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Enrique Ballesteros - Columnas Blancas

El XI de la década

Lejos, muy lejos, de sumergirme en la polémica suscitada, con dos versiones ya socialmente aceptadas, de si la década termina ya o, en cambio, fenece el año que viene, no quiero desaprovechar la oportunidad para ofrecer mi humilde opinión sobre lo que, para mí, puede ser la alineación titular del Sevilla desde el 1 de enero de 2010 hasta el 31 de diciembre de 2019. Soy muy consciente que al haber tantos jugadores, y a riesgo de olvidarme a los Stevanovic, Babá Diawará, Carole o Walter Montoya, puede ser que el once de gala pueda ser totalmente dispar al inicialmente expuesto. Eso sí, antes de pasar por megafonía y cantar para todo el estadio a los once elegidos (en algunas posiciones daré hasta a elegir dando cuenta, de paso, de mi generosidad), quisiera recordar lo logrado en estos diez años que pueden catalogarse como uno de los mejores de la entidad, por no decir que puede estar en el podio de leyenda.

Tres Europa Leagues (2014, 2015 y 2016) son la mayor excusa para no olvidarnos de esta década. Unos éxitos que nos han catapultado a ser el mejor equipo con diferencia de esta competición legendaria continental que data de 1971. En un segundo plano, la Copa del Rey lograda en el Camp Nou en el año 2010 frente al Atlético de Madrid por 2-0, aparte de ese gol de Wissam Ben Yedder en Old Trafford y esos cuartos de final de Champions League en 2018 (históricos ya que iguala la gesta de nuestro club de 1958 como cota más alta en la máxima competición continental). En un último plano, las dos finales de Copa malogradas en sede atlética (la prórroga fallida ante el Barcelona después de jugar con un hombre menos una parte entera, además del ridículo “montelliano” del Wanda Metropolitano, justo después de ser el primer equipo español en ganar en ese estadio), sin olvidarnos también de las tres clasificaciones para la Liga de Campeones (2015, 2016 y 2017), objetivo real del club en estos tiempos modernos para asentarnos en posiciones de la nobleza europea.

Empezamos….

PORTERÍA
Aquí muestro mi primera duda, mi primeros dos nombres a elegir. El 2010 que se cascó Andrés Palop bien merece una década entera, todo ello apoyado por el aura de los años anteriores y que fue nuestro portero hasta el año 2013, hasta que, tras superar a Javi Varas o Diego López, fue desbancado por Beto, que tardó solo unas horas en debutar con nosotros después de bajarse del avión. Fue en el Vicente Calderón en un partido copero donde solo hubo penaltis. Esos que le dieron la gloria en Heliópolis y en Turín otorgándole el derecho a ser uno de los protagonistas indiscutibles del retorno del Sevilla a conquistar “su” competición en una edición, la de 2014, con las mayores de dosis de fe posible (por no hablar de moña). Estuvo presente en los tres títulos conquistados, aunque solo fue titular en la primera. Después de un periodo de lesión, Unai Emery le sacó a la palestra en San Petersburgo donde falló y complicó una eliminatoria resuelta (aunque después la salvaría) le empezaron a defenestrar dentro del sevillismo, con el que no terminó familiarizado.

Una afición siempre exigente con los porteros y si no que se lo digan a Sergio Rico, el guardameta del futuro, titular en 2015 y que no supo aceptar las críticas cuando le vinieron mal dadas para salir por la puerta de atrás tras previa visita al “Rocío”. Algo que favoreció a David Soria, el sorprendentemente titular en la Europa League 2016 que estuvo muy verde en su salto al primer equipo, antes de ser un ídolo actualmente en el Getafe. Para terminar, destacar a nuestro cancerbero actual, Tomas Vaclik, quizás el fichaje “estrella” fuera de la era Monchi, que ha recuperado la seguridad que se había perdido tras la marcha de Andrés Palop, no obstante, su buen rendimiento en general no se ha traducido aún en hechos memorables.

LATERAL DERECHO
Me va a perdonar Mariano Ferreira, un jugador que resultó fundamental en la consecución de la tercera Europa League y que será recordado por ese robo de balón a Alberto Moreno en la final de Basilea. Además se hartó en correr la banda en el alocado sistema de Sampaoli un jugador técnicamente muy bueno y con buenas dosis defensivas que sonó una y mil veces para formar parte del Barcelona, antes de que este club apostara por la juventud de Nelson Semedo. Me va a perdonar también Gaby Mercado que pasó de ser el ojito derecho de Sampaoli para funcionar tanto en banda como en el eje de la zaga a ser uno de los principales baluartes de vestuario en la época post-títulos. De los pocos que daban patadas con sentido, se enfrentaba a los contrarios sin achicarse y defendía el escudo con profesionalidad. Un defensa con gol a pesar de sus limitaciones técnicas. Y me vais a perdonar que no incluya a Jesús Navas, cuyo rendimiento desde la vuelta del Etihad está siendo intachable tanto en calidad como en capitanía. Vertiginoso e incansable a sus 34 años de edad, se ha perdido la época de los títulos de esta década. Fijo en el once del decenio pasado, se fue en el extremo y Pep Guardiola nos la ha devuelto hecho un pedazo de lateral.

