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ENRIQUE VIDAL 03/10/2021

Back to black

“Back to black” (literalmente, “regreso al negro”) es una canción y, también, el título de un álbum (2006) de la excepcional artista británica Amy Winehouse (1983-2011), por todos conocida. Aunque la letra está inspirada, según la propia autora, en una ruptura sentimental y versa sobre el vacío que ello le produjo, lo cierto es que, como sucede a lo largo de la historia con tantas otras obras maestras, la canción ha trascendido de su modesto origen y es fuente de variadas controversias:

“And I tread a troubled track
My odds are stacked
I’ll go back to black”.

“Y ruedo por una pista atormentada,
llevo las de perder,
regresaré al negro”.

Entre esas interpretaciones posibles, me quedo con la que gráficamente se mostraba en el video clip original del single, donde la propia cantante, vestida de negro en un cementerio, entierra un pequeño cofre sobre el que arroja unos pétalos, bajo una lápida que reza “R.I.P. The Heart Of Amy Winehouse” (“descanse en paz el corazón de Amy Winehouse”), detalle que fue eliminado tras su fallecimiento.

“Back to black” recuerda en algunos aspectos a otra obra colosal de la historia del arte, la película “Vertigo” (1958), de Alfred Hitchcock, basada en la novela “Sueurs froides: d’entre les morts” (1954) escrita por Pierre Boileau y Thomas Narcejac, con la que comparte obsesiones, pulsiones sexuales y el juego de la confusión entre cuerpo y espíritu, entre la vida y la muerte. Esa difusa línea entre el ser y el morir y el riesgo de un “back to black” que rescate de entre los muertos viejos fantasmas de tiempos oscuros y cenagosos, se cierne sobre el Sevilla F.C. con ocasión de la próxima junta general de accionistas.

Con el club instalado en la élite y una apuesta valiente (quizás incluso, temeraria) de inversiones y gastos para lo aventurado que resulta competir y el peso que el azar sigue teniendo en el deporte, parece indecente, a ojos de un simple aficionado, que la paz social en nuestra entidad sea una utopía, que los grupos accionariales se tiren los trastos unos a otros para ver quien esquilma más y mejor, y que el mínimo común denominador entre ellos sea la codicia. Filibusterismo de etiqueta con la complicidad de muchos y la necesidad de algunos. Cada vez más parecen casta política, agitadores de masas con la bandera del sevillismo para vestir de blanco y de rojo la miseria de sus personalísimos propósitos: poder, estatus y dinero, montañas de dinero. Pero no nos engañan, si estas familias de supuesta solera sevillista no han vendido aún “sus” acciones, no es por amor a los colores, sino a la pasta gansa.

La junta viene condicionada por la maniobra de Del Nido Benavente en su afán de reaparecer. Personaje sórdido donde los haya, ahora ya casi espectral, capaz de pactar con el mismísimo diablo y además traicionarlo, representa como nadie la negrura triste y profunda presagiada por Amy Winehouse, el regreso de la soberbia y unos modos grotescos y desafiantes que ni siquiera los muros y barrotes del presidio parecen haber mitigado, y que hacen de este presunto remedo del Saturno de Goya un individuo del que desconfiar por puro instinto de conservación. Sabemos, porque lo ha demostrado con hechos, que considera el club como un instrumento a su servicio, medio de vida y tabla de salvación. Y fanfarronea de antemano, como solo él gusta hacerlo, de un éxito seguro tras su alianza con 777 Partners, el troyano yanqui que cree tener atado en corto, pero que nos monitoriza desde dentro, agazapado, para perpetrar su propio asalto al control gracias a la torpe invitación de quienes tenían la responsabilidad legal de proteger los intereses de la sociedad, ahora renovada por y para sus opositores. Si se confirma la amenaza, los americanos volverán al Consejo, con voz y veremos si mando, acceso sin límites a información privilegiada y otras prerrogativas del nuevo y cautivo, aunque él no lo sepa, aspirante a la púrpura. Podrán tener legitimación formal, desde luego, pero en ningún caso moral.

