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Carmen Castejón Ruiz - Columnas Blancas

Dosis de unión

“Respetados en Europa, y ninguneados en nuestro país”, frase que suelo escuchar, muy habitualmente además, entre la afición Sevillista. Y que yo misma he pronunciado alguna que otra vez. Somos constantemente comentados por muchos, y criticados a la mínima de cambio. Acompañamos a nuestro equipo a estadios donde reinan cánticos antisevillistas y donde no somos bienvenidos. ¿Son, estas, situaciones unidas intrínsecamente al crecimiento de un Club?.

Esto no es nada nuevo, pero, sí que a medida que pasan los años, somos aún más conscientes de cómo nos hacemos aún más visibles ante los ojos del aficionado al fútbol y de cómo nos convertimos en el blanco seguro. Sin embargo, todo tiene una objeción y no todo es estrictamente negativo. Si hemos conseguido calar en los pensamientos y comentarios de la gente, es porque no pasamos desapercibidos. La consecución de títulos europeos y el crecimiento continuo del Sevilla por Europa, molesta.

O, ya sea por el denominado “centralismo andaluz” en la capital y el club hispalense, como los bulos de entidad burguesa, como “las ansias que tenemos” de arrebatar el título de decano, como a los que se entrometen en dichas confrontaciones, ajenas a ellos, por aflorar un poco más de odio… entre tanto. Esto es el perfecto reflejo del conformismo y la admiración oculta que vive en ellos, y que son incapaces de admitir. Es mejor y renta más hundir al otro, que esforzarte por lograr tus propios objetivos. Lo que ellos no saben, y no sé si deseo que conozcan, es el gozo que se siente al disfrutar de los logros que has alcanzado con buena organización, constancia, trabajo, inconformismo y pasión, mucha pasión.

Que no nos confunda ser el centro de la diana. La rivalidad y el abanderar a tu equipo por encima de todo, puede ser paralelamente aceptado con la unidad entre algunas aficiones. Históricamente se ha hablado de la relación del Sevilla junto al Depor, por aquel partido decisivo en la temporada 91-92 donde se jugaba el ascenso a primera los coruñeses frente a nuestro eterno rival. Tras ello, en los encuentros que tuvimos con los gallegos, siempre ha habido gestos y pancartas de amistad. Y es que eso también es fútbol.

Entre otros, también encontramos la simpatía con el Oviedo, puede que también con el Rayo por afinidad porque como sabemos, estas relaciones son creadas y forjadas entre los aficionados. Por otro lado, está la unión con el Xerez, que posiblemente sea de los pocos equipos andaluces apegados a nosotros. Tras eso, abro este melón, porque últimamente se ha notado de forma más intensa, a través de las redes, la relación rojiblanca entre Sevilla y Granada. Pese a ser muchos los que no creen en los “hermanamientos” o en las buenas conexiones entre los seguidores de diferentes clubs, ya que suele pensarse que mejor cada uno a lo suyo, sin ningún compromiso, porque, ¿para qué?.

El fútbol también es unión y apoyo entre aficiones, es el socorrer a un club si es necesario, es el disfrutar del deporte más grandioso del mundo y el defender a quien te defiende a ti, por admiración mutua. Está claro que mejor que nosotros no puede nadie confirmar la teoría del individualismo, puesto que el Sevilla, pocas veces ha necesitado a nadie más, salvo a su afición. Pero, como decía, fútbol es también simpatizar con un club u otro para disfrutar del mismo, compartiendo pasiones con los que, eso sí, son rivales en el terreno de juego. Indiscutiblemente. Son muchos los momentos de unión los que hemos vivido últimamente junto a los aficionados del club de la Ciudad Nazarí. El fútbol también nos brinda estas vinculaciones. Y más bonita me parece si se trata de un club de nuestra tierra.

Es bonito que gente que no siente tu escudo, también se ensalce y defienda tus colores. Que cuando se visite campo contrario, sea una fiesta y te sientas como en casa. Nunca está de más sentirse arropado, tanto en el fútbol como en la vida misma. Así como llevar en volandas por Europa a nuestra Andalucía con orgullo y unión entre los equipos rojiblancos.

Archivo familiar

Ruiz Sosa, leyenda sevillista

Permítanme que mi primer artículo vaya dedicado a mi abuelo, Ruiz Sosa, el que sin querer ha sido el culpable de que yo haya decidido tomar este camino gracias al Sevillismo en vena y el amor a este deporte que él mismo me inculcó. Justo hoy, 12 de diciembre, hace 11 años de su fallecimiento y no podía perder la oportunidad de rendirle este pequeño homenaje.

Manolito Ruiz Sosa, así se hacía llamar, Ruiz-Sosa en su dorsal, amaba el fútbol como él solo, puro carácter y sentimiento, era la dedicación, el compromiso y la pasión personificada. Definido como un jugador con una fuerza inagotable, aguerrido, temperamental, con mucha técnica, y el que estaba siempre para echarse el equipo a la espalda cuando los minutos empezaban a pesar. Los ojeadores del Sevilla se fijaron en él cuando se encontraba en los juveniles del Coria e inmediatamente lo incorporaron al Sevilla Juvenil entrenado por Guillermo Campanal. En el 55 debutó con el primer equipo y, al siguiente año, se quedó definitivamente. Quedaron segundos en liga y fueron directos a la Copa de Europa por primera vez en la historia. En 1960 debutó con la selección absoluta ante Inglaterra y fue varias veces internacional. Poco más tarde, en la 61/62, llegó con los Sevillistas a la final de la Copa, y además disputaron la Recopa. Formó junto a Achucarro la mejor media de la historia del Sevilla FC. En 1964 terminó su contrato y varios clubs estuvieron interesados en él, Barcelona y Atleti entre ellos, pero finalmente marchó al Atlético de Madrid, dejando un dinero necesario, en aquel entonces, para el Sevilla. Con los colchoneros ganó un título de Liga y otro de Copa, y sé personalmente de lo feliz que fue allí, asimismo de lo mucho que le siguen queriendo. Siempre que llaman a mi madre soy incapaz de no poner el oído para enterarme de las buenas palabras que le dedican desde Madrid. Finalizó su carrera deportiva como futbolista en el Granada CF donde yo misma pude comprobar la temporada pasada, cuando fui a visitar al club en el GRA-SEV, el inmenso cariño que también le tienen en la ciudad Nazarí. Si me enorgullece muchísimo el saber lo que consiguió mi abuelo, hablando futbolísticamente, más me llena cuando me hablan de la calidad humana que derrochaba y lo muy presente que lo tienen aún.

