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Enrique Ballesteros - Columnas Blancas

EFE

Siento que ya llegó la hora

El Athletic Club llega a una final de la Copa del Rey. Cuánto sevillismo he visto en esa eliminatoria de semifinales. Es 6 de marzo (en el momento que escribo este artículo) y el 4 de marzo se cumplían 11 años de la debacle de Bilbao. De ese “nos comeremos al león desde la cabeza hasta la cola”. Esa “Jimenada” que nos costó toda una final siendo aplastados como una apisonadora por un equipo con hambre made in Jokin Caparrós que buscaba su primera final en dos décadas. “Jimenada” la de Gaizka Garitano que casi se carga la final de su Athletic Club con un planteamiento ramplón, el que tiene habituados a la parroquia del Botxo, y extremadamente defensivo dejándose avasallar por el Granada.

Un Granada con avidez, más si cabe que aquel Athletic Club del Lehendakari Toquero, porque la única vez que se saboreó una final de Copa en el reducto Al-Andalus se llevó el Óscar Charlton Heston al mejor actor por Ben-Hur. Un conjunto nazarí que tiene en el banquillo a un Diego Martínez de la misma cepa que don Unai Emery, y que cuenta como habituales al canterano nervionense Víctor Díaz, al ex jugador del Sevilla Atlético Yan Eteki, al francés Gonalons y a nuestra perla de esperanza Carlos Fernández, el cual a punto estuvo de tocar las mieles de la heroicidad copera. Sin embargo, el Karma que protegió al Real Betis en la Copa del Rey del año 2005, o al Sevilla en la Europa League de 2014, ha contagiado esta temporada al Athletic Club en la maravillosa Copa revolucionaria de Luis Rubiales para darles el billete directo a la cartujera final de Sevilla.

Manolo Jiménez fue tremendo. Como jugador y como entrenador. La retahíla de encuentros del que fuera capitán del Sevilla al inicio de los 90 no necesita mayor mención como futbolista que el de la admiración y la de su presencia en el mosaico de preferencia junto a otras leyendas. Artífice del primer ascenso histórico del Sevilla Atlético a la categoría de plata del fútbol español (ahí estuve yo, en Sevilla no, en Burgos viendo a Salva Sevilla fallar un penalti, mientras todo el sevillismo creía en el milagro contra el Villarreal en la única última jornada liguera vivida donde nos jugábamos una liga). El técnico del Arahal se aprovechó de la huida roedora de Juande Ramos a territorio “yid” para dar el salto como entrenador de Primera División. Y Manolo Jiménez fue tremendo en solo dos años y medio.

Anda que no han pasado entrenadores por el Sevilla en el Siglo XXI y solo tres han cumplido el objetivo de situar al Sevilla en la Liga de Campeones. Uno fue el propio Juande Ramos beneficiado y, a su vez, creando un equipo “Top Class” que quedará para los anales. El otro fue Unai Emery, crucificado todos los partidos pero a su vez querido que apostó por la vía Europa League para lograr el objetivo económico mayor. El otro fue Manolo Jiménez. Dos años y medio duró el apodado “Wenger”. No ha habido ser deportivo que haya provocado mayor división dentro del sevillismo. Un entrenador que se apoyaba en datos pero que no logró ningún título. Un preparador que contaba con el cariño de ser canterano y el odio de aquellos que veían eso como una protección a su figura. Una persona que metió al Sevilla tercero, que ganó en el Santiago Bernabéu, en el Camp Nou, en el Vicente Calderón….pero que contabilizó hasta cinco batacazos en tan poco espacio de tiempo que nos dejó molidos a muchos.

“Los balones parados no se entrenan”. Así despachaba a los periodistas tras uno de los petardazos tratando a los aficionados de a pie como si fuéramos imbéciles. Culpable directo de la destrucción del mejor Sevilla de toda la historia, dio con la tecla en casa contra el Getafe en las semifinales de Copa del Rey del año 2010 poniendo en liza a su querido Romaric y revolucionar esa eliminatoria. Una edición copera donde se vieron dos de las mejores actuaciones de Andrés Palop para clasificar al Sevilla en una final donde no estuvo Manolo Jiménez. Pocas veces se ha visto como una afición desplazada ovacionaba al árbitro de turno expulsar al entrenador de su propio equipo (eso ocurrió en Getafe en la citada semifinal de Copa, el protagonista fue Iturralde, I T U R R A L D E, el hombre que nos tangó una liga en Mallorca tres años antes). Pero lo inédito fue que muchos se alegraron de un tanto rival que suponía el empate a pocos minutos de final. El milagro lo obró Leandro Gioda, que llevó a un desahuciado Xerez a arrancar un punto de Nervión, y que precipitó la salida de MJ3.

Pues aquí estamos. Una década después con otro posible caso “Manolo Jiménez”. En el momento culminante de una temporada en la que el entrenador, Julen Lopetegui, se juega el ser o no ser. La punta del iceberg del pródigo Monchi, cuyo proyecto se juega el todo por el todo en dos semanas, tres si añadimos la visita a Orriols justo antes de un descanso de selecciones muy jugoso para la destitución de un entrenador. Wanda Metropolitano, derbi y una eliminatoria ante la Roma (encima la Roma que acogió a Monchi) enrarecida por el coronavirus, la que decidan si el ex seleccionador nacional hace las maletas o empieza a convertirse en el nuevo Dios del sevillismo.

