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Enrique Ballesteros - Columnas Blancas

Tras la valla

Supongo que seré del grupo de progenitores que está convencido en dejar a sus hijos recuerdos imborrables. También soy consciente que es harto complicado que la memoria seleccione lo que uno desea o deje a un lado lo que, egoístamente, pretendo recordar y que, a la vez, recuerden para siempre. Mira que nos empeñamos en que sean experiencias amorosas y bienintencionadas para que, de mayores, nuestros primogénitos compartan con nosotros ese estado de felicidad y confort que nos ayuden a seguir viviendo un rato más aunque solo sea en su recuerdo.

Muchos de mi generación o anteriores sabemos que, en otra época, la cosa era diferente. Quizás nuestros padres no sabían expresar sus sentimientos, pero lo que sí que es cierto es que ha habido una vía de comunicación indiscutible para conectar, con toda la complicidad posible, con nosotros. Ese camino no es otro que el fútbol. Lo que les costaba decir “te quiero”, que no se arrancaban con un beso y que son tan duros que no conocían ni tan siquiera la palabra llorar. El orgullo por supuesto. Todo ello quedaba a un lado cuando la comunicación tenía como fondo argumentativo el deporte, en concreto, el fútbol, el cual ayuda a crear recuerdos y a forjar vínculos, incluso siendo de equipos diferentes.

Mi padre fracasó en su propósito de que yo fuese del Real Madrid. Pero considero que triunfó su ideal de que yo eligiera con libertad. No solo respetó mi decisión sino que alentó, en un momento dado, mi sevillismo. Ello no quita que en mi memoria aparezcan imágenes conmigo en “Gol Norte”… del Bernabéu con el mítico gol de Tendillo, las chilenas de Hugo Sánchez, o el video-marcador del estadio que tanto me llamaba la atención de chiquitín, como telón de fondo.

Hace unos meses fui con mis hijas pequeñas a la Ciudad Deportiva del Rayo Vallecano. Equivocadamente pensaba que dejaban entrar público. Nada más lejos de la realidad, el Rayo Vallecano – Sevilla de categoría femenina se disputó a puerta cerrada. Desesperado, dimos una vuelta al recinto con el fin de coger alguna posición, la más idónea posible, para ver “algo” de lejos el encuentro que, por cierto, acabamos perdiendo.

Una muchedumbre se agolpó detrás de una valla, la que hacía de “Gol” detrás de una de las porterías del campo donde se disputó dicho compromiso. Allá que fuimos y, desde ahí, y con mucha paciencia, se podía ver medianamente el partido. Mis hijas se pegaron a la valla y yo, por detrás y con la mano en el hombro, las vigilaba y las miraba preguntándome si se estaban enterando de lo que estaban viendo.

¿Se acordarán mis hijas del día que su padre les llevó a un partido de fútbol de Primera División sin entrar al “estadio”?¿Podrán revivir esa sensación emocionante de hacer algo casi prohibido junto a su padre? Quiero creer que sí. Pero también espero que se puedan acordar de todos los besos que han recibido, de todos los cuentos que se les ha leído, de todos los abrazos achuchables mientras se les decía “te quiero”, de todo los partidos (femeninos y masculinos) que hemos visto juntos, de las veces que han recibido la mano en modo de cuidado.

Y ojalá algún día, las niñas, que ya no serán niñas, al pasar por esa valla puedan recordar que su padre una vez, en aquella época extraña, cuando el fútbol solo se podía ver por televisión, los campos estaban cerrados y la gente no podía salir de casa, les tuvo viendo al Sevilla de la manera más estrambótica posible en Vallecas, y ese momento sienta que nada malo les pueda pasar mientras su padre estaba detrás, con la mano en el hombro, vigilándolas.

Gracias a Alberto Estévez por inspirarme en este texto.

Mes y medio después

A principios de febrero el sevillismo se frotaba las manos. Era consciente que el Atlético de Madrid estaba intratable tanto en el terreno de juego como en el videoarbitraje, y que, por ende, el objetivo de conseguir el título de LaLiga andaba muy lejano, más si cabe porque ese tren se nos escapó semanas antes al no aprovechar la oportunidad del partido aplazado del Wanda Metropolitano. Ese 2-0, que no fue otra cosa que una lección de pegada, fue el único lunar en un inicio de 2021 que, si bien a nivel general, fue apocalíptico para el sevillismo fue una sobredosis de ilusión por los cuatro costados.