Pero esta posición tiene un nombre en Coke Andújar. Al vallecano, pundonor, simpatía y compromiso, le costó arrancar. Su irregularidad inicial pasó a mejor vida tras erigirse en el alma de esa heroica y surrealista tercera Europa League. Su complicidad en la grada, sus cánticos en Heliópolis, sus goles y ese saque de banda en Valencia le encumbró a ser un ídolo del sevillismo haciéndose, junto con sus alternancias con Diogo Figueiras, un fijo en el once en la época de vino y rosas hasta que encontró culmen y premio en esa final de Basilea de 2016. Llegó a jugar de mediocentro, pero fue en esa posición adelantada de interior, donde anotó un doblete inolvidable para tumbar al Liverpool de Jurgen Klopp. Tras la borrachera de masas, se marchó ese mismo verano al Schalke04 en una decisión extraña y que quizás tenga que ver con el largo recorrido de un puesto en el que daba mejor la talla el citado Mariano Ferreira y el polivalente Gaby Mercado. Hoy, el madrileño centra sus energías en mantener al Levante en la zona templada de la tabla hablando claro ante la prensa y dando palos incluso a los aficionados granotas, sin que estos osen a toserle.

LATERAL IZQUIERDO.
Quizás el lugar del campo más endeble que hemos tenido en los años 10. Tengo que reconocer que si a Andrés Palop lo he incluido en la portería por un año espectacular, aquí debería hacer lo mismo con Benoit Tremoulinas por un 2015 donde nos encontramos a un francés defenestrado que, con el 2 a la espalda, se atrevía a pisar área contraria como si fuera Marcelo o Roberto Carlos. Rápido y con disparo, llegó en invierno en otra nueva genialidad de Monchi. Titular en la final de Varsovia, empezó la temporada siguiente en el once tipo, sin embargo, un recién incorporado Sergio Escudero le fue comiendo la tostada hasta hacerse con su puesto al cabo de la temporada 2015/2016. Su vergonzosa profesionalidad en la 2016/2017 donde hasta un reconvertido Pablo Sarabia tuvo que jugar en su posición, le relegan de formar parte del once del Sevilla de la década.

Alberto Moreno parecía el hombre destinado a ocupar esta posición durante estos años pero se lo llevó el Liverpool en una decisión que nadie comprendió al cabo de la tercera Europa League. El canterano posteriormente demostró su inconsistencia en Anfield (y en Basilea) y ha vuelto a LaLiga al Villarreal. Sergio Escudero, uno de nuestros capitanes actuales, ha ido de más a menos. Se presentó como un hombre de buen disparo lejano, una cualidad que aún desconocemos y, poco a poco, se ha ido apagando. Más lateral que carrilero, un jugador defensivo con interesantes centros al área, los continuos cambios de sistema y de entrenadores han afectado a su rendimiento y han terminado de desubicarle dando la sensación siempre que está mal colocado, aparte de no asentarse definitivamente en el once ganándole la partida jugadores como Quincy Promes o ahora Reguilón.

Por lo que, quizás, por descarte y sobre todo profesionalidad. Por estar siempre ahí desde que ganó la Eurocopa 2008, nos vamos a quedar con Fernando Navarro. El catalán fue el jugador que levantó el “paragüero” en 2015, estando también en 2014. Se perdió la final de la Copa del Rey de 2010 brindándole una oportunidad de oro a un Antonio Luna que nunca terminó de asentarse aquí en años postreros. El barcelonés fue un ejemplo de sobriedad, de no poner una mala cara y no levantar la voz. Tácticamente perfecto, era un tercer central a la hora de cerrar y pocas veces le pillaban la espalda. Abusaba de ello y dejaba mucho espacio en la apertura a banda del rival, aparte que ofensivamente aportaba menos que David Castedo, pero terminó siendo un hombre de club (de hecho, lo es ahora mismo en otras facetas) y si no ha habido nadie que, por unas causas u otras, le hayan superado con creces, para mí, se queda con el puesto.

CENTRALES
En este capítulo no voy a ser muy original. Se quedan con el eje de la zaga tanto Nico Pareja como Daniel Carriço. Son la auténtica base de los títulos que vinieron después de un verano de 2013 que fue cuando aterrizaron, y en el cual volvíamos a Europa tras una breve ausencia y como consecuencia de hacer las cosas bien hechas, algo que ni Málaga ni Rayo Vallecano que, por méritos deportivos se lo merecieron, no cumplieron en los despachos. Ese nefasto noveno lugar de la 2012/2013 nos llevó, sin quererlo, a una de las épocas más esplendorosas del club, al igual que el agridulce quinto puesto de la 2004/2005. Estos dos centrales nos salvó de unos años aguantando a mediocridades como Emir Spahic, Juan Cala, Alexis Ruano o un alicaído Julen Escudé, todos ellos abanderados por un Federico Fazio desesperante, en el que los 10 kilos que pagaron los Spurs al cabo de su 2014 espectacular se nos antojó pocos, no porque los valiera sino porque eso no costó nuestra infinita paciencia de siete años aguantándole.

Nico Pareja y Dani Carriço, éste último que vino como mediocentro defensivo, aportaron la veteranía, la experiencia y las tablas necesarias para formar una dupla solvente. No han sido los defensas más destacados, no han tenido un físico imponente y su juego aéreo tampoco ha sobresalido. Además que sus lesiones les han lastrado en tener continuidad no solo como dúo compenetrado por más tiempo sino que han puesto a prueba el señorío del Sevilla a la hora de saber esperarles. La afición del Sevilla siempre les ha reconocido que, sin ellos, la estabilidad defensiva no hubiera sido tal en la época de los tres títulos. Por calidad, por vestuario.

