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Enrique Vidal - Columnas Blancas

Back to black

“Back to black” (literalmente, “regreso al negro”) es una canción y, también, el título de un álbum (2006) de la excepcional artista británica Amy Winehouse (1983-2011), por todos conocida. Aunque la letra está inspirada, según la propia autora, en una ruptura sentimental y versa sobre el vacío que ello le produjo, lo cierto es que, como sucede a lo largo de la historia con tantas otras obras maestras, la canción ha trascendido de su modesto origen y es fuente de variadas controversias:

“And I tread a troubled track
My odds are stacked
I’ll go back to black”.

“Y ruedo por una pista atormentada,
llevo las de perder,
regresaré al negro”.

Entre esas interpretaciones posibles, me quedo con la que gráficamente se mostraba en el video clip original del single, donde la propia cantante, vestida de negro en un cementerio, entierra un pequeño cofre sobre el que arroja unos pétalos, bajo una lápida que reza “R.I.P. The Heart Of Amy Winehouse” (“descanse en paz el corazón de Amy Winehouse”), detalle que fue eliminado tras su fallecimiento.

“Back to black” recuerda en algunos aspectos a otra obra colosal de la historia del arte, la película “Vertigo” (1958), de Alfred Hitchcock, basada en la novela “Sueurs froides: d’entre les morts” (1954) escrita por Pierre Boileau y Thomas Narcejac, con la que comparte obsesiones, pulsiones sexuales y el juego de la confusión entre cuerpo y espíritu, entre la vida y la muerte. Esa difusa línea entre el ser y el morir y el riesgo de un “back to black” que rescate de entre los muertos viejos fantasmas de tiempos oscuros y cenagosos, se cierne sobre el Sevilla F.C. con ocasión de la próxima junta general de accionistas.

Con el club instalado en la élite y una apuesta valiente (quizás incluso, temeraria) de inversiones y gastos para lo aventurado que resulta competir y el peso que el azar sigue teniendo en el deporte, parece indecente, a ojos de un simple aficionado, que la paz social en nuestra entidad sea una utopía, que los grupos accionariales se tiren los trastos unos a otros para ver quien esquilma más y mejor, y que el mínimo común denominador entre ellos sea la codicia. Filibusterismo de etiqueta con la complicidad de muchos y la necesidad de algunos. Cada vez más parecen casta política, agitadores de masas con la bandera del sevillismo para vestir de blanco y de rojo la miseria de sus personalísimos propósitos: poder, estatus y dinero, montañas de dinero. Pero no nos engañan, si estas familias de supuesta solera sevillista no han vendido aún “sus” acciones, no es por amor a los colores, sino a la pasta gansa.

La junta viene condicionada por la maniobra de Del Nido Benavente en su afán de reaparecer. Personaje sórdido donde los haya, ahora ya casi espectral, capaz de pactar con el mismísimo diablo y además traicionarlo, representa como nadie la negrura triste y profunda presagiada por Amy Winehouse, el regreso de la soberbia y unos modos grotescos y desafiantes que ni siquiera los muros y barrotes del presidio parecen haber mitigado, y que hacen de este presunto remedo del Saturno de Goya un individuo del que desconfiar por puro instinto de conservación. Sabemos, porque lo ha demostrado con hechos, que considera el club como un instrumento a su servicio, medio de vida y tabla de salvación. Y fanfarronea de antemano, como solo él gusta hacerlo, de un éxito seguro tras su alianza con 777 Partners, el troyano yanqui que cree tener atado en corto, pero que nos monitoriza desde dentro, agazapado, para perpetrar su propio asalto al control gracias a la torpe invitación de quienes tenían la responsabilidad legal de proteger los intereses de la sociedad, ahora renovada por y para sus opositores. Si se confirma la amenaza, los americanos volverán al Consejo, con voz y veremos si mando, acceso sin límites a información privilegiada y otras prerrogativas del nuevo y cautivo, aunque él no lo sepa, aspirante a la púrpura. Podrán tener legitimación formal, desde luego, pero en ningún caso moral.

