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Edu Saniña - Columnas Blancas

Tantas veces me mataron, tantas veces me morí

“Tantas veces me mataron
Tantas veces me morí
Sin embargo estoy aquí resucitando
Gracias doy a la desgracia
Y a la mano con puñal
Porque me mató tan mal”

Así comienza la letra de la canción de Mercedes Sosa y así podríamos contar mil y una historias de nuestro Sevilla FC. No hay un solo equipo en el mundo del fútbol que, después de un 2-3 en la ida de los Octavos de Final de la Champions, revolucione las redes sociales con una sensación tan clara. Y si a eso le sumas la autocrítica de Suso en la entrevista a pie de campo o la ambición de Monchi, que conoce más que nadie a los bueyes con los que ara, pues para de contar.

El Sevilla FC firmó ayer ante el Borussia Dortmund una de las peores actuaciones en la ‘era Lopetegui’. O al menos en la primera parte. Fallón en el pase, endeble defensivamente y jugando a lo que el rival pedía. Hablaban los entendidos en la materia que el Borussia te mataba jugando a campo abierto y parece que el Sevilla le puso la alfombra roja en una primera parte para el olvido. Pero si hay algo que el club de Nervión se ha encargado de dejar clarito a Europa en estos últimos 15 años es que si lo puedes matar es obligatorio presionar el gatillo. O lo que es lo mismo, si no lo haces, corres serio peligro.

Pueden preguntar en Liverpool, por ejemplo. Los ‘reds’ han vivido esa sensación en sus carnes un par de veces. La primera en aquella final de UEFA Europa League disputada en Basilea. Tras una primera parte de dominio absoluto y cuando todo parecía destinado a que el Sevilla hincase la rodilla aparecieron Gameiro y Coke para cortar las alas. La segunda en la máxima competición. Con un 0-3 en la primera parte en uno de los mayores ‘burreos’ que he podido presenciar en Nervión, los chicos de Jurgen Klopp acabaron viendo como en el 94’ era Pizarro el que ponía el 3-3 en el marcador para delirio de la afición.

También pueden preguntar en Lisboa, Valencia, Donetsk, Manchester, Milán o Porto. O a los vecinos, que tampoco creo que hayan olvidado esa eliminatoria de Octavos de Final donde los chicos de Unai Emery acabaron pasando en la tanda de penaltis remontando un 0-2, algo que como lo del 2-3 nadie había hecho en competición europea.

No le hablen de imposibles al Sevilla FC. A un equipo que ha hecho del ‘Dicen que nunca se rinde’ un estilo de vida. A un equipo que hace falta rematarlo para que no se te acabe subiendo a las barbas. A un equipo que, en definitiva, no conoce el significado de la palabra rendición. Aquel que no haya sentido el bendito nervioneo aún está a tiempo. Aquel que no piense en que existe la posibilidad de la remontada no conoce a este equipo. Nadie dijo que la Champions fuese fácil pero como dice Monchi: “han cometido un error, nos han dejado con vida”. Apuesten todo al rojo y aprieten el cinturón: SOMOS EL PUTO SEVILLA FÚTBOL CLUB.

Volver a casa

Seguro que si a muchos de nosotros, los que soñamos y vivimos en blanco y rojo, nos preguntan qué añoramos más de la vieja normalidad, no tendríamos duda alguna. Parafraseando alguna canción de Biris Norte contestaríamos con rotundidad eso de ‘quiero verte en el Sánchez-Pizjuán, todos los domingos’ que tantas y tantas veces ha retumbado en el Gol Norte de nuestra casa.

Y sí, cuando hablo del Ramón Sánchez-Pizjuán, hablo de casa. En mis 24 años de vida podría decir que he vivido allí muchos de los momentos que con más cariño guardo en la memoria: aquel gol de Podestá al Tenerife, el gol de Baptista, la remontada al Panathinaikos en UEFA, el gol de Puerta, las semifinales ganadas… Y no es casa solo por eso, claro que no. Es casa porque es un sitio que me lleva a la felicidad más absoluta. Los abrazos con los vecinos de grada, esos extraños que se convierten en familia de domingo a domingo y un largo etcétera de motivos que podríamos añadir.

El sábado, por motivos laborales, me tocó volver a casa. Las horas antes estaba en una nube, pero conforme cogía la calle Juan de Zoyas y empezaba a hacer ese camino que tantas y tantas veces he hecho, todo era distinto. Uno, que a supersticioso le ganan pocos, hizo el mismo camino de siempre, pero nada era igual. Faltaba todo lo que rodea a lo que nos gusta. El fútbol sin nosotros los que lo amamos es un poco menos fútbol.

Tocaba entrar al campo y nada era igual. Tanto que la prensa, con esto de la pandemia, entra al estadio por la puerta número ‘7’, en gol sur. Para entrar, además de la mascarilla y de la toma de temperatura protocolaria, tocaba desinfectar todo el equipo. Tras eso, ahora sí, un seguridad muy amable nos hizo un tour por el estadio para llevarnos a la zona de prensa. Nada era igual.