Y eso que también hay centrales que han acumulado éxitos como nosotros como el innombrable Kolodziejczak que acabó siendo titular en la 2014/2015 para ser un fijo en el once en la temporada siguiente junto con Adil Rami, otro defensa que venía de vuelta y que dio un rendimiento extraordinario, quizás gracias a estar vigilando la playa. El primer francés, que apuntaba maneras, se aprestó al dinero y no quiso hacer carrera con nosotros (no se volvió a saber nada de él). Luego vino otro galo como Clement Lenglet, tan bueno y elegante en el curso y medio que estuvo que terminó llevándoselo el Barcelona donde es titular indiscutible por delante de Umtiti. Por lo que, de buenas a primeras, nos encontramos con un vacío en esa zona (Kjaer, Sergi Gómez, las idas y venidas de Pareja y Carriço, los parches de Mercado,…) clave para comprender el por qué nos hemos distanciado en estos últimos años de la zona noble. Diego Carlos ha llegado tarde a este decenio.

CENTROCAMPISTAS.
El motor de un equipo. Si esto no carbura, no hay nada que hacer. No destruye, no sujeta, no apoya, no construye, no genera, no ayuda a salvar goles y no ayuda a marcarlos, esto no funciona. Para elegir a los dos mejores mediocentros del Sevilla de estos últimos diez años, he dividido el decenio en dos partes. No han coincidido nunca juntos y, en cierto modo, uno vino por el otro. Para la primera parte (hasta 2014), Ivan Rakitic, natural de Pino Montano, que hasta que Unai Emery se enteró que había que colocarle a dos tíos a su lado, no empezó a demostrar su calidad. Para la segunda mitad de década, Éver Banega, que evolucionó de la forma contraria al suizo-croata. De ser un mediapunta que necesitaba sujeción al ser el auténtico 5 que necesitaba el Sevilla para sacarla jugada.

El actual futbolista del Barcelona echó raíces en Sevilla, y aunque uno pensó que podía haber dejado más en caja, casi estuvo de marcharse del club sin haber dejado huella. Llegó junto a Gary Medel. El “Pitbull”, demasiado impetuoso, generaba mucha controversia. Adeptos y críticos le defendían y le atacaban teniendo como capítulo final el derbi que terminó 3-3 (el primer gol en contra fue un error suyo en un partido donde acabó expulsado con Cañas saliendo victorioso y de rositas). El croata conoció a Ndri Romaric, que sin Jiménez (y con él también) no era nadie, a Piotr Trochowski, todo un semifinalista de Mundial castigado por las lesiones, y a Geoffrey Kondogbia, un “fondo de inversión” tan deslumbrante y potente como individualista e inmaduro. Cuando, por fin, el giputxi le puso por detrás a Carriço y Stephane M’Bia (“Valencia en llamas”), “el rubio” sacó su “quinta esencia”. Un taconazo contra el Real Madrid y levantar la milagrosa Copa de la UEFA de Turín fue suficiente para que, otro más, volara a la Ciudad Condal.

Podrían estar en esta categoría. El citado Stephane M’Bia; un box to box peculiar, hecho para milagros, protagonista del subidón más imprevisto de nuestra historia y que cogió los galones que dejó Samuel Etoo en Camerún. Don Vicente Iborra: de la saga de valencianos de donde vinieron Andrés Palop o Javi Navarro, que debutó como central, que te servía para cualquier cosa, que vino para dar el pase fácil y terminó centrando al área y rematando convirtiéndose, además, en el primer suplente de la historia de LaLiga en marcar un hat-trick a domicilio. O Gregorz Krychowiak: un polaco experto en limpieza y que se encargaba de barrer toda la zona ancha del terreno de juego; un jugador que vino específicamente para ganar un título en su país, incluyendo un golito, y en dejarnos para la memoria la descomunal belleza de su mujer y para las arcas un buen puñado de euros. Nunca volvió a ser nada. Salió al Camp Nou a ver el sexto de Sergi Roberto en la remontada del Barça en UCL frente al PSG y ahora lidera al Lokomotiv.

Pero no está ninguno de estos tres, y me resisto a mentar al, para mí, sobrevalorado Steven N’Zonzi. Quiero destacar a Éver Maximiliano David Banega Hernández. Nadie aprobó su fichaje, todos teníamos en mente sus pajas por internet, su auto atropello en una gasolinera (arte), y sus fracasos en el Atlético de Madrid y en el Valencia. Tanto que tuvo que volverse a Argentina. Extrañó que fuera el propio Unai Emery el que lo solicitara en 2014 cuando el que parecía más apropiado en sustituir a Ivan Rakitic era un Dani Parejo indispensable pero entonces discutido a orillas del Turia. De hecho, “Tanguito” tardó en hacerse un hueco en el once, y cuando empezó a bailar de espaldas con el balón pegado al pie deshaciéndose de un plumazo de la presión de los rivales para iniciar la jugada de ataque, se convirtió en ídolo. Dos Europas League, cántico de “fumando en el barrio” y al Inter de Milán.

