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José Manuel García-Otero - Columnas Blancas

Éver Banega, el genio que apadrinó Reyes

En este mundo de infinitas esquinas, la sensibilidad es un bien que se prodiga poco y el arte un privilegio que escasea. Se dice que los tipos sensibles y con arte se delatan por su peculiar personalidad. No son gente común. Es más, incluso con demasiada frecuencia atraen enemigos como la miel a los osos o a las moscas. Yo he tenido la suerte de conocer a tipos así. Éver Banega es uno de ellos. El otro ya no está: José Antonio Reyes.

Éver Banega aterrizó en España con apenas veinte años. El Valencia pagó a Boca Juniors la friolera de 18 millones de euros por un veinteañero que en esos momentos solo escuchaba campanas de elogio a su paso. Lo reunía todo: talento, descaro, ambición y juventud. Los voceros del club de Mestalla pregonaron tal adquisición a los cuatro vientos; algunos llegaron a calificar al chaval rosarino como una mezcla de Riquelme (Juan Román) y Messi. Muy pocos pararon la pelota y la bajaron al pie; se trataba de un pibe de veinte años, deslumbrado por la plata que, como agua de grifo, entraba y salía en la Liga de las Estrellas, y que hacía lo que más le gustaba que era jugar al fútbol.

A los pocos días de vivir en Valencia, Banega se compró un Ferrari, relojes de cincuenta mil euros, trajes de Boss y Armani, realizó viajes de ensueños, luego las chicas, los amigos… Para un chico de barrio humilde en Rosario, tímido como un sol que sale en Dinamarca, hacer la digestión a tanto lujo se hizo complicado. El monstruo casi merendó al pobre Éver, que llegó a olvidar que su corazón y sus piernas chorreaban talento. Una grave lesión, un estúpido accidente con otra grave lesión añadida, años de tirar de la cadena y no encontrar nada, ni tan siquiera encontrarse a sí mismo.

Desmembrado y roto como un juguete abandonado en un trastero, el Sevilla Fútbol Club, entidad milagrera y especialista en recuperar futbolistas perdidos, tiró del argentino. Unai Emery, que es entrenador las veinticuatro horas del día, se acordó de Éver. Y le dijo a Monchi, otro loco irreversible: “Ramón, me hace falta un Banega”. Y Banega, apaleado en Valencia, aterrizó en el Sevilla un bendito día de hace unos años.

En Nervión, Ciudad Deportiva arriba, Éver tropezó con Reyes. Se miraron. Sonrieron. Lo primero que hizo José Antonio fue enviarle la pelota y Éver Banega le dedicó su primera sonrisa. Ambos pelotearon sin abrir la boca, porque el lenguaje de los genios del fútbol apenas consta de palabras, solo de gestos, pinceladas, guiños, suavidad de seda, caricias, gol y fútbol. Talento de calidad suprema. Pases imposibles y títulos. ¡Cómo le gusta a Éver ese grito de gol norte con su nombre y apellido!

Aquí Banega fue el Banega que soñó de pibito en Rosario. En Nervión ganó títulos y su fútbol se elevó al cuadrado. Aquí, en esta Bombonera que huele y pregona magia, Éver fue feliz. Se fue un día al Inter (que le pagaba cuatro veces más), pero ya en Navidad pidió billete de vuelta al año siguiente, porque quería seguir riendo y oliendo a fútbol y azahar. Pero, sobre todo, a Nervión, Sevilla…

Con 31 años ya, este futbolista todavía tiene en los bolsillos de su corazón mucho fútbol y yo no lo pongo en duda. (Pregunten a Jesús Navas…). El Sevilla cuenta con un jugador superlativo, un Von Karajan, un Arthur Rubinstein, tal vez un Velázquez. Todo de blanco y medias negras. Se llama Éver Banega, aquel que el primer día apadrinó Reyes, el otro genio.

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