Y es que los otros tampoco es que parezcan mucho mejores, aunque mentalmente nos inquieten menos. Ambos grupos utilizan la bisagra de Sevillistas Unidos 2020, S.L. a conveniencia y viceversa, al igual que ambos sellaron con el pacto del taco gordo otras barbaridades que con anterioridad hemos denunciado desde estas mismas columnas, en especial, unos salarios obscenos que, no sólo no están justificados en sí mismos, sino que facilitan la compra, directa o indirecta, de más capital mediante recursos procedentes del propio club, con el consiguiente agravio para el resto de accionistas. Al margen de otras actitudes y desplantes inaceptables, es ver lo que algunas marionetas del palco se embolsan alegremente y tener la sensación, por no decir la certeza, de que nos están metiendo la mano en el bolsillo. Esta práctica no sólo tiene que acabarse, y más con los preocupantes números que presentan las últimas cuentas anuales, sino que hay que devolver las cosas al lugar que le corresponden y propiciar que el Sevilla F.C., una vez más, salga al rescate de sí mismo, aún a costa del envidiable momento deportivo que vivimos. Hay expedientes técnicos que posiblemente podrían hacerlo viable, pero es necesario tener voluntad y altura de miras para poder llevarlo a cabo, anteponiendo el interés social al particular, con generosidad y verdadero corazón sevillista, y estos valores, en el caso de los accionistas mayoritarios, parecen haber sucumbido ante el tintineo de los dólares.

“Sudores fríos”, como la novela de Boileau y Narcejac, me sobrevienen ante la posibilidad de un terremoto social a raíz de la próxima junta general, como seguramente a cualquier otro sevillista del montón. Me da miedo nuestro particular “back to black” y que caigan torres importantes (por ejemplo, Monchi), pero a algo debemos aferrarnos, y no me sirve otro paripé de pacto accionarial que institucionalice el trinque a la carta. No quiero caer en un romanticismo sensiblero, ni que mis palabras suenen a orgullo vano o un mero desiderátum, pero pongamos en valor algo que tal vez no comprendan, o no hayan calibrado bien, locales ni forasteros, y es lo serio que nos tomamos los sevillistas al Sevilla F.C. Aquí puede estar la clave, o una de ellas. La jartibilidad de la que podemos hacer gala es difícilmente mensurable, por irracional y tocapelotas. Estamos acostumbrados a luchar, somos inconformistas y, aunque sabemos que es muy difícil recuperar el control de la propiedad, no hay que rendirse, sino seguir picando piedra, en forma de incordio permanente, para defender lo que es nuestro, desde el atril de las asambleas, las calles y los tribunales, la grada del estadio, los medios de comunicación y las redes sociales, o espacios como éste donde, como dice uno de nuestros cánticos, “alzaremos fuerte la voz” para que le quede a todo el mundo claro que nunca podrán librarse de nosotros. Ellos pasarán, pero nosotros permaneceremos.

Otro cántico sevillista, el “Hasta la muerte”, se hizo grito de trinchera en el delicadísimo agosto de 1995. “I died a hundred times” (“He muerto cien veces”) es uno de los versos más emblemáticos de “Back to black”. Lejos de su aparente pesimismo, ambos llevan implícito un mensaje premonitorio: la capacidad de resurgir las veces que hagan falta y derrotar a la muerte. Exactamente igual que el amor sobrenatural de James Stewart por Kim Novak en “Vertigo”. Del mismo modo que Amy Jade Winehouse, cuya voz taciturna y astillada resucita en bucle con cada emisión, descarga o reproducción de sus discos para recordarnos que está ahí para siempre. El Sevilla F.C., pese a los planes vampíricos de los accionistas mayoritarios, también sabrá sobreponerse a cualquier abismo y resurgirá cientos de veces, porque nos pertenece y trasciende al capital social. El Sevilla F.C. es nuestro patrimonio. El Sevilla F.C. es nuestra historia. Aunque algunos no quieran entenderlo. Aunque otros menosprecien lo que somos capaces de hacer.

La selección española y el Sevilla FC

La relación entre la selección española y el Sevilla F.C. nunca ha sido idílica, ni muchísimo menos. Pese a ser titular de diversas sedes en las que el equipo nacional sigue imbatido (Reina Victoria, Nervión, Sánchez-Pizjuán), o haber aportado representantes en todas las ocasiones cumbre, deportivamente hablando, del combinado patrio (sin sevillistas, jamás se ha tocado plata), nuestro club es posiblemente, si tenemos en cuenta su permanente presencia en la élite y su significado palmarés, el más maltratado del país en lo que a internacionales y número de internacionalidades se refiere.