No coincidió con Sampaoli, al que seguramente hubiera venido bien. Y, cual estrella que fracasa en territorio neroazzurro, regresó. Con recelo de la propia afición, pero regresó. Hacía falta porque los Kranevitter, Pizarro, Roque Mesa… parecía un precipicio. Volvió para regenerarse. Tras el Mundial y sin descansar, se puso a jugar previas de Europa League con Pablo Machín, que lo dejó solo en el medio para meter dos delanteros. Fue crucial para la ilusionante 2018/2019. Pero reventó de cansancio y de funciones, y el equipo se cayó con él. Su expulsión en Girona pareció un triste epílogo a su estancia en el Sevilla. Pero, nada más lejos de la realidad. Julen Lopetegui ha sabido arroparle junto a una bestia llamada Fernando y otro centrocampista más, para sacar, una vez más, la mejor versión del rosarino. Por cierto, en ese otro “centrocampista más” hallamos a Franco “el Mudo” Vázquez. Tan exquisito, tan bueno, tan genial, tan “Curro Romero”, tan silencioso, tan trabajador, tan criticado, tan importante que, de haber ganado un título, lo mismo hubiera liderado esta categoría.

VOLANTE DERECHO
No lo he incluido en el lateral pero sí lo he hecho en la posición que le conocimos y que tanta gloria nos dio en la época pasada. Jesús Navas, junto a Frederic Kanouté, se hartó de tirar del carro en esas tres temporadas ominosas en el que nos alejamos de pelear con los más grandes regresando de nuevo a la mediocridad que habíamos sido siempre. Fundamental en el tanto de nuestra quinta Copa del Rey que sentenciaba la final frente al Atlético de Madrid, el “duende de Los Palacios” hizo notar su ausencia cuando se marchó a Manchester en 2013. Parecía que algo nos faltaba cuando mirábamos a ese lado del campo y no le encontrábamos. Sus múltiples transiciones, llegadas al área, y milésimos centros que, por muy bajo que fuese su porcentaje rematador, era ya más alto, por cantidad, que el resto de jugadores de Primera División en ese lugar del campo.

En ese puesto bien podía haber estado Aleix Vidal que nos brindó una temporada 2014/2015 sencillamente desconocida y que no solo nos sirvió para conquistar la cuarta Europa League, sino para sacar un dineral cuyo club de llegada, quien si no el Barcelona, no supo amortizar. Ni siquiera cuando nos lo devolvió tres temporadas después. Solo duró un año, no quedó ni rastro del jugador de Valls que se marchó. Y dejó paso, entre otros, a Lucas Ocampos, cuya comparación ya parece de por sí insultante. Entremedias, Pablo Sarabia y José Antonio Reyes podían estar aquí, pero los he reubicado en otras posiciones, algo que paso a explicar a continuación.

VOLANTE IZQUIERDO
Una posición huérfana prácticamente desde que se marchó Adriano Correia hasta que llegó Vitolo. Porque mira que apostamos por Diego Capel, el cual no paró de devaluarse sin levantar la cabeza del suelo, o que tuvimos paciencia con Diego Perotti, a lo Federico Fazio Style, pero no hubo manera. El pobre chico era muy bueno, de hecho lo demostró en la Roma cuando estaba más maduro, pero de joven se enredó con las redes sociales y se centró más en sus celebraciones a las gradas y en invitar a los ultras a los entrenamientos que explotar, de verdad, como jugador. Por lo que la llegada del canario resultó fundamental para copar una posición pensada en José Antonio Reyes, aunque éste luego Unai Emery lo colocaría en la derecha, donde también mejor rindió en el Atlético de Madrid.

Así que, junto a Dani Carriço, Vicente Iborra, Nico Pareja, Carlos Bacca o Kevin Gameiro llegaría en el verano de 2013, Víctor Machín “Vitolo”, procedente de Las Palmas. Un jugador que deslumbró en Segunda División y que resultó toda una apuesta de futuro de Monchi, poco dado a que le salgan bien los jugadores de esa categoría. El canario demostró la personalidad que no tuvo ni el propio Diego Perotti ni el “fichaje estrella” Marko Marin para hacerse con ese puesto de interior izquierdo y no soltarlo durante cuatro temporadas donde siempre fue a más siendo titular indiscutible. Su potencia en la zancada, su trabajo colectivo y ayuda en defensa, su gol y su desborde hasta la línea de fondo que recordaba a Antonio Puerta enamoró a Unai Emery, a Sampaoli y al sevillismo.

Desde luego debía de ser el merecedor de este galardón si no fuera por esa “patada en el culo” que nos dio para marcharse a un directo rival como el Atlético de Madrid. Dejó decepcionado al sevillismo, con el culo al aire a Pepe Castro y tirados a sus compañeros, en especial a un Nico Pareja que, ejerciendo de capitán, le recogió en el aeropuerto para firmar su renovación horas antes de coger un chárter hacia Las Palmas, lugar de transición en dirección a Arcentales donde, con causas pendientes con la justicia, no termina de explotar desde el punto de vista deportivo, incluyendo las lesiones que no han parado de castigarle, la segunda de ellas provocadas en el Sánchez-Pizjuán en un partido donde los nuestros se cebaron con su ex para dejarle en la enfermería.

No quiero olvidarme de Joaquín Correa: un argentino que quiso presentar Monchi al mundo, con unas habilidades increíbles en el regate, buen fajador con gol pero desacertado en la última elección, la decisiva, aparte de unas carencias defensivas alarmantes; tampoco de Samir Nasri, al que rescatamos del City para brindarnos un inicio de 2016/2017 sencillamente espectacular antes de verse envuelto en un caso de supuesto escándalo sexual, desaparecer del mapa y caerse, como se cayó, aquel curso prometedor de Sampaoli; y tampoco de Yevhen Konoplyanka, un ucraniano con talento que fue nuestro último escollo antes de alzarnos con la cuarta, que brindamos arrebatárselo al Atlético de Madrid y que, quitando un encuentro fabuloso ante el Real Madrid y alguno más, también terminó de evaporarse en la última temporada de Unai Emery.