Condicionado por su pasado madridista, por su poco bagaje en su CV y, sobre todo, por su plante a España a favor de Florentino Pérez justo antes de la disputa del Mundial de Rusia, no cayó en gracia a un neosevillismo que, de manera desafortunada, se está acostumbrando a pitar durante los partidos. Tan extraordinario a domicilio (suma siete victorias en liga, y el record histórico está en diez) como nefasto como local (ya se ha dejado 16 puntos), Julen Lopetegui ha visto como la flor, traducido en la intervención del VAR y en un gol en el descuento, le han dado oxígeno a pesar de la exhibición del equipo en Getafe. Ahora otro rival directo como el potente Atlético de Madrid que nos recibirá en su fortín de nueva creación, la presión que existe contra un eterno y alicaído rival, y la barrera que nos dice históricamente en Europa si vamos a ser campeones o no, van a dictaminar definitivamente si va a ser en los próximos años uno de los nuestros o si dentro de un momento se alejará al fin.

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De lo empírico a lo intangible

Semana de pasión, y lo que aún le queda, la que vivió nuestro querido director deportivo y símbolo de nuestra institución, Ramón Rodríguez Verdejo “Monchi”. Está claro que no se puede decir una cosa más alta que otra ni aunque fuera claramente una expresión. Ello le va a perseguir en los tiempos cortos y medios del mundo mediático en el que nos movemos. No va a depender de él cambiarlo. Pero de él sí depende, y del Sevilla por supuesto, modificar en los próximos años la afirmación de nuestro DD en el Football Data International Forum del poco uso de la estadística por parte del club, por lo menos en lo que se refiere a la dirección deportiva. “Los responsables del club se siguen fiando del Monchi Data”, llegó a decir en tono de broma el León de San Fernando en el Wanda Metropolitano ante un público plagado de universitarios, analistas, técnicos, vendedores y periodistas.

Cabe decir que, sin que este artículo pretenda tener connotaciones hacia el otro equipo de la ciudad, el Sevilla sí ha dado pasos, aún embrionarios, hacia el “Big Data”. No solo lo reconoció Monchi en referencia a la parcela económico-deportiva, sino que a mí me consta desde el punto de vista de la comunicación, la publicidad y el marketing del club. Por supuesto, tendremos que evolucionar, perfeccionar y saber adónde nos lleva este campo tan acorde con el futuro. Sin ir más lejos, el Sevilla ya está recopilando todos los datos posibles sobre Éver Banega para acreditar, desde ese punto de vista, una despedida como se merece. Su contribución al club, sus títulos, su número de partidos, sus recuperaciones, sus centros al área, su pase en corto, su pase en largo….

A día de hoy el sevillismo, que cree fuertemente en otros factores como por ejemplo el de la afición, observa este fenómeno con cierto escepticismo. Es más, la mayoría del sevillismo piensa con firmeza que el Celta, que encadena ocho partidos de liga sin ganar, que se encuentra en descenso y que es el segundo equipo menos goleador de las cinco grandes ligas europeas (17, solo por delante de la SPAL – 16), puede ahondar en esa grieta de confianza que se nos ha abierto a estas alturas de temporada. Una tesitura, la olívica, que es muy similar a la de la sesión pasada cuando visitamos Vigo y, casi sin querer, nos venció por 1-0. Tres puntos que, por cierto, le sirvieron para salvarse y a nosotros quedarnos sin Liga de Campeones. El dato, sin duda, que más cuenta de todos.

Una delgada línea roja. La que está empezando a pisar el Sevilla, que entra en el escabroso camino de las dudas, esas que se le escapan a los datos y en las que el hincha tiene un papel fundamental. Está claro que el frío no nos viene bien, y que luego, cuando llegar el calor, nos despistamos entre Semana Santa y Feria. Todo ello sin contar nuestro designio europeo, donde Julen Lopetegui, un entrenador sin ninguna experiencia a eliminatorias a doble partido al frente de un equipo español, se “jugará las castañas”. Lo cierto es que ya acumula un fracaso: el de Copa del Rey en Miranda de Ebro. Una competición ilusionante y con ciertas esperanzas para llegar lejos, que se nos ha marchado de un plumazo.

Con una alineación plagada de titulares, estos jugadores se tomaron con baja intensidad un trámite lo que para “los rojillos”, coperos por historia reciente, no lo era. Tantas semanas disfrutando y viviendo emocionado esta competición remodelada y tan revolucionaria. Tantos sorteos rezando para que tocara un desplazamiento cercano, para disfrutar con los amigos o en familia (o ambas cosas a la vez). Tantos problemas de gestión y consecución de entradas. Tanta alegría por que fueran cayendo Primeras para que el camino pareciera más llano. Tantas ganas de finales o noche con aroma a importante. Tanto….para que, una vez llegado el día y con tus hijas pequeñas delante soportando el regocijo local tras casi tres horas de viaje, uno se llevara un batacazo psicológico.

Se me ocurren más motivos para estar enfadado, pero son más fuertes las razones para seguir hacia adelante. El primordial que estamos en el alambre y que ahora es clave no caerse. Según la estadística y comparando los rivales a los que nos enfrentamos la campaña pasada con respecto a los de ésta (y respetando también el orden de estadios), el Sevilla, a día de hoy, tan solo sumaría dos puntos más de esos 59 a los que llegamos con Joaquín Caparros. En la 2018/2019 fue suficiente para lograr el objetivo, pero si tenemos en cuenta una media de puntuación con respecto a lo conseguido por “los cuartos” en temporadas anteriores, esos 61 valdrían si la Champions League fuera no solo barata, sino que tirada de precio.