Y es que desde que perdiéramos frente al Real Madrid el 5 de diciembre hasta que vino Haaland a Tierra Santa pasaron 19 encuentros en todas las competiciones, 16 victorias, dos empates y el comentado tropiezo como visitante ante el Atlético. Es más, desde aquel partido se encadenaron nueve triunfos consecutivos, incluyendo ese 2-0 en la ida de las semifinales de la Copa del Rey que fue el espaldarazo definitivo para que la afición del Sevilla se creyera con derecho a aspirar a todo. Al optimismo también contribuyeron dos factores: Primero: una racha de ocho encuentros consecutivos sin encajar gol colocando a Yassine Bounou al Olimpo de los mejores porteros sevillistas de la historia. Segundo: el Dortmund llegaba con bajas al primer envite en el Sánchez-Pizjuán y con un entrenador nuevo que no terminaba de encajar las piezas de este grande de la Bundesliga.

¿Qué temporada histórica nos esperaba a la vuelta de la esquina? Pues al parecer ninguna. El golazo desde fuera del área de Dahoud nos abrió la puerta de la realidad. Fue la clave del encuentro y la eliminatoria donde si bien el gigantón noruego con rostro porcino marcó diferencia, nos apuntilló y se llevó todo el protagonismo mediático-cavernario, esos 20 minutos postreros al gol del sirio fueron un golpazo del que nos costó salir. Reaccionamos pero la eliminatoria quedó muy cuesta arriba. Y, aunque se ganó de forma solvente en Pamplona, no supimos aprovechar que el Barcelona, tras recibir un golpetazo procedente de París y quedar tocadísimo tras la visita de un Cádiz post-carnavalesco. El Barça nos puso en su sitio.

Si bien en LaLiga las esperanzas eran mínimas, se cargó nuestra máxima ilusión de la temporada en forma de título: la Copa del Rey. No ayudó que el inexpugnable Yassine Bounou se lesionara en los prolegómenos de esta contienda dejando a recaudo la portería a un Tomas Vaclik con la confianza tan subterránea como su físico. A la horripilante puesta en escena en el Camp Nou manifestada en un primer tiempo de muchas tinieblas, donde no fuimos capaces de dar ni una sola patada en el centro del campo y en el que el resultado justo hubiera sido más propio del tenis, se unieron una serie de factores desgraciados tras el descanso. Que Lucas Ocampos desperdiciara una pena máxima, que se le perdonara la expulsión a Mingueza y que nos llevaran a la prórroga en el último suspiro fue un desafortunado, ultrajado y cruel epílogo a lo que sin duda fue algo merecido.

Nos quedamos abatidos, que tuvo como principal símbolo el naufragio de nuestra cara B en Elche. Sin embargo, los acordes de Haendel de la Liga de Campeones y el orgullo propio de nuestro “Nunca se rinde” propició que el Sevilla, el puto Sevilla Fútbol Club, mostrara posiblemente la mejor cara desde que está Julen Lopetegui como entrenador a acosar al Borussia en su imponente Signal Iduna Park. Nuestro asedio y despliegue físico se quedó a la orilla. También fastidió esta eliminación, mucho, pero de cara al futuro dejó la sensación que este equipo seguía su rumbo y que el bajón físico no era una de las razones del bache de resultados.

El derbi cortó la sangría y fijó horizontes. Con la plantilla descansada y una zona de nadie árida en el cuarto lugar con las mismas opciones de ganar LaLiga (11 puntos) que de caer al quinto puesto (10), el Sevilla se presenta de esta manera a esa parte de la temporada que nuestro exentrenador Luis Aragonés catalogaba como la más importante de la temporada: los diez últimos encuentros. Y se presenta con el objetivo principal e inicial del curso: el cuarto puesto encarrilado. Solo una hecatombe privaría del notable alto a la 2020/21. Es más, hay dos fines muchos menor que, a un servidor, personalmente me haría mucha ilusión: uno, adelantar al Real Madrid y ser tercero, clasificándonos para un torneo con derecho a título como la Supercopa de España; dos, que Yassine Bounou se convierta en el primer portero de siempre de la entidad en conseguir el Trofeo Zamora, ya que anda mano a mano, décima arriba décima abajo, con Jan Oblak.