Pero el puesto se lo otorgo a Pablo Sarabia, un pedazo de futbolista que nos regaló en tres temporadas, nada más y nada menos que 42 goles y 36 asistencias. Es decir, en 151 partiditos participó en 78 tantos (más del 50% de los goles del Sevilla). Encuentros que, rara vez, los hacía completos. Primero porque era el jugador número 12 con Sampaoli, con el que rara vez empezaba de inicio pero que solo le faltó utilizarlo como portero. Y, después, porque se reventaba por nuestro escudo siendo muchas veces sustituido en los últimos instantes del encuentro llevándose una ovación que no solo reconocía sus impresionantes números, sino también su implicación, su entrega física, y los galones que adquirió, sobre todo, dando la cara en los micrófonos cuando el resultado no sonreía. Otro alarde de profesionalidad intachable que se resistió a renovar para marcharse al PSG dejando en caja más dinero de lo que indicaba su cláusula. Empezó de enlace entre el centro del campo y la delantera, se desenvolvió en la derecha, actuó de improvisado lateral o carrilero izquierdo, para luego, en una riquísima alianza con Wissam Ben Yedder, ejercer de líder de un equipo en descomposición y sin dirección técnica.

DELANTERO
Guillermo Campanal, Juan Arza, Anton Polster, Davor Suker, Luis Fabiano, Frederic Kanouté…Casi ná. La calidad es tal que merece gran responsabilidad elegir al ariete que mejor nos ha representado en este decenio. Me he centrado básicamente en cinco nombres, que cada uno elija el más apropiado.

En primer lugar, el propio Frederic Kanouté que, desde el 1 de enero de 2010 hasta que le despedimos por todo lo alto de 2012 disputó 97 partidos y marcó 38 goles en todas las competiciones (en total fueron 136 en su trayectoria sevillista). Para empezar, un detalle. Su expulsión en el Camp Nou en 2011 cuando nos señalaron un penalti rigurosísimo en contra en el descuento. Antes de que Javi Varas detuviera la pena máxima a Lionel Messi, el maliense, en un gesto simbólico (siempre simbólico) empujó la pelotita ya colocada en los once metros, en una acción reivindicativa de “ahí os quedáis con vuestra mierda que yo me bajo de esto”. Lástima que también no le reventara la cara al bueno de Cesc Fabregas. Cierro paréntesis y prosigo. Evidentemente nuestro querido Alá no era el de los cinco títulos de Juande Ramos; pero consiguió anotarse el sexto, siendo junto a Andrés Palop, Jesús Navas y Julien Escudé ese poso reminiscente de la que siempre será la mejor época de la historia sevillista. Su ocaso de sus siete temporadas de hispalense, afortunadamente, se eternizó. Y tiró del carro. Vaya si lo hizo. Su presencia se agigantó aún más, hasta el punto de bajar, plantarse en el centro del campo y ponerse a distribuir. Era nuestro faro cuando anduvimos perdidos a principios de estos años. Lo es y siempre lo será un futbolista que simbolizará toda la grandeza que tiene este club.

En segundo término, quiero destacar a Álvaro Negredo (160 encuentros en esta década, 81 goles). El vallecano era pura clase. Tenía una magia bestial en esa pierna zurda y sus movimientos eran de delantero caro. Su arranque no fue bueno porque estaba llamado a suceder a un tal Luis Fabiano. Y le costó. Cuando explotó supo aprovechar el vacío que ya estaba dejando Frederic Kanouté para convertirse él en referencia. Lo aprovechó, se proclamó campeón de la Eurocopa y al año siguiente se salió para marcharse de la mano de Jesús Navas al Manchester City. La 2012/2013 tuvimos dependencia de él y ello nos costó la presencia europea por vía directa. Protagonista en Santander en una de las mayores goleadas a domicilio de la historia del Sevilla en liga, se despidió con cuatro goles frente al Valencia de Banega; el club en el que recalaría años después. Su marcha ese verano nos dejó preocupados a muchos. Menos mal que teníamos a Monchi para hacer magia.

Y la magia llegó con “Abrazo de gol”: Don Carlos Arturo Bacca Ahumada (49 goles en 108 partidos). El delantero colombiano llegó tarde al mundo del fútbol y Monchi lo rescató del Brujas para convertirse, en mi opinión, en el mejor delantero de la década. Por lo menos el que más presencia ha tenido a la hora de obtener títulos. Con ese estilo tan ortopédico como infalible a la hora de afrontar los mano a mano, sus goles fueron fundamentales para empezar a coronarnos de nuevo campeones de la Europa League. Fue un muy mal suplente. Autor del gol que forzó el 0-2 en el Benito Villamarín en el Euroderbi; su gran noche llegaría frente al Real Madrid en el Sánchez-Pizjuán al marcar uno de sus tres únicos dobletes con la camiseta nervionense jodiéndole en una liga al Madrid. Poco después, la guinda la puso en Varsovia al anotar el tanto de la victoria frente al Dnipro (3-2). Posteriormente, su marcha al Milán fue un fallo por su parte del que todavía, ahora en el Villarreal, se estará arrepintiendo.