Y ahora que, en el club aún piensan que es más factible que Monchi se ponga mechas en la cabeza antes que viajar a Madrid explícitamente para hablar de datos, lo trascendental es lo que se siente y no se toca. Y lo que se sintió ante el Alavés fueron silbidos, que para algunos fueron de aviso, de alerta, de crítica sobre algo que no se hizo bien, con una intención seguro que constructiva; pero que también dejan un olor a desconfianza absoluta por una mala trayectoria como local en este curso, un hedor a posible fractura que pueda provocar la grada con respecto a algunos jugadores, el sistema táctico empleado, la filosofía deportiva del club o entre propios aficionados. Ahora, que empezamos casi de cero, es necesario estar al lado del equipo. Es necesario animar y no pitar. Porque, por ejemplo, esos “61 puntos eventuales” se pueden convertir en “64” si se gana en Vigo. Porque, por ejemplo, hay rivales directos con mayores problemas clasificatorios y de identidad. O porque, por ejemplo, se está cumpliendo el hecho de estar entre los cuatro primeros, que es lo que objetivamente interesa al Sevilla.

El XI de la década

Lejos, muy lejos, de sumergirme en la polémica suscitada, con dos versiones ya socialmente aceptadas, de si la década termina ya o, en cambio, fenece el año que viene, no quiero desaprovechar la oportunidad para ofrecer mi humilde opinión sobre lo que, para mí, puede ser la alineación titular del Sevilla desde el 1 de enero de 2010 hasta el 31 de diciembre de 2019. Soy muy consciente que al haber tantos jugadores, y a riesgo de olvidarme a los Stevanovic, Babá Diawará, Carole o Walter Montoya, puede ser que el once de gala pueda ser totalmente dispar al inicialmente expuesto. Eso sí, antes de pasar por megafonía y cantar para todo el estadio a los once elegidos (en algunas posiciones daré hasta a elegir dando cuenta, de paso, de mi generosidad), quisiera recordar lo logrado en estos diez años que pueden catalogarse como uno de los mejores de la entidad, por no decir que puede estar en el podio de leyenda.

Tres Europa Leagues (2014, 2015 y 2016) son la mayor excusa para no olvidarnos de esta década. Unos éxitos que nos han catapultado a ser el mejor equipo con diferencia de esta competición legendaria continental que data de 1971. En un segundo plano, la Copa del Rey lograda en el Camp Nou en el año 2010 frente al Atlético de Madrid por 2-0, aparte de ese gol de Wissam Ben Yedder en Old Trafford y esos cuartos de final de Champions League en 2018 (históricos ya que iguala la gesta de nuestro club de 1958 como cota más alta en la máxima competición continental). En un último plano, las dos finales de Copa malogradas en sede atlética (la prórroga fallida ante el Barcelona después de jugar con un hombre menos una parte entera, además del ridículo “montelliano” del Wanda Metropolitano, justo después de ser el primer equipo español en ganar en ese estadio), sin olvidarnos también de las tres clasificaciones para la Liga de Campeones (2015, 2016 y 2017), objetivo real del club en estos tiempos modernos para asentarnos en posiciones de la nobleza europea.

Empezamos….

PORTERÍA
Aquí muestro mi primera duda, mi primeros dos nombres a elegir. El 2010 que se cascó Andrés Palop bien merece una década entera, todo ello apoyado por el aura de los años anteriores y que fue nuestro portero hasta el año 2013, hasta que, tras superar a Javi Varas o Diego López, fue desbancado por Beto, que tardó solo unas horas en debutar con nosotros después de bajarse del avión. Fue en el Vicente Calderón en un partido copero donde solo hubo penaltis. Esos que le dieron la gloria en Heliópolis y en Turín otorgándole el derecho a ser uno de los protagonistas indiscutibles del retorno del Sevilla a conquistar “su” competición en una edición, la de 2014, con las mayores de dosis de fe posible (por no hablar de moña). Estuvo presente en los tres títulos conquistados, aunque solo fue titular en la primera. Después de un periodo de lesión, Unai Emery le sacó a la palestra en San Petersburgo donde falló y complicó una eliminatoria resuelta (aunque después la salvaría) le empezaron a defenestrar dentro del sevillismo, con el que no terminó familiarizado.

Una afición siempre exigente con los porteros y si no que se lo digan a Sergio Rico, el guardameta del futuro, titular en 2015 y que no supo aceptar las críticas cuando le vinieron mal dadas para salir por la puerta de atrás tras previa visita al “Rocío”. Algo que favoreció a David Soria, el sorprendentemente titular en la Europa League 2016 que estuvo muy verde en su salto al primer equipo, antes de ser un ídolo actualmente en el Getafe. Para terminar, destacar a nuestro cancerbero actual, Tomas Vaclik, quizás el fichaje “estrella” fuera de la era Monchi, que ha recuperado la seguridad que se había perdido tras la marcha de Andrés Palop, no obstante, su buen rendimiento en general no se ha traducido aún en hechos memorables.

