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José Manuel Ariza - Columnas Blancas

Cine

Saludos.

La noche del 28 de diciembre de 1895 en el salón del Boulevard des Capucines de París, August y Louis Lumière presentaron en público “Salida de la fábrica Lumière“, con un maravilloso invento al que llamaron cinematógrafo. Algo sensacional ocurrió cuando proyectaron imágenes en movimiento y aunque acudieran apenas 33 personas, el éxito fue total. Probablemente nunca fueran conscientes del alcance que tendría la maquinita. Desde entonces, el cine es y será, para los que amamos ése arte, de los más grandes hitos tecnológicos de entre los muchos que la humanidad ha logrado inventar en toda su historia. Sigue siendo, como desde el principio mismo,  uno de los mayores aglutinantes conocidos (junto con los libros porque los deportes de multitudes son mucho más jóvenes) sin que distinga de personas, países, culturas o ideologías. Hay cine para todos.

La técnica es sencilla: colocadas y proyectadas cientos de imágenes estáticas en sucesión dinámica (lo llamaron “fotografías vivas”, plasmadas en un soporte de acetato o celuloide) se crea la sensación de movimiento que todos conocemos. Y aunque los formatos hayan cambiado con las tecnologías informáticas, el principio sigue siendo el mismo.

Cuando los Lumière inventaron el cine, ya llevábamos cinco años jugando al foot-ball en la Ciudad de la Giralda. Comenzó entonces nuestra larga secuencia.

Es frecuente que entre sevillistas nos interpelemos sobre quién ha sido, para nosotros, el mejor jugador, el mejor entrenador, el mejor partido, el título más preciado… nunca nos pondremos de acuerdo y como en el cine, nos gustará más una película que otra, unas escenas o unos momentos determinados. También nos preguntan y preguntamos, por nuestra imagen favorita, ésa “foto” icónica que guardamos en la memoria como algo único y diferente, algo que nos marcó y que se nos quedó fijado para siempre en nuestro cinematógrafo mental y sensorial de tal forma que, en llegando la pregunta, sea lo primero que nos venga a la mente.

Aquel gol, aquella Copa, aquel gesto… en ésa secuencia en modo travelling que nos acompañará para siempre en el acervo colectivo e individual palangana. Tras 130 años (a punto de cumplir los 131) de foot-ball a orillas del Guadalquivir y porque la Historia así lo atestigua, los sevillistas tenemos tantísimos sucesos y momentos que será muy complicado, complicadísimo, elegir el fotograma más brillante, ése plano superior, el mejor guión (siempre el mismo, siempre reinventado) los mejores protagonistas principales y secundarios o la mejor producción. Vivimos un remake permanente que nos mantiene emocionados, sin solución de continuidad, en una saga interminable que se actualiza con cada encuentro.

Y el Oscar es para… pongan aquí sus favoritos y acertarán porque jugamos con ventaja.

Pero nosotros tenemos nuestro propio Dolby Theatre (donde se entregan las famosas estatuillas doradas y se premian las distintas categorías que intervienen en la realización de una película) que se llama Estadio Ramón Sánchez-Pizjuán y el “dolby” (surraun vibrante y emocionado) lo ponemos con las gargantas en una ambientación insuperable. Y toda la toma y planos valen a la primera (nosotros no usamos claqueta) desde cualquier ángulo que se encuadren: si no estás atento a la pantalla, te pierdes el momento mágico.

Aquí no premiamos la música (la banda sonora imprescindible en la mejor producción que se imagine) porque la hacemos cada vez y siempre gana, siempre arrasa desde 2005 y nada ni nadie, en el mundo, podrá arrebatarle el premio a Javier Labandón, el güiner absoluto. El HIMNO está fuera de todas las categorías porque no tiene competencia en el mundo.

A veces nos parece cámara lenta y otras rápida, pero nuestro diafragma ocular lo capta todo: luces y sombras, color, encuadre, enfoque… y la foto fija que volveremos a usar el siguiente rodaje, el siguiente partido. Y por superar decididamente al cine, tenemos Sabor y Olor y no son de las palomitas precisamente.

