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Carlos Martín - Columnas Blancas

Tara pluscuamperfecta

(Suena El equilibrio es imposible mientras una crítica al juego del equipo muere en el tablón de Twitter aplastada por un retuit con puestos Champions en la clasificación. Yo te sigo porque creo que en el fondo hay algo).

Seguro que hubo un día en el que este amor cobró sentido. Un momento en el que todo empezó a verse de forma diferente. Nadie te dijo que sería fácil porque este contrato estaba lleno de letra pequeña. “Me enamoré del fútbol tal como más adelante me iba a enamorar de las mujeres: de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar para nada en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia traería consigo”. Así lo decía Nick Hornby en Fiebre en las gradas, el mejor alegato posible para explicar esa firma a ciegas en este contrato. Ese que llevó al Sevilla a uno de esos lugares centrales que, casi por equivocación, ocupa el fútbol en la vida.

Cambias el fish & ship blaquirrojo de los “gunners” por una versión sureña bajo el ritmo del ‘mi tío tenía razón’ donde toca sumergirse a diario en la tumultuosa relación de ponerle cordura a esta pasión. “Sin embargo, ¿qué podemos hacer si somos tan débiles? Dedicamos horas cada día, meses cada año, años cada vida, a algo sobre lo que no tenemos el menor dominio. ¿Es de extrañar, me pregunto, que nos veamos obligados a celebrar ingeniosas, raras liturgias destinadas a crear la ilusión de que al fin y al cabo sí tenemos el poder en la mano, tal como ha hecho cualquier comunidad primitiva al verse frente a un profundo misterio, en apariencia insondable?”, explicaba el escritor británico sobre un mundo en el que cada detalle que se escapa de la lógica del trabajo se asocia con facilidad a la bendita flor.

Ahí, en cada uno de los fieles consumidores del negocio, entran las cábalas, ritos, supersticiones, manías o amuletos. Desde entrar siempre por el mismo torno, santiguarse al cruzar la puerta del estadio a subir los escalones hasta el voladizo de dos en dos. Invocar al azar con la bufanda de un gran valor sentimental que algún día será perdida a evitar mirar al asiento número 13 al llegar sin aliento hasta la penúltima fila. Coronarse con la gorra que solo peregrina en los ‘partidos importantes’ o levantarse puntual cuando el marcador muestra el minuto 42 porque provoca el último arreón. Estrategias espacio temporales como ver el fútbol apoyado en el mismo rincón de la peña bebiendo solo cuando el equipo ataca o la calada de la fortuna mirando al cielo. Rituales que van desde besar una pequeña estampa, el lote de ron Porteador que provocó aquella goleada y ya es tradición, el chocar las manos tras un gol con cada compañero de asiento hasta no pisar las líneas horizontales camino de Nervión. Aunque no se viera como algo habitual la extraña costumbre exóticas de los ajos tras la portería o la pata de conejo invocando a las “meigas” aquí se ha rezado a San Nectario por culpa de Dan Giorgiadis. Y si hay que esperar 25 años para volver a la tierra de Tsartas a venerar a los dioses se hace, porque por tu equipo eres capaz de todo, incluso de escuchar la emisión dominical con los comentarios de Soler y el partido copero con el inalámbrico de Fouto. Y aunque siempre te hayan dicho que este no te iba a dar de comer, los que se visten de corto son capaces de dejarte sin hambre y quitarte el sueño cuando pierden o de hacerte que te tragues hasta el último resumen si se paró ese penalti en el último minuto dándote los tres puntos.

Aunque de esta lista hay un par de rutinas que parecen intrínsecas al ADN sevillista. Esa que te lleva a apretar sin descanso, desde la grada a las redes. A construir desde la critica, a alegrarte lo justo y necesario porque siempre hay hambre y ganas de más. Una línea fina que separa al exigente idealista del inconformista pesimista o el optimista insatisfecho. Para muestra puede valer un paseo digital al acabar un partido o en los correos que llegan al descanso de cualquier narración. No intentes cambiarlo.

Y en el otro lado de la balanza está el orgullo intacto que hace apretar los dientes cada vez que alguien toca al que lleva este escudo, porque como dijo Bilardo: “los de colorado son los nuestros”. Ese que provoca el cierre de filas y a demostrar que siempre nos tendrán en frente si las críticas vienen desde los medios afines a la Federación o La Liga, si ponen al entrenador en el punto de mira o convierten en portada una barbacoa que traía plata en camino. Si provocas desde el campo a la que fue su grada o si desde las redes van en tromba contra la fecha de fundación. Por mucho que quieran verte en la lona ahí nos tendrán. Porque para quererte ya estamos nosotros.