LATERAL DERECHO
Me va a perdonar Mariano Ferreira, un jugador que resultó fundamental en la consecución de la tercera Europa League y que será recordado por ese robo de balón a Alberto Moreno en la final de Basilea. Además se hartó en correr la banda en el alocado sistema de Sampaoli un jugador técnicamente muy bueno y con buenas dosis defensivas que sonó una y mil veces para formar parte del Barcelona, antes de que este club apostara por la juventud de Nelson Semedo. Me va a perdonar también Gaby Mercado que pasó de ser el ojito derecho de Sampaoli para funcionar tanto en banda como en el eje de la zaga a ser uno de los principales baluartes de vestuario en la época post-títulos. De los pocos que daban patadas con sentido, se enfrentaba a los contrarios sin achicarse y defendía el escudo con profesionalidad. Un defensa con gol a pesar de sus limitaciones técnicas. Y me vais a perdonar que no incluya a Jesús Navas, cuyo rendimiento desde la vuelta del Etihad está siendo intachable tanto en calidad como en capitanía. Vertiginoso e incansable a sus 34 años de edad, se ha perdido la época de los títulos de esta década. Fijo en el once del decenio pasado, se fue en el extremo y Pep Guardiola nos la ha devuelto hecho un pedazo de lateral.

Pero esta posición tiene un nombre en Coke Andújar. Al vallecano, pundonor, simpatía y compromiso, le costó arrancar. Su irregularidad inicial pasó a mejor vida tras erigirse en el alma de esa heroica y surrealista tercera Europa League. Su complicidad en la grada, sus cánticos en Heliópolis, sus goles y ese saque de banda en Valencia le encumbró a ser un ídolo del sevillismo haciéndose, junto con sus alternancias con Diogo Figueiras, un fijo en el once en la época de vino y rosas hasta que encontró culmen y premio en esa final de Basilea de 2016. Llegó a jugar de mediocentro, pero fue en esa posición adelantada de interior, donde anotó un doblete inolvidable para tumbar al Liverpool de Jurgen Klopp. Tras la borrachera de masas, se marchó ese mismo verano al Schalke04 en una decisión extraña y que quizás tenga que ver con el largo recorrido de un puesto en el que daba mejor la talla el citado Mariano Ferreira y el polivalente Gaby Mercado. Hoy, el madrileño centra sus energías en mantener al Levante en la zona templada de la tabla hablando claro ante la prensa y dando palos incluso a los aficionados granotas, sin que estos osen a toserle.

LATERAL IZQUIERDO.
Quizás el lugar del campo más endeble que hemos tenido en los años 10. Tengo que reconocer que si a Andrés Palop lo he incluido en la portería por un año espectacular, aquí debería hacer lo mismo con Benoit Tremoulinas por un 2015 donde nos encontramos a un francés defenestrado que, con el 2 a la espalda, se atrevía a pisar área contraria como si fuera Marcelo o Roberto Carlos. Rápido y con disparo, llegó en invierno en otra nueva genialidad de Monchi. Titular en la final de Varsovia, empezó la temporada siguiente en el once tipo, sin embargo, un recién incorporado Sergio Escudero le fue comiendo la tostada hasta hacerse con su puesto al cabo de la temporada 2015/2016. Su vergonzosa profesionalidad en la 2016/2017 donde hasta un reconvertido Pablo Sarabia tuvo que jugar en su posición, le relegan de formar parte del once del Sevilla de la década.

Alberto Moreno parecía el hombre destinado a ocupar esta posición durante estos años pero se lo llevó el Liverpool en una decisión que nadie comprendió al cabo de la tercera Europa League. El canterano posteriormente demostró su inconsistencia en Anfield (y en Basilea) y ha vuelto a LaLiga al Villarreal. Sergio Escudero, uno de nuestros capitanes actuales, ha ido de más a menos. Se presentó como un hombre de buen disparo lejano, una cualidad que aún desconocemos y, poco a poco, se ha ido apagando. Más lateral que carrilero, un jugador defensivo con interesantes centros al área, los continuos cambios de sistema y de entrenadores han afectado a su rendimiento y han terminado de desubicarle dando la sensación siempre que está mal colocado, aparte de no asentarse definitivamente en el once ganándole la partida jugadores como Quincy Promes o ahora Reguilón.

Por lo que, quizás, por descarte y sobre todo profesionalidad. Por estar siempre ahí desde que ganó la Eurocopa 2008, nos vamos a quedar con Fernando Navarro. El catalán fue el jugador que levantó el “paragüero” en 2015, estando también en 2014. Se perdió la final de la Copa del Rey de 2010 brindándole una oportunidad de oro a un Antonio Luna que nunca terminó de asentarse aquí en años postreros. El barcelonés fue un ejemplo de sobriedad, de no poner una mala cara y no levantar la voz. Tácticamente perfecto, era un tercer central a la hora de cerrar y pocas veces le pillaban la espalda. Abusaba de ello y dejaba mucho espacio en la apertura a banda del rival, aparte que ofensivamente aportaba menos que David Castedo, pero terminó siendo un hombre de club (de hecho, lo es ahora mismo en otras facetas) y si no ha habido nadie que, por unas causas u otras, le hayan superado con creces, para mí, se queda con el puesto.

