imparable fuerza del sentido común una “tercera vía” posible trazada sobre los cimientos sólidos de la profesionalización, la honestidad, la transparencia y la ambición bien entendida que devuelva la ilusión y la esperanza, y reúna de nuevo a toda la familia de Nervión.

El sevillismo, el de siempre, el que nunca se rinde, el que ha sufrido como el que más pero ha disfrutado como nadie de la alegría sin límite de esta patria, de esta bandera, de este escudo y de esta afición, se debate entre el estupor y la impotencia, entre la incredulidad de poder perder entre las manos nuestro mayor tesoro, y el inconformismo que nos hizo grandes. Ahora nos toca a todos dar lo mejor de nosotros mismos. Es la última llamada.

El anillo de San Mamés

He tenido la oportunidad, gracias a la generosidad de unos buenos amigos -un tesoro que con los años valoramos más-, de vivir la experiencia de asistir al partido que nuestro equipo jugó el pasado sábado en San Mamés. Bilbao se ofrece como un destino muy especial para viajar, pues la ciudad ha conocido una profunda transformación en los últimos 20 años, y hoy es una preciosa villa con una sobresaliente propuesta cultural, histórica, natural y gastronómica, que adereza con la hospitalidad y el carácter propio de sus gentes. Un amigo vasco lo es para siempre y disfrutar de esa amistad es como decía un tesoro.

La profesión de mi padre me llevó a residir allí durante cuatro años, hace ya mucho tiempo, y volver provoca siempre ese agradable sabor de la nostalgia y el travieso juego de la memoria, que lleva a revivir momentos felices y a recordar -volver a pasar por el corazón- a personas queridas que nos faltan.

San Mamés es probablemente el mejor referente y un índice adelantado de la experiencia completa de vivir el fútbol, mucho más allá de la mera asistencia a un partido, que de alguna manera responde a las nuevas expectativas del aficionado. Ya desde la mañana, la ciudad respira fútbol en cada barra de bar donde el desayuno es una excusa para animadas tertulias sobre el juego del equipo, el entrenador, los arbitrajes o las vibraciones para el encuentro de esa tarde. Lucen en fachadas y terrazas las banderas del club que adornan las calles. A la hora de comer, los restaurantes tienen ese ambiente único de las previas que en Bilbao se concentra por la tarde en Licenciado Poza. Las tabernas se llenan de cánticos de ambas aficiones, que luego se dirigen hacia el estadio que espera al final de la calle, con la enseña de las barras rojiblancas flameando sobre una gran pantalla.

La nueva catedral se ha proyectado como un icono del diseño de vanguardia y de la nueva imagen de la ciudad, con una iluminación adaptable y dinámica que realza su grandiosa presencia. El interior conserva ese aire propio de los estadios ingleses como tributo al viejo San Mamés, y la configuración de las gradas está completamente volcada hacia el césped, consiguiendo cercanía, calor y una visión perfecta desde cualquier ubicación.

En su diseño, se pensó en crear una zona de palcos en medio de ambas gradas baja y alta, que en Bilbao se conoce como “el anillo” de San Mamés. El concepto, también novedoso, no contempla la ubicación de palcos cerrados para los compromisos del club, patrocinadores y empresas, sino que el anillo se proyecta como una zona común, con diferentes espacios abiertos a los que se puede acceder dando la vuelta a todo el estadio con la correspondiente identificación de una pulsera. La zona está abierta desde hora y media antes, hasta una hora después de cada partido, y el catering está atendido por cuatro restaurantes con estrellas Michelin que ofrecen continuamente pequeñas muestras de su gastronomía, junto a bebidas variadas.

La idea de generar ese espacio común permite y facilita las relaciones y la interacción con todas las personas que ocupan estos espacios, de agradable diseño y siempre con una visión directa al campo a través de grandes cristaleras. El ambiente es extraordinario, y la oportunidad para hablar de fútbol, negocios, conocer nuevas personas y disfrutar de la experiencia de asistir al partido, ofrece una nueva dimensión de la misma.

También desde la grada se desprende ese ambiente especial que hace de un partido una experiencia total para el aficionado, a la que todo suma: la facilidad del acceso, la comodidad de los asientos, el espectáculo previo a la salida de los equipos con música en directo de la cultura de Euskadi, el cántico del himno con banderolas que se despliegan por todo el graderío.

Ideas para tener en cuenta hacia el futuro, si aspiramos como queremos a crecer en todas las áreas que hacen a un club más grande: espacio y condiciones especiales para atraer a los niños que son el futuro de la afición y de la propia entidad, accesos y comodidad para los aficionados con propuestas atractivas, espacios para el encuentro y los negocios con servicios exclusivos y diferenciales. En fin, una oferta segmentada que incluya y integre diferentes expectativas y consiga hacer de la asistencia al estadio una experiencia única.