Según la Real Academia a este fenómeno sevillista lo describen en su tercera acepción como un defecto físico o psíquico, por lo común importante y de carácter hereditario. Y a mucha honra. Una cara con dos monedas. Un equilibrio cada vez más imposible que hace apretar y amar a partes iguales a nuestro equipo. Un binomio que da sentido a nuestros días y pasa de padres a hijos y se mama desde la cuna.

“Por eso pido tolerancia para quienes describimos un logro puramente deportivo como el mejor momento de nuestras vidas. No es que nos falte imaginación ni tampoco llevamos una vida triste y yerma; lo único que sucede es que la vida real es más tenue, más apagada, y contiene un potencial menor para entrar en un delirio inesperado”. Como a Hornby, no pedimos que lo entiendan. Ellos son los culpables de los momentos más felices por muy efímero que parezca.

De todas las que engrosan la lista que siempre la encabece la vida en sevillista. Bendita tara pluscuamperfecta.

Sé de un lugar

(Suena Triana con el recuerdo vivo de Jesús de la Rosa y el eco de un gol en el Sánchez Pizjuán aún fresco en la memoria).

Eduardo Galeano, escritor uruguayo fallecido el día antes del 2 a 1 de la ida de cuartos de final contra el Zenit, es decir cuando solo tres Europa League decoraban las vitrinas en abril de 2015, llamó a las cosas por su nombre en ‘El Fútbol a sol y sombra’ para expresar mediante sus relatos lo que muchos comenzaríamos a sentir desde hace algunos meses. “Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al fin del partido”.

En estos tiempos de parones prematuros a causa de las selecciones, y en los que añorar el fútbol de verdad, el de los clubes, parece que está en una posición preferente en el listado de pecados capitales, es inevitable acordarse con cierta morriña de las rutinas y emociones que han ido dando sentido a esta pasión. Cuadrar los compromisos y el festejo familiar según los partidos de local, un horario que te parte el día o un árbitro que no agrada a nadie. La eterna cola a la puerta del estadio mientras suena el himno con otra previa muy corta en una semana muy larga. Una avalancha tras un gol en el descuento. Tres puntos de oro que volverán a quitarte el sueño por la adrenalina postpartido y hasta una almohadilla bajo el brazo que escucha nuevamente camino de casa que no se juega a lo que se jugaba antes. Quién nos iba a decir el pasado 1 de marzo tras vencer a Osasuna en el último partido en casa que la nueva normalidad nos dejaría sin detalles así.

Aficionados herederos de una rutina llena de nostalgia con un fútbol huérfano de bufandas de un gran valor sentimental que volaban al viento para ser perdidas en las gradas. Robaron algo que daba sentido a una vida en blanquirrojo y que era recetado como mínimo una vez cada quince días. Una vacuna que durante 90 minutos era capaz de sanar todas las taras. Porque este amor, que fue creciendo hasta convertirse en locura camino del estadio y no frente la pantalla, también sabía de exilios en lugares como Carranza, Chapín, Nuevo Arcángel o Almendralejo. ¿Y quién ha levantado la voz para hablar de esta pérdida? ¿Qué estamento, parte implicada u colectivo se ha puesto en la piel del aficionado para comprender este escenario o acortar los plazos? Efectivamente, las mismas que en anteriores en ocasiones levantaron la voz por el cambio de sede de la supercopa. Cuidar al aficionado no es un discurso que venda ni genera un valor añadido porque se sitúa al lado del eslabón más débil de la cadena. Incluso en ciertos campos se vive mejor sin que se apunte al palco, se escuche el runrún en la grada si no llegan los cambios o se falla a puerta vacía.

En este nuevo tiempo en el que se habla de pérdidas económicas o de derechos de televisión se cuelga el ‘no hay billetes’ mientras los aficionados son sustituidos por un decorado virtual que tapa los asientos vacíos. El pregonado ‘Respect’ con su ‘animar no es insultar’ es una realidad exitosa al sonar una banda sonora artificial con cánticos en los que no es necesario el temido ‘apuntador’. Un escenario ideal en el que ya no hace falta cuidar los productos de las barras, negociar los precios como visitantes o comparar el cupo de entradas que se asignan a los socios y a los patrocinadores. La situación sanitaria manda mientras la sección de deportes muestra por televisión como un nuevo estadio en Alemania, Holanda, Bélgica o Francia abre sus puertas a un representativo porcentaje en las gradas.

Aunque en este nuevo escenario en el que nos encontramos toca detenerse en los segundos de diferencia que rompen cada semana con la magia. Esos que separan el canto de un gol entre los que ven el partido en la barra del bar por TV, desde la App móvil, en la plataforma de pago o lo escuchan por la radio. 90 segundos de diferencia que hacen que cada tanto deje de ser un grito unánime y se convierta en un eco cada vez más apagado. Un festejo escalonado que quita la emoción en casa a cada ataque sabiendo que algún otro lugar, si fue gol, ya se cantó.

