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Fernando Gallego - Columnas Blancas

El líder callado

Recientemente decía algún incauto que la Historia es inamovible. Atrevida ignorancia.

Sólo hace falta consultar el once del Sevilla FC para darse cuenta de que tal aseveración es totalmente errónea, pues tiene el club blanquirrojo en la banda derecha un chaval (sí, chaval, porque en nuestro imaginario será siempre un niño) que cada vez que se enfunda la casaca inmaculada bate el récord -su propio récord- de número de partidos oficiales defendiendo al club de Nervión. Y así será hasta que él diga basta. Aunque a saber cuándo será eso, pues hasta los más jóvenes, como Carlos Fernández, vaticinan su retirada antes que la del palaciego.

Jesús nunca necesitó un micrófono por delante para acaparar la atención y poner los focos sobre él. No fue jamás su preocupación caer en gracia y ganarse el aplauso fácil, pues siempre ha sabido que su oficio lo tenía en las piernas y no en la oratoria. Y es que, como le pasaba a José Antonio, juega mejor que habla; y a nadie le ha importado que sea así, como tampoco en el pasado se le pidió a Garrincha ser Séneca ni a Cruyff Chaplin. Puede estar tranquilo: cuando estuvo en la foto fue por lo sucedido en el césped, y hasta ahora parece que no le ha ido mal.

Reúne en sí alegría y el desparpajo de la tierra. También tiene el gracejo sutil de la Escuela Sevillista de principios del XX, o eso quiero imaginar cada vez que leo una crónica en la que narran lo que hacían Spencer o Brand. Navas abandera la sencillez, que no es simpleza ni necedad, sino virtud del que sabe los límites de su rol y jamás tuvo un mal gesto para rival o compañero. El deporte lo ha entendido siempre como lo que es: sana competición.

Tímido como en el primer día de colegio, colecciona tantos halagos que alguno se atreve incluso a decir -no sabemos si exagerando- que es el más hablador del vestuario. Cuesta creerlo, y más conociendo lo que a Juan Manuel Ávila le costó arrancarle cada frase para escribir su biografía. De lo que no cabe duda es que es su forma de entender el liderazgo es la de predicar con el ejemplo, y su máxima es el esfuerzo. A veces podrán no salir las cosas, pero cabe esperar su constante entrega. Queda claro con él, porque es el mejor modelo de ello, que no hace falta dar voces para ser capitán y que te respeten.

Esa paciencia infinita por llegar hasta la línea y repetir continuamente su jugada nos ha llevado a la gloria, y no una, sino en varias ocasiones. Pónganse los resúmenes. Busquen el que quieran: Eindhoven, Glasgow, Barcelona… Y ahí estará, podrán ver continuamente la misma maldita jugada una y otra vez del que “no sabe centrar”. La carrera en diagonal con la pelota amarrada a la bota; la pisada para cambiar de dirección o de ritmo; y el abrazo del compañero tras el gol con una sonrisa tan amplia que parece agradecer haber recibido un billete de lotería premiado. ¡Qué feliz nos has hecho a tantos!

Disfrútenlo, diviértanse viéndolo. Algún día él seguirá corriendo la banda y seremos nosotros los que no estemos. No lo duden.

Días señalados

Me sucede desde que tengo uso de razón.

Lo sé, no soy al único al que le pasa.

Muchos también padecéis lo mismo: si escudriño mi mente siempre localizo mis recuerdos con las referencias de tus partidos.

No puedo evitarlo.  Todos los hechos de mi vida tienen aparejado un suceso tuyo.

El día más triste, aquel en que Guillermo se marchó, el 1-0 al Murcia con gol de Antoñito.

El 30º cumpleaños de mi hermano es la chilena de Chevantón.

El día de aquella práctica de campo de Geografía que hizo perderme la final de Copa de 2010.

La comunión de mi sobrina mayor es el de la expulsión de Ben Yedder por aplaudir al árbitro.

Y así podría seguir hasta el infinito…

No hay efeméride en la que tu compañía no me aclare la memoria.

A veces, culpable por sí misma, pues me obliga a fijar en mi calendario vital tus días grandes: sé dónde estaba el 10 de mayo de 2006 (y así con cada uno de tus partidos épicos), y también sé con claridad dónde y qué estaba haciendo el 26 de agosto de 2007. Dudo que me puedan preguntar una fecha señalada de tu almanaque sin ubicarme en espacio y tiempo.

Sin duda, como dijo Miguel Hernández, eres el alba que da a mis noches un resplandor rojiblanco. Y añado yo: eres el ocaso que da a mis días un crepúsculo plateado.

El metal soñado, los sueños cumplidos.

Los retos grandes, la valentía colosal.

La deuda saldada, la Perla fugaz.

Los pies pequeños, el Duende inmortal.

Un sinfín de eslóganes aún por completar.

Por ello te pido, abuelo viajero, añade otro jueves a la agenda de mis días. Completa nuestro repertorio con otra evocación a tus fechas.

Toca en Budapest, ciudad imperial.

Botas atadas, dientes chirriantes, puños apretados, ojos inyectados.

La final.

La Supercopa.

Una vez más.

¡Vamos Sevilla!

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