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José Manuel Ariza - Columnas Blancas

Dictaduras

Saludos.

“No basta con la obediencia. Si no sufre, ¿cómo vas a estar seguro de que obedece tu voluntad y no la suya propia? El poder radica en infringir dolor y humillación. El poder está en la facultad de hacer pedazos los espíritus y volverlos a construir dándoles nuevas formas elegidas por ti.”

   (George Orwell, 1984)

Todos los regímenes totalitarios, todas las dictaduras que en la Historia han sido, son y serán, persiguen recurrentemente (además de acaparar el poder, el dinero, en manos de un pequeño grupo y porque es esencial para sus propósitos) uniformar a la inmensa mayoría de las poblaciones bajo un pensamiento único que les permita “manejarlos”, con presupuestos la mayoría de las veces espurios o de escaso valor racional (banderas y otras idioteces) dictando así las corrientes mentales por las que han de desplazarse ésas masas anónimas.

Eso es posible porque a ésas dictaduras no les interesan ciudadanos formados, capaces de aplicar la lógica en sus pensamientos y acciones y hacer un uso adecuado de la razón elemental que deberíamos interiorizar desde niños. Es por ello que difícilmente tendremos sistemas educativos que fomenten esto: los ciudadanos formados son un peligro manifiesto para dichos regímenes.

Decía aquel que los gobernantes inteligentes necesitan ciudadanos inteligentes y que los ciudadanos inteligentes no necesitan gobernantes.

Ésa lógica (de mi bolsillo y madurada en la cola del supermercado) se puede aplicar en muchas situaciones. Parece lógica ciertamente, pero veremos que no es así. No puede serlo en tanto que se enfrentan dos sistemas irreconciliables.

Vivimos la dictadura del dinero, del consumismo, del capitalismo desbordante en el que una de sus máximas es: serás alguien en función de lo que poseas, del dinero que tengas. Si eres inmensamente rico, puedes atracar tu yate de cien metros en los mejores puertos y no importa tu color, religión o nacionalidad que te haremos pleitesía. Si eres inmensamente pobre pero del mismo color, religión o nacionalidad, te puedes ahogar en un cayuco en medio del Mediterráneo que igual te muestran un par de segundos en un informativo. El primero copa todas las portadas, el otro es pobre.

– Al hilo: las mujeres saudíes tuvieron unos minutos de gloria en ésas portadas, con la inestimable ayuda venenosa de alguna mujer que vive en otro mundo, para, enseguida, volver a ser ocultadas debajo de trapos y relegadas al rincón por su género. En aquel régimen totalitario, la minoría del poder, anclados en pensamientos “religiosos” medievales, dictan que la mujer es inferior al hombre, esclava, y éstos obedecen sumisos, animosos y en masa el despropósito. Lo que se desprende, en la vida cotidiana de ellas en algunos países, es tan espantoso que cuesta asimilarlo en el 2020.

Como no podía ser de otra manera, también vivimos la dictadura del dinero… en fútbol (la “sociedad global” que no conoce de fronteras, pasaportes, razas, colores o moral). Dos equipos acaparan casi todo el poder y en todas sus formas. Sus vitrinas están repletas de títulos y trofeos que son enumerados con orgullo y pasión por sus seguidores. Unas colecciones envidiables a pesar de que todos sepamos de qué manera se consiguieron muchos de ellos. Y como tenemos mucho dinero, “atracamos” nuestro yate donde nos sale.

Dictadura perfecta (La Liga) es la que consigue hacer creer a sus ciudadanos que viven en democracia (los árbitros son imparciales y todos somos iguales aunque haya dos más iguales que otros) y libertad (puedes decir lo que quieras menos la verdad que moleste al poder), Sr. Smith.

En su afán uniformador (la discrepancia es intolerable) se crean “gradas de animación” como una forma de despersonalizar a los espectadores (igual que en los ejércitos, en las escuelas, en las religiones…) donde se diluya lo individual, lo distinto, lo personal. Éste engendro (que pretenden imponer machaconamente en todos los Estadios) es la antítesis del fútbol cuya mayor virtud es, precisamente, que nadie opina igual, ni ve el mismo partido, ni anima de la misma forma… aunque el fin sea el mismo para todos aunque las formas sean tan diversas, tan distintas. Por suerte… pero todo llegará.