Si hemos dicho que Carlos Bacca fue un mal suplente era porque Kevin Gameiro era todo lo contrario (145 partidos, 83 como titular y 67 goles en su haber). El francés presente en los tres títulos europeos sevillistas, tuvo un papel secundario, pero no menos importante en sus dos primeras temporadas para luego ser el delantero de referencia en la quinta Europa League marcando incluso en Basilea contra el Liverpool. Esa misma campaña le hizo un hat-trick al Getafe, acribilló al Celta con su velocidad en la ida de semifinales de Copa y ajustició al Shakhtar en la vuelta de las semifinales UEL. Este francés trotamundos, de profesionalidad intachable, era y es un correcaminos, un auténtico revulsivo y un depredador de forzar ocasiones de gol. Su efectividad no era alta, pero con poca que fuera le bastaba para sumar un gran número de tantos. Un auténtico incordio para los centrales y un arma de destrucción masiva al contragolpe. Es el jugador del Siglo XXI que más goles ha marcado desde el banquillo en la liga española donde ahora es ídolo en Valencia tras un paso defenestrado por el Atlético de Madrid. Que viniese Luciano Vietto por él en las postrimerías de una pretemporada donde a Sampaoli se le dejó sin delantero fue un insulto a la inteligencia.

Y, aunque Stevan Jovetic llegaría en el invierno de 2017 para estar unos meses, dejarnos con la miel en los labios y un sabor de boca formidable, ya estaba en plantilla Wissam Ben Yedder (138 encuentros, 70 goles). El morito. “Miarma” para los amigos. Un fenómeno del área, del espacio corto y de la efectividad. Un delantero que no destacaba en nada, que no gustaba a ningún entrenador y que se hinchaba a meter goles. Nuestro héroe de Old Trafford con su doblete destronando a José Mourinho. Pesadilla específica de Gerónimo Rulli y de la Real Sociedad. Autor de cinco hat-tricks, uno de ellos en el Ciutat de Valencia en un 2-6 que no solo suponía la mayor goleada de la historia a domicilio del Sevilla en LaLiga, sino además la verdadera prueba que mientras haya jugadores, los sistemas cerrados (y Pablo Machín era cuadriculado como él solo) no valen para nada. Falló un penalti en la Supercopa de España de Tánger en el último minuto cuando muchos se escondieron, cuando Ben Yedder estaba con pie y medio fuera “porque no tenía corpulencia”. Denostado y odiado por no forzar la prórroga ante el Barça, se reinvindicó con 30 goles en una sola temporada, una de las mejores cifras de un jugador en la historia del Sevilla.

POSICIÓN DE HONOR.
José Antonio Reyes. Para refrescar su trayectoria os recomiendo el reportaje de Jorge Decarlini en la revista “Panenka”.

No hace falta recordar que es lo que supuso José Antonio Reyes para el sevillismo la década pasada sacándonos de las tinieblas económicas en un progreso como futbolista acorde al crecimiento desde abajo de nuestro club. Tampoco hace falta presentaciones que es lo que ha supuesto en esta década el gitano de Utrera con su vuelta, con sus derbis ante el Betis, con sus títulos,…con esa instantanea de la Europa League al cielo de Basilea ofreciendo la copa a su afición (sin duda, la imagen del Sevilla de estos años 10). No hace falta describir lo que supondrá a partir de ahora…..y siempre con su desgraciada pérdida

Beto; Coke, Carriço, Pareja, Fernando Navarro; Rakitic, Banega; Jesús Navas, Reyes, Sarabia; Bacca.

Mi once de la década. Como ya habéis apreciado, si es que habéis llegado hasta aquí, que han predominado sobre todo el papel decisivo y estar en el momento preciso a la hora de ganar títulos; junto con su profesionalidad y su sevillismo demostrado fundamentalmente cuando a uno le toca, por razones obvias y que todo aficionado al fútbol comprende, de dejar el fútbol a la hora de mejorar las prestaciones laborales. Es solo una percepción subjetiva, seguramente injusta y que, por supuesto, anima a generar debate. Para terminar, solo espero que los años 20 de este Siglo XXI sean tan buenos como la primera década y como ésta segunda que finaliza, para algunos, hoy.

Sevilla Unirea Champions

Los pies en la tierra

Se cumple el décimo Aniversario del gol que se marcó nuestro gran Ivica Dragutinovic, Drago para los amigos y sustituto de Sergio Ramos para los ignorantes, en Bucarest ante el Unirea Urziceni, tanto que supuso una pequeña decepción. Nuestra única derrota en la más que probable mejor fase de grupo de Liga de Campeones de nuestra historia (también de largo el grupo más asequible), el petardazo vendría después en octavos de final. Hoy, diez años después, el sevillismo se encuentra rebosante en una nube de optimismo aupado, de forma sospechosa y peligrosa, por la victoria en el derbi en el Benito Villamarín.

Julen Lopetegui ha cambiado todos los titulares y todas las impresiones, lo que antes eran hachas ahora son pañuelos de reconocimiento, lo que antes eran estoques ahora son claveles. Está la temporada para que “lo de Éibar” pase a los anales de nuestra leyenda como ya forma parte “lo de Oviedo” o “lo de Tarragona”. Haber presenciado estas dos derrotas que, bien por caos bien por quedarte en las mieles de la gloria, se pueden considerar como cruzar la Antártida, espero que, en un futuro, yo pueda decir “estuve en Éibar” (porque estuve aunque todos los goles me pillaran en el otro gol). Ojalá que no.