Primero por el silencio. ¿Os imagináis un estadio de más de 40.000 personas con no más de 150? Pues es para echarse a llorar, ya os lo adelanto. Si supieseis la de cosas que pasaron por mi cabeza en esos 40 interminables minutos de previas os podríais poner en mi lugar. Pero bueno, equipos a vestuarios y vuelta al fútbol. Y cuando pensaba que sí, otra vez fue no. El cénit de mi decepción llegó en ese primer gol de Koundé. Imaginad que el Sevilla FC hace gol en el Ramón Sánchez-Pizjuán y nada retumba. La sensación fue escalofriante.

Tras terminar, vuelta a casa. Con victoria en la saca y una experiencia que a buen seguro podré contar en un futuro. Pero con la sensación agridulce de que nuestra casa, sin los sevillistas, es menos casa. Esperemos que pronto vuelva a llenarse de sevillistas. No os podéis ni imaginar lo raro que se hace verla tan vacía y en silencio. Un día menos para que el fútbol vuelva a recuperar su esencia.

Año I de República Sevillista

Ha pasado un año y parece que fue ayer. Era un sábado de esos soñados para los futboleros empedernidos como el que os escribe: Final de la Champions en Madrid, penúltima jornada de Segunda División, playoffs de ascenso a Segunda y Segunda ‘B’. Era día de ordenador y preparación de la jornada que venía. El Utrera -qué casualidad- se jugaba el pase a la semifinal del ascenso ante el Antequera y tocaba ver la previa y analizar todo lo que había pasado la semana anterior. Entrando la primera hora de la tarde sonaba el teléfono: ‘Edu, te voy a decir algo que no te va a gustar’ así empezaba la llamada que nunca hubiese querido tener. ‘Joder, no me asustes y habla que me pillas liado’, respondí. ‘Reyes ha muerto en un accidente de coche’. Y colgué.

Fueron dos minutos, máximo tres, mirando la pantalla sin reaccionar, con esa sensación de congoja, rabia y esa pequeña ilusión de que todo fuese mentira. Volví a llamar para que me explicase, pero bastaron dos minutos para asimilar la noticia. Los mensajes en WhatsApp y la noticia corriendo por las redes sociales eran puñales que se clavaban.

Lo de esa tarde ya es una historia negra más para nuestra ciudad y nuestro Sevilla FC. Siempre he dicho que tengo la suerte de pertenecer a la ‘Generación Reyes’. Prácticamente mis primeros recuerdos futbolísticos eran sus comienzos. El primer ídolo. Una generación que vivió su carrera como algo propio desde su paso por el Arsenal hasta sus últimos coletazos en el Extremadura.

La rabia, la impotencia y la incredulidad se juntaron aquel fin de semana. Esa última despedida fue jodida. En lo profesional tuve la suerte de coincidir con él varias veces y era espectacular la cercanía que trasmitía. Siempre una sonrisa, siempre unas palabras. Creo que no he escuchado a nadie hablar mal de Reyes, y ese es un título del que no muchas personas -y más ahora en este podrido mundo del fútbol- pueden presumir. Su fútbol lo resumo en una frase que escuché en un grupo de WhatsApp aquel trágico fin de semana: “Si Reyes hubiese decidido algún domingo sentarse en una silla en el centro del campo del campo, también hubiese salido ovacionado por su gente”. Y era así, ni más ni menos. Reyes fue una de las primeras piedras del resurgir del Sevilla y cerró el círculo levantando la quinta UEFA Europa League en Basilea. Entre medio, varios derbis, un gol ‘maradoniano’ al Valladolid, aquel bocado prohibido de Paco Gallardo, el incidente con la pica, la celebración subido en el autobús tras el ‘Euroderbi’ o la mejor asistencia que yo he visto en una final europea, la de aquel gol de Bacca en Varsovia.

Si hablamos del canterano, me quedo con las palabras de Pablo Blanco, sin duda: ‘Reyes ha sido el mayor talento salido de la Carretera de Utrera”. Y si lo dice alguien que lleva más de 30 años viendo a cientos de miles de canteranos, pues ¿quién soy yo para llevarle la contraria?. Era el ejemplo de jugador de club elevado a infinito. La estrella que sale en el peor momento económico de la entidad, que ayuda con su venta a sanear la entidad y que acaba volviendo para tocar plata con el equipo de toda su vida. Si eso no es lo que sueñan todos lo que día tras día van a entrenar a nuestra Ciudad Deportiva, poco les falta.

Pero hoy hace un año que aquella estrella pasó, antes de tiempo, a convertirse en leyenda. 366 días de uno de los más duros para el club en su historia. Un año desde que Sevilla perdió a su Rey.

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