En definitiva, el Sevilla lo tiene claro. Y a Julen Lopetegui, al que planteamientos y formas de jugar aparte, solo hay que achacarle las dos “Jimenadas” coperas, porque por lo demás está siguiendo el camino prediseñado por Monchi de manera intachable: estar en la Liga de Campeones un año sí y otro también. Y es lo que un club de zona media – alta si quieres ascender a clase olímpica debe porfiar: estar un lustro entre los transatlánticos de Europa con el fin de amasar una cantidad ingente económica para, poco a poco, asentarse y ver como normal objetivos que eran impensables en toda nuestra honorable historia.

EFE

Pepe y José discutiendo hasta 2024

«A seguir enfadándonos, discutiendo y exigiéndonos, pero sobre todo, a seguir consiguiendo objetivos», esto fue lo que declaró nuestro omnipotente director directivo Ramón Rodríguez Verdejo, Monchi, cuando se confirmó la renovación de Julen Lopetegui por la entidad sevillista hasta 2024. Unos gerundios que encierran muchos secretos, que son más allá de unas declaraciones típicas de cara a la prensa. Le gusta mucho al isleño, será sobre todo por su cariño al Carnaval, soltar comentarios entre líneas para que los más inteligentes capten de inmediato los mensajes, y los más toscos se queden en la literalidad de las letras como hace un año sucedió en el Santiago Bernabéu. Aún nos recuerdan que quisimos retirar al equipo…

Es indudable que esa división existencial que existe en el sevillismo en torno a la figura de su entrenador existe también en la cabeza de Monchi. No solo a la hora de confeccionar la plantilla, que es el principal cometido de nuestro manager (en el significado español), sino a la hora de observar y de comentar lo que se contempla en los terrenos de juego cada tres o cuatro días por parte de nuestro manager (en el concepto inglés). ¿Por qué no termina de convencer a una parte del sevillismo Julen Lopetegui más allá de los incuestionables resultados que tienen como bandera la conquista de la Europa League?

Una pregunta que conduce a una división. Una división que es absurda y que reaviva una rivalidad completamente innecesaria, que solo sirve para alimentar egos. El de “Pepe” que es cierto que vive los éxitos de su equipo de forma afligida y al acecho de cualquier fallo para llevar razón. O el de “José” que se atreve a llamar “Pepe” al que realiza una autocrítica o pone encima de la mesa otro tipo de preferencias sin dejar que éste último pueda expresarse con libertad. ¿Si Monchi se enfada, discute y exige a Julen Lopetegui, por esa regla de tres, es un “Pepe”?.

La gran arma de los “José” son los resultados. Da igual que no vean los partidos, le bastaría con ver parpadear los numeritos del teletexto Voy a detenerme en los resultados. Voy a comparar a Julen Lopetegui con los entrenadores que hemos tenido en la élite en el Siglo XXI y que han cumplido al menos una temporada. Esto es, Joaquín Caparrós, Juande Ramos, Manolo Jiménez, Unai Emery y Jorge Sampaoli. Hace no mucho salió el dato que el exseleccionador es el entrenador con el mejor porcentaje de victorias de la historia del Sevilla con al menos cuatro partidos dirigidos; y ya la campaña pasada salió a relucir la estadística aquella de que su % de derrotas es el más bajo de cuantos entrenadores han pisado Nervión y no Nervión. Nada que objetar a los “José”.

Julen Lopetegui, tras perder en el Wanda Metropolitano ante el Atlético de Madrid, acumuló el 57,50% de victorias (por las 57,14% de Juande Ramos), y posee tan solo el 18,75% de las derrotas (por las 22,56% del manchego, su perseguidor y según una encuesta de Estadio Deportivo, el entrenador favorito del sevillismo). Ahora bien, me parece original como Julen Lopetegui distribuye estos porcentajes si tenemos en cuenta los parámetros de casa y fuera, porque si algo ha conseguido el vasco es igualar hasta límites casi ínfimos la diferencia de resultados siendo local y visitante. Meritorio cuanto menos y homenajeando a esta época de pandemia donde no hay público en las gradas y la diferencia entre ser local y visitante por tanto es menor.

