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Enrique Ballesteros - Columnas Blancas

El padre desplazado

Como el ácido láctico de un corredor agotado de 400 metros cuando encara la recta, como el MGU-K del McLaren de Fernando Alonso en plena progresión o como la nula resignación de Valentino Rossi en el ocaso de su carrera mientras compite contra el tipo que le va a destrozar su brillante palmarés; así se siente uno cuando está dispuesto a darlo todo, como lo ha hecho siempre, a la hora de viajar en el día para ver, disfrutar y animar al Sevilla en un partido de visitante, o de local, en otra ciudad diferente a Madrid. Madrid, un privilegio, porque si algo tiene la berlina del donut es que está relativamente cerca de casi todos los destinos nacionales de desplazamiento sevillista (hablamos de carretera o raíl).

Posiblemente el alcohol atenúe el momento de la ejecución, pero no es más que un ingrediente más para “acabar con los leones” (y nunca mejor dicho porque mi mujer es del Athletic). La rutina de criar a dos niñas maravillosas, cuidar a tu mujer y la casa donde vives se alterna con, afortunadamente, las 40 horas de rutina y stress semanal. Ello deja no solo al Sevilla sino a otros quehaceres en un segundo plano, aunque en tu interior la sangre roja sigue bombeando igual. Primero, porque el tiempo escasea; pero, sobre todo, porque el resquicio que encuentras libres (si es que gozas de cheques-libertad) se intenta aprovechar….reventado y con rémora de sueño.

Pues así se plantea el Valencia-Sevilla de este miércoles. Ir y venir en el día en un trayecto que dura tres horas (y gracias porque un día más y hubiéramos pillado el traficazo del puente). Valencia en llamas. En la Capital del Turia habré estado 200 mil veces; incluso alrededor de un estadio que, por fuera, puede ser de los más feos de España (yo siempre lo he comparado al esqueleto de una falla quemada). Pero a un Valencia – Sevilla solo una vez. Sí, esa, con Malvarrosa y kilométrico cortejo en forma de botellón, incluido. Por aquel entonces, la felina ya llevaba tres meses embarazada de mi primera retoña. Ni de lejos era consciente de lo que se me veía encima…. Tres Europas Leagues más, más dos finales de Copa en mi ciudad; sin contar las enésimas Supercopas perdidas, con Cardiff o Barcelona, por ejemplo, entre ceja y ceja de mi mochila viajera.

Fueron las últimas estaciones de inconsciencia ciega por darlo todo sin entender las consecuencias. Se ha seguido viajando, por supuesto, pero la rutina familiar pasa factura en las repercusiones. Sobre todo, ese día después que te recuerda que tienes que volver, que debes tirar del carro de la situación con el estómago hecho una mierda y la cabeza como el bombo de gol norte, con el razonamiento que quizás la paliza no compensa, con que tienes que dejar la casa en orden, a las niñas en el cole y después hacerte cargo de ella, de sus deberes, de su baño, de su cena, de sus pañales, de su sueño. El que yo no tengo. El que tampoco tiene mi mujer, que me ha cubierto y al que debo su proporcional y cariñosa atención. Por estas y muchas razones más, no es lo mismo.

No, no lo es. Antes tirabas a todo. Te daba igual cerveza, ron o whisky, mezclado o a la vez. Te daba igual las tuyas o las rivales. No te daba igual la situación dentro del estadio porque querías estar lo más cerca de la primera plana en la grada. Incluso te daba igual cuando volver. Le dabas más importancia al post que al pre. Ahora ni de lejos. Ahora rara vez hay post. Y si lo hay, comedido. Fichas por el móvil cada dos por tres siempre con el recuerdo de tus hijas por bandera. La conciencia te atormenta el cerebro con la maldita frase “qué clase de padre eres que te vas sin tu familia”. Regulas más con la cerveza pensando qué puñetera barriga te está saliendo que te va a joder los tiempos en las carreras populares o medias maratones, que antes hacías con la gorra y ahora te cuesta hasta entrenarlos. Hablas con la gente pero no con la sociabilidad de antes, ya no lo necesitas, y te gustaría encontrarte con viejos conocidos. Intentas cantar fuera, o así empiezas, pero no prosigues porque si no el cansancio empieza a hacer mella. En la grada, estás encima del partido…y del móvil y los millones de grupos de fútbol de whatsapp; además, tienes hambre y priorizas la comida cuando antes era completamente prescindible. Aún así, esos glóbulos rojos palanganas te ayudan a animar, a responder a la afición rival, a cagarte en los muertos del árbitro, a enfadarte o desesperarte con un gol en contra y a celebrar a muerte ese gol tan caro para el Sevilla como forastero. Y, tras el pitido final, hundimiento.

