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Enrique Vidal - Columnas Blancas

Foto: Avaricia (“Greed”). Película de 1924.

Avaricia

“Barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura”. Con estas palabras, inicia Jorge Luis Borges el prólogo a la segunda edición de su “Historia universal de la infamia” (1954). Creo no exagerar si afirmo que Florentino Pérez podría haber sido perfectamente el infame protagonista de alguno de los relatos incluidos en esa singular obra, bien como “atroz redentor” (Lazarus Morell), “impostor inverosímil” (Tom Castro) o tal vez “proveedor de iniquidades” (Monk Eastman); que con todas estas caras se nos ha presentado el personaje en alguna ocasión. De haber tenido noticias suyas, quizás un Borges contemporáneo hubiera puesto colofón a su libro con un capítulo que evitase la desmemoria de los últimos acontecimientos, algo así como “El depravado cinismo de F. P.”

Porque, efectivamente, Pérez nos ha demostrado, sin que nadie se lo haya pedido, que está hecho de otra pasta, y que esa pasta se llama cinismo. Un cinismo tan al límite y desbordado, tan borgesianamente barroco, que resuena extravagante y frisa lo jokeriano. Si tuviéramos un periodismo libre, sin servidumbres al yugo del pensamiento único merengue, cualquier plumilla recién licenciado lo hubiese despedazado en las patéticas apariciones públicas que nos ha brindado para justificar su mesiánico proyecto de Superliga, pero (casi) nadie se atreve a toserle.

Ya en anteriores ocasiones he manifestado que el único y verdadero sancta sanctorum de este país es el sillón que se ubica en el centro de la primera fila del palco del Bernabéu. Han caído presidentes de otros clubs, políticos, gobiernos estatales y autonómicos, incluso monarcas, pero el que ocupa ese asiento es invulnerable, y además, lo sabe. Tiene un ejército de cómplices en su propia casa, y otro de mamporreros por todo el orbe. Aquí ha conseguido que sus socios, en lugar de censurarlo y ponerle freno, le hayan permitido modificar estatutos para entronizarse como un Santos Banderas que hace y deshace a su antojo en su particular Tierra Caliente. Allende estas fronteras, ha construido una legión de seguidores prefabricados que no es más que la suma de millones de consumidores de un producto artificial que no llega a ser la sombra de lo que un día pudo parecer genuina grandeza.

Personalmente este tipo de individuos me estremece, porque recuerdan tristes antecedentes de otros salvadores de la patria que también esgrimían la defensa de la democratización y la limpieza de las instituciones para legitimar lo que no era sino ansias de poder absoluto. Comportamientos así sólo tienen dos explicaciones posibles: o se trata de psicópatas o están tan acostumbrados al abuso y la impunidad que lo encuentran natural y no conciben que se les contradiga. Elijan lo que prefieran, cualquiera de las opciones es repugnante. Al menos, por encima del desprecio y la insolidaridad, el tufo supremacista que expele la Superliga y todo el nauseabundo aparato mediático que rodea a sus creadores, nos queda el consuelo de que este esperpento haya servido para que el mundo entero descubra la catadura de estos personajes, su doble moral y la vacuidad de una pose que pretende esconder, ya sin remedio, un egoísmo sin límites.

El proyecto de la Superliga incurre, no en una, sino en varias, claras y manifiestas, peticiones de principio. Premisas como que los problemas económicos de los clubs sedicentes han sido provocados por la pandemia o que gracias a ellos se consiguen ingresos televisivos y traspasos para la supervivencia de todos los demás clubs son absolutamente falaces. La primera pasa por encima de un dato elocuente: la Superliga lleva años gestándose en la clandestinidad. Además, soslaya el despilfarro y la mala administración de unos recursos económicos descomunales puestos al servicio de una megalomanía obscena. La segunda, sencillamente, subvierte la realidad, porque el trato privilegiado recibido de gobiernos e instituciones (desde su régimen jurídico, hasta prerrogativas políticas, financieras, fiscales, federativas o mediáticas), es la causa y no el efecto de haber incorporado a estrellas mundiales a sus filas, acumular triunfos y generar una brecha deportiva con sus rivales que rozaba lo ridículo. Queda muy poco de lo que en su día fue un deporte de caballeros, pero Pérez y compañía pretenden borrar hasta su recuerdo. Ni siquiera se conforman con una competición groseramente adulterada. No les parece suficiente disponer de designaciones arbitrales a la carta, comités sumisos, calendarios a medida o un VAR adecuadamente prostituido para que todo siga igual. Nos ofrecen el veneno y nos sugieren, como Tom Hagen a Pentangeli en la segunda parte de El Padrino, que seamos nosotros mismos quienes, discretamente, nos quitemos la vida, en un gesto de honor.