En ese entorno, ganar como visitante tuvo un mérito añadido. Victoria muy importante no sólo por los tres puntos, más aún tras la semana negra reconocida por nuestro míster como la más difícil en lo que llevamos de temporada. Un triunfo obtenido en un partido malo, con una primera parte de fallos inéditos en defensa y sin claridad en las salidas y el ataque, salvo el golazo fabricado in extremis con ese golpeo perfecto con la izquierda que Delaney coloca en la escuadra de la portería de Unai Simón. El resto fue una sucesión de ocasiones creadas por el Athletic, que tampoco jugó bien, en esa historia tantas veces repetida en la que parece que es el balón quien se niega a entrar en la portería. Cuántas veces nos ha tocado a nosotros, es decir, puro fútbol.

Afrontamos un final de año trepidante, renovando la ilusión en nuestra competición europea, y con encuentros trascendentales ante un Atlético de Madrid y un Barcelona en horas bajas, a los que esperamos no resucitar como alguna vez hemos hecho.

Volveremos a San Mamés y seguiremos viajando cuando sea posible allí donde el sevillismo y los amigos nos lleven.

Distancia

Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón. La ausencia es fuente de inspiración del poeta, es añoranza que activa el sentimiento, y es fuerza que nos une más a lo que queremos. Hoy quiero traer a este patio de columnas el recuerdo de lo vivido, y también un tributo a todos los sevillistas que por destino, amores, motivos profesionales y otras causas, viven su sevillismo lejos de la sombra de la Giralda.

Como siempre, acudir a personas y situaciones concretas puede ofrecernos una visión más acertada del asunto. Vamos a pasear brevemente por esta galería de sevillistas que han crecido en la fe sin ver, cantan sin oír, sufren y gozan sin estar, pero que no son del Sevilla, sino que son el Sevilla F.C. allí donde se encuentren.

Juliana era una gran señora castellana, recia pero cariñosa, guapísima y elegante, ante la que un notario de pueblo cayó rendido allá por los años 30. Diez años antes, este letrado había sido jugador del Sevilla F.C. mientras estudiaba Derecho, con aquella línea del miedo que creó la escuela sevillista. Y claro, el roce y el tiempo hicieron de ella una gran amante del fútbol. No faltaba un domingo a la grada del viejo Nervión, y siempre decía que nunca hubo un jugador como Juanito Arza. Se fue de Sevilla a Madrid en el año 59, y ya muy mayor, no podía dormir sin enterarse cómo había quedado el Sevilla, y sufría cuando el equipo navegaba por aguas bajas. El día antes de morir, con 99 años recién cumplidos, sonrió cuando le dijimos que el equipo iba el primero en la clasificación.

José Ramón es un sevillista que llegó a la ciudad con 13 años, y que solo recordaba hasta entonces la letanía gloriosa repetida por su padre con la alineación que conquistó el título de Liga -Busto, Joaquín, Villalonga, Alconero…-, alguna tarde de entrenamiento en la Ciudad Deportiva, y un balón de hexágonos rojos y blancos que no tocaba mal con la izquierda. En los 80, subía con su hermano y sus primos hasta la grada alta de Gol Sur, y allí lo atrapó para siempre la filigrana de Enrique Montero, la sutileza de Bertoni, los tiros de Scotta y la maestría de Francisco. Hoy, entrado en los 50, vive en Bruselas y late en su corazón un escudo más grande que el del mosaico. Presume de sevillismo en el corazón de Europa, y sus amigos y colegas del trabajo participan de la marcha del equipo para comentar con él su pasión rojiblanca. Se le atribuye alguna conversión a la causa entre ellos. En Eindhoven no pudo reprimir su alegría, igual que cada vez que gana el Sevilla.

Alex es un joven universitario que cursa sus estudios en Warwick, una preciosa ciudad del Reino Unido. Sus amigos ingleses y de otras latitudes cantan nuestro himno con toda su letra, y la bufanda de un partido que pudo vivir en el Ramón Sánchez Pizjuán, preside la salita del pequeño apartamento donde reside. Los fines de semana, se las arregla para ver el partido en algún pub donde ya le conocen, y donde ha generado una corriente de simpatía y afición por el Sevilla.

Tres generaciones, miles de sevillistas en la distancia y un solo sentimiento compartido que funciona como un resorte de alegría, arraigo, pertenencia, complicidad y pasión. Ellos son parte esencial de esta patria nuestra, que extiende su soberanía por todo el mundo.

Larga Vida.

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