Quieres continuar, sobre todo si el partido ha ido de cara, pero te das cuenta que no puedes, que mañana tienes que cumplir y que, además, con los que viajas también tienen prisa y no se quedaban a hacer noche como se quedaban antes. Hay que volver a casa, que no es mejor ni peor, ni trato de comparar una situación con la otra. Por favor, no. No se confrontan tener a la persona que más quieres en el mundo con dos seres que te llenan por los cuatro costados, con los títulos, las alegrías de las victorias y la aventura que te brinde apoya a tu equipo de fútbol en la distancia. Es diferente. Solo trato de describir, más o menos y en las horas previas a un viaje con su cosquilleo correspondiente, lo que puede sentir un padre desplazado.

El día después

El lunes 23 de septiembre nadie me dijo nada. Nadie tuvo la osadía de mentarme qué pasó en el partido que colocaba el broche a la jornada y, de paso, a la semana. Solo por el whatsapp me comunicaban que sevillistas sevillanos estaban sufriendo el alborozo de compañeros madridistas. A mí eso no me pasa. Y no me sucede desde hace mucho tiempo. Es más, cuando sucede a la inversa tampoco sucede. No es porque sea una persona dócil, comprensiva de sentimientos (futbolísticos) ajenos. No, no lo soy, sino todo lo contrario.

Todos saben que tengo un entorno. Un mundo creado donde, con los míos, vivo una realidad paralela a la mediática deportiva. Yo he visto un partido y si ya, con esos míos, las discusiones son eternas y los desacuerdos continuos, con el enemigo se convierten en batallas campales. Lo máximo es un “Quique, ¿qué tal?” con tono recordatorio pero sin llegar a la ofensa. No es la bandera de la paz, es una bandera de tregua. Conmigo no se puede discutir, porque saben que llevo siempre la razón.

Mi razón. Y ellos tendrán la suya. Todos coincidimos en la oficina que ninguno quiso ganar. Que tanto Julen Lopetegui como Zinedine Zidane jugaron al ajedrez, a emplearse defensivamente y a dejar que Fernando y Casemiro se batieran en duelo en la zona ancha del centro del campo. El Real Madrid realizó un buen partido, un encuentro serio, pero tuvo solo tres ocasiones: el gol y los dos paradones de Vaclik. El Sevilla ninguna clara de peligro de gol. Hasta ahí, de acuerdo. Prosigo.

Solo el Éibar ha creado menos oportunidades de verdadero peligro en esta liga que nosotros, que estamos a la par con Granada y Español (lo dicen las estadísticas). El Sevilla no remató a puerta; pero no me sorprendió. Si bien el estilo de Julen Lopetegui nos ha dotado de rigidez, firmeza, control del balón, presión y recuperación. Todo ello, que es muy bueno, queda en la nada si nos olvidamos de la verticalidad. Porque el Sevilla, en su campo y con su público, toda la vida, ha sido vertical, en especial en los primeros minutos. Es el que expone. Es el grande del que depende todo y donde los rivales dependen de su quehacer. Y el domingo 22 de septiembre el Sevilla no fue vertical, dejó a sus hombres habilidosos y desequilibrantes en la grada, y sus laterales, su baza sorpresa de ataque, no produjeron el efecto deseado.

Así de timorato nos mostramos. Quizás muy válido, como se ha visto, a domicilio donde un conjunto local está obligado, por alguna ley no escrita, a exponer. Pero insuficiente cuando nos toca ser el anfitrión. Porque el Sevilla se ha ordenado, pero aún no se ha expuesto. No ha demostrado ser nada desde el punto de vista ofensivo esta temporada, aunque algunos de nuestros futbolistas hayan encontrado pegada.

Es mi realidad. Y esa no la puedo explicar a aficionados al fútbol lejos del sevillismo. Y menos a madridistas que, después de un relato objetivo, empiezan a desvariar con chascarrillos y sandeces. Ya nos cortamos las alas hace mucho tiempo mutuamente. Ya se sacó mierda a rabiar dando paso incluso a lo personal. Compañeros, amigos, familiares y ahora en ese terreno están entrando a conocerlo “los padres del cole”. Para hablar conmigo de fútbol, tienes que hablar del Sevilla con propiedad, y no por lo que sale o digan por la tele. Y si me quieres dar caña, prepárate para la que te puede caer cuando sea a la inversa. Si no, como en el Sevilla-Real Madrid, todo quedará en una guerra fría, un par de miradas, una indirecta muy indirecta, y aquí tregua y después gloria. Es así, ya no somos niños. Un sevillista madrileño no tiene guasa en “su derbi”.

 

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