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Carlos Martín - Columnas Blancas

Sé de un lugar

(Suena Triana con el recuerdo vivo de Jesús de la Rosa y el eco de un gol en el Sánchez Pizjuán aún fresco en la memoria).

Eduardo Galeano, escritor uruguayo fallecido el día antes del 2 a 1 de la ida de cuartos de final contra el Zenit, es decir cuando solo tres Europa League decoraban las vitrinas en abril de 2015, llamó a las cosas por su nombre en ‘El Fútbol a sol y sombra’ para expresar mediante sus relatos lo que muchos comenzaríamos a sentir desde hace algunos meses. “Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al fin del partido”.

En estos tiempos de parones prematuros a causa de las selecciones, y en los que añorar el fútbol de verdad, el de los clubes, parece que está en una posición preferente en el listado de pecados capitales, es inevitable acordarse con cierta morriña de las rutinas y emociones que han ido dando sentido a esta pasión. Cuadrar los compromisos y el festejo familiar según los partidos de local, un horario que te parte el día o un árbitro que no agrada a nadie. La eterna cola a la puerta del estadio mientras suena el himno con otra previa muy corta en una semana muy larga. Una avalancha tras un gol en el descuento. Tres puntos de oro que volverán a quitarte el sueño por la adrenalina postpartido y hasta una almohadilla bajo el brazo que escucha nuevamente camino de casa que no se juega a lo que se jugaba antes. Quién nos iba a decir el pasado 1 de marzo tras vencer a Osasuna en el último partido en casa que la nueva normalidad nos dejaría sin detalles así.

Aficionados herederos de una rutina llena de nostalgia con un fútbol huérfano de bufandas de un gran valor sentimental que volaban al viento para ser perdidas en las gradas. Robaron algo que daba sentido a una vida en blanquirrojo y que era recetado como mínimo una vez cada quince días. Una vacuna que durante 90 minutos era capaz de sanar todas las taras. Porque este amor, que fue creciendo hasta convertirse en locura camino del estadio y no frente la pantalla, también sabía de exilios en lugares como Carranza, Chapín, Nuevo Arcángel o Almendralejo. ¿Y quién ha levantado la voz para hablar de esta pérdida? ¿Qué estamento, parte implicada u colectivo se ha puesto en la piel del aficionado para comprender este escenario o acortar los plazos? Efectivamente, las mismas que en anteriores en ocasiones levantaron la voz por el cambio de sede de la supercopa. Cuidar al aficionado no es un discurso que venda ni genera un valor añadido porque se sitúa al lado del eslabón más débil de la cadena. Incluso en ciertos campos se vive mejor sin que se apunte al palco, se escuche el runrún en la grada si no llegan los cambios o se falla a puerta vacía.

En este nuevo tiempo en el que se habla de pérdidas económicas o de derechos de televisión se cuelga el ‘no hay billetes’ mientras los aficionados son sustituidos por un decorado virtual que tapa los asientos vacíos. El pregonado ‘Respect’ con su ‘animar no es insultar’ es una realidad exitosa al sonar una banda sonora artificial con cánticos en los que no es necesario el temido ‘apuntador’. Un escenario ideal en el que ya no hace falta cuidar los productos de las barras, negociar los precios como visitantes o comparar el cupo de entradas que se asignan a los socios y a los patrocinadores. La situación sanitaria manda mientras la sección de deportes muestra por televisión como un nuevo estadio en Alemania, Holanda, Bélgica o Francia abre sus puertas a un representativo porcentaje en las gradas.

Aunque en este nuevo escenario en el que nos encontramos toca detenerse en los segundos de diferencia que rompen cada semana con la magia. Esos que separan el canto de un gol entre los que ven el partido en la barra del bar por TV, desde la App móvil, en la plataforma de pago o lo escuchan por la radio. 90 segundos de diferencia que hacen que cada tanto deje de ser un grito unánime y se convierta en un eco cada vez más apagado. Un festejo escalonado que quita la emoción en casa a cada ataque sabiendo que algún otro lugar, si fue gol, ya se cantó.

Una situación que sirve para actualizar el poema de Martín Niemöller. “Cuando finalmente vinieron a buscarme a mi no había nadie más que pudiera protestar.” Se llevaron tantas cosas que incluso se perdió la emoción del gol.

Ojalá aún no sea demasiado tarde para pelear por el aficionado. Ojalá pronto se pueda cantar ese gol. Ojalá se regrese al lugar en el que todo cobra sentido. Hagan posible la vuelta al Sánchez-Pizjuán.

Tiempo de caracoles

Desde mayo a finales de junio es su época genuina. Puede haber citas previas que merezcan un brindis, pero la gloria se hace esperar para llegar en el momento justo del calendario. Todo el mundo sabe en la ciudad que, tras la Semana Santa y la Feria, arranca la temporada de noches para saborear gracias al ramillete de efemérides sevillistas y a los buenos caracoles.

Es necesario detenerse en los gasterópodos. Su carne, sin exceso de grasas gracias a su alimentación con hojas y arbustos, posee una amplia representación de vitaminas y minerales como calcio, hierro, magnesio o zinc. El Cateto, Casa Diego, El Tremendo, El Kiki o Remesal son algunos de sus santuarios, pero no hay barrio que no tenga su lugar de culto. Cada cocina le da su propio toque con recetas que saben a madres y abuelas. La clave está en la limpieza y en la combinación justa entre pimienta, cayena, comino o clavo. No hay dos iguales y unen a todos los públicos. Frente al plato de caracoles se vuelven iguales los nobles, aristócratas, campesinos y burgueses. Todos están dispuestos a mancharse los dedos de la zurda acariciando la cáscara mientras que la diestra agarra el palillo como si fuera un pincel. Afilada herramienta que ensarta el diminuto cuerpo antes de posarlo en la boca. Selecta estirpe de cirujanos de barra de bar con cuentas escritas con tiza.

Sevilla entiende de este arte desde tiempos ancestrales. Esta costumbre de comer caracoles está muy arraigada en Andalucía. No hay elegías, coplas, himnos o poemas a este molusco, pero merecerían algún alegato que hablara sobre sus bondades y características propias. Según algunas referencias hubo restos arqueológicos que sitúan su consumo tanto en la mesa de tartessos como en la de fenicios. También era un alimento muy apreciado por los romanos, incluso fueron los primeros especialistas en la creación de espacios para su crianza.

El final de temporada es su verdadera época, pero no por capricho. La causalidad radica en que durante el curso encuentran el momento justo para la protección del calor, la humedad o las condiciones adversas. Son especialistas en sacar la cabeza para después tapar la abertura de la cáscara creando una costra con su propia baba.

Los más cotizados, Theba pisana y Cernuella virgata. Aunque la que mejor sabe es otra especie autóctona revelada por ese mago griego recomendado precisamente por un camarero, como narró el propio protagonista años más tarde (Rosendo Cabezas durante un viaje para seguir a Karapialis, mediapunta del Olympiacos, atendió a la sugerencia de un desconocido para fijarse en un centrocampista talentoso del AEK). Quizás, por esa conexión que nace en los bares, Vassilis Tsartas identificó pronto a una especie de helícidos que estivan en la capital hispalense.

Nacer en Alexandria no impidió al griego superar los 140 partidos con una cuarentena de tantos durante las cuatro temporadas que llevó la camiseta sevillista y bautizar la noche del 12 de octubre de 1999 a estas entrañables criaturas. Tras sacar la cabeza durante un tiempo, vuelven a casa y reinan en el letargo, inactividad o torpor producido por el descenso en su actividad metabólica. En aquella ocasión, el “sparring” sevillista asestó un merecido 3 a 0 a los púgiles del maestro Carlos Timoteo en el denominado “derbi del cuchillo” dejando una frase para la posteridad: “Ahora vamos a ver muchos caracoles en la ciudad”.

De Quevedo, Juan Carlos y Loren a Ocampos y Fernando. Por mucho que pase el tiempo la victoria es el mejore ingrediente para saborear esta tapa en el merecido silencio. La especialidad radiografiada por el heleno vuelve a ocultarse cuando rueda el balón y la caída del sol va dejando paso a un rato entre amigos, entre Cruzcampo heladas, a las puertas de la “nueva normalidad”.

Cuánto se parece a la antigua en este tiempo de caracoles.

Verte en la lona

(Estas letras son hijas del “Vengo buscando pelea”. Silvio siempre presente)

Se colocan en fila y se frotan las manos. Siempre ha sido así y nunca va a cambiar. Todos desean darte el golpe certero que consiga tumbarte.

Es cierto, luces heridas y escupes sangre. Las dudas suenan a crisis. El fracaso es un buen titular.

Miedos y miserias se proyectan en tertulias. Anhelan un cambio de ciclo como el que espera la lluvia en mitad del desierto. Con facilidad olvidan quién eres.

Escuchas que la flor se marchitó. Falta personalidad y el tren del entrenador viaja sin pasajeros. ‘El equipo se cae’ te resume el análisis. Los ídolos son de barro y hasta el cuadro ya no luce.

Nadie te regaló nada. Te duelen los golpes, pero nunca te rindes.

“Soy el más grande. Me lo dije incluso a mí mismo cuando no sabía que lo era”. Como Classius Clay, nombre de esclavo. Todo o nada sobre la lona.

Cuando el viento sopla en contra tu grada te sostiene. También empuja y exige. Siempre a tu lado, en las buenas y en las malas.

“Los campeones no se hacen en gimnasios. Están hechos de algo inmaterial que está muy dentro de ellos. Es un sueño, un deseo, una visión”. Como Mohammad Ali, el hombre libre, todos proyectamos salir vencedor en la lona.

“La pelea se gana o se pierde lejos de testigos, tras las cortinas, en el gimnasio y en la carretera, mucho antes de que me ponga a bailar bajo las luces del ring”. The Champ is here’, de Les Corts a Basilea.

Sin poder bajar los brazos en esta recta final. Todo por ver el éxito reflejado en la lona.

Por esa que se ondea en el centro del campo en la previa de las grandes noches. Por la que se convirtió en el olimpo de las leyendas sevillistas y busca otros rostros que escriban la historia. Por la misma que decora los costeros del marcador y quiere nueva plata junto a tu escudo.

No dejes que nada te tumbe. Sevilla, la gloria es una lona que lleva tu nombre.

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