CENTRALES
En este capítulo no voy a ser muy original. Se quedan con el eje de la zaga tanto Nico Pareja como Daniel Carriço. Son la auténtica base de los títulos que vinieron después de un verano de 2013 que fue cuando aterrizaron, y en el cual volvíamos a Europa tras una breve ausencia y como consecuencia de hacer las cosas bien hechas, algo que ni Málaga ni Rayo Vallecano que, por méritos deportivos se lo merecieron, no cumplieron en los despachos. Ese nefasto noveno lugar de la 2012/2013 nos llevó, sin quererlo, a una de las épocas más esplendorosas del club, al igual que el agridulce quinto puesto de la 2004/2005. Estos dos centrales nos salvó de unos años aguantando a mediocridades como Emir Spahic, Juan Cala, Alexis Ruano o un alicaído Julen Escudé, todos ellos abanderados por un Federico Fazio desesperante, en el que los 10 kilos que pagaron los Spurs al cabo de su 2014 espectacular se nos antojó pocos, no porque los valiera sino porque eso no costó nuestra infinita paciencia de siete años aguantándole.

Nico Pareja y Dani Carriço, éste último que vino como mediocentro defensivo, aportaron la veteranía, la experiencia y las tablas necesarias para formar una dupla solvente. No han sido los defensas más destacados, no han tenido un físico imponente y su juego aéreo tampoco ha sobresalido. Además que sus lesiones les han lastrado en tener continuidad no solo como dúo compenetrado por más tiempo sino que han puesto a prueba el señorío del Sevilla a la hora de saber esperarles. La afición del Sevilla siempre les ha reconocido que, sin ellos, la estabilidad defensiva no hubiera sido tal en la época de los tres títulos. Por calidad, por vestuario.

Y eso que también hay centrales que han acumulado éxitos como nosotros como el innombrable Kolodziejczak que acabó siendo titular en la 2014/2015 para ser un fijo en el once en la temporada siguiente junto con Adil Rami, otro defensa que venía de vuelta y que dio un rendimiento extraordinario, quizás gracias a estar vigilando la playa. El primer francés, que apuntaba maneras, se aprestó al dinero y no quiso hacer carrera con nosotros (no se volvió a saber nada de él). Luego vino otro galo como Clement Lenglet, tan bueno y elegante en el curso y medio que estuvo que terminó llevándoselo el Barcelona donde es titular indiscutible por delante de Umtiti. Por lo que, de buenas a primeras, nos encontramos con un vacío en esa zona (Kjaer, Sergi Gómez, las idas y venidas de Pareja y Carriço, los parches de Mercado,…) clave para comprender el por qué nos hemos distanciado en estos últimos años de la zona noble. Diego Carlos ha llegado tarde a este decenio.

CENTROCAMPISTAS.
El motor de un equipo. Si esto no carbura, no hay nada que hacer. No destruye, no sujeta, no apoya, no construye, no genera, no ayuda a salvar goles y no ayuda a marcarlos, esto no funciona. Para elegir a los dos mejores mediocentros del Sevilla de estos últimos diez años, he dividido el decenio en dos partes. No han coincidido nunca juntos y, en cierto modo, uno vino por el otro. Para la primera parte (hasta 2014), Ivan Rakitic, natural de Pino Montano, que hasta que Unai Emery se enteró que había que colocarle a dos tíos a su lado, no empezó a demostrar su calidad. Para la segunda mitad de década, Éver Banega, que evolucionó de la forma contraria al suizo-croata. De ser un mediapunta que necesitaba sujeción al ser el auténtico 5 que necesitaba el Sevilla para sacarla jugada.

El actual futbolista del Barcelona echó raíces en Sevilla, y aunque uno pensó que podía haber dejado más en caja, casi estuvo de marcharse del club sin haber dejado huella. Llegó junto a Gary Medel. El “Pitbull”, demasiado impetuoso, generaba mucha controversia. Adeptos y críticos le defendían y le atacaban teniendo como capítulo final el derbi que terminó 3-3 (el primer gol en contra fue un error suyo en un partido donde acabó expulsado con Cañas saliendo victorioso y de rositas). El croata conoció a Ndri Romaric, que sin Jiménez (y con él también) no era nadie, a Piotr Trochowski, todo un semifinalista de Mundial castigado por las lesiones, y a Geoffrey Kondogbia, un “fondo de inversión” tan deslumbrante y potente como individualista e inmaduro. Cuando, por fin, el giputxi le puso por detrás a Carriço y Stephane M’Bia (“Valencia en llamas”), “el rubio” sacó su “quinta esencia”. Un taconazo contra el Real Madrid y levantar la milagrosa Copa de la UEFA de Turín fue suficiente para que, otro más, volara a la Ciudad Condal.

Podrían estar en esta categoría. El citado Stephane M’Bia; un box to box peculiar, hecho para milagros, protagonista del subidón más imprevisto de nuestra historia y que cogió los galones que dejó Samuel Etoo en Camerún. Don Vicente Iborra: de la saga de valencianos de donde vinieron Andrés Palop o Javi Navarro, que debutó como central, que te servía para cualquier cosa, que vino para dar el pase fácil y terminó centrando al área y rematando convirtiéndose, además, en el primer suplente de la historia de LaLiga en marcar un hat-trick a domicilio. O Gregorz Krychowiak: un polaco experto en limpieza y que se encargaba de barrer toda la zona ancha del terreno de juego; un jugador que vino específicamente para ganar un título en su país, incluyendo un golito, y en dejarnos para la memoria la descomunal belleza de su mujer y para las arcas un buen puñado de euros. Nunca volvió a ser nada. Salió al Camp Nou a ver el sexto de Sergi Roberto en la remontada del Barça en UCL frente al PSG y ahora lidera al Lokomotiv.