Se crea una herramienta magnífica llama VAR para posibilitar que el fútbol sea más justo, que evite corruptelas que equilibren a los desequilibrados oponentes. No es gratuito ni baladí: los abusos de los poderosos se pueden contar por miles, por décadas. Y como no aceptamos que se cuestionen nuestras formas porque para eso somos el PODER, nos oponemos a ella y si no, las entregamos a las mismas manos corruptas de las que nos hemos beneficiado todo ése tiempo, con lo que al final llegamos siempre al mismo puerto. Yo gano, Sr. Smith, “y mueva los brazos más rápido”.

¿Quién controla al controlador? ¿Quién vigila al vigilante?

Y como buena dictadura, tenemos todo un inmenso aparato mediático (yo te digo lo que lo que debes leer, escuchar o ver que para eso soy el PODER, Sr. Smith) que en llegando a un punto crucial, ponemos el foco en la cuestión que distraiga de lo esencial: no se hable del robo del partido y apabullen con las declaraciones de un sevillista harto que, casualmente, es el Director Deportivo de la víctima. Legión al ataque para ocultar la verdad. Allí, más allá y aquí.

-Mire el dedo, Sr. Smith.

“Una mentira mil veces repetida…”.

Se les llama “estómagos agradecidos” o, llegado el “casus belli”, mercenarios. Hay que comer, amigo mío y “qué buen vasallo sería si tuviera un buen señor a quien servir”. Lo hay. Paga.

Dice la Constitución (la del papel mojado según sea el cristal) que estamos obligados a denunciar los delitos o nos convertiremos en cómplices de los mismos. Pero no mucho.

Es una nueva versión (debemos andar por la 200.0) de la crónica de un robo anunciado, del “a la fuerza ahorcan”, del “fatum” en manos de los cerdos de la granja.

Cuando te hablen del “Gran Hermano”, recuerda que los amigos se eligen pero que la familia te viene impuesta. En otras latitudes dicen “famiglia”.

Cuídate, Sr. Smith, Winston.

130 colores

Saludos.

Hace ya un tiempo que vengo siguiendo los trabajos de D. Rafael Navarrete (@historiacolor) en su magnífica labor de poner colores al pasado y ofrecernos una perspectiva distinta y más cercana a lo que debió ser en realidad.

No obstante y a pesar de ello, cuando hice mis estudios de fotografía y me monté mi propio laboratorio en casa, quedé subyugado para siempre con las imágenes que iban apareciendo en el papel entre blancos y negros, como un hechizo con el uso de la luz, potenciando unos u oscureciendo otros: los tapados. Era cuestión de equilibrio aunque en ocasiones, el desequilibrio resultara más atractivo. Ciertamente que tenía ya una “preparación” previa con el cine, que aprendí a amar desde bien temprano, y la apasionante fuerza que transmiten las escalas de grises.

El Sevilla Football Club nació cuando el cinematógrafo apenas gateaba, cuando ése maravilloso invento mecánico todavía no enganchaba a miles de millones de personas de todo el mundo con su magia arrebatadora. Luego se elevaría a la categoría de arte y ahí sigue para siempre. Y como es lógico, el Sevilla FC era de blanco y negro aunque, dicen las crónicas, en aquel primer partido de marzo de 1890, jugaba un tal Yugles que ponía notas de color y de humor llegando, incluso, a marcar con el culo. Por la noche, en las obligadas cenas post partido entre ambos contendientes, ejerció de equilibrista con incierto resultado: se pegó un costalazo.

Quince años más tarde, el Sevilla obtuvo su carné de identidad, sus papeles oficiales para decir que éramos nosotros y que había un documento que lo testificaba. Y apenas tres después (en el primer partido solidario registrado en España) los sevillistas deciden, porque deslumbra, que serán de blanco entero y con soportes negros para la eternidad. Conviene recordar, sin embargo, que por un problema de tiempo y transporte, aún se tardaría un poco en añadir el rojo que pudo haber sido nuestra primera identidad.

En ése intervalo vimos nacer los azules que más tarde tornarían a verdes y nos divertimos con ellos.