Nuestro argumento es GANAR y podemos añadir aquello de “sí o sí” o “ganar y ganar y ganar…” que el resultado será el mismo. Y la adaptación es la Historia, nuestra mejor fuente de inspiración para escribir el mejor Guión.

Tras muchos años de rodaje, hemos descubierto localizaciones espectaculares por toda Europa. Allí hemos filmado escenas inenarrables, plenas de emoción y alegrías, de óscares plateados y repetidos hasta dominar ésta industria sin competencia.

Nota: existen, también, películas serie B pero se proyectan en otras salas.

Todos y cada uno de nosotros, los palanganas, somos operadores únicos, íntimos y personales. Nuestro sevillismo lo captamos por el visor y enseguida, tantas veces, coincidimos con los otros operadores que nos rodean. Tan satisfechos estamos de lo conseguido, que nos propinamos abrazos tremendos aún sin conocernos de nada. Son los mejores arrumacos posibles y son adictivos. Muy adictivos.

Pues en llegando hasta aquí y con la venia de vuesas mercedes (dejando en la filmoteca un montón de rollos) voy a ir echando la cortinilla que enseguida comenzamos a fundir la siguiente escena.

¡Tanto Cine en Blanco y Rojo!

Cuidaros.

Ritmo

Saludos.

Muchos de nosotros tenemos edad suficiente para recordar los tiempos en que jugábamos un partido a la semana. Eran seis días en los que debíamos “analizar” (escuchar, leer y un poco ver) lo acontecido por ésos campos en los que nuestro Sevilla FC debía batirse, a pecho descubierto (una fina capa de tela no es una coraza precisamente porque el blindaje lo llevamos más adentro, en el corazón) contra enemigos tan feroces como nosotros mismos. Eran, también, seis jornadas para argumentar, considerando nuestras capacidades, lo que deseábamos/esperábamos para la siguiente contienda: qué habíamos hecho mal y la mejor manera de no repetirlo (los magníficos entrenadores que todos llevamos dentro) Y los pronósticos: la quiniela que fallábamos a menudo por ponerle signo fijo al Sevilla: 1 en casa o 2 fuera que algunos jamás contemplábamos la x.

Lo más temido, siempre, eran los partes de bajas: debilitar el “once” titular podía suponer una pequeña tragedia.

A veces, dos partidos semanales (Liga y Copa) y muy ocasionalmente, Europa. Eran días, como el tiempo antiguo, más mesurado, más largo y pausado. Los sucesos futboleros, por tanto, tenían otras perspectivas espacio temporales.

Pero allá por 2006, un Sevilla recompuesto y renacido de cenizas peligrosas, un Ave Fénix como ningún otro, se aventura con éxito notable en jugar sin solución de continuidad: un partido cada tres días casi toda la temporada. A tal punto nos hemos habituado a digerir, analizar, estudiar partidos que nos hemos sumido en una vorágine pelotera propia de los tiempos que corren: no hay tiempo para nada y solo se vive el momento. Apenas superado un encuentro (se gane o no) se nos echa encima el siguiente. Y si aquel era difícil, el próximo puede ser más complicado aún.

Cada tres días son 72 horas y no siempre se cumplen: no te llamas como otros agraciados.

Siempre nos molestaron de sobremanera los parones de Selección porque nos dejaban huérfanos de Sevilla muchos días. En los últimos años y al ritmo al que nos hemos dotado, ésos parones son todavía más insufribles. Más aún, nos debatimos entre no querer que los nuestros acudan por el riesgo cierto de lesiones (yo) y los que querrían ver a dos o tres de los nuestros en el once nacional. Nos enorgullecemos de tener campeones del mundo con nuestros colores pero maldita la gracia que nos hace verlos con otra camiseta, la que sea. Es bien cierto, sin embargo, que alguna vez nos han venido bien (éste año saturado, por ejemplo) para recuperar efectivos.