Una situación que sirve para actualizar el poema de Martín Niemöller. “Cuando finalmente vinieron a buscarme a mi no había nadie más que pudiera protestar.” Se llevaron tantas cosas que incluso se perdió la emoción del gol.

Ojalá aún no sea demasiado tarde para pelear por el aficionado. Ojalá pronto se pueda cantar ese gol. Ojalá se regrese al lugar en el que todo cobra sentido. Hagan posible la vuelta al Sánchez-Pizjuán.

Tiempo de caracoles

Desde mayo a finales de junio es su época genuina. Puede haber citas previas que merezcan un brindis, pero la gloria se hace esperar para llegar en el momento justo del calendario. Todo el mundo sabe en la ciudad que, tras la Semana Santa y la Feria, arranca la temporada de noches para saborear gracias al ramillete de efemérides sevillistas y a los buenos caracoles.

Es necesario detenerse en los gasterópodos. Su carne, sin exceso de grasas gracias a su alimentación con hojas y arbustos, posee una amplia representación de vitaminas y minerales como calcio, hierro, magnesio o zinc. El Cateto, Casa Diego, El Tremendo, El Kiki o Remesal son algunos de sus santuarios, pero no hay barrio que no tenga su lugar de culto. Cada cocina le da su propio toque con recetas que saben a madres y abuelas. La clave está en la limpieza y en la combinación justa entre pimienta, cayena, comino o clavo. No hay dos iguales y unen a todos los públicos. Frente al plato de caracoles se vuelven iguales los nobles, aristócratas, campesinos y burgueses. Todos están dispuestos a mancharse los dedos de la zurda acariciando la cáscara mientras que la diestra agarra el palillo como si fuera un pincel. Afilada herramienta que ensarta el diminuto cuerpo antes de posarlo en la boca. Selecta estirpe de cirujanos de barra de bar con cuentas escritas con tiza.

Sevilla entiende de este arte desde tiempos ancestrales. Esta costumbre de comer caracoles está muy arraigada en Andalucía. No hay elegías, coplas, himnos o poemas a este molusco, pero merecerían algún alegato que hablara sobre sus bondades y características propias. Según algunas referencias hubo restos arqueológicos que sitúan su consumo tanto en la mesa de tartessos como en la de fenicios. También era un alimento muy apreciado por los romanos, incluso fueron los primeros especialistas en la creación de espacios para su crianza.

El final de temporada es su verdadera época, pero no por capricho. La causalidad radica en que durante el curso encuentran el momento justo para la protección del calor, la humedad o las condiciones adversas. Son especialistas en sacar la cabeza para después tapar la abertura de la cáscara creando una costra con su propia baba.

Los más cotizados, Theba pisana y Cernuella virgata. Aunque la que mejor sabe es otra especie autóctona revelada por ese mago griego recomendado precisamente por un camarero, como narró el propio protagonista años más tarde (Rosendo Cabezas durante un viaje para seguir a Karapialis, mediapunta del Olympiacos, atendió a la sugerencia de un desconocido para fijarse en un centrocampista talentoso del AEK). Quizás, por esa conexión que nace en los bares, Vassilis Tsartas identificó pronto a una especie de helícidos que estivan en la capital hispalense.

Nacer en Alexandria no impidió al griego superar los 140 partidos con una cuarentena de tantos durante las cuatro temporadas que llevó la camiseta sevillista y bautizar la noche del 12 de octubre de 1999 a estas entrañables criaturas. Tras sacar la cabeza durante un tiempo, vuelven a casa y reinan en el letargo, inactividad o torpor producido por el descenso en su actividad metabólica. En aquella ocasión, el “sparring” sevillista asestó un merecido 3 a 0 a los púgiles del maestro Carlos Timoteo en el denominado “derbi del cuchillo” dejando una frase para la posteridad: “Ahora vamos a ver muchos caracoles en la ciudad”.

De Quevedo, Juan Carlos y Loren a Ocampos y Fernando. Por mucho que pase el tiempo la victoria es el mejore ingrediente para saborear esta tapa en el merecido silencio. La especialidad radiografiada por el heleno vuelve a ocultarse cuando rueda el balón y la caída del sol va dejando paso a un rato entre amigos, entre Cruzcampo heladas, a las puertas de la “nueva normalidad”.

Cuánto se parece a la antigua en este tiempo de caracoles.

Verte en la lona

(Estas letras son hijas del “Vengo buscando pelea”. Silvio siempre presente) Se colocan en fila y se frotan las manos. Siempre ha sido así y nunca va a cambiar. Todos desean darte el golpe certero que consiga tumbarte. Es cierto, luces heridas y escupes sangre. Las dudas suenan a crisis. El fracaso es un buen […]

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