Dejo para los amantes de las estadísticas la exactitud de los datos, las comparativas y demás enseñanzas de los números. No es mi intención hacer un estudio basado en cifras, sino ir más allá y bucear en las razones, conscientes y, subconscientes, por las que un servidor, y creo que no pocos sevillistas más, sentimos desapego hacia el equipo nacional.

El desprecio a nuestros jugadores por parte de seleccionadores, federativos y el entorno mediático que los rodea es tan antiguo como la propia historia de la selección, y se remonta a 1920, cuando “la Roja” hizo su debut en los Juegos Olímpicos de Amberes. El seleccionador de entonces, Paco Brú, subrayaba en sus memorias el carácter de auténticos monstruos balompédicos de los genuinos representantes de la escuela sevillista, el catalán Kinké, el gallego Herminio, y los sevillanos Ocaña, Spencer y Brand. Sin embargo, y pese a contar con alguno de ellos en el combinado de “probables” que se midió con otro de “posibles” en los entrenamientos agendados para formar la expedición olímpica a Bélgica, finalmente fueron todos descartados en favor de vascos, catalanes y madrileños.

Tendrían que pasar tres años para que Herminio y Spencer debutaran con la selección. Fue en el campo sevillista de la Victoria, y aunque de méritos andaban más que sobrados, seguramente tuvo mucho que ver en ello el interés de la Federación española por atraer al público local para engordar la taquilla. Con todo, hubo lugar para un nuevo desplante. Brand, el mejor extremo izquierda de España, fue convocado y usado como titular en los entrenamientos previos, generando la consiguiente expectación en los aficionados, para quedar desplazado sorpresivamente a última hora por Del Campo, jugador del Real Madrid, cuando el “efecto taquilla” estaba ya convenientemente garantizado.

Se iniciaba así, con Pepe Brand, una larga historia de convocatorias de jugadores blancos que, sin embargo, jamás llegarían a debutar como internacionales. Brand, Ocaña o Kinké (que llegaría a permitirse el lujo de renunciar a alguna llamada federativa en señal de protesta ante el deprecio de su talento) son sólo algunos de los sevillistas seleccionados en aquellos tiempos a los que no se les permitió lucir entorchado internacional en su hoja de servicios. Luego vinieron más. Sin ánimo de exhaustividad, puedo citar a Gabriel, Roldán, Sedeño, Soler, Joaquín, Raimundo, Busto, Araujo, Enrique, Loren, Pepillo, Pahuet, entre los históricos. Y a Paco, Rivas, Jaén, Antonio Álvarez, Cortijo, Palop o Sergio Escudero, entre los que recuerdo personalmente. Seguro que hay algunos más.

Además de los llamados y no alineados, podemos inventariar otro par de situaciones muy significativas. Por un lado, la de aquellos jugadores que dejaron honda huella en nuestro club pero nunca fueron convocados por la absoluta, como los stukas López, Pepillo y Berrocal, máximos goleadores de su época; futbolistas ejemplares como Blanco, Sanjosé o Juan Carlos; talentos como Oliveros, Liz, Julián Rubio o Antoniet; los campeones ligueros y coperos Villalonga, Herrera y Campos; o ya más recientemente, campeones de Copa, Supercopa de España y Europa y Copa de la UEFA como David Castedo y Pep Martí, o un extraordinario centrocampista, también campeón europeo, como Joan Jordán, algo a mi modo de ver, inexplicable. Por otro lado, también es curioso el elenco de los no internacionales con el Sevilla pero inmediatamente agraciados cuando cambiaron de club: Gallego, Serna y Nando Muñoz, con el Barcelona, o Sarabia, con el PSG, por citar algunos ejemplos. También los hay al contrario, gente que dejó de ser citada al engrosar nuestras filas (Mateos, Diego Rodríguez, etc.). Seguro que no serán los últimos.