Lo cierto es que el Sevilla no está variando un ápice cada uno de sus inicios de temporada de un tiempo a esta parte. Aspirábamos a todo a estas alturas de año con Jorge Sampaoli, con Eduardo Berizzo e, incluso, con Pablo Machín. El equipo luego se caía bien en marzo, en Navidades o con el frío de enero. Tanto que, en ninguno de los casos, se consiguió clasificar directamente para la Champions League al final de cada curso (Jorge Sampaoli nos dejó cuarto, eso es cierto, pero se marchó dejando a otro la papeleta de estar en la máxima competición continental mediante una previa). Todo lo contrario que don Unai Emery que, de una u otra manera, no solo nos regalaba la nimiedad de tres Europa League sino que nos dejó, en sus dos últimas sesiones, clasificados para Champions League. Y todo ello después de comenzar con uno o dos puntos de los primeros 15 puntos posibles en más de una temporada. Siempre era un tío de segundas partes, tanto a lo largo del año como a lo largo de los partidos.

Pero aquí no vengo a ensalzar a unos y a defenestrar a otros, aquí vengo a escribir un artículo “para intentar bajarla al suelo”. Si tenemos en cuenta a los rivales que nos hemos enfrentado, y la condición de local o visitante, el Sevilla, en este 2019/2020, solo cuenta con dos puntos más de los logrados contra los mismos equipos y las mismas condiciones con respecto al año anterior donde terminamos con la cifra floja de 59 puntos con su respectivo sexto puesto. Bien es cierto que ha habido mucha exigencia porque nos hemos medido contra adversarios a los que el año pasado les sacamos puntos. Ahora el calendario, en teoría, benigno, es el que nos
debe dar el espaldarazo para confirmar este buen inicio de curso. Esto es, Leganés en casa, Osasuna (por Huesca) fuera, Villarreal en casa, Mallorca (por Girona) fuera, Athletic Club en casa y Santiago Bernabéu nos proporcionó en la 2018/2019 tan solo cuatro de los 18 puntos posibles. Lo que no sea superar ese dato con creces supondrá que habremos repetido los batacazos del año anterior. Batacazos que, afortunadamente y quitando “lo de Éibar”, en esta campaña aún no se han producido.

Este calendario interanual pondrá a prueba el principal argumento de los más optimistas. La fiabilidad que desprende el nuevo sistema implantado por Julen Lopetegui y la seguridad que han supuesto los dos fichajes estrellas en el regreso de Monchi: Fernando, el mejor fichaje de LaLiga y el mejor mediocentro defensivo actualmente que se puede ver en la competición doméstica; y Diego Carlos, pilar básico en el eje de la zaga y uno de los mejores centrales del torneo español. La punta del iceberg de una buena estructura especialmente defensiva, basada en la presión en tres cuartos y en la recuperación de balón; amén de una gran, como habitualmente nos tenía acostumbrado el León, planificación deportiva. Es decir, los cimientos que dan la solidez para que el aficionado sevillista ilusionado de a pie confía para que “el edificio no se derrumbe”.

Sin embargo hay que contar con que el once (doce, trece, catorce…) que nos sabemos de carrerilla no va a perdurar toda la temporada. Pasadas las fiestas paganas, Julen Lopetegui tendrá que demostrar que sabe hacer la transición. Debe saber hacer entrar a la que hoy es su segunda línea de jugadores. Los que llevan jugando la  Europa League esta temporada, y que de momento están cumpliendo a la perfección a sabiendas que ni el APOEL, ni el Qarabag ni, mucho menos, el F91 Dudelange, son contrincantes de entidad para evaluar la actuación individual de un futbolista. Y mucho menos el colectivo. Más que nada porque, al cambiar prácticamente de golpe, once jugadores por otro once, resultará complicado asimilar los automatismos por mucho entrenamiento que haya de por medio.

No es una opinión alarmista. No, no lo es. Sin meternos tampoco en el mercado de invierno para pulir las carencias. Es la duda que desprende cuando, por lesiones, cansancio u otras circunstancias (como por ejemplo tres partidos de sanción “llovidos del cielo”), obliguen a los Gudelj (que estuvo muy bien en Valencia), Munir, Rony Lopes, Escudero, Pozo, Sergi Gómez o los delanteros entrar dentro de la alineación titular liguera y de la fase final de la Europa League con cierta continuidad. Y que esa presencia venga acompañada de rendimiento, sensaciones y, sobre todo, resultados. Que la buena noticia que nos ha dado Jules Koundé con, aparte de su proyección de futuro, su gran irrupción por la lesión de Dani Carriço sea la vereda que guíe a los citados para que puedan entrar en la rotación como ya hacen Éver Banega, Óliver Torres, Joan Jordan, el Mudo Vázquez y Nolito por dos o tres posiciones. Ojalá que así sea y que los que ahora descorchan el champagne del ensueño (y, en algunos casos, la utopía), lo sigan haciendo y nos inviten a los más precavidos, incluso a los que fuimos a Éibar, a unirnos a esta fiesta que, de momento, se han inventado Julen Lopetegui y Monchi.

