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José Manuel García-Otero - Columnas Blancas

La segunda vida de Rakitic

Siempre fui fan de Iván Rakitic, de su parsimonia sublime que nos encandilaba a los sevillistas, contraste antagónico con la sangre hirviendo del indiano Medel, que parecía tener siempre el dedo metido en un enchufe. Aquel Rakitic se asemejaba a un dios rubio que destilaba magia con la derecha y dibujaba luces multicolores en el espacio con la zurda. Siempre cabeza en alto, como un general de la guardia de corps de Napoleón en las batallas de Europa.

Aquel Rakitic que conocimos encajó tan bien a nuestra campiña hispalense, que su vals de Strauss se acopló con la bulería de El Turronero que interpretaba de manera sublime José Antonio Reyes (el niño de Utrera que se nos fue al tercer anillo y nos dejó su talento y su sonrisa), y entre ambos montaron una función que los sevillistas jamás nos cansaremos de tararear. Fútbol de tres dimensiones, enganchado en nuestro corazón blanquirrojo por los siglos de los siglos.

Tras capitanear al Sevilla heroico de noches de apoteosis (KO europeo al rival eterno, gol de M´Bia, primera UEFA de Unai…), Iván Rakitic se marchó al Barcelona para conquistar el Everest del fútbol. Fueron seis años en azulgrana donde el croata tocó el cielo con títulos y gloria.

Pero la gloria en este mundo de la pelota es perecedera, mucho más en un gran dinosaurio y el Sevilla de Monchi, Merlín con mando y plaza en el planeta fútbol, volvió a llamar a su puerta y Rakitic dijo un “si quiero” a corazón abierto, con sus venas sevillistas para un regreso tan triunfal que nos llenó de sueños a los sevillistas.

Los sueños, empero, muchas veces nos turban la paz con toneladas de vinagre y Rakitic comenzó a mostrar una cara que nos encendió las cejas: ya no era aquel caballo alazán que dibujaba lunas con su trote, sino un percherón de galopar cansino y pases medrosos. Su personalidad sobre la hierba se difuminó como una gominola entre parvulitos; más que un mariscal de campo, ahora parece un cabo furrier que se muerde las uñas por miedo a molestar.

¿Dónde se perdió Iván Rakitic de los sevillistas? ¿Quién es el de ahora? Su segunda vida en el Sevilla Fútbol Club me llena de tristeza, porque en nada se parece al jugador que yo conocí y dejó grabado su nombre en el armario de los grandes recuerdos. Yo quiero reivindicarle, bancarlo para siempre, pero ese jugador que ahora lleva el 10 sobre la camiseta blanca no es el que queremos que sea. Y queremos que vuelva. Todos en Nervión queremos que vuelva.

Y en estos malditos tiempos, apareció el Sevilla

En estos tiempos de dureza extrema, donde cada día es una lucha con el cuchillo entre dientes por sobrevivir, pues un enemigo invisible te asalta a plena luz del día y quema tu vida como una servilleta arrojada a la candela, aparece el Sevilla Fútbol Club para ponerte en los labios una sonrisa y regalarte un soplo de alegría.

Después de interminables días de confinamiento, enciendes el televisor y ves al Sevilla que salta al césped como un león con hambre de muchos días y comienza a destrozar rivales con una virulencia descomunal. Atrás, el equipo blanco es una muralla tan alta que da vértigo, pero en el centro se convierte en una orquesta sinfónica repleta de virtuosos; arriba, el gol se llama de distintos nombres y todos llevan la camiseta blanca.

¿Qué ha podido suceder en este tiempo de forzoso recogimiento, con un goteo de noticias tan desalentadoras que hielan el corazón? Que el fútbol es medicina contra el dolor y el Sevilla un foco de luz cegadora que inunda de ilusión a los buenos aficionados y, en especial, a los sevillistas. Bálsamo de Fierabrás.

En estos tiempos de zozobra y panorama oscuro como el ojo de un pozo, el Sevilla es una brizna de aire fresco, un descarado David que apedrea las sienes de Goliat y baila un tango en su barriga; un Sevilla (de Lopetegui) que escribe una historia tan hermosa que no quiero que se termine nunca, porque alivia las entrañas de las espinas que los atardeceres nos clavaron y ya tengo ganas de que vuelva a amanecer para seguir mirando de frente a Nervión y pensar que el sol sigue siendo sevillista.