Y es que los otros tampoco es que parezcan mucho mejores, aunque mentalmente nos inquieten menos. Ambos grupos utilizan la bisagra de Sevillistas Unidos 2020, S.L. a conveniencia y viceversa, al igual que ambos sellaron con el pacto del taco gordo otras barbaridades que con anterioridad hemos denunciado desde estas mismas columnas, en especial, unos salarios obscenos que, no sólo no están justificados en sí mismos, sino que facilitan la compra, directa o indirecta, de más capital mediante recursos procedentes del propio club, con el consiguiente agravio para el resto de accionistas. Al margen de otras actitudes y desplantes inaceptables, es ver lo que algunas marionetas del palco se embolsan alegremente y tener la sensación, por no decir la certeza, de que nos están metiendo la mano en el bolsillo. Esta práctica no sólo tiene que acabarse, y más con los preocupantes números que presentan las últimas cuentas anuales, sino que hay que devolver las cosas al lugar que le corresponden y propiciar que el Sevilla F.C., una vez más, salga al rescate de sí mismo, aún a costa del envidiable momento deportivo que vivimos. Hay expedientes técnicos que posiblemente podrían hacerlo viable, pero es necesario tener voluntad y altura de miras para poder llevarlo a cabo, anteponiendo el interés social al particular, con generosidad y verdadero corazón sevillista, y estos valores, en el caso de los accionistas mayoritarios, parecen haber sucumbido ante el tintineo de los dólares.

“Sudores fríos”, como la novela de Boileau y Narcejac, me sobrevienen ante la posibilidad de un terremoto social a raíz de la próxima junta general, como seguramente a cualquier otro sevillista del montón. Me da miedo nuestro particular “back to black” y que caigan torres importantes (por ejemplo, Monchi), pero a algo debemos aferrarnos, y no me sirve otro paripé de pacto accionarial que institucionalice el trinque a la carta. No quiero caer en un romanticismo sensiblero, ni que mis palabras suenen a orgullo vano o un mero desiderátum, pero pongamos en valor algo que tal vez no comprendan, o no hayan calibrado bien, locales ni forasteros, y es lo serio que nos tomamos los sevillistas al Sevilla F.C. Aquí puede estar la clave, o una de ellas. La jartibilidad de la que podemos hacer gala es difícilmente mensurable, por irracional y tocapelotas. Estamos acostumbrados a luchar, somos inconformistas y, aunque sabemos que es muy difícil recuperar el control de la propiedad, no hay que rendirse, sino seguir picando piedra, en forma de incordio permanente, para defender lo que es nuestro, desde el atril de las asambleas, las calles y los tribunales, la grada del estadio, los medios de comunicación y las redes sociales, o espacios como éste donde, como dice uno de nuestros cánticos, “alzaremos fuerte la voz” para que le quede a todo el mundo claro que nunca podrán librarse de nosotros. Ellos pasarán, pero nosotros permaneceremos.

Otro cántico sevillista, el “Hasta la muerte”, se hizo grito de trinchera en el delicadísimo agosto de 1995. “I died a hundred times” (“He muerto cien veces”) es uno de los versos más emblemáticos de “Back to black”. Lejos de su aparente pesimismo, ambos llevan implícito un mensaje premonitorio: la capacidad de resurgir las veces que hagan falta y derrotar a la muerte. Exactamente igual que el amor sobrenatural de James Stewart por Kim Novak en “Vertigo”. Del mismo modo que Amy Jade Winehouse, cuya voz taciturna y astillada resucita en bucle con cada emisión, descarga o reproducción de sus discos para recordarnos que está ahí para siempre. El Sevilla F.C., pese a los planes vampíricos de los accionistas mayoritarios, también sabrá sobreponerse a cualquier abismo y resurgirá cientos de veces, porque nos pertenece y trasciende al capital social. El Sevilla F.C. es nuestro patrimonio. El Sevilla F.C. es nuestra historia. Aunque algunos no quieran entenderlo. Aunque otros menosprecien lo que somos capaces de hacer.

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