El padre desplazado

Como el ácido láctico de un corredor agotado de 400 metros cuando encara la recta, como el MGU-K del McLaren de Fernando Alonso en plena progresión o como la nula resignación de Valentino Rossi en el ocaso de su carrera mientras compite contra el tipo que le va a destrozar su brillante palmarés; así se siente uno cuando está dispuesto a darlo todo, como lo ha hecho siempre, a la hora de viajar en el día para ver, disfrutar y animar al Sevilla en un partido de visitante, o de local, en otra ciudad diferente a Madrid. Madrid, un privilegio, porque si algo tiene la berlina del donut es que está relativamente cerca de casi todos los destinos nacionales de desplazamiento sevillista (hablamos de carretera o raíl).

Posiblemente el alcohol atenúe el momento de la ejecución, pero no es más que un ingrediente más para “acabar con los leones” (y nunca mejor dicho porque mi mujer es del Athletic). La rutina de criar a dos niñas maravillosas, cuidar a tu mujer y la casa donde vives se alterna con, afortunadamente, las 40 horas de rutina y stress semanal. Ello deja no solo al Sevilla sino a otros quehaceres en un segundo plano, aunque en tu interior la sangre roja sigue bombeando igual. Primero, porque el tiempo escasea; pero, sobre todo, porque el resquicio que encuentras libres (si es que gozas de cheques-libertad) se intenta aprovechar….reventado y con rémora de sueño.

Pues así se plantea el Valencia-Sevilla de este miércoles. Ir y venir en el día en un trayecto que dura tres horas (y gracias porque un día más y hubiéramos pillado el traficazo del puente). Valencia en llamas. En la Capital del Turia habré estado 200 mil veces; incluso alrededor de un estadio que, por fuera, puede ser de los más feos de España (yo siempre lo he comparado al esqueleto de una falla quemada). Pero a un Valencia – Sevilla solo una vez. Sí, esa, con Malvarrosa y kilométrico cortejo en forma de botellón, incluido. Por aquel entonces, la felina ya llevaba tres meses embarazada de mi primera retoña. Ni de lejos era consciente de lo que se me veía encima…. Tres Europas Leagues más, más dos finales de Copa en mi ciudad; sin contar las enésimas Supercopas perdidas, con Cardiff o Barcelona, por ejemplo, entre ceja y ceja de mi mochila viajera.

Fueron las últimas estaciones de inconsciencia ciega por darlo todo sin entender las consecuencias. Se ha seguido viajando, por supuesto, pero la rutina familiar pasa factura en las repercusiones. Sobre todo, ese día después que te recuerda que tienes que volver, que debes tirar del carro de la situación con el estómago hecho una mierda y la cabeza como el bombo de gol norte, con el razonamiento que quizás la paliza no compensa, con que tienes que dejar la casa en orden, a las niñas en el cole y después hacerte cargo de ella, de sus deberes, de su baño, de su cena, de sus pañales, de su sueño. El que yo no tengo. El que tampoco tiene mi mujer, que me ha cubierto y al que debo su proporcional y cariñosa atención. Por estas y muchas razones más, no es lo mismo.

No, no lo es. Antes tirabas a todo. Te daba igual cerveza, ron o whisky, mezclado o a la vez. Te daba igual las tuyas o las rivales. No te daba igual la situación dentro del estadio porque querías estar lo más cerca de la primera plana en la grada. Incluso te daba igual cuando volver. Le dabas más importancia al post que al pre. Ahora ni de lejos. Ahora rara vez hay post. Y si lo hay, comedido. Fichas por el móvil cada dos por tres siempre con el recuerdo de tus hijas por bandera. La conciencia te atormenta el cerebro con la maldita frase “qué clase de padre eres que te vas sin tu familia”. Regulas más con la cerveza pensando qué puñetera barriga te está saliendo que te va a joder los tiempos en las carreras populares o medias maratones, que antes hacías con la gorra y ahora te cuesta hasta entrenarlos. Hablas con la gente pero no con la sociabilidad de antes, ya no lo necesitas, y te gustaría encontrarte con viejos conocidos. Intentas cantar fuera, o así empiezas, pero no prosigues porque si no el cansancio empieza a hacer mella. En la grada, estás encima del partido…y del móvil y los millones de grupos de fútbol de whatsapp; además, tienes hambre y priorizas la comida cuando antes era completamente prescindible. Aún así, esos glóbulos rojos palanganas te ayudan a animar, a responder a la afición rival, a cagarte en los muertos del árbitro, a enfadarte o desesperarte con un gol en contra y a celebrar a muerte ese gol tan caro para el Sevilla como forastero. Y, tras el pitido final, hundimiento.

Quieres continuar, sobre todo si el partido ha ido de cara, pero te das cuenta que no puedes, que mañana tienes que cumplir y que, además, con los que viajas también tienen prisa y no se quedaban a hacer noche como se quedaban antes. Hay que volver a casa, que no es mejor ni peor, ni trato de comparar una situación con la otra. Por favor, no. No se confrontan tener a la persona que más quieres en el mundo con dos seres que te llenan por los cuatro costados, con los títulos, las alegrías de las victorias y la aventura que te brinde apoya a tu equipo de fútbol en la distancia. Es diferente. Solo trato de describir, más o menos y en las horas previas a un viaje con su cosquilleo correspondiente, lo que puede sentir un padre desplazado.

El día después

El lunes 23 de septiembre nadie me dijo nada. Nadie tuvo la osadía de mentarme qué pasó en el partido que colocaba el broche a la jornada y, de paso, a la semana. Solo por el whatsapp me comunicaban que sevillistas sevillanos estaban sufriendo el alborozo de compañeros madridistas. A mí eso no me pasa. […]

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