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CARLOS MARTÍN 25/05/2021

Los niños del Tartiere

1 de junio de 1997. Derrota 1 a 0. Sobre el tiempo añadido Maqueda firmaba la sentencia ya sin margen de error. Se consuma el descenso a Segunda en Oviedo con apenas dos jornadas por delante. Monchi, como un ovillo, se rompe al final del túnel ante los pies de Ramis. “Hasta la muerte” suena en una grada desconsolada mientras, poco a poco, reaparece el equipo. “Casi 3.000 peregrinos que viajaron 900 kilómetros desde Sevilla para asistir al milagro sólo pudieron ser testigos del acta de defunción”. Así se lee en la crónica de la fatídica tarde. Las imágenes de archivo hoy siguen mostrando los primeros planos de Mirsad Hibić o Ivica Mornar junto a las lágrimas de Julián Rubio. Aún emociona ver las caras de una joven afición que en su mayoría probaba por primera vez el amargo sabor de la decepción futbolera más profunda. Tocaba volver a la división de plata después de 21 años.

‘Los niños del Tartiere’ no sabían entonces que la primavera futura podría convertirse en un calendario repleto de efemérides de gloria. La generación del PC Fútbol 5.0 venía de la nebulosa de la salvación sobre la bocina por el castigo administrativo de la Segunda B y se situaba frente a un espejismo muy diferente con la ilusión precoz de la pretemporada invicta de Camacho. Para los 50000 de la presentación estival no existía aún Eindhoven. En aquella época la miel llegaba también de Holanda en forma de triangular en Vitesse, brillaba como una carabela del Colombino o tenía ciertas dosis de intranquilidad ante el noveno penalti del Trofeo Osama en el Olímpico de Roma. La vida era una noria que avanzaba indultándole errores a la última actualización de la guía Marca y contando parpadeos del teletexto hasta el resumen de Estudio Estadio. Tocaba superar el desengaño de ver a Suker con otro escudo, que fue el mayor desamor juvenil de orgullo herido, mucho peor que ver pasear a la ex por el barrio en la moto de otro. Una época en la que valorar prematuramente la importancia de una renuncia a tiempo, con el ejemplo fresco del mito Bilardo, comprendiendo que un Mercedes podría conquistar el amor de “Miss España” y que el dispendio económico bajo la dirigencia de un tridente formado por De Caldas, Menéndez y Cabezas le pondría esta camiseta a un elenco con un toque exótico con nombres como Marinakis, Colusso, Bebeto y Prosinečki.

El resto de la historia es conocida. Aquella época amenazó seriamente la supervivencia de un club que tuvo que lidiar con episodios de ‘cuidados intensivos’. De aquel trauma, que se aproxima lentamente a sus bodas de plata, hasta el dulce presente del prestigio que se anuncia en la manga con el parche del rey de la Europa League. Del áspero comienzo del milenio a la fortaleza de una entidad que, con el sólido respaldo de su afición, está muy por encima de las crisis pasajeras que una abultada derrota con chanclas pueda provocar o de las nuevas frustraciones a golpe de tuit por caer contra pronóstico en tus nuevas cimas. Como en las series de Netflix (¿qué director se animará a darle forma de documental a esta épica historia?) se pasó de la tragedia del infierno deportivo a una trayectoria casi inmaculada desde hace casi dos décadas. Cerrar la temporada 20-21, una de las más exigentes de la historia reciente con la octava clasificación para la Champions con cinco jornadas de adelanto, siendo la decimoséptima para Europa en este siglo XXI. ¿Es justo hablar de decepción o de un aspirante fracasado en una Liga de 86 puntos? ¿Agridulce sabor de boca? Desde el gol de Baptista a Osasuna el 23 de mayo en la última jornada de la 2003-04 este equipo se acostumbró a poner mimbres para poner la mirada más allá de Despeñaperros y pasear por las alturas sin que apenas le temblara el pulso en los momentos claves. Un huracán sin techo que va desde el Sevilla de Joaquín Caparrós, que cimentó las bases de lo que vendría luego, al de Julen Lopetegui, con los 77 como mejor marca histórica de puntos y la pelea hasta la penúltima jornada por el título liguero.

Aquella postal asturiana de abatimiento colectivo jamás perderá vigencia porque también de las derrotas, incluso de las verdaderamente duras, se aprende y se crece. Ahora la perspectiva cambia. Se bajaron de la valla para atarse a hipotecas. Se secaron las lágrimas para peinar las canas con orgullo. Regalaron las bufandas para meter el veneno blanquirrojo a hijos o sobrinos. Dos décadas después ‘los niños del Tartiere’ tragan saliva y escupen ese regusto amargo que aún pueda quedar. En los ojos puede verse que tienen ganas de más.

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