Pero no está ninguno de estos tres, y me resisto a mentar al, para mí, sobrevalorado Steven N’Zonzi. Quiero destacar a Éver Maximiliano David Banega Hernández. Nadie aprobó su fichaje, todos teníamos en mente sus pajas por internet, su auto atropello en una gasolinera (arte), y sus fracasos en el Atlético de Madrid y en el Valencia. Tanto que tuvo que volverse a Argentina. Extrañó que fuera el propio Unai Emery el que lo solicitara en 2014 cuando el que parecía más apropiado en sustituir a Ivan Rakitic era un Dani Parejo indispensable pero entonces discutido a orillas del Turia. De hecho, “Tanguito” tardó en hacerse un hueco en el once, y cuando empezó a bailar de espaldas con el balón pegado al pie deshaciéndose de un plumazo de la presión de los rivales para iniciar la jugada de ataque, se convirtió en ídolo. Dos Europas League, cántico de “fumando en el barrio” y al Inter de Milán.

No coincidió con Sampaoli, al que seguramente hubiera venido bien. Y, cual estrella que fracasa en territorio neroazzurro, regresó. Con recelo de la propia afición, pero regresó. Hacía falta porque los Kranevitter, Pizarro, Roque Mesa… parecía un precipicio. Volvió para regenerarse. Tras el Mundial y sin descansar, se puso a jugar previas de Europa League con Pablo Machín, que lo dejó solo en el medio para meter dos delanteros. Fue crucial para la ilusionante 2018/2019. Pero reventó de cansancio y de funciones, y el equipo se cayó con él. Su expulsión en Girona pareció un triste epílogo a su estancia en el Sevilla. Pero, nada más lejos de la realidad. Julen Lopetegui ha sabido arroparle junto a una bestia llamada Fernando y otro centrocampista más, para sacar, una vez más, la mejor versión del rosarino. Por cierto, en ese otro “centrocampista más” hallamos a Franco “el Mudo” Vázquez. Tan exquisito, tan bueno, tan genial, tan “Curro Romero”, tan silencioso, tan trabajador, tan criticado, tan importante que, de haber ganado un título, lo mismo hubiera liderado esta categoría.

VOLANTE DERECHO
No lo he incluido en el lateral pero sí lo he hecho en la posición que le conocimos y que tanta gloria nos dio en la época pasada. Jesús Navas, junto a Frederic Kanouté, se hartó de tirar del carro en esas tres temporadas ominosas en el que nos alejamos de pelear con los más grandes regresando de nuevo a la mediocridad que habíamos sido siempre. Fundamental en el tanto de nuestra quinta Copa del Rey que sentenciaba la final frente al Atlético de Madrid, el “duende de Los Palacios” hizo notar su ausencia cuando se marchó a Manchester en 2013. Parecía que algo nos faltaba cuando mirábamos a ese lado del campo y no le encontrábamos. Sus múltiples transiciones, llegadas al área, y milésimos centros que, por muy bajo que fuese su porcentaje rematador, era ya más alto, por cantidad, que el resto de jugadores de Primera División en ese lugar del campo.

En ese puesto bien podía haber estado Aleix Vidal que nos brindó una temporada 2014/2015 sencillamente desconocida y que no solo nos sirvió para conquistar la cuarta Europa League, sino para sacar un dineral cuyo club de llegada, quien si no el Barcelona, no supo amortizar. Ni siquiera cuando nos lo devolvió tres temporadas después. Solo duró un año, no quedó ni rastro del jugador de Valls que se marchó. Y dejó paso, entre otros, a Lucas Ocampos, cuya comparación ya parece de por sí insultante. Entremedias, Pablo Sarabia y José Antonio Reyes podían estar aquí, pero los he reubicado en otras posiciones, algo que paso a explicar a continuación.

VOLANTE IZQUIERDO
Una posición huérfana prácticamente desde que se marchó Adriano Correia hasta que llegó Vitolo. Porque mira que apostamos por Diego Capel, el cual no paró de devaluarse sin levantar la cabeza del suelo, o que tuvimos paciencia con Diego Perotti, a lo Federico Fazio Style, pero no hubo manera. El pobre chico era muy bueno, de hecho lo demostró en la Roma cuando estaba más maduro, pero de joven se enredó con las redes sociales y se centró más en sus celebraciones a las gradas y en invitar a los ultras a los entrenamientos que explotar, de verdad, como jugador. Por lo que la llegada del canario resultó fundamental para copar una posición pensada en José Antonio Reyes, aunque éste luego Unai Emery lo colocaría en la derecha, donde también mejor rindió en el Atlético de Madrid.

Así que, junto a Dani Carriço, Vicente Iborra, Nico Pareja, Carlos Bacca o Kevin Gameiro llegaría en el verano de 2013, Víctor Machín “Vitolo”, procedente de Las Palmas. Un jugador que deslumbró en Segunda División y que resultó toda una apuesta de futuro de Monchi, poco dado a que le salgan bien los jugadores de esa categoría. El canario demostró la personalidad que no tuvo ni el propio Diego Perotti ni el “fichaje estrella” Marko Marin para hacerse con ese puesto de interior izquierdo y no soltarlo durante cuatro temporadas donde siempre fue a más siendo titular indiscutible. Su potencia en la zancada, su trabajo colectivo y ayuda en defensa, su gol y su desborde hasta la línea de fondo que recordaba a Antonio Puerta enamoró a Unai Emery, a Sampaoli y al sevillismo.

