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José Manuel García-Otero - Columnas Blancas

Sevillista

Cuando era niño el domingo era mi día favorito de la semana. Jugaba mi Sevilla, el Sevilla Fútbol Club. Yo vivía en la orilla trianera del río, y cada quince días mi padre y yo cruzábamos el puente San Telmo hasta la Puerta Jerez, donde a pocos metros de la casona de los Guardiola nos subíamos al autobús de la línea 9, que nos dejaba justo en el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán. El autobús iba repleto de sevillistas: variopintos rostros, decenas de tonalidades y mundos, pero todos esos corazones portaban un sentimiento uniforme e indestructible: Sevilla Fútbol Club.

Me fascinaba esa atmósfera que rodeaba al estadio, aires tiznados de olor a salchichas, a almendra garrapiñada y a romero; pululaban los aguaores vendiendo, además de agüita del grifo de la fuente de casa, coñac Centenario Terry, aguardiente de Zalamea, ambos con pufo de garrafón, las pipas, los chicles bazokas, los deliciosos sugus, las peladillas…Y ya dentro del estadio, los puestos de almohadillas, lindando siempre con el bar donde humeaba un ambiente a farias y a café catunambú o saimaza y su puntito de achicoria. Las gradas de sol se llenaban de cabezas con viseras de cartón, boinas pueblerinas y alguna mascota tipo Humphrey Bogart, todos mirando al foso donde salían nuestros gladiadores de blanquirrojo para batirse con el adversario de turno.

Los sesenta y setenta no fueron años de gloria y repique, y no lo fueron porque este Sevilla siempre aguantó el pulso solo, jamás necesitó de ayuda municipal o estatal. Porque ese precioso estadio Ramón Sánchez-Pizjuán (odio cuando los de fuera lo llaman el Pizjuán, ignorantes los tíos), peseta a peseta, lo pagaron las manos de sevillistas. Cada ladrillo tiene una historia de sudores y fatigas, pero sobre todo de orgullo y dignidad. Y ese templo de Nervión, costeado por los corazones blanquirrojos, mermó de capacidad económica al club, que pasó grandes duquelas para aguantar el tirón deportivo.

Pero nosotros somos así, que no pisen nuestro callo. El sevillista jamás llora y es grande, aunque nunca arrogante; no se arrodilla ante nadie y siempre mantuvo la frente alta por muy dura que haya sido la derrota. Por eso, cuando este equipo cae, el enemigo guarda silencio de admiración y, en el fondo, de profundo respeto. Así ha sido hasta nuestros días.

No hay otro club como el nuestro, no hay una afición como la nuestra; por mucho que tengamos primos, tíos, amigos, incluso hermanos, que defienden otro escudo, otros colores, otra bandera, el Sevilla es diferente, los sevillistas somos diferentes. Llevamos en nuestra piel ese gen inconformista, un orgullo que mamamos de nuestros padres. Han pasado décadas y todavía siento el pecho de mi padre apretarse a mi pecho por un gol de Baby Acosta, quizás de Cabral, de Pintado, de Oliveros…gritar ole cuando el paraguayo Agüero dejó sentado a Sanchis o romper sus manos a palmas cuando el niño Gallego chocaba su hombro contra Tejada o Arieta. Perdiendo o ganando, siempre salíamos al campo con la cabeza muy alta, oliendo a sevillista, orgullosos de ese equipo que jamás se rindió ni hincó sus rodillas. Ese es el sevillista de “fila cero”, el de la solidaridad con el club que es sangre de su sangre, el que arrimó el hombro para el cerramiento del estadio, el que dio el paso adelante para fichar a Bertoni, el que, bajo un sol de justicia agosteño, se hizo a la calle para impedir que esa parte de su corazón y alma se hundiera en el barro de la Segunda b.

Han pasado los años y sigo entusiasmado con este SevillaFC de las vacas gordas, que derrama mieles de triunfo. Un SevillaFC que ha tocado plata muchas veces. Pero los tiempos trajeron vientos de ambición y lealtades falsas. Este club, patrimonio de su gente, se encuentra desde hace años en permanente subasta. Es una joya de la corona codiciada por personajes que aterrizaron en nuestra tierra para hacer un gran negocio. A esta gente de dudosa ralea le abrieron la puerta de nuestra casa sevillistas que hoy se dan golpes de pecho.

Esos sevillistas de tul y alfombras se baten en peleas de callejones, hacen trampas vietnamitas para que caigan otros adversarios sevillistas. Sobre la mesa reina la mentira, el engaño, la traición, veneno puro; todo por luchar por hacerse con un cesto lleno de millones. Esa gente de un bando y de otro olvidó la esencia romántica que adornó al Sevilla. Tengo claro que a estos tipos les importa un comino su gente. No se conocen ni ellos, solo el color de los euros y el negro de una pizarra. En su loca carrera dejaron en el camino a los sevillistas.

La segunda vida de Rakitic

Siempre fui fan de Iván Rakitic, de su parsimonia sublime que nos encandilaba a los sevillistas, contraste antagónico con la sangre hirviendo del indiano Medel, que parecía tener siempre el dedo metido en un enchufe. Aquel Rakitic se asemejaba a un dios rubio que destilaba magia con la derecha y dibujaba luces multicolores en el espacio con la zurda. Siempre cabeza en alto, como un general de la guardia de corps de Napoleón en las batallas de Europa.

