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PEDRO GONZÁLEZ 06/05/2021

Ganar la liga

De eso se ha estado hablando estos días en el mundo del fútbol español. De quién podía ganar la Liga, antes de esta jornada 34. Ya que las diferencias entre los cuatro primeros estaban tan ajustadas que era posible que cualquiera podría optar a ganarla.

Se ha hablado mucho de que nuestro equipo tenía algunas opciones de disputarla. Que llegaba en un buen momento y que contaba mucho en este sprint final.

No quisiera pecar de inmodesto, sobre todo ahora, que tras perder con el Athletic las opciones se han esfumado y son mínimas y dependiendo de mil carambolas que seguro no se darán.

Digo esto, porque a los viejos de este lugar, el planteamiento de ganar la Liga, nos producía una sonrisa socarrona y, a la vez, triste, de tantas veces como lo hemos pensado y deseado, pero que la realidad imperante desde lustros en nuestro fútbol, demuestra lo imposible que es esta tarea.

A los que conocemos el paño, esas ensoñaciones no pasaban de ser eso, un deseo, un sueño, que está muy dentro de los sevillistas, como de cualquier aficionado de otros clubes, pero sabedores de que esto, desgraciadamente, en el fútbol español es una quimera, una utopía sin sentido.

Para muestra un botón. La historia que se repite, temporada tras temporada, de nuestro reciente partido con el Athletic.

Nada más conocer los árbitros que designó el Comité para el partido este partido, ya sabíamos que, para vencerlo, se tendría que ganar holgadamente, porque los jueces designados tenían, tienen y tendrán, marcado perfectamente la pauta de sus actuaciones.

Sólo hay que repasar y ver la historia de los partidos arbitrados al Sevilla F.C., para darnos cuenta de que la “mala suerte” nos persigue con ellos. Que si hubiera alguna jugada dudosa, dependería de en qué área se desarrollaba para que el veredicto fuera, como siempre –fruto de la mala suerte–, contrario a los intereses del Sevilla F.C., o del club de turno que en ese momento dispute los puntos a los poderosos.

Nadie ha podido, hasta ahora, con el juego de los funambulistas, artífices en cada partido de que las aspiraciones de los poderosos sigan intactas, aunque, una y otra vez, se les vea la desvergüenza e impunidad con las que actúan, y poco les importa que vayan impregnando el ambiente de un tufo mafioso insoportable.

El penalti cometido por Balenziaga es de libro. No admite ninguna duda, no tiene por qué someterse a la interpretación del sr. Colegiado de turno. Mano separada del cuerpo que impide la trayectoria de la pelota, dentro del área, es penalti. Pero el Colegiado, que conoce perfectamente qué se está jugando, hace aparatosos y teatrales aspavientos con las manos para dar a entender que aquello no era punible, y dejar clarito al otro juez del VAR, que la decisión ya está tomada y que no debe revisarse. Lección aprendida y ejecutada conforme a lo diseñado de antemano.

Y qué casualidad, Miguelito, como diría mi admirado Manolo Aguilar, que otra jugada dudosa, ésta claro que sí, dentro del área sevillista, se escudriñó por árbitro y VAR, no fuera a ser que el fuera de juego clamoroso, pudiera revertirse de otra manera. Y poco importa, que hace bien poco tiempo, que el trencilla de turno nos pitara un penalti en contra, por dar la pelota en el codo de Acuña. Todo es según el color del cristal con que se mira.

Que los árbitros se equivoquen siempre a favor de los poderosos, debería tener fecha de caducidad. Es inadmisible que estos señores, campen a sus anchas, intocables ellos, ajenos a toda sanción deportiva, merecedoras de descalificación y