Desde luego debía de ser el merecedor de este galardón si no fuera por esa “patada en el culo” que nos dio para marcharse a un directo rival como el Atlético de Madrid. Dejó decepcionado al sevillismo, con el culo al aire a Pepe Castro y tirados a sus compañeros, en especial a un Nico Pareja que, ejerciendo de capitán, le recogió en el aeropuerto para firmar su renovación horas antes de coger un chárter hacia Las Palmas, lugar de transición en dirección a Arcentales donde, con causas pendientes con la justicia, no termina de explotar desde el punto de vista deportivo, incluyendo las lesiones que no han parado de castigarle, la segunda de ellas provocadas en el Sánchez-Pizjuán en un partido donde los nuestros se cebaron con su ex para dejarle en la enfermería.

No quiero olvidarme de Joaquín Correa: un argentino que quiso presentar Monchi al mundo, con unas habilidades increíbles en el regate, buen fajador con gol pero desacertado en la última elección, la decisiva, aparte de unas carencias defensivas alarmantes; tampoco de Samir Nasri, al que rescatamos del City para brindarnos un inicio de 2016/2017 sencillamente espectacular antes de verse envuelto en un caso de supuesto escándalo sexual, desaparecer del mapa y caerse, como se cayó, aquel curso prometedor de Sampaoli; y tampoco de Yevhen Konoplyanka, un ucraniano con talento que fue nuestro último escollo antes de alzarnos con la cuarta, que brindamos arrebatárselo al Atlético de Madrid y que, quitando un encuentro fabuloso ante el Real Madrid y alguno más, también terminó de evaporarse en la última temporada de Unai Emery.

Pero el puesto se lo otorgo a Pablo Sarabia, un pedazo de futbolista que nos regaló en tres temporadas, nada más y nada menos que 42 goles y 36 asistencias. Es decir, en 151 partiditos participó en 78 tantos (más del 50% de los goles del Sevilla). Encuentros que, rara vez, los hacía completos. Primero porque era el jugador número 12 con Sampaoli, con el que rara vez empezaba de inicio pero que solo le faltó utilizarlo como portero. Y, después, porque se reventaba por nuestro escudo siendo muchas veces sustituido en los últimos instantes del encuentro llevándose una ovación que no solo reconocía sus impresionantes números, sino también su implicación, su entrega física, y los galones que adquirió, sobre todo, dando la cara en los micrófonos cuando el resultado no sonreía. Otro alarde de profesionalidad intachable que se resistió a renovar para marcharse al PSG dejando en caja más dinero de lo que indicaba su cláusula. Empezó de enlace entre el centro del campo y la delantera, se desenvolvió en la derecha, actuó de improvisado lateral o carrilero izquierdo, para luego, en una riquísima alianza con Wissam Ben Yedder, ejercer de líder de un equipo en descomposición y sin dirección técnica.

DELANTERO
Guillermo Campanal, Juan Arza, Anton Polster, Davor Suker, Luis Fabiano, Frederic Kanouté…Casi ná. La calidad es tal que merece gran responsabilidad elegir al ariete que mejor nos ha representado en este decenio. Me he centrado básicamente en cinco nombres, que cada uno elija el más apropiado.

En primer lugar, el propio Frederic Kanouté que, desde el 1 de enero de 2010 hasta que le despedimos por todo lo alto de 2012 disputó 97 partidos y marcó 38 goles en todas las competiciones (en total fueron 136 en su trayectoria sevillista). Para empezar, un detalle. Su expulsión en el Camp Nou en 2011 cuando nos señalaron un penalti rigurosísimo en contra en el descuento. Antes de que Javi Varas detuviera la pena máxima a Lionel Messi, el maliense, en un gesto simbólico (siempre simbólico) empujó la pelotita ya colocada en los once metros, en una acción reivindicativa de “ahí os quedáis con vuestra mierda que yo me bajo de esto”. Lástima que también no le reventara la cara al bueno de Cesc Fabregas. Cierro paréntesis y prosigo. Evidentemente nuestro querido Alá no era el de los cinco títulos de Juande Ramos; pero consiguió anotarse el sexto, siendo junto a Andrés Palop, Jesús Navas y Julien Escudé ese poso reminiscente de la que siempre será la mejor época de la historia sevillista. Su ocaso de sus siete temporadas de hispalense, afortunadamente, se eternizó. Y tiró del carro. Vaya si lo hizo. Su presencia se agigantó aún más, hasta el punto de bajar, plantarse en el centro del campo y ponerse a distribuir. Era nuestro faro cuando anduvimos perdidos a principios de estos años. Lo es y siempre lo será un futbolista que simbolizará toda la grandeza que tiene este club.

En segundo término, quiero destacar a Álvaro Negredo (160 encuentros en esta década, 81 goles). El vallecano era pura clase. Tenía una magia bestial en esa pierna zurda y sus movimientos eran de delantero caro. Su arranque no fue bueno porque estaba llamado a suceder a un tal Luis Fabiano. Y le costó. Cuando explotó supo aprovechar el vacío que ya estaba dejando Frederic Kanouté para convertirse él en referencia. Lo aprovechó, se proclamó campeón de la Eurocopa y al año siguiente se salió para marcharse de la mano de Jesús Navas al Manchester City. La 2012/2013 tuvimos dependencia de él y ello nos costó la presencia europea por vía directa. Protagonista en Santander en una de las mayores goleadas a domicilio de la historia del Sevilla en liga, se despidió con cuatro goles frente al Valencia de Banega; el club en el que recalaría años después. Su marcha ese verano nos dejó preocupados a muchos. Menos mal que teníamos a Monchi para hacer magia.

