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Ernesto López de Rueda - Columnas Blancas - Página 2 de 2

El peso de la historia

Todos los proyectos nacen con ilusión, con el orgullo legítimo de crear algo nuevo o con la ambición de destruir otros o de contenerlos. No todos perduran ni los que sobreviven tienen el mismo éxito.

Enfilamos la última recta hacia los 130 años de historia viva del Sevilla Fútbol Club, que destacó como empresa, en el amplio sentido de la aventura, hercúlea y titánica puesta en marcha por sevillanos y escoceses, que sobrevivió a los avatares del cambio de siglo, y hablo del tránsito del XIX al XX y que definitivamente a lo largo de la pasada centuria se consolidó, se desarrolló y evolucionó hasta sentar las bases del Sevilla FC que conocemos y seguimos amando hoy siguiendo el ejemplo de muchas generaciones ya.

Destacó primero en los campos deportivos o empedrados o escampados sevillanos donde se erigió como claro dominador sin que haya cesado su prevalencia y supremacía deportiva en tan largo período, para saltar a conocer los andaluces en los cuales expande su dominio y superioridad desde tiempos inmemoriales.

Luego vino el salto al resto del territorio nacional e internacional donde la palabra Sevilla, asociada inequívocamente a Sevilla FC, resuena con fuerza y es reconocida por su prestancia y desenvoltura.

Es así, y no de ninguna otra manera, como se aquilata el peso de la historia, una trayectoria deportiva que convierten al Sevilla Fútbol Club en el primer club andaluz, en el sexto de España en el campeonato de Liga que se aproxima a sus 90 años, al séptimo en la Copa cuyas ediciones ascienden ya a más de 120 y que lo encumbran como quinto club español por su peso en Europa.

Es el peso de la historia y son nuestros poderes, a ellos nos debemos, a mantenerlos y superarlos pues tan solo se puede entender el ánimo deportivo del Sevilla FC como ir más allá de sus propios límites, pugnar por la victoria y engrandecer nuestro nombre con triunfos y bríos renovados. Lo demás, carece de sentido. El continente del Sevilla debe estar siempre presto a romperse por el vibrante contenido de sevillismo que pugna por desplazar sus lindes actuales en conflicto con la naturaleza del mundo futbolístico.

Cada vez que el Sevilla FC, sus jugadores, saltan al terreno de juego en cualquier escenario, es depositario del peso de su historia, de su obligación innata de vencer, de no rendirse en pos del triunfo por más que sean las dificultades.

Y traigo esto a colación porque en esta temporada, independientemente de los duelos ya dilucidados ante el Madrid en el Ramón Sánchez-Pizjuán y ante el Barcelona en su feudo, saldados ambos con derrota, quedan pendientes los de vuelta y los seis a disputar ante otros grandes del fútbol español como Athletic de Bilbao, Atlético de Madrid y Valencia CF. Ante ellos siempre plantó cara el Sevilla conformando un “peso de la historia” en este reducido segmento de grandes clubes, pero desde hace años, el balance es desastroso, no puede ser peor.

Es algo a abordar como club, no como un partido en concreto. Tal y como hicimos a la hora de otorgarle valor al torneo de Copa en el que veníamos desempeñando insignificantes papeles a lo largo de décadas, no disputando más que dos finales entre 1948 y 2003 (55 años) perdiendo ambas. Ese cambio de perspectiva, esa mirada asesina desde 2004, se ha traducido en dos títulos de Copa y dos finales perdidas, además de jugar cuatro supercopas de España una de las cuales también está en nuestras vitrinas y amén de haber jugado muchas semifinales: hemos recuperado el peso de la historia, tenemos que insistir, hemos de recuperarlo en todos los matices y esquinas de nuestras competiciones, no podemos tener un balance desfavorable en duelos particulares con como clubes como Getafe o Real Sociedad con todos mis respetos hacia ambos. O papeles ridículos en los últimos 15 años, meras comparsas, ante el resto de grandes. Es tarea de club, desde el presidente hasta el último de los empleados. Nos hará más grandes.

La importancia de llamarse Sevilla

Para algunos es cuestión baladí la denominación de los clubes de fútbol o de las ciudades mismas cuando la historia viene a concederles en muchos casos la ocasión de pasar a la posteridad o de instalarse en el subconsciente colectivo como sinónimo de algo importante, de gesta heroica o de titánica tarea.

Y vivimos en Sevilla, que fue Hispalis como Isbiliya y cuyo significado y simple mención la sitúa ante muchos como ciudad o sitio de importancia. Fue la principal capital europea en los asuntos concernientes al Nuevo Mundo cuando ya había destacado como lugar importante para culturas trascendentes como fueron la romana o la árabe y  musulmana.

Si la urbe inglesa Liverpool, reivindicadora de ardorosas gestas guerreras en el pasado, es la cuna de The Beatles, su sola mención invoca en todo el mundo el saber que es la ciudad que acoge al Liverpool.

Como asocia Madrid su nombre al del Real Madrid, uno de sus principales embajadores tal que lo es el FC Barcelona de la ciudad de la que toma el nombre. Hay importantes ejemplos, que no cuantiosos, porque no son demasiadas las ciudades de renombre mundial que se vinculan en la imaginación colectiva a un club conocido en todos los continentes a través de todos los océanos y mares.

Y Sevilla, la ciudad por la que deportivamente peleamos invocando su nombre al conjuro de sus tierras y cielos que vela la Giralda, se siente bien representada por quien alardea de ella de natural forma, sin estridencia, con gallardía y generosidad.

En estos tiempos mercantiles, los adelantados de Sevilla, quienes idean la ciudad y pretenden que su nombre colonice nuevos mercados de maneras distintas a como lo hacía hace medio milenio, deben corresponder en los tiempos que se tornan a las reclamaciones de uno de sus mejores vecinos y, sin duda, mejor embajador.

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