Jugar a ése ritmo exige una plantilla larga y aunque siempre deban salir los mejores (según los criterios del míster y que no pocas controversias suscitan entre los aficionados ya que la máxima propone: si funciona, no lo cambies) el nivel de exigencia puede provocar agotamiento físico y mental en los jugadores. Sí, es cierto que son jóvenes, fortísimos y preparadísimos, con físicos envidiables y con cuidados y atenciones médicas como pocos; que lo que quieren es jugar siempre (los vemos cabreados cuando los cambian durante un partido) pero también se rompen (nos guste o no, son humanos) y debemos tener suplentes de nivel similar o parecido porque es imposible disponer de 25 titulares. Ni siquiera los más poderosos los tienen aunque consideremos que los banquillos de ésos ricos son de altísimo nivel; en cualquier otro conjunto menos rico, titulares indiscutibles.

En éste mundo futbolero en el que todo se construye alrededor, con y por el dinero y donde, por ello, el aficionado pierde cada día más valor como elemento de soporte de los equipos (en el sentido tradicional del término) los clubes se aferran a los derechos de televisión (los nuevos aficionados virtuales) como la parte del león de sus presupuestos anuales. Cada jugador, desde ésa óptica monetarista, es una inversión económica de alcance y por tanto, cada minuto que permanece lesionado/sancionado/parado un “primer espada”, supone una pequeña sangría de caja para el Club. En una Sociedad Anónima (Deportiva) los jugadores son activos y el Sevilla es especialista en revalorizarlos.

¿Nos imaginamos un Sevilla FC con unos presupuestos de, digamos, 700 u 800 millones como poseen muchos de los equipos contra los que tenemos que pelear? Pero los que padecemos el síndrome de Goliat hemos aprendido que no hay enemigo grande y que los sueños, por imposibles que parezcan, se cumplen.

El ritmo es el que es y es el que queremos que sea: jugarlo todo y en todas las competiciones en las que participamos. Además, queremos ganar alguna de ellas y si es posible, dos (ya lo hemos hecho más de una vez).

Yo lo definiría como “jugar con la lengua fuera” o “ritmo infernal” y por lo que hemos podido vivir en los últimos años, nos va bien a pesar de algunos tropiezos: las recompensas nos están permitiendo asistir, suerte que tenemos, a la época más laureadas de Nuestro Equipo.

Nuestro David tumbando gigantes con tres hondas: Escudo, Bandera y Afición.

Cuidaros.

La mente en blanco

Saludos.

Y rojo, por supuesto.

No soy analista de fútbol porque no tengo la capacidad ni la perspicacia (que tanto admiro en otros) y porque mi único título consiste en ser aficionado desde que me tuve en vertical. Me resulta imposible estudiar las estrategias o las tácticas de un partido, ni siquiera a posteriori, porque se me escapan demasiados aspectos que no controlo y como no tengo ni idea, me quedo mirando el marcador al final.

Obviamente, si un jugador está remoloneando por el campo, lo noto; si otro se deja la piel (le salga mejor o peor) lo percibo; si aquel es un posible diamante con cuatro pases o carreras, lo ¿adivino?; si el conjunto se mueve en un acordeón perfecto, también lo noto… pero luego no me pidáis un análisis sesudo de lo vivido porque os decepcionaré. Como mucho, podré decir magnífico o ladrillo, partidazo o me cago en tó.

Voy a los partidos de MI Equipo con la mente en blanco (y rojo) y siempre con el deseo  profundo e íntimo de dejarme encantar, de permitir a los magos del balón con los pies que me enamoren aún más. De salir henchido de mis colores, de mi escudo, de mi bandera y de mi afición. La mía, la que comparto con tantos hermanos.

Y voy a ganar siempre y contra quien sea porque no me imagino desde otra posición. Mi optimismo con el Sevilla Foot-ball Club no tiene límites… aunque a veces me decepcione un poquito.

