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El anillo de San Mamés

He tenido la oportunidad, gracias a la generosidad de unos buenos amigos -un tesoro que con los años valoramos más-, de vivir la experiencia de asistir al partido que nuestro equipo jugó el pasado sábado en San Mamés. Bilbao se ofrece como un destino muy especial para viajar, pues la ciudad ha conocido una profunda transformación en los últimos 20 años, y hoy es una preciosa villa con una sobresaliente propuesta cultural, histórica, natural y gastronómica, que adereza con la hospitalidad y el carácter propio de sus gentes. Un amigo vasco lo es para siempre y disfrutar de esa amistad es como decía un tesoro.

La profesión de mi padre me llevó a residir allí durante cuatro años, hace ya mucho tiempo, y volver provoca siempre ese agradable sabor de la nostalgia y el travieso juego de la memoria, que lleva a revivir momentos felices y a recordar -volver a pasar por el corazón- a personas queridas que nos faltan.

San Mamés es probablemente el mejor referente y un índice adelantado de la experiencia completa de vivir el fútbol, mucho más allá de la mera asistencia a un partido, que de alguna manera responde a las nuevas expectativas del aficionado. Ya desde la mañana, la ciudad respira fútbol en cada barra de bar donde el desayuno es una excusa para animadas tertulias sobre el juego del equipo, el entrenador, los arbitrajes o las vibraciones para el encuentro de esa tarde. Lucen en fachadas y terrazas las banderas del club que adornan las calles. A la hora de comer, los restaurantes tienen ese ambiente único de las previas que en Bilbao se concentra por la tarde en Licenciado Poza. Las tabernas se llenan de cánticos de ambas aficiones, que luego se dirigen hacia el estadio que espera al final de la calle, con la enseña de las barras rojiblancas flameando sobre una gran pantalla.

La nueva catedral se ha proyectado como un icono del diseño de vanguardia y de la nueva imagen de la ciudad, con una iluminación adaptable y dinámica que realza su grandiosa presencia. El interior conserva ese aire propio de los estadios ingleses como tributo al viejo San Mamés, y la configuración de las gradas está completamente volcada hacia el césped, consiguiendo cercanía, calor y una visión perfecta desde cualquier ubicación.

En su diseño, se pensó en crear una zona de palcos en medio de ambas gradas baja y alta, que en Bilbao se conoce como “el anillo” de San Mamés. El concepto, también novedoso, no contempla la ubicación de palcos cerrados para los compromisos del club, patrocinadores y empresas, sino que el anillo se proyecta como una zona común, con diferentes espacios abiertos a los que se puede acceder dando la vuelta a todo el estadio con la correspondiente identificación de una pulsera. La zona está abierta desde hora y media antes, hasta una hora después de cada partido, y el catering está atendido por cuatro restaurantes con estrellas Michelin que ofrecen continuamente pequeñas muestras de su gastronomía, junto a bebidas variadas.

La idea de generar ese espacio común permite y facilita las relaciones y la interacción con todas las personas que ocupan estos espacios, de agradable diseño y siempre con una visión directa al campo a través de grandes cristaleras. El ambiente es extraordinario, y la oportunidad para hablar de fútbol, negocios, conocer nuevas personas y disfrutar de la experiencia de asistir al partido, ofrece una nueva dimensión de la misma.

También desde la grada se desprende ese ambiente especial que hace de un partido una experiencia total para el aficionado, a la que todo suma: la facilidad del acceso, la comodidad de los asientos, el espectáculo previo a la salida de los equipos con música en directo de la cultura de Euskadi, el cántico del himno con banderolas que se despliegan por todo el graderío.

Ideas para tener en cuenta hacia el futuro, si aspiramos como queremos a crecer en todas las áreas que hacen a un club más grande: espacio y condiciones especiales para atraer a los niños que son el futuro de la afición y de la propia entidad, accesos y comodidad para los aficionados con propuestas atractivas, espacios para el encuentro y los negocios con servicios exclusivos y diferenciales. En fin, una oferta segmentada que incluya y integre diferentes expectativas y consiga hacer de la asistencia al estadio una experiencia única.

En ese entorno, ganar como visitante tuvo un mérito añadido. Victoria muy importante no sólo por los tres puntos, más aún tras la semana negra reconocida por nuestro míster como la más difícil en lo que llevamos de temporada. Un triunfo obtenido en un partido malo, con una primera parte de fallos inéditos en defensa y sin claridad en las salidas y el ataque, salvo el golazo fabricado in extremis con ese golpeo perfecto con la izquierda que Delaney coloca en la escuadra de la portería de Unai Simón. El resto fue una sucesión de ocasiones creadas por el Athletic, que tampoco jugó bien, en esa historia tantas veces repetida en la que parece que es el balón quien se niega a entrar en la portería. Cuántas veces nos ha tocado a nosotros, es decir, puro fútbol.

Afrontamos un final de año trepidante, renovando la ilusión en nuestra competición europea, y con encuentros trascendentales ante un Atlético de Madrid y un Barcelona en horas bajas, a los que esperamos no resucitar como alguna vez hemos hecho.

Volveremos a San Mamés y seguiremos viajando cuando sea posible allí donde el sevillismo y los amigos nos lleven.

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