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Distancia

Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón. La ausencia es fuente de inspiración del poeta, es añoranza que activa el sentimiento, y es fuerza que nos une más a lo que queremos. Hoy quiero traer a este patio de columnas el recuerdo de lo vivido, y también un tributo a todos los sevillistas que por destino, amores, motivos profesionales y otras causas, viven su sevillismo lejos de la sombra de la Giralda.

Como siempre, acudir a personas y situaciones concretas puede ofrecernos una visión más acertada del asunto. Vamos a pasear brevemente por esta galería de sevillistas que han crecido en la fe sin ver, cantan sin oír, sufren y gozan sin estar, pero que no son del Sevilla, sino que son el Sevilla F.C. allí donde se encuentren.

Juliana era una gran señora castellana, recia pero cariñosa, guapísima y elegante, ante la que un notario de pueblo cayó rendido allá por los años 30. Diez años antes, este letrado había sido jugador del Sevilla F.C. mientras estudiaba Derecho, con aquella línea del miedo que creó la escuela sevillista. Y claro, el roce y el tiempo hicieron de ella una gran amante del fútbol. No faltaba un domingo a la grada del viejo Nervión, y siempre decía que nunca hubo un jugador como Juanito Arza. Se fue de Sevilla a Madrid en el año 59, y ya muy mayor, no podía dormir sin enterarse cómo había quedado el Sevilla, y sufría cuando el equipo navegaba por aguas bajas. El día antes de morir, con 99 años recién cumplidos, sonrió cuando le dijimos que el equipo iba el primero en la clasificación.

José Ramón es un sevillista que llegó a la ciudad con 13 años, y que solo recordaba hasta entonces la letanía gloriosa repetida por su padre con la alineación que conquistó el título de Liga -Busto, Joaquín, Villalonga, Alconero…-, alguna tarde de entrenamiento en la Ciudad Deportiva, y un balón de hexágonos rojos y blancos que no tocaba mal con la izquierda. En los 80, subía con su hermano y sus primos hasta la grada alta de Gol Sur, y allí lo atrapó para siempre la filigrana de Enrique Montero, la sutileza de Bertoni, los tiros de Scotta y la maestría de Francisco. Hoy, entrado en los 50, vive en Bruselas y late en su corazón un escudo más grande que el del mosaico. Presume de sevillismo en el corazón de Europa, y sus amigos y colegas del trabajo participan de la marcha del equipo para comentar con él su pasión rojiblanca. Se le atribuye alguna conversión a la causa entre ellos. En Eindhoven no pudo reprimir su alegría, igual que cada vez que gana el Sevilla.

Alex es un joven universitario que cursa sus estudios en Warwick, una preciosa ciudad del Reino Unido. Sus amigos ingleses y de otras latitudes cantan nuestro himno con toda su letra, y la bufanda de un partido que pudo vivir en el Ramón Sánchez Pizjuán, preside la salita del pequeño apartamento donde reside. Los fines de semana, se las arregla para ver el partido en algún pub donde ya le conocen, y donde ha generado una corriente de simpatía y afición por el Sevilla.

Tres generaciones, miles de sevillistas en la distancia y un solo sentimiento compartido que funciona como un resorte de alegría, arraigo, pertenencia, complicidad y pasión. Ellos son parte esencial de esta patria nuestra, que extiende su soberanía por todo el mundo.

Larga Vida.

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