Aquel Rakitic que conocimos encajó tan bien a nuestra campiña hispalense, que su vals de Strauss se acopló con la bulería de El Turronero que interpretaba de manera sublime José Antonio Reyes (el niño de Utrera que se nos fue al tercer anillo y nos dejó su talento y su sonrisa), y entre ambos montaron una función que los sevillistas jamás nos cansaremos de tararear. Fútbol de tres dimensiones, enganchado en nuestro corazón blanquirrojo por los siglos de los siglos.

Tras capitanear al Sevilla heroico de noches de apoteosis (KO europeo al rival eterno, gol de M´Bia, primera UEFA de Unai…), Iván Rakitic se marchó al Barcelona para conquistar el Everest del fútbol. Fueron seis años en azulgrana donde el croata tocó el cielo con títulos y gloria.

Pero la gloria en este mundo de la pelota es perecedera, mucho más en un gran dinosaurio y el Sevilla de Monchi, Merlín con mando y plaza en el planeta fútbol, volvió a llamar a su puerta y Rakitic dijo un “si quiero” a corazón abierto, con sus venas sevillistas para un regreso tan triunfal que nos llenó de sueños a los sevillistas.

Los sueños, empero, muchas veces nos turban la paz con toneladas de vinagre y Rakitic comenzó a mostrar una cara que nos encendió las cejas: ya no era aquel caballo alazán que dibujaba lunas con su trote, sino un percherón de galopar cansino y pases medrosos. Su personalidad sobre la hierba se difuminó como una gominola entre parvulitos; más que un mariscal de campo, ahora parece un cabo furrier que se muerde las uñas por miedo a molestar.

¿Dónde se perdió Iván Rakitic de los sevillistas? ¿Quién es el de ahora? Su segunda vida en el Sevilla Fútbol Club me llena de tristeza, porque en nada se parece al jugador que yo conocí y dejó grabado su nombre en el armario de los grandes recuerdos. Yo quiero reivindicarle, bancarlo para siempre, pero ese jugador que ahora lleva el 10 sobre la camiseta blanca no es el que queremos que sea. Y queremos que vuelva. Todos en Nervión queremos que vuelva.

Y en estos malditos tiempos, apareció el Sevilla

En estos tiempos de dureza extrema, donde cada día es una lucha con el cuchillo entre dientes por sobrevivir, pues un enemigo invisible te asalta a plena luz del día y quema tu vida como una servilleta arrojada a la candela, aparece el Sevilla Fútbol Club para ponerte en los labios una sonrisa y regalarte un soplo de alegría.

Después de interminables días de confinamiento, enciendes el televisor y ves al Sevilla que salta al césped como un león con hambre de muchos días y comienza a destrozar rivales con una virulencia descomunal. Atrás, el equipo blanco es una muralla tan alta que da vértigo, pero en el centro se convierte en una orquesta sinfónica repleta de virtuosos; arriba, el gol se llama de distintos nombres y todos llevan la camiseta blanca.

¿Qué ha podido suceder en este tiempo de forzoso recogimiento, con un goteo de noticias tan desalentadoras que hielan el corazón? Que el fútbol es medicina contra el dolor y el Sevilla un foco de luz cegadora que inunda de ilusión a los buenos aficionados y, en especial, a los sevillistas. Bálsamo de Fierabrás.

En estos tiempos de zozobra y panorama oscuro como el ojo de un pozo, el Sevilla es una brizna de aire fresco, un descarado David que apedrea las sienes de Goliat y baila un tango en su barriga; un Sevilla (de Lopetegui) que escribe una historia tan hermosa que no quiero que se termine nunca, porque alivia las entrañas de las espinas que los atardeceres nos clavaron y ya tengo ganas de que vuelva a amanecer para seguir mirando de frente a Nervión y pensar que el sol sigue siendo sevillista.

Hoy, cuando acaricio la plata de la sexta copa de UEFA Europa League que nos volvió a regalar el Sevilla, me acuerdo de ti, padre; de ti, Jesús, hermano; y, sobre todo, de ti, Pilar, hermana, sevillista hasta en las uñas, que naciste y dejaste el último aliento escuchando las campanas de Triana; también me acuerdo de toda esa gente buena que, desde el callejón del Tercer anillo, alentaron a mi equipo a derribar murallas con su fútbol de tronío y tan angelical, que Vivaldi volvió a ser monaguillo y Camarón, grumete de nuestra fragata.

Yo sé que más allá de Carmona o cruzando las lindes de Aznalcázar, este Sevilla se ve con otros ojos que solo encuentran tinieblas. Pero me importa el escupitajo de una hormiga. El Sevilla Fútbol Club siempre fue un rebelde con causa, un pirata con buena vista y los apaños bien puestos; este Sevilla es compadre del Astérix, que puso firmes a legiones de romanos y habla su propia lengua; es el equipo del orgullo y la casta que solo los sevillistas entienden. Por eso somos así y seguiremos hasta el horizonte de la eternidad, un club de pecho muy grande y corazón inquieto. El club de mi gente que brilla como nunca, alza la voz y es mano poderosa que crece, lucha y vence en estos malditos tiempos.

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