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Cornelio Vela - Columnas Blancas

Nunca serán tres puntos más

Era el momento más esperado. El patio de aquel colegio se convertía por media hora en el estadio de nuestros sueños, generalmente nunca visto. Para ellos, el suyo, para nosotros, el nuestro. Ellos eran muchos y nosotros también, daba igual el número. A veces la pelota era de goma. Otras, las menos, de reglamento (así llamábamos a aquel balón de cuero). Las porterías medían a veces más y otras menos, según quién pusiera lo que pudiera como mínimos postes.

Perdíamos y ganábamos, y a veces, la mayoría, ganábamos los dos, porque nadie sabía a ciencia cierta cuántos goles habíamos metido. Eso sí, siempre ganábamos “la copa del meao, quien ha perdido se la ha bebido, quien ha ganado se la ha llevado”, y al final del recreo aquel partido se acababa de convertir en el más importante de nuestra corta existencia, entre abrazos de compañeros y amigos, porque eran los Betis-Sevilla del despertar en la vida.

Con el paso del tiempo fuimos asumiendo la existencia de esa dualidad que es pura esencia de nuestra ciudad. Sevilla, los sevillanos, no podemos vivir sin crear lo contrario de lo creado. Como diría un bético confeso como Antonio Burgos ”dos Sevillas a elegir”. A elegir, sabiendo que, una vez elegida, será para siempre. Porque aquí no se cambia nunca, porque es imposible cambiar lo vivido, lo recibido y lo que da sentido a tu propia vida.

Y cada vez que nos enfrentamos, Betis y Sevilla, es una manifestación más, y a la vez querida, de esa propia esencia, de ese estilo de vida tan incrustado en nuestra ciudad. Son los partidos más complicados porque en el fondo no hay nada más difícil que enfrentarnos a nosotros mismos. Ellos forman parte de lo que somos.

No hace mucho, leía cómo algunos sevillistas respondían airados a un político que, en una comparación desafortunada, dejaba al Betis en mal lugar. “Serán lo que sean, pero aquí el único que se mete con mi hermano soy yo”, decía algún tweet.

Por eso, por esta forma de vivir tan apasionadamente lo nuestro y por la euforia y la tristeza que indudablemente ello ocasiona, aunque sea envuelta con la guasa del “tío pepe y su sobrino”, un derbi nunca serán tres puntos más, nunca. La victoria el éxtasis, la derrota el ocaso. Ni localismos ni chorradas. Nos necesitamos mutuamente y si alguno desaparece ya nos encargaremos de volver a crearlo. Somos así.

Eso sí, mientras nos queremos, nos peleamos, y nos volvemos a querer, que siga ganando el equipo de esta ciudad que se llama igual que ella, el mejor por los siglos de los siglos.

foto: Columnas Blancas

En todos los sentidos

Te he visto en derrotas y victorias, en campo propio y en ajenos. Te he visto en directo y en diferido, en color y en sepia. Pero sobre todo, te he visto en los ojos emocionados de los tuyos, que son los míos, en sueños infantiles e ilusiones maduras, en forma de cantera o de camiseta firmada en un hospital.

Te he oído en himnos universales, en cánticos memorables de un mágico norte. Te he oído en gritos de alegría, en suspiros eternos y en palmas al compás. Pero sobre todo, te he oído en retransmisiones a ciegas en radio a pilas, en alineaciones memorizadas y en relatos, con sones antiguos, de los que ya se fueron.

Te he olido en tu hierba cortada, en la mezcla inconfundible de aromas de bocadillos al descanso y frutos secos de un canasto vestido de blanco. Pero también te he respirado en humos de bengalas y en olor a gasolina de kilómetros de ilusiones.

Te he probado con sabor a previa, con el regusto de una buena tertulia y masticando nervios en finales. Pero sobre todo, he sabido del amargo fracaso y me he relamido en la dulzura del éxito.

Te he tocado en tu escudo y tu bandera. He tocado un cielo de plata más de veces de las que pude soñar. Pero sobre todo, te he tocado en la bufanda que me acompaña desde mi niñez, en aquella bandera que me hizo mi madre hace 40 años y en las manos del que me condujo a esta pasión.

Así te he he vivido,así te vivo. En todos los sentidos. Con todos los sentidos

La rivalidad con el Real Madrid

Ha querido el destino que la vuelta de columnas blancas coincida con un nuevo enfrentamiento con el equipo de la capital de España. No voy a ser yo quien descubra a estas alturas que los partidos contra el Madrid (que aquí lo despojamos del título real sin ningún otro ánimo que el de aligerar pronunciamientos) son unos partidos marcados por una especial rivalidad, distinta a cualquier otra conocida.

Tampoco se trata de enumerar, como cuestión preliminar y  a la vez justificativa, la cantidad de veces que hemos presenciado como se les beneficiaba desde el estamento arbitral o federativo. Ahí está la hemeroteca, las fotos de una red rota en un gol imposible y las actuaciones de algún personaje, otrora jugador y hoy comentarista de verbo barrroco, para ilustrarlo. No se trata de lamentar (los Sevillistas no somos así) pero tampoco de olvidar.

La rivalidad que yo he vivido, la que vivieron los que me precedieron, es una rivalidad muy diferente a la que podemos tener con el otro club de esta ciudad, e incluso con la del otro equipo de la capital. Con los primeros la entendemos como una parte más de esa dualidad que a los sevillanos tanto nos gusta. Son como son, pero son los nuestros. Con el Atleti la disputa es más de estilo, ya me entienden. Pero con los merengues, la cuestión está enraizada en las propias entrañas del sevillismo, legado recibido de quienes nos enseñaron a ser Sevillista.

Frente al Madrid, el sevillismo saca a la luz la máxima expresión de su rebeldía al conformismo. Nunca hemos llevado bien eso de ser “de provincias” en su tono más despectivo. Ni es una mera disputa entre radicales. Si me apura, es la rebelión burguesa Sevillista que aflora su nacionalismo más sevillano. Es algo más allá del fútbol y que no tiene nada que ver con ideologías políticas o meras pugnas localistas. Es mucho más profundo. Es la reivindicación de nuestro saber hacer y de nuestra capacidad, el rechazo más profundo al tópico y a la infravaloración. El orgullo frente a la arrogancia y el señorío frente al desdén.

Cuenta mi amigo del alma, Juan Pablo, que su abuelo “Barrero”, que fue jugador del Sevilla en los años 20 y nuestro primer traspasado al Real Madrid, una vez retirado del fútbol y afincado ya en la Capital de España como Notario, cuando el Sevilla visitaba el Bernabéu, se volvía a sus amigos y coincidentes en la grada y les decía: “Mucho cuidado con lo que aquí se diga, que hoy juega mi SEVILLA“.

Así somos. Sin necesidad de ser antialgo, porque en eso no perdemos ni el tiempo ni la energía, con el respeto al contrincante sea quien sea pero con la firmeza del que nunca se siente inferior. Y en el fútbol tampoco.

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