Según está montado el tinglado, Real Madrid y F.C. Barcelona (añadan si quieren al Atlético de Madrid) deben mantener su delirante espiral de gasto, y los demás tenemos que dejarlos vivir más allá de sus posibilidades (que son casi infinitas) en lugar de pasar por una reconversión. No solo debemos dejarlos, sino que estamos moralmente obligados a contribuir y apoyar su cruzada elitista. Se creen por encima del bien y del mal y, en su necesidad de acaparar recursos, no pueden permitirse la excepción a la regla, el riesgo de alguna heroicidad intrusa ni que algún rebelde plebeyo ose poner en jaque sus dominios de señor feudal. Por ello, si surge una competencia que pueda llevarse la mano pese a sus cartas marcadas, hay que eliminarla. Se trata de aniquilarnos a todos, por si acaso, como Herodes con los santos inocentes. Por eso, me gusta pensar (y me congratula saber) que nuestro Sevilla F.C. pueda ser una de esas amenazas. Y quisiera soñar (que para eso es el verbo más conjugado estos días por el sevillismo) que la torticera maniobra separatista de estos otrora enemigos íntimos, no les puede librar de acabar algún día como Schouler y McTeague, los protagonistas de uno de los mejores finales cinematográficos de la historia. Hablamos de “Greed” (Avaricia), la monumental película muda de Erich Von Stroheim, genio cáustico al que, por cierto, Borges tanto admiraba.

El 10

Pocas veces un dorsal dice tanto de quien lo porta. El diez. El uno y el cero, una pareja de números que simboliza la esencia de D10S.

Fue y será eternamente Diego el primero, el único, verdadero primus inter pares. Y también el cero, la nada, el vacío de alguien que estuvo permanentemente rodeado de todos y sin embargo vivió siempre en la más absoluta soledad.

Nadie ha sido ni será más que él en el mundo del fútbol, un mundo que trascendió hasta convertirse en un mito universal de la cultura pop. Cuento una anécdota personal para acreditarlo. En 1993, en Nueva York, destino del viaje fin de carrera de mi promoción de Derecho, curioseando entre baratijas en pleno Chinatown, los vendedores, listos como el hambre, al percatarse de nuestro idioma, nos daban palique para tratar de que les comprásemos algo. Enseguida la pregunta por tu país, tu ciudad, etc. Al decirles Sevilla (insisto, un chino americano en Manhattan), la respuesta fue: -Ah, Sevilla, Maradona.

A Diego no lo rescataron de la pobreza durante su infancia. No tuvo a su alrededor médicos, nutricionistas, endocrinos que ayudaran a su desarrollo físico. No pudo aprovecharse de una alimentación sana y adecuada para el deporte de élite. No fue objeto de planes específicos de musculación, fitness ni nada por el estilo. No vivió súper protegido en una burbuja de mimos, obsequios, cuidados personales, atenciones para su familia, etc. No residió en las afueras, en un barrio elitista. Ni siquiera creció en un país democrático, moderno, con infraestructuras dignas, aquello que pudo llamarse un día un estado del bienestar, sino bajo una de las más crueles dictaduras que se recuerdan, donde cada día imperaba el miedo de quién sería el próximo en caer. Un país tomado por el ejército que lloraba cada día con las madres de la Plaza de Mayo. Cuando alguien cuestione su absoluta supremacía como crack futbolístico mundial, recuerden esto.