Con 27 años, ya muy rodados y habiendo repartido muchos disgustos entre el vecindario próximo y próximo lejano de ésos otros colores (sería la tónica habitual hasta hoy mismo) pegamos el flash (¿de magnesio?) con el primer destello luminoso oficial ganando el Campeonato de Andalucía. Es la imagen que acompaña éste artículo, obra de Miriam Pariente (@miriam_pariente), sabiamente transformada en dibujo cuasi sepia con la maestría que despliega siempre ésta mujer y que muestra exactamente el momento en que Alcocer, capitán del Sevilla, posa glorioso con el trofeo en sus manos arropado por innumerables palanganas.

Es, para mí, la Copa más significativa de nuestro palmarés porque iniciábamos una carrera incontenida: hasta 18 veces (de 21) se reprodujo la escena con distintos protagonistas. Una sucesión imparable y abrumadora de títulos como nadie en Andalucía y que comenzaban a cimentar el dominio absoluto en el Sur. Y también el primero de 31 por ahora.

Muy poco después y ya en blanco y rojo y soportes negros, creamos la única denominación de origen del fútbol español que existe: la Escuela Sevillista. Jugábamos de cine, en tecnicolor (técnica y color) para admiración de extraños (algo les tocaba en la pedrea a los vecinos aunque jamás mostraron reconocimiento por el detalle) poco habituados al barroco sevillista, heredero de la escocesa fundacional y que como en tantos otros legados, hicimos nuestro, perfeccionamos y enriquecimos con la materia prima propia, la del crisol. Nadie ha conseguido nada igual en la Iberia.

En 1935 nos hicimos nuestra primera foto de tirada nacional ganando el Campeonato de España (Copa Presidente de la República). En 1939 la segunda. Y en 1946, copamos las portadas deportivas y sus huecograbados trayéndonos La Liga. En 1948 volvemos a lograr el Campeonato de España (Copa del Generalísimo). Hasta ahí en riguroso blanco y negro porque los colores rabiosos llegarían más tarde.

Entretanto, nos abonamos al gris inmisericorde durante décadas para poder erigir un tesoro en forma de Estadio, construido por millares de corazones blancos, rojos y negros. Era el color del dinero y ahí acudieron en masa los sevillistas todos para posar en la maravillosa foto.

Pero la gran explosión de color tardaría muchos años en llegar. En 2006, comenzamos a enseñar/campeonar por Europa nuestras camisetas en una sucesión de tonalidades (algunas, por cierto, dignas de ser apercibidas seriamente por míster Pantone y con riesgo de expulsión de la gama) que inundó el continente de blanco, rojo, negro y plata. Lluvias de papelillos multicolores acompañando cada trofeo logrado (tengo un querido y admirado amigo que conserva algunos de ellos a pesar de la pequeña odisea personal que vivió para conseguirlos) repetidos hasta en cinco ocasiones.

Nuestros colores ondean solitarios en lo más alto y  se tardará mucho en compartir espacio en la cumbre.

El Sevilla FC ha enseñado sus colores en tres siglos y dos milenios: blanco, rojo, negro, plata y todos los demás.

130 años de color embriagador.

Cuidaros.

Autor

La Copa del 130

Saludos.

Falta un mes escaso para que el Sevilla Fútbol Club cumpla 130 años de vida. Un mes para celebrar que aquel 25 de enero de 1890 (la Noche de Burns) un grupo de escoceses, ingleses y españoles, a la luz de unas pequeñas cervezas (cañas), inventaran un Team de Football al que tuvieron la perspicacia, tal cual establecían las normas de la Association, de bautizar con el nombre de la ciudad. Y la marca fue nuestra para siempre.

130 años son muchos años, muchísimos, una barbaridad sevillista que se mantiene en el tiempo y que no cesa de crecer, de engrandecerse y de cosechar lo que todo Club persigue sin ningún género de dudas: goles, triunfos y títulos. No tendrían sentido otras aspiraciones.

