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PEDRO GONZÁLEZ 08/02/2022

La muerte del derby

Al menos como muchos de nosotros lo conoció.

He dudado mucho en escribir estas líneas. Ha sido tan esperpéntico lo que pasó, y tan increíble lo que ha venido después, que me pareció poco alentador verter una opinión más a la riada de comentarios, de todo tipo, que hemos hecho las dos aficiones sobre lo sucedido en el partido.

Pero no podía sustraerme a este último maldito acontecimiento, porque he notado que el carácter de la rivalidad, nuestra guasa sempiterna, nuestra esencia sevillana está herida de muerte y, sinceramente, creo que nada, ni nadie, puede evitar su desaparición y sólo nos queda ya que la certifiquemos.

No sé cuántos derbis habré visto y de cuántos he participado con mi presencia en ambos estadios. Muchos, sin duda, ya que desde 1963 en tuve mi primer carnet como sevillista, no me he perdido ninguno. Y visité el Villlamarín, muchísimas veces, acompañando a mis amigos y familiares béticos, igual que ellos conmigo, en el Sánchez-Pizjuán.

Los partidos Betis-Sevilla o Sevilla-Betis, era un acontecimiento sevillano que se vivía con intensidad durante toda la Liga. Desgraciadamente, en épocas pasadas, el máximo galardón que se podía obtener era ganarle al eterno rival y si era dándole un repaso, mejor que mejor.

Pero se hacía desde el máximo respeto y cariño. Ambas aficiones soportábamos las puyas clásicas de amigos y familiares cuando nuestro equipo perdía. Pero el ambiente en las gradas era vecinal, familiar y popular. Se compartía la famosa bota de vino, con el bocadillo de tortilla, la cerveza, la Coca-Cola, y los ataques a los nuestros, a vozarrón abierto o por la bajini, si aquel improperio podía herir a los colindantes al evento, fuera en el campo que fuera.

Jamás viví un altercado, nunca presencié actos de violencia y si mucha, mucha guasa sevillana. Y cuando veo y vivo el presente, se me caen los palos del sombrajo. ¡Qué pena!

Que esto es historia es más que sabido. Que unos pocos violentos, han ido erosionando poco a poco esta hermandad y han provocado que desapareciera toda esta liturgia sevillana de los derbis, también.

Este último suceso ha sido bochornoso y vergonzoso y ha tenido gran calado informativo allende nuestras fronteras, fortalecido por la altura moral de muchos responsables, que, haciendo gala de una gran dosis de fragilidad e inconsciencia, han plantado una semilla que veremos qué resultados dan en el futuro próximo.

De momento, la ciudad de Sevilla retratada de arriba abajo, porque un descerebrado, quiere, y tiene, la posibilidad de cargarse un espectáculo deportivo de primera magnitud mundial y, lo que es muchísimo peor, los que siguen con esa enajenación mental, dando nacimiento a una serie de hechos y actos, con rol equivocado, de quiénes, repito, deben dar ejemplo de cordura y no convertirse en fanáticos de medio pelo.

Que se tenían que haber tomado medidas correctoras para reconducir que el amor por su Club, no se confundiera con vanagloriarse y presumir denigrando al adversario, zahiriendo al derrotado, jactándose de una superioridad temporal, más típica de fanfarrones que de gente sensata que tienen, como deber ineludible, ser consecuentes con lo que somos todos: SEVILLANOS, que disputan un evento deportivo y no una conflagración entre hermanos.

He vivido con sorpresa lastimera, cómo aquellos que tienen el poder de poner cordura en todo esto, han dejado explotar su rabia contenido durante muchos años, para hacerse ver haciendo el ridículo más espantoso; dando su versión más vil y rastrera, sin importarles el sonrojo que producen actos fuera de tiempo y lugar.

La mal entendida rivalidad, llevada por los próceres de la nada a la antesala de lo imprevisto y de las consecuencias indeseadas, que sus seguidores cortos de entendederas, mártires de la ignorancia y valedores del sinsentido, guerrilleros dispuestos al desafío que urdieron sus mentes, y que van dejando, lamentablemente, el tufo rancio del esperpento.

Arriada está la bandera de la sevillanía, de luto por la muerte de un evento sevillano a mas no poder, de tardes de amigos y cachondeo y de gracia y salero por doquier.

Ahora manda el Gran Derby. El Derby de la mentira, el Derby que ya no existe porque entre todos lo matamos y el sólito se murió. Descanse en paz.

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