Recuerden también que Maradona era ya una estrella mundial con dieciséis años, y que desde esa edad juvenil, recibía patadas y agresiones de todo tipo que castigaron su cuerpo como si de un torero con miles de heridas se tratase. Hablamos de la época de mayor permisividad arbitral con la violencia sobre un terreno de juego. No gozó de protección institucional, mediática ni mucho menos en la cancha. Nunca. Goicoechea, Gentile, Camacho y muchos más fueron auténticos cazadores a sueldo en sus enfrentamientos con Diego, al que machacaron impunemente porque los árbitros de entonces hacían la vista gorda para que el espectáculo no decayese. Si alguien pone en duda el liderazgo histórico de Maradona, piensen lo que les digo.

El fútbol es un deporte de equipo, y tampoco tuvo suerte Diego en este aspecto. Jugó en equipos menores, clubs con poco nombre en su tiempo o con un nivel muy por debajo de lo que fueron, antes o después. Barça, Boca o Sevilla no eran en tiempos del astro lo que habían sido o lo que fueron después. La selección argentina a la que encumbró Maradona era una vulgaridad futbolística absoluta. Lo que hizo con el Napoli es como si un futbolista cualquiera llega, por ejemplo, y con todos mis respetos, al Cádiz, y le hace ganar ligas, copas y títulos europeos. Por estas mismas razones fue el centro de la ira de los grandes a quienes usurpó de su trono (Madrid, Bilbao, Milan, Juventus, Alemania, Inglaterra, Italia, etc.) y estuvo en la diana por su vida deportiva y personal. No tuvo la suerte de integrar ningún dream team ni ser entrenado por genios de la pizarra. Todo lo que consiguió lo hizo gracias a sí mismo y a pesar de los demás. Pelé tuvo al Santos, Di Stéfano al Madrid de Bernabeu, Messi a Guardiola y al mejor Barça de la historia, pero Diego … ¿A quién tuvo Diego?

Al carecer de una educación mínimamente seria, no contaba con instrumentos para sobreponerse a la vorágine de sus días. No tuvo quien le protegiera de sí mismo y, sobre todo, de tanto vampiro como se le acercaba para exprimirlo. Al igual que en la cancha, lo daba todo en todo momento y todo lo hacía al límite. Nunca pudo sobreponerse a su generosidad, y todos nos aprovechamos de ella. Si grande fue su fútbol, no menos lo era su corazón. Víctima de las drogas y el alcohol, mujeriego, fiestero, pero pendiente de sus compañeros como nadie y demostrando su liderazgo cada domingo. Por ello, cualquier equiparación con nadie es improcedente. Para comparar hay que hacerlo con todos los elementos de juicio encima de la mesa, en igualdad de condiciones. Y esa batalla, ese debate, solo conoce un ganador, Diego Armando Maradona Franco. Objetivamente. Lo demás es demagogia o fraude, y no se sostiene.

Ha muerto el hombre como morimos todos, solo. La nada en que lo convirtieron desde su retirada del fútbol se lo ha llevado de entre nosotros. Pero seguirá siendo nuestro D10S imperecedero. No sufras más Diego, descansa por fin de las patadas de la vida y disfruta junto a tu homólogo de las barbas blancas, allá en la cancha del cielo, rememorando antiguas hazañas tá, tá, tá … querido barrilete cósmico.

El derbi de las musas

En agosto de 1967, Mario Vargas Llosa, por entonces novelista emergente dentro del gran mosaico de las letras hispanoamericanas, defendía en una interview para la revista Imagen que “la literatura comienza donde termina el testimonio; de otro modo, sería periodismo, sociología o historia”.

Otro gran columnista y escritor como Javier Marías, en su magnífico libro recopilatorio de ensayos cinematográficos “Donde todo ha sucedido” (2005), plantea desde el propio título de la obra que las cosas cotidianas que nos ocurren en nuestra vida de alguna manera resultan familiares por haberlas presenciado antes en la gran pantalla.