Obviamente, el crecimiento no ha sido lineal y el temido diente de sierra con sus cimas, simas  y mesetas (como el propio desarrollo humano) nos ha marcado con largas etapas duras y dolorosas y con otras brillantes. Brillantes porque los que tenemos ya demasiada edad, sabemos lo que significa la palabra “infierno” o lo que supone el angustioso y deprimente “otro año igual”. Nos curtimos en galeras hasta que descubrimos que se navega mejor en el puente del galeón. Y por ésa magia que el Destino (también llamado esfuerzo, trabajo, exigencia, lucha, sueños cumplidos y por cumplir, sevillismo…) te regala de vez en cuando, ése “otro año igual” ha cambiado de significado diametralmente. Ahora, tras haber saboreado el néctar de los dioses del siglo XXI, ya no nos conformamos con placebos ni con sucedáneos: nuestras papilas gustativas han sufrido una metamorfosis espectacular porque hemos aprendido a comer bien y ya no nos gusta cualquier plato. ¿Nos hemos vuelto exquisitos, sibaritas tal vez? ¿Y por qué no serlo si nos lo hemos ganado?

Y llega el 130, el cumpleaños del “abuelo”, cuando todos los sevillistas (de todas las generaciones vivas y pasadas que entre todas se construyó esto) alzaremos nuestras copas para que éste robusto anciano siga teniendo tan larga vida como ha tenido hasta ahora (aunque muchos ya no lo veamos desde abajo pero que habrá otros muchos que si lo hagan en vivo y en directo).

Por eso el próximo año, el 2020, debería quedar para las futuras generaciones palanganas como “la Copa del 130”. Dos cifras redondas que pueden tener acento de plata que es, no lo olvidemos, un metal precioso y que para nosotros llega a ser el más preciado. Para los demás también aunque algunos nunca lleguen a catarlo porque sus anhelos van por otros derroteros.

La Historia del futuro la estamos escribiendo ahora y es la mochila cargada que les dejaremos, el cofre del tesoro.

Pero el 2020 contiene dos números pares, redondos y… ¿por qué ésas generaciones que vendrán, ésos/as palanganas que estarán dentro de muchos años, cuando llegue el 140, el 150 o el 200 aniversarios, no recordarán aquel tiempo en que logramos DOS platas? ¿Y si fueran CUATRO?

-“¿Y te acuerdas del 130 en que ganamos, otra vez, DOS copas? ¿Fue en el 2020, no?”

Podría ser perfectamente una charla entre sevillistas cuando que se pongan a rememorar los momentos sublimes del Sevilla Fútbol Club. Nietos, biznietos o tataranietos nacidos en lo alto de la cresta de la ola, ésos privilegiados (y envidiados) que sólo han visto ganar al Equipo, ganarlo casi todo, haciendo un avaro y maravilloso recuento del caudal heredado del abuelo. Puede, incluso, que otras platas ya hayan nutrido el Museo alargando la inmensa “sombra” luminosa del Decano del Guadalquivir, del Eterno Campeón de Andalucía.

Somos el Equipo europeo que ostenta el record absoluto y en solitario de una de las dos competiciones continentales. Somos, también, uno de los Equipos que con menor presupuesto, ocupa lugares de privilegio en la élite exclusiva de los muy poderosos. Por ello, nuestra proyección incontestable solo puede agrandarse porque hemos llegado ahí arriba para quedarnos. Y aunque aún quede montaña por escalar, el campamento base lo hemos situado bien alto, cerca de donde el aire se enrarece, de ése Parnaso del balón, en el Olimpo absoluto que asaltaremos sin duda.

Puede que haya un antes y un largo después del 130 porque aunque yo no crea en la numerología, haberla hayla. Miren y descompongan ése número: 1 + 3 + 0 = 4.

Y es que en el mundo traidor

nada hay verdad ni mentira

todo es según el color

del metal con que se mira.

Cuidaros.

Se prohíbe prohibir

Saludos. En todos los deportes (individuales o colectivos) se participa para lograr la victoria, para ganar. Esto incluye las pachanguitas que nos marcamos entre amigos de manera amistosa y cuyos trofeos suelen ser unas birras (ahí todos ganan porque no es mal premio, por cierto). Como los deportes competitivos están reglados, organizados y obedecen a […]

Ganar, ganar y ganar

Saludos. Lo decía aquel señor que hizo viral un aserto que todos sabíamos desde que aprendimos, todavía inestables en nuestra verticalidad, a pegarle patadas a una pelota; un tipo que ensambló una selección ganadora tocándole los huevos a la mafia de Madrid (no se lo perdonaron nunca) y que como castigo, le quitaron el caramelo […]

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