Una buena razón de los “Pepe” es el hastío que le deja el equipo cuando el Sevilla juega sus partidos en el Ramón Sánchez-Pizjuán. Julen Lopetegui ha vencido el 60% de sus partidos en casa (21 de 35). En la comparación de esta centuria, solo está por encima de Joaquín Caparrós (54,64%), está cerca de Manolo Jiménez (el 63,23%) y está muy lejos de los otros tres que están por encima del 70% en esta estadística demostrando que necesitaron hacerse fuertes en casa para sacar resultados. En el % de derrotas, Julen Lopetegui cuenta con un 14,29% (anda casi a la par con Unai Emery, 15,93%), un dato mejorado por el 10,94% de Juande Ramos y el 11,54% de Jorge Sampaoli. No pierde mucho como local pero otros han perdido menos.

No obstante, los “José” pueden contragolpear, como no, con resultados, los de a domicilio. Julen Lopetegui ha vencido el 52,50% de sus encuentros fuera (o lo que es lo mismo 21 de 40). En este aspecto, destroza a cualquiera de sus homónimos en este siglo con Manolo Jiménez en la distancia con el 45,59% de victorias como visitante, y el resto sin apenas superar el 40% (Juande Ramos 40,62%). Más relevante es su estadística de derrotas en los desplazamientos. El 22,5% (es decir solo 9 de 40), pulveriza a cualquiera que se le ponga enfrente (los otros cinco misters comparados giran entre el 34 y el 42%).

Julen Lopetegui ha ganado el 60% de sus partidos en casa y el 52,50% fuera. Alucinante. Una diferencia de 7,5 puntos, que contrastan redondeando con los 18 puntos de Manolo Jiménez, los 20 de Joaquín Caparrós, los 24 de Jorge Sampaoli, los 31 de Juande Ramos y los 39 de Unai Emery. Julen Lopetegui ha perdido el 14,29% de sus encuentros como anfitrión; y ha sido derrotado el 22,50% como forastero; es decir una diferencia de unos 8 puntos en comparación con los 18 de Manolo Jiménez, los 20 de Joaquín Caparrós y Unai Emery, los 24 de Juande Ramos o los 27 de Jorge Sampaoli (resultado de los 11,54% de derrotas en el RSP con el 38,46% de derrotas lejos de Sevilla).

Es decir, sus extraordinarios resultados como entrenador foráneo tapan sus estadísticas como local y le ayudan a aquellos “José” que creen y apoyan a Julen Lopetegui para seguir mirando por encima del hombro a quienes tienen la libertad de expresar lo que no le gusta. Siendo como es una forma de jugar similar independientemente del escenario donde se sitúe. Cuando los rivales visitan el Ramón Sánchez-Pizjuán esperan su oportunidad dando por bueno el punto de inicio, no tienen prisa y juegan con la horizontalidad de los nervionenses para hacerse fuertes, más si cabe si tienen el bloque bajo apuntalado, por eso los equipos modestos cuestan más. Cuando los rivales reciben al Sevilla, no se embotellan y tienen la necesidad de hacerse fuertes en casa dejando esos resquicios en su parte defensivo tan buenos para el estilo de este Sevilla de autor, algo que no le gusta a los “José” que, una vez por delante, sí sabe gestionar la ventaja a su favor (siempre que hayan cinco minutos de por medio).

Al estilo de Julen Lopetegui le gusta tener el balón, sobarlo para que no pase nada y que decida la cantidad de sus puntales. Le gusta jugar siempre igual. Le gusta jugar al empate. Tanto es así que el de Euskal Herria tiene el 23,75% de empates en total; el que más de los técnicos de este siglo con al menos una temporada completa. Es más, el Sevilla ha empatado nueve de sus 35 encuentros en Nervión (el 25,71%), solo Joaquín Caparrós está a la altura al haber empatado el 23,71% de sus compromisos como local (el resto de este siglo no superan el 19%).

Resultados, porcentajes, estadísticas y datos al fin y al cabo, que de momento de forma indudable avalan a un Julen Lopetegui cuanto menos original a la hora de conseguir sus réditos. Luego están las sensaciones que te deja, el gusto por su estilo de fútbol o lo que más le gusta a nuestra afición, que no es otra cosa que enconarse de forma absurda entre sí. Ver quién tiene razón, si los “Pepes” que se amargan o los “José” prepotentes que no dan pábulo a esa libertad de expresión, ahora tan envenenada en tiempos de pandemia y redes sociales. Libertad inherente a ese enfado, discusión y exigencia de un sevillismo que siempre va a intentar aportar su granito de arena para conseguir objetivos.

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