Ciertamente, las lindes entre lo cierto y lo fingido, la verdad y la imaginación, pueden resultar ambiguas, como por ejemplo nos demuestra el cine, con la protagonista de esa maravillosa película de Woody Allen titulada “La rosa púrpura de El Cairo” (1985), o el personaje espejo de Madeleine Elster / Judy Barton en “Vertigo” (1958), de Hitchcock, pero generalmente (subrayo el adverbio) todos solemos tener claro cuándo estamos en un plano o en otro. La realidad, pertinazmente cruda por su nula compasión, se contrapone a la ficción al punto de que lo soñado cubre un vacío en nuestros corazones que de otro modo sería imposible. La literatura, instrumento paradigmático de la ficción, nos aleja del sufrimiento.

Todo esto que acabo de largar me pone a tono para introducir un asunto futbolero que siempre me ha parecido curioso, y no es otro que la insistencia recurrente de cierta caterva de insensatos, algo así como feligreses del enterismo ilustrado, por sostener, con orgulloso desdén, que el Sevilla F.C. carece de literatura; cosa que hacen, sin excepción, en contraposición con la que a su juicio goza y rebosa su Real Betis Balompié. Cabría preguntarse por qué sucede esto y por qué este mantra coincide en el tiempo con sus acostumbradas crisis de resultados.

Desde luego, en el sentido antaño expresado por el Premio Nobel peruano, no me cabe la menor duda de que el Sevilla F.C. no necesita literatura. Res, non verba o, más castizamente, obras son amores, que no buenas razones. El Sevilla F.C. no gasta juglares, hagiógrafos o creadores de mitos fabulosos que llevarse a la cama las largas noches de pirotecnia mojada. Nuestro club escribe su biografía con la blanca claridad de sus luces, el negro de sus etapas más sombrías, la sangre roja de sus fieles y la plata reservada a los campeones. En lenguaje cinematográfico, la trayectoria sevillista se contaría como un documental, bastaría con plantar una cámara delante y dejar que fluyese sola, libre de trucos y efectos especiales, sin enfatizar las formas en vez de la sustancia. Toda la magia de la narración reside en la autenticidad del relato, una historia de superación. Por eso nadie, ni propios ni extraños, podrá jamás distorsionarla, por mucho que perseveren. Les queda demasiado grande.

¿Significa ello que el Sevilla F.C. no tiene quien le escriba? En absoluto. Quien afirme esto será porque se encuentra bajo los efluvios de una osadía paleta e ignorante. O simplemente porque es un manipulador. Los Blázquez, Izquierdo, Smith, Ferrand, Luca de Tena, Barbeito o Machuca que podemos citar de carrerilla como una alineación de los 70, son sólo algunos de los ases de las letras sevillistas -¿verdad querido “niño” Aguilar?- que han dejado para la posteridad obras maestras y pequeñas suites de enorme belleza y profundidad, también críticas feroces y alegatos punzantes, pero ninguno de ellos ha tenido que recurrir a la fábula, el género fantástico o la ciencia ficción para componer la compleja y admirable historia del Sevilla F.C. El aficionado palangana tiene el privilegio de disfrutar de sus textos por puro deleite, para conocerse y reconocerse en ellos, para afirmarse y reafirmarse en sus sentires, no por razones terapéuticas ni para espantar fantasmas ancestrales.

Por el contrario, quienes fanfarronean alegremente de literatura no se dan cuenta, o tal vez sí, de que la necesitan en abundancia para compensar la obstinación de las estadísticas, para suplir el enorme vacío de la insatisfacción, la nada viscosa que les orada el deseo como incesante gota china. Se antoja entonces casi inevitable acudir a recursos como la predestinación, el fatalismo, la fascinación por los perdedores, la envidia de pena o el dulce encanto de ser víctima, temas clásicos del folclore popular ampliamente testados a lo largo de los tiempos y de las culturas, y tan caros, todos ellos, a la demagogia y el consumismo de masas.

