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ENRIQUE VIDAL 25/03/2022

¿Qué le pasa al Sevilla?

Con este titular, la revista Sevillismo, blanco y negro riguroso de los años 70 en la centuria pasada, trataba de exorcizar la crisis deportiva, económica e institucional de nuestra entidad -deambulante por tierra de nadie en la Segunda División, con el estadio a medio construir, sin un duro en las arcas y una junta directiva sometida al escrutinio encarnizado de la oposición- mediante una encuesta a significados aficionados, periodistas y fuerzas vivas de la ciudad. La desazón entre la masa social era generalizada, el club se hallaba fuera de sus fueros y las perspectivas tampoco invitaban al optimismo. Pocos momentos tan bajos había vivido el club hasta entonces, aunque alguno todavía peor le quedaba por pasar.

No es comparable con aquellos tiempos, ni de lejos, el actual escenario que se vive en el Sevilla F.C. en ninguno de los ámbitos de referencia, pero me he acordado de aquel antiguo titular, que ponía el dedo en la llaga, porque se detecta en el ambiente de los aficionados y amigos sevillistas que uno frecuenta, una cierta ansiedad o, al menos, extrañeza, por el devenir del actual curso, producto de un conjunto de factores, algunos muy objetivos (las tempranas eliminaciones en Copa de España, UCL y UEL ante rivales manifiestamente inferiores) y otros más etéreos, intangibles o directamente inexplicables, y por ello, frustrantes, como la nula lucidez del juego del equipo, el diezmo continuo de bajas (lesiones, COVID, sanciones) o determinados arbitrajes y decisiones del VAR, más que desafortunadas, rayanas en la prevaricación. Hay muchas otras causas que pueden justificar la insatisfacción que se palpa en nuestra gente, aunque mal que le pese a algún que otro vocero radiofónico, es una insatisfacción meramente moderada, porque la mayoría no pierde de vista que, pese a todo, estamos arriba pugnando en desigualdad de condiciones con los más poderosos, y porque nuestros técnicos y jugadores merecen un crédito que se han ganado por propios merecimientos. Todo es mejorable, pero cada vez es más difícil, por la altura del listón.

Parto de la base, pues, de que tanto el éxito como el fracaso de una temporada deportiva dependen de múltiples factores. Entre ellos, el azar es el que menos me interesa, porque admite poco análisis, más allá de lo que Monchi sabiamente ha repetido en bastantes ocasiones, esto es, que su trabajo consiste en minimizar este ingrediente para que su incidencia sea lo más baja posible en la consecución de los objetivos. Pero sí puede ser bueno hacer un ejercicio de reflexión sobre las circunstancias, más o menos conocidas, que nos han llevado al momento actual. No se trata de buscar excusas, sino de hacer recuento de situaciones que muchas veces olvidamos o a las que no damos el valor e importancia real que en la práctica pueden tener.

Para empezar, no puedo olvidarme de que el equipo estuvo compitiendo sin parar desde mayo de 2020 (reinicio de las competiciones tras el confinamiento) hasta junio de 2021, periodo en el que se disputaron los últimos partidos de la temporada 2019-20, la gloriosa fase final de UEL en verano, la Supercopa de Europa frente al Bayern Munich poco después, y en paralelo, la temporada 2020-21 al completo, más los partidos internacionales de selecciones, una auténtica salvajada que acabó reventando a portentos físicos como Jesús Navas o Diego Carlos, este último, por ejemplo, sin descanso alguno debido a los últimos Juegos Olímpicos, con veintidós meses consecutivos de competición a sus espaldas, desde el citado mayo de 2020 hasta febrero de 2022, cuando se ha roto. El curso pasado no se notó tanto esa fatiga como creo, modestamente, y sin ser ningún experto, que ha podido influir en el rendimiento y las lesiones de esta temporada, porque aquel parón del confinamiento quizás pudo suponer una recuperación y recarga de fuerzas para toda la plantilla.