Lo mejor de un buen partido es que unos minutos después de terminar ya es Historia. Historia de la buena (a veces mala, ciertamente, pero es la mochila vital que no tiene fondo) y que enseguida renace en el anhelo de acudir al siguiente hito histórico. Mi Historia, la que he vivido y vivo y con suerte (los hados y demás) viviré un tiempo todavía. Sea cuando sea, me llevaré al Tercer Anillo una talega de plata como nunca antes, para que la palpen y degusten las/los que allí me esperan.

Pero una buena digestión tras la victoria y con una sonrisa tallada en mi cara a lo Bernini, no tiene precio.

Porque mi historia es conocer la Historia y porque el fútbol es la única religión en la que puedes ver a tus dioses en persona. Con suerte (yo la he tenido muchas veces) estar cerca, saludarlos, darles la mano y ver que detrás del halo hay personas. Son estos dioses los más griegos de todos porque a su condición de divinos se une la de humanos (con sus aciertos, fallos, defectos… con su divinidad y sus súper poderes). Sufren, padecen y lloran mientras se codean y patean con otros héroes, convocan a las fuerzas de la naturaleza y a las del Olimpo para goce y disfrute de los mirones, de los testigos, de los jueces de grada con sus fallos inapelables: pulgar arriba o pulgar abajo, inventarían un tiempo más tarde y no demasiado lejos, para determinar la suerte de los encausados.

Decía Plauto (s. III a. C.) que el espectador (del latín spectator: el que tiene el hábito de mirar y observar, de contemplar algo) lo era también “el que contempla un espectáculo público”.  Como podemos observar (“spectatores”) y desde entonces, parece que lo “público” se hubiera podido adueñar del término porque raramente lo aplicamos en otros ámbitos. Y lo público se articula todo para atraer espectadores, para atiborrar cines, teatros, conciertos… y campos de fútbol.

Tanto talento aplicado al espectador que se inventan métodos para juzgar desde tu propia casa y sin necesidad de acudir al Stadium, al Circo o al Anfiteatro: son los gladiadores los que te visitan a ti para que cómodamente instalado y con una calidad impresionante, decidas su suerte: bueno, malo, pésimo o extraordinario en sus estocadas (goles).

Cuando lees mitología griega ves una sucesión de crueldades sin límites, peleas, muertes, celos, infidelidades, envidias… lo mismo (casi) que en las demás religiones, lo mismo que en el fútbol pero en carne y hueso. Los dioses helenos aparecen como más humanos, más próximos, más cercanos porque los puedes ver años y años y sangran, lloran, se rompen o los colocamos en los altares para la eternidad, les erigimos estatuas.

O para una temporada: unos dejan huellas profundas y otros un mal recuerdo.

A veces, también, las batallas se dirimen lejos del Circo, entre los propios espectadores.

Y como en el teatro, griego, las máscaras (las hipocrités) nos las repartimos generosamente dentro y fuera de la arena (el césped). Vamos con las mentes en blanco (y rojo) para llenarlas de emoción sin barreras y a veces, para tocar la Gloria.

Cuidaros.

Las vacunas

Saludos. No, no voy a escribir de la vacuna del/la covid19, ni de la gripe ni de cualquiera otra de las muchas que la Ciencia ha conseguido crear para combatir enfermedades que, en la Historia, han arrasado países y continentes enteros. Solo unos apuntes necesarios que me interesan (no tengo conocimientos suficientes) y a lo […]

Prabu Dennaga

La cola del tigre

Saludos. Aunque José Ramón Yúfera escribiera recientemente un magnífico artículo en éste portal (https://columnasblancas.es/2020/11/la-polemica-del-130-aniversario/) en el que ponía negro sobre blanco lo que llama con acierto “polémica” sobre aquel partido del 8 de marzo de 1890, no me resisto a considerarlo desde otra perspectiva, desde la percepción de un sevillista apasionado por la Historia de […]

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