Dejo para el postre el recuento más sangrante de todos, el de las escasísimas oportunidades concedidas a auténticos fuera de serie sistemáticamente maltratados por los seleccionadores de su tiempo y el entorno mediático de la meseta. Mitos del fútbol mundial como Guillermo Eizaguirre, considerado como el tercer mejor portero de los años 30, tras Zamora y Planicka; o Marcelo Campanal, el mejor defensa central de los años 50, sólo alcanzaron 3 y 11 entorchados absolutos, respectivamente. Juan Arza, jugador récord del fútbol español en partidos jugados y goles obtenidos, Pichichi por delante de Di Stéfano cuando éste se encontraba en la plenitud de su apogeo, y campeón de Liga y de Copa con el Sevilla, tan sólo 2 ridículas internacionalidades en quince años de carrera en Primera División, además de su exclusión a última hora de la lista de los expedicionarios al Mundial de Brasil 50.

Como ellos, otros muchos sevillistas se quedaron en un paso meramente testimonial por la selección. No me refiero a gente afectada por ciertos condicionantes como lesiones, baja forma u otras circunstancias especiales (Ramón, Antonio Puerta o Nimo, por ejemplo), sino a profesionales con rendimiento sostenido que no gozaron de más oportunidades por no jugar en alguno de esos clubes privilegiados o acabaron siendo siempre los primeros en ser señalados si la cosa no salía bien: Guillermo Campanal (3), Andrés Mateo (3), Pedro Alconero (4), Paco Antúnez (4), Ramoní (2), Doménech (3), Fernando Guillamón (3), Antonio Valero (1), Manuel Ruiz-Sosa (5) o Enrique Montero (3), son algunos de ellos. Por no hablar, finalmente, del bochornoso trato recibido por gente como Enrique Lora (a quién se tildó de “impuesto” en su debut y a quien Kubala jubiló de la selección de mala manera en Las Palmas) o últimamente Jesús Navas, protagonista de una situación que clama al cielo de las injusticias y denota el amiguismo que preside las decisiones de quienes se ocupan de esto. Por estas razones, y otras que mejor me guardo, me interesan la Eurocopa y España, y el dúo macarra que conforman Luis Enrique y Rubiales, lo mismo que un campeonato de petanca en Roquetas de Mar. Poco, o más bien, nada. Y porque a mí, señoras y señores, el único equipo que me representa, ahora y siempre, se llama Sevilla Fútbol Club.

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Cincuentenario

La primera vez que pisé el Ramón Sánchez-Pizjuán no fue para ir al fútbol, sino al Gran Festival Infantil de Félix Rodríguez de la Fuente. Dada la abrumadora presencia de público, tuvimos que acoplarnos, según el relato familiar, entre aquellas vigas y pilares de hormigón con muñones de hierro que componían el esqueleto del inacabado Gol Sur. Tal vez de aquí provenga mi devoción por esa estampa setentera del estadio sin terminar, más parecida a las ruinas de un viejo teatro romano que a un coso deportivo. Por eso, y seguramente también porque pocas veces un edificio podía representar de forma tan cabal el estado de grandeza interrumpida que entonces presentaba su inquilino. Apenas tenía año y medio y como es lógico, no lo recuerdo en absoluto, pero para entonces estaba bien seguro de algo: yo ya era sevillista.

Al poco de aquel improvisado debut me convertí en asiduo espectador de mi equipo, de aquellos partidos de las cinco de la tarde con mi padre o mis tíos, mi hermano y luego mis primos, siempre que el tiempo no lo fastidiara, porque si llovía o simplemente estaba un pelín nublado, mi madre no nos dejaba salir. Hasta en esto se notaba que éramos (y somos todos) hermanos del Cachorro. Han pasado varias décadas, demasiadas, pero todavía escuece la desilusión de perdernos, a ultimísima hora, más de un partido. Por ejemplo, un cuatro a cero frente el Oviedo de Ortuondo, Galán y compañía, cuando aquel delantero rubio cordobés apellidado Martínez se apuntó un hat-trick bajo la lluvia.