Hoy, cuando acaricio la plata de la sexta copa de UEFA Europa League que nos volvió a regalar el Sevilla, me acuerdo de ti, padre; de ti, Jesús, hermano; y, sobre todo, de ti, Pilar, hermana, sevillista hasta en las uñas, que naciste y dejaste el último aliento escuchando las campanas de Triana; también me acuerdo de toda esa gente buena que, desde el callejón del Tercer anillo, alentaron a mi equipo a derribar murallas con su fútbol de tronío y tan angelical, que Vivaldi volvió a ser monaguillo y Camarón, grumete de nuestra fragata.

Yo sé que más allá de Carmona o cruzando las lindes de Aznalcázar, este Sevilla se ve con otros ojos que solo encuentran tinieblas. Pero me importa el escupitajo de una hormiga. El Sevilla Fútbol Club siempre fue un rebelde con causa, un pirata con buena vista y los apaños bien puestos; este Sevilla es compadre del Astérix, que puso firmes a legiones de romanos y habla su propia lengua; es el equipo del orgullo y la casta que solo los sevillistas entienden. Por eso somos así y seguiremos hasta el horizonte de la eternidad, un club de pecho muy grande y corazón inquieto. El club de mi gente que brilla como nunca, alza la voz y es mano poderosa que crece, lucha y vence en estos malditos tiempos.

El gran poder del Sevilla FC

Ya llevamos algo más de media Liga disputada y el Sevilla Fútbol Club anda faroleando en la tercera posición de la tabla, solo por debajo de los dos grandes dinosaurios de nuestro fútbol, o sea, Real Madrid y F. C. Barcelona.

Tiene mucho mérito lo de Julen Lopetegui, y tiene mérito porque cuando llegó no le tendieron un manto de flores, precisamente; más bien amontonaron leña para hacerlo arder cuando el equipo cayera y aflojara pistones en el primer socavón. Pero ahí sigue la leña, mojándose.

Porque este Sevilla es un equipo de gruesas convicciones, con un vestuario ajeno a elementos tóxicos, con futbolistas que creen en la palabra de su técnico, que viajan en la misma dirección y reman a ritmo uniforme y con inmensas ganas de seguir creciendo. Este Sevilla F.C. es un equipo que compite.

No es el equipo que vimos en las dos últimas temporadas, ese Sevilla de pitiminí que se desinflaba con el primer soplido feroz del adversario; este equipo 2020 posee recias hechuras, mira a los ojos, devuelve los golpes y cuando cae, se levanta. Es un gallo de pelea que jamás vuelve la cara. Ataca, hiere.

Sin duda, este Sevilla huele a Julen Lopetegui, el hacedor de un carácter que creíamos desaparecido, un Sevilla ahormado a su estratega, un tipo en chándal y flequillo rebelde, su director de escena más eficaz, un entrenador que consume miles de minutos en la Ciudad Deportiva y que tiene en su voluntad de hierro, el trabajo y la constancia, sus armas más eficaces para alcanzar la meta.

Y ahí están los de colorao (o blanco, o negro, o azul… qué más da si en el escudo queda grabada su identidad), volviendo a ser ese equipo malaje, tan nuestro, indómito, guerrero y salvaje, que a veces pinta como Murillo y compone como Cernuda, pero siempre, siempre, aprieta los dientes y nunca arruga el pecho. Y los de colorao (o blanco o azul o negro…), esos que son tan nuestros, caminan contra mareas poderosas, tan mediáticas como falsas; ese equipo que dinamita resortes de un poder futbolístico lleno de granos corruptos y que, por más castigos que reciba y críticas afiladas e injustas que reciba, no deja de crecer. Es lo que veo de este Sevilla, tan nuestro, tan vivo, que se siente invencible porque cree en la fuerza de sus manos y en el poder de su corazón. Es el gran poder del Sevilla Fútbol Club. El gran poder del inmenso corazón de miles y miles de sevillistas.

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