Y la magia llegó con “Abrazo de gol”: Don Carlos Arturo Bacca Ahumada (49 goles en 108 partidos). El delantero colombiano llegó tarde al mundo del fútbol y Monchi lo rescató del Brujas para convertirse, en mi opinión, en el mejor delantero de la década. Por lo menos el que más presencia ha tenido a la hora de obtener títulos. Con ese estilo tan ortopédico como infalible a la hora de afrontar los mano a mano, sus goles fueron fundamentales para empezar a coronarnos de nuevo campeones de la Europa League. Fue un muy mal suplente. Autor del gol que forzó el 0-2 en el Benito Villamarín en el Euroderbi; su gran noche llegaría frente al Real Madrid en el Sánchez-Pizjuán al marcar uno de sus tres únicos dobletes con la camiseta nervionense jodiéndole en una liga al Madrid. Poco después, la guinda la puso en Varsovia al anotar el tanto de la victoria frente al Dnipro (3-2). Posteriormente, su marcha al Milán fue un fallo por su parte del que todavía, ahora en el Villarreal, se estará arrepintiendo.

Si hemos dicho que Carlos Bacca fue un mal suplente era porque Kevin Gameiro era todo lo contrario (145 partidos, 83 como titular y 67 goles en su haber). El francés presente en los tres títulos europeos sevillistas, tuvo un papel secundario, pero no menos importante en sus dos primeras temporadas para luego ser el delantero de referencia en la quinta Europa League marcando incluso en Basilea contra el Liverpool. Esa misma campaña le hizo un hat-trick al Getafe, acribilló al Celta con su velocidad en la ida de semifinales de Copa y ajustició al Shakhtar en la vuelta de las semifinales UEL. Este francés trotamundos, de profesionalidad intachable, era y es un correcaminos, un auténtico revulsivo y un depredador de forzar ocasiones de gol. Su efectividad no era alta, pero con poca que fuera le bastaba para sumar un gran número de tantos. Un auténtico incordio para los centrales y un arma de destrucción masiva al contragolpe. Es el jugador del Siglo XXI que más goles ha marcado desde el banquillo en la liga española donde ahora es ídolo en Valencia tras un paso defenestrado por el Atlético de Madrid. Que viniese Luciano Vietto por él en las postrimerías de una pretemporada donde a Sampaoli se le dejó sin delantero fue un insulto a la inteligencia.

Y, aunque Stevan Jovetic llegaría en el invierno de 2017 para estar unos meses, dejarnos con la miel en los labios y un sabor de boca formidable, ya estaba en plantilla Wissam Ben Yedder (138 encuentros, 70 goles). El morito. “Miarma” para los amigos. Un fenómeno del área, del espacio corto y de la efectividad. Un delantero que no destacaba en nada, que no gustaba a ningún entrenador y que se hinchaba a meter goles. Nuestro héroe de Old Trafford con su doblete destronando a José Mourinho. Pesadilla específica de Gerónimo Rulli y de la Real Sociedad. Autor de cinco hat-tricks, uno de ellos en el Ciutat de Valencia en un 2-6 que no solo suponía la mayor goleada de la historia a domicilio del Sevilla en LaLiga, sino además la verdadera prueba que mientras haya jugadores, los sistemas cerrados (y Pablo Machín era cuadriculado como él solo) no valen para nada. Falló un penalti en la Supercopa de España de Tánger en el último minuto cuando muchos se escondieron, cuando Ben Yedder estaba con pie y medio fuera “porque no tenía corpulencia”. Denostado y odiado por no forzar la prórroga ante el Barça, se reinvindicó con 30 goles en una sola temporada, una de las mejores cifras de un jugador en la historia del Sevilla.

POSICIÓN DE HONOR.
José Antonio Reyes. Para refrescar su trayectoria os recomiendo el reportaje de Jorge Decarlini en la revista “Panenka”.

No hace falta recordar que es lo que supuso José Antonio Reyes para el sevillismo la década pasada sacándonos de las tinieblas económicas en un progreso como futbolista acorde al crecimiento desde abajo de nuestro club. Tampoco hace falta presentaciones que es lo que ha supuesto en esta década el gitano de Utrera con su vuelta, con sus derbis ante el Betis, con sus títulos,…con esa instantanea de la Europa League al cielo de Basilea ofreciendo la copa a su afición (sin duda, la imagen del Sevilla de estos años 10). No hace falta describir lo que supondrá a partir de ahora…..y siempre con su desgraciada pérdida

Beto; Coke, Carriço, Pareja, Fernando Navarro; Rakitic, Banega; Jesús Navas, Reyes, Sarabia; Bacca.

Mi once de la década. Como ya habéis apreciado, si es que habéis llegado hasta aquí, que han predominado sobre todo el papel decisivo y estar en el momento preciso a la hora de ganar títulos; junto con su profesionalidad y su sevillismo demostrado fundamentalmente cuando a uno le toca, por razones obvias y que todo aficionado al fútbol comprende, de dejar el fútbol a la hora de mejorar las prestaciones laborales. Es solo una percepción subjetiva, seguramente injusta y que, por supuesto, anima a generar debate. Para terminar, solo espero que los años 20 de este Siglo XXI sean tan buenos como la primera década y como ésta segunda que finaliza, para algunos, hoy.

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