Dar pena siempre resultó rentable. Hacerlo falsamente y en bucle es una inmoralidad. Según la profesora Amar Sánchez, en “Instrucciones para la derrota. Narrativas éticas y políticas de perdedores” (2010), su atractivo literario reside en que “el perdedor es una figura atravesada por la historia de su tiempo, es el resultado de una coyuntura trágica y, a la vez, se constituye como tal por propia decisión, es decir, deviene perdedor a partir de una consciente elección de vida”. ¿Les suena de algo? Manque algunos no lo crean, a mi sí. Por su parte, el ensayista italiano Daniele Giglioli, en su libro “Crítica de la víctima” (2017), proporciona las claves del éxito de la mitología victimista. No le cambio ni una coma: “La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable. ¿Cómo podría la víctima ser culpable o responsable de algo? La víctima no ha hecho, le han hecho; no actúa, padece. No somos lo que hacemos, sino lo que hemos padecido, lo que podemos perder, lo que nos han quitado”.

El universo literario verdiblanco es el espacio donde todas estas diatribas convergen, apuntando a un ogro, un villano que no es otro que el Sevilla F.C., especie de ballena blanca melvilliana, siempre detrás, por acción u omisión, de todo lo malo que le sucede al héroe, o mejor dicho, al antihéroe; meollo de su ira y, a la vez, objetivo aspiracional inconfesado. Culpable sumarísimo por ser guapo en un mundo de feos, por ser el listo que destaca en el pelotón de los torpes, por tener éxito, en definitiva, en un medio ambiente hostil, que fomenta el fracaso para justificar su desidia y decapita el talento para evitar cualquier comparación. No irrita tanto la diferencia como la vecindad, que aquel a quien consideras semejante (o incluso inferior) porque ello te reconforta, resulte, no accidental sino secularmente, citius, altius, fortius; esto es lo verdaderamente insoportable, más que la propia incapacidad. Cuando sucede lo mismo con suficientes kilómetros de distancia, el sentido de ajenidad troca la envidia en admiración. La literatura cumple aquí una función social como forma de evasión y de reconciliación en el dolor, trazada con ínfulas de romanticismo telenovelesco; tan repetida, tan interiorizada, que casi nadie la cuestiona, que se asume y normaliza como credo oficial aunque suponga traspasar de forma soez las fronteras de la honestidad. No importa anular el espíritu crítico de los adeptos, ni sacrificar la dignidad en aras de un mínimo parapeto intelectual, el fraude es mejor que la verdad y proporciona versos más dulces. Enhorabuena a los Discóbolo, Olmedo, Del Arco, Burgos, Hernández o García Reyes, y a todos los demás arquitectos de tan colosal trampantojo, gracias por los servicios prestados.

Termino. En pocas horas tendremos un nuevo y extraño derbi en el Sánchez-Pizjuán, con todo lo que ello significa, incluida la habitual exuberancia de pasiones y las dosis de mal gusto del personal que, al menos a mí, me aburren soberanamente. Poca influencia tiene cómo se llega, de hecho, creo que estamos más desorientados que nunca a este respecto. Si acaso, puede ser algo más relevante cómo se salga. Y yo, que nunca he sido de aventurarme en pronósticos, me animo a compartir con vosotros, al hilo de este engendro que acabo de perpetrar, un vaticinio para redimirme. ¿Clío? ¿Calíope? Si esta noche tan triste de fútbol herido de muerte gana el eterno rival, al margen de los desplantes y alharacas que cada cual necesite para expiar complejos y aliviar sus bajas pasiones, conversaremos de fútbol, goles, estrategia, aspiraciones, lo que incluso en tan contrariada tesitura, al menos será saludable. Pero si vence el Sevilla F.C., como siempre espero y deseo, los guarismos del pleito quedarán nuevamente silenciados por la lira verde y su tradicional tocata y fuga de lisonjas, lamentos de tribu maltratada y restante parafernalia de autoayuda para dummies, que para eso, como la tía Julia de Vargas Llosa, cuentan al final de la Palmera con buenos escribidores.

La teoría de la relatividad

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130 años, guste o no guste

Aludía no hace mucho Monchi a los últimos 130 años de grandeza del Sevilla F.C., en un discurso de tintes delnidianos que no sé si abrazar del todo, porque si bien parece natural que el león (de San Fernando) marque su territorio recordando de vez en cuando quién es el rey en esta selva futbolera […]

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