La costumbre nunca hizo que la ruta a Nervión perdiera sus aires de aventura, subidos en el SEAT 132 gris de mi tío Antonio, con la radio trayéndonos los sonidos del Carrusel Deportivo y sus corresponsalías, anticipando alineaciones y perspectivas de la inminente jornada. Aparcábamos siempre en la trasera del Hotel Portaceli, y desde allí, peregrinábamos a nuestro santuario, atravesando el lodazal de albero de los aledaños con el que la desidia municipal llevaba veinte años obsequiando a los sevillistas. Nuestro estadio se había convertido en una verdadera casa, un segundo hogar. Solía dibujarlo sobre papel –otra de mis pasiones- con mi caja de Alpinos, era especialmente “jartible” con ello. Me gustaba esmerarme en perfilar las sombras que, a modo de equis móviles, proyectaban sobre la hierba los jugadores por efecto de los focos que se alzaban en aquellas cuatro enormes torretas de iluminación artificial con su letrero de Almedi que coronaban los vértices de la grada alta. También era capaz de trenzar de maravilla, con mis lápices de colores, las líneas de nuestro escudo, los santos, las siglas y las costuras de su balón central.

Eran tiempos, deportiva e institucionalmente, extraños. Se palpaba la crispación propia del desarraigo, andábamos como zombis, perdidos en el laberinto de la muy bizarra Segunda División de los setenta. Olsen estaba al timón, Biri-Biri era el ídolo de la chiquillería, y en los mayores empezaba a intuirse algo nuevo, la ilusionada esperanza del ascenso y la terminación del estadio, pero muy tímidamente, sin lanzar campanas al vuelo, debido a las décadas de sufrimiento y los muchos palos recibidos. Fueron años de aprendizaje en el rito y, sobre todo, una época para el despertar de las sensaciones: los olores del día de partido (césped, albero, puros habanos, caramelos pictolines …); los sonidos de la grada (las broncas, los miedos, los gritos de gol, los olés, los “piropos” al arbitraje, la megafonía -en la puerta, Paco; dos, Hita; tres, Sanjosé …); los ruidos a pie de campo (la bota percutiendo el balón, gastado y pentagoneado en cuero rojo y blanco, adquirido, como todos, en Deportes Arza; los disparos contra el hierro de las porterías, las terribles patadas de los defensores de entonces y los gemidos de dolor de sus “beneficiarios”…); la estampa imponente del espectáculo visual, escudriñada palmo a palmo con ojos infantiles, curiosos, posados en las vallas publicitarias o el Simca con sus anuncios a dos aguas dando vueltas en los descansos, el marcador simultáneo de tablillas y el electrónico Orient de cuarzo, el palco con el escudo y sus sillones de forja, los pañuelos al viento para el gol por la escuadra o el desaire arbitral, las almohadillas y los enfermeros de la Cruz Roja, las banderas con la clasificación liguera, los reclutas que accedían con la entrada de 100 pesetas para militares y niños, los toldos rayados en el banquillo, etc.

El salvoconducto mágico, en forma de carnet de socio, era un cartoncillo blanco de esquinas redondeadas poblado de escuditos grises que se rellenaba a máquina, plastificado, con foto sepia de ficha escolar, y se gestionaba en la Secretaría de la calle Harinas, en aquella mansión, oasis de frescor antiguo en las mañanas de julio, donde mientras mi padre hacía cola con guayabera y pantalón de mil rayas, yo me extasiaba boquiabierto pegando mi cara en el cristal de la mesa vitrina que ocupaba el patio de la casa, en la que, como un juguete maravilloso, se podía contemplar la maqueta, color maestranza, de la anhelada mole sevillista. Años después, por casualidad, encontré mi nombre y el de mi hermano, en la lista de contribuyentes a la fila cero para la terminación del estadio. Las cosas del viejo. Lo publicaba Sevillismo, y aquello me pareció algo así como la confirmación de aquel remoto bautismo en la fe nervionense; un versículo, entre tantos otros iguales de miles de hermanos sevillistas, susurrándome: “… esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna” que por entonces comenzaba a profesar y que cumple ahora cincuenta años de ejercicio ininterrumpido, sin más mérito que el de alcanzar la edad necesaria para ello e intentar darle continuidad al más preciado legado de nuestros mayores.

Foto: Avaricia (“Greed”). Película de 1924.

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