Ruiz Sosa no quiso desvincularse del deporte más emocionante del mundo y se formó como entrenador. Dirigió como tal al Lérida, Jaén, Alcoyano, Villena, Oviedo, Linares, Algeciras, RSD Alcalá, Granada, Córdoba, Almería, Atlético Madrileño… Fue entonces, en 1993, cuando regresó a Nervión como segundo entrenador junto a Luis Aragonés, su inseparable amigo. Leí una vez que, en la etapa del Atleti, donde compartieron vestuario, Luis dijo que mi abuelo era “tan necesario para nosotros como el balón en el campo”, declaraciones que personalmente me conmocionaron mucho. Después, trabajó para la cantera sevillista como entrenador y siguió su andadura en el club formando parte de la secretaría técnica, donde perteneció desde sus comienzos al equipo de Monchi. Hasta el último día de su vida estuvo ligado al club de Nervión, lugar que siempre llevaba consigo.

Tal era su Sevillismo, que el día que rompió a llorar no fue estando como futbolista en activo, sino en la noche del 27 de abril de 2006, cuando Antonio Puerta, uno de los chavales a los que había formado en la cantera, logró con un dichoso zurdazo meter a su Sevilla en la final de la Copa de la UEFA. Derramó lágrimas de desmesurada alegría porque su Sevilla volvía a ser grande y porque sentía que eso era tan solo el principio de una bonita historia de amor escrita en renglones de oro.

Suelo ser de muchas palabras, pero sin embargo, este tema me deja muda. Hablar de este asunto me desgarra el alma a la vez que me lo cose. Creo que no me equivoco si digo que las conexiones que compartimos con nuestros abuelos son las más especiales. Todo lo que engloba esa relación se queda completamente inscrito en nuestra memoria y en nuestro corazón, aún más si cabe si se comparte una pasión de esta envergadura. Que si nos falta el abuelo, nos falta un poco de aliento para cantar el gol, se nos humedecen aún más nuestros ojos y sentimos aún más los logros de nuestro club. Es el alzar banderas y bufandas a un solo grito y junto a un único pensamiento y más que evidente dedicatoria. El Sevilla es, sin duda, un apoyo y una vía con la que poder tocar el cielo siempre que queramos. Esto no es solo fútbol, es el recuerdo infinito y la herencia más bonita y apasionante. Esto es cuestión de vivir y sentir una identidad que ya realmente vivía en nosotros mucho antes de que pisáramos este mundo y que por consiguiente seguirá viva eternamente aunque nos vayamos. Y eso es lo que siento con nuestro Ruiz Sosa, aquel centrocampista con escudo por corazón que con su esencia y Sevillismo permanece aquí de forma inquebrantable.

Yo era pequeña cuando desgraciadamente se nos fue nuestro Manolito, pero de siempre he sentido que todo lo que él valoraba y amaba a este club me lo dejó totalmente impregnado. Y es que a veces la vida cambia, y se lleva consigo una parte de ti que jamás pensarías que te iba a faltar. Pero sí, se la lleva y de la forma más cruel e inesperada. Es entonces, cuando sin apenas darte cuenta, sientes que hay algo que te reconforta y que es capaz de cerrar un poco esa maldita herida. Hasta ahí y mucho más llega mi Sevilla. Para mí, pasa fronteras dentro de mi corazón, no hay nada que me remueva más el alma ni nada que pueda sanarme mejor que él. Estoy segura de que, cuando nací, Ruiz Sosa me presentó a su Sevilla con la idea de que si él algún día me faltaba, yo pudiera aferrarme a nuestro escudo y sentirle conmigo, para que cuando más notara su ausencia pudiera pisar nuestro estadio y subir un peldaño más cerca del cielo, para que cuando necesitara contarle de mí tuviera cánticos con los que poder expresar el amor que compartimos, el Sevilla es mi abuelo, y mi abuelo es el Sevilla. Mientras tanto, seguiré con la manía de santiguarme cuatro veces mientras camino dirección a mi asiento con la camiseta del club más valioso del mundo serigrafiada con el número 4 y Ruiz Sosa a la espalda.

No es el dolor lo que duele, sino el vacío que nos ha dejado y el pensar que no pude abrazarle y celebrar con él las grandes noches europeas que hemos vivido en estos últimos años, ni que podré hacerlo con las próximas que vengan, así que me gustaría realizar una pequeña apreciación a todos los abuelos sevillistas: aquellos que defendieron y lucharon a muerte por el escudo de todos, por los que nunca titubearon en dejar solo a nuestro club en las peores situaciones, por los que pudieron ver a su Sevilla salir campeón en nuestro Templo como a los que desde el cielo disfrutaron tantas noches de gloria europea. Va por todos los culpables de que a día de hoy profesemos esta bendita e incomparable religión.

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