No me cabe duda de que dentro del club se estará haciendo, si no se ha hecho ya, examen de conciencia sobre las causas de tanta lesión y cómo corregir aquellas cosas que se hayan detectado como tales y dependan de la diligencia del personal. Ellos pueden analizar las cosas con perspectiva profesional y cuentan con elementos de juicio de los que no disponemos nosotros, por mucho que además de la excepcional sobrecarga de partidos anteriormente referida, uno sospeche de otros aspectos como, por ejemplo, el césped del estadio que, hasta el cambio por la hierba de invierno, nos hizo jugar en una superficie lamentable (suelo duro, irregular, hierba alta, arena) los primeros partidos de la liga y de la fase de grupos UCL.

Insisto en que no trato de hacer acopio exhaustivo de todos los condicionantes de la temporada, sino sólo de subrayar algunos de los menos comentados. Por ejemplo, hay otro elemento que muchas veces no tenemos en cuenta al analizar los resultados deportivos o la brillantez del juego del equipo, y es el de las situaciones personales que afectan a los jugadores y a los técnicos. Evidentemente no podemos valorar lo que desconocemos, los temas internos, personales o familiares, pero hay otros datos medianamente objetivos, de los que podemos adivinar o intuir su capacidad de influencia en los rendimientos. Por ejemplo, está el caso de Koundé, quien desde luego no ha sido el mismo que el año pasado. Su posible traspaso al Chelsea, finalmente abortado, ha podido tener impacto en sus prestaciones sobre el campo. Otros jugadores estaban en la rampa de salida como bajas deseadas, aunque finalmente hayan permanecido en la plantilla. Hombres como Gudelj o Munir también tienen su corazoncito, por muy profesionales que sean, y aunque defiendan la vigencia de sus contratos (faltaría más) y sueldos importantes, todo afecta cuando empieza a rodar el balón, porque al final, para colmo, han tenido muchos más minutos de los esperados.

Lo que vengo a decir, al final, es que el goteo constante de bajas, la acumulación de minutos en los más sanos, el excesivo protagonismo de los secundarios, las constantes interrupciones en los estados de forma, la ausencia de determinados perfiles sobre el campo o las cuitas personales, hacen que sea muy difícil dar, tanto a jugadores como a técnicos, con su mejor versión, y eso va minando el rendimiento de todos, provocando fallos, imprecisiones, incertidumbres, incomodidad. Sobreviene la ansiedad individual y colectiva y una falta de confianza que se proyecta sobre el verde, delante de tus rivales, donde a la hora de la verdad, el balón coloca a cada cual en su sitio. El futbolista puede dudar del discurso del entrenador y tal vez, el entrenador, de las prestaciones del futbolista. El esquema de juego se vuelve rígido; el ritmo, espeso; confías más en tu solidez defensiva que en tu claridad ofensiva; y acabas actuando a contra estilo, con el freno de mano echado, sin desbocarte nunca, apostándolo todo al orden y la disciplina táctica, y abrazando el conservadurismo a costa del talento de quienes lo tienen y no lo pueden dar.

Por mucha ilusión que genere mantener el pulso del líder del campeonato, no podemos desazonarnos por alcanzar el objetivo principal de la clasificación UCL, si finalmente se logra. Lo digo desde la perspectiva personal de quien se considera colmado en sus aspiraciones de aficionado, a falta únicamente de un premio gordo que me tomaría más como un regalo de la vida que como una deuda saldada. El sistema está configurado con un pódium de antemano. Ser el siguiente de la lista o arrebatar alguna de las plazas preasignadas a los súperprotegidos no puede ser nunca un fracaso, aunque nos deje el sabor agridulce de lo que pudo haber sido y no fue. Me decía un buen amigo sevillista que para alcanzar esa última cota que todos anhelamos, necesitamos más tiempo, más temporadas, rondando la cúspide clasificatoria. Seguramente tiene razón.

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