Cabecera Columnas Blancas
image

Juan Pablo Fernández Barrero - Columnas Blancas

Balance social

Una de las mayores conquistas de la tan denostada globalización, ha sido el conocimiento del otro, y por extensión, la conciencia de que el bienestar, el progreso y el futuro no solo dependen del éxito o la acción individual, sino de las condiciones en las que el mercado, la comunidad y la sociedad puedan alcanzar y consolidar en el tiempo un “desarrollo sostenible”. Ya en los años 50, los balances financieros de las grandes compañías en Estados Unidos se completaban con un “balance social”, en el que se detallaba la contribución de la empresa a la mejora de las condiciones de vida en su entorno de actuación, con especial atención al medio ambiente y a la ayuda a los colectivos más desfavorecidos.

El sentido y la acción de la solidaridad empresarial ha evolucionado desde entonces de una forma dramática. Incluso esa gran máxima del compromiso de devolver a la sociedad lo que se obtiene de ella, ha quedado absolutamente desfasada. La tan manida “responsabilidad social corporativa” se ha instalado de manera incontestable en las formulaciones estratégicas de las compañías, si bien su implementación es casi tan diversa como difusa. La famosa trilogía de “misión, visión y valores” que podemos encontrar en cualquier web corporativa, incorpora muchas veces una esforzada declaración de buenas intenciones, que luego no son de fácil aplicación práctica. Vaya por delante mi admiración y reconocimiento por lo mucho conseguido por esta conquista, y por los frutos de la ingente acción social que las empresas realizan, cubriendo necesidades básicas allí donde las administraciones no han llegado. Sin embargo, en ésto, precisamente por su trascendencia y por su capacidad para mejorar y transformar la realidad, se echa de menos mayor rigurosidad, metodología, definición y compromiso en la dedicación de recursos, y como en cualquier ejercicio, una medición del impacto y de sus resultados.

Las compañías líderes en sostenibilidad del mundo, han ido más allá incluso, y han llegado a redefinir toda su estrategia empresarial, de gestión de personas y equipos, de marketing, ventas y comunicación, alrededor de un propósito mayor al de su mero “objeto social”. Y está resultando que la inversión en objetivos y procesos socialmente responsables, es más rentable y el mercado lo reconoce en términos de cotización, reputación, recomendación positiva y valor de la marca. Merece la pena, por tanto, apostar por este camino.

Si a todo ello añadimos el atractivo y la evidente fuerza del fútbol como fenómeno de masas, capaz de movilizar como nadie sentimientos, afectos, pasiones y comportamientos ejemplarizantes -o no- para la educación en valores que esencialmente conlleva el deporte, la cuestión parece clara: los clubes de fútbol en su doble dimensión de grandes empresas y de titulares depositarios de este patrimonio inmaterial ¿cómo están actuando ante el desafío que supone esta responsabilidad social?

Aunque el tema ofrecería contenido suficiente para una tesis doctoral, no pretendo llevarlo más allá de una sugerencia para la reflexión y el debate. Una simple mirada a los grandes clubes de nuestra querida y viajada Europa, demuestra un elevado grado de compromiso y ejecución de programas sociales, educativos, de integración, inclusión, reinserción social y laboral de colectivos en riesgo de exclusión, reconociendo el poder del fútbol como palanca de valores y principios ejemplares, sobre todo entre la infancia y la juventud. La Fundación suele ser, en la casi totalidad de los casos, la fórmula jurídica utilizada para ordenar, gestionar y desarrollar programas que habitualmente responden a un ejercicio de elección entre varias alternativas, definición de objetivos y un visible esfuerzo de comunicación. El reciente requisito de la transparencia, que obliga a las fundaciones a publicar sus memorias, nos permite analizar hasta el detalle más pequeño las estructuras, organigramas, patronatos, presupuestos, proyectos e iniciativas.

Con la dulce excusa de nuestro centenario, el Sevilla F.C. hizo nacer su Fundación que hoy es una hermosa realidad. He sido padre usuario de la Escuela Antonio Puerta, cuyos frutos en la difusión de valores propios del deporte, sevillismo y felicidad no hay más que verlos en las caras de los alumnos -y de los padres que soñábamos tener un Jesús Navas en casa-. Preciosa ha sido la experiencia de “Sácale partido al cole”, llevando ilusión y el ejemplo del valor del esfuerzo y la constancia a los niños. Y en general, admirable es toda la intensa actividad deportiva, educativa, cultural, social y asistencial con otras organizaciones en red, que hoy coordina con maestría nuestro eterno mariscal D. Antonio Álvarez.

Hoy que, gracias a tantas cosas bien hechas, disfrutamos de un pasado grandioso, un presente ilusionante, y nos proponemos anticipar un futuro en el que siempre lo mejor está por llegar, quizás haya llegado el momento de redefinir con rigurosidad y metodología nuestra responsabilidad social, y repensar desde cero qué objetivos queremos alcanzar, cuántos recursos dedicar, qué impacto nos proponemos obtener, con qué socios podemos trabajar y cómo integrar ese compromiso en nuestra marca. Ser grande pasa por pensar en grande, pero sin olvidar nunca la enorme responsabilidad que un club de la entidad y prestigio del Sevilla F.C. debe tener con las necesidades de los más vulnerables y pequeños de nuestra sociedad.

Identidad

Entro por primera vez en este patio de columnas blancas, agradeciendo la elegante invitación de sus arquitectos, y la complicidad de mi amigo del alma y vecino de asiento en nuestro particular teatro de los sueños. Y de alguna manera, en este primer paseo, rescato de mi memoria imposible el escudo suizo que mi abuelo Juan Pablo Barrero estrenó sobre su corazón un 16 de octubre de 1921, en un partido con el Casa Pía de Lisboa. Y lo beso. Y pienso en nuestra identidad, y en cómo se compuso desde aquellos primeros años de albero, cuero y fotos sepia, esa sinfonía compleja y única que es el sevillismo.

Un modo de vivir ya entonces aquél juego de pelota que, cuando el equipo salía lejos de Andalucía, era ya reconocible y admirado. Preciosismo, alegría, pase corto, entusiasmo, ambición, virtuosismo, autoexigencia, compañerismo. Unos valores que trascienden la forma de entender ese juego y se inyectan en la médula de un Club, que desde entonces, participa de esa identidad impregnando todos sus estamentos.

Barrero, en un artículo que publicaba el diario sevillano “La Unión” en marzo de 1925, se refería a ello: “un dribling original es uno de los mayores encantos para un aficionado andaluz, dos provocan ya una suerte de entusiasmo, y si son tres, la ovación se acompaña de sombreros al viento que se desprenden rápidamente de la cabeza de sus poseedores”.

Esa identidad está viva, sigue hoy definiéndonos, y podemos concluir sin temor a equivocarnos, que cuando el Club ha sido más fiel a esos principios y ha sido más “sevillista”, es cuando hemos alcanzado y tocado la gloria. Por eso, en este primer paseo, me paro y reconozco esta identidad colectiva, y la encuentro en uno de los nuestros. Aquel niño de ojos azules y mirada inquieta, que saltó al campo en noviembre de 2003 de la mano de Joaquín Caparrós, conserva hoy en los dominios de su banda derecha, la llave y la esencia de lo que somos. Más allá de la casta y el coraje, que también, están la humildad sincera, la discreción justa, la entrega sin límite, la asistencia precisa, la carrera emocionante, el recorte certero, la alegría desbordante, y el ejemplo de una profesionalidad que supera expectativas.

Ahí es donde cobra sentido el abrazo emocionado y ya imposible con tu padre tras un gol, la alegría total del triunfo en los ojos de tu hijo, la cerveza y el cántico en un bar muy lejos de Sevilla, la bufanda dormida en ese rincón de tu armario, la tertulia de amigos viviendo la amistad en sevillismo, y aquella alineación de memoria con la que rezábamos cada noche después del partido.

Por eso, Jesús, vaya desde estas columnas blancas, mi admiración, respeto y emoción, y si me permites, un ruego: sigue contagiando sevillismo en ese vestuario sagrado de ropas blancas, y reparte con generosidad esos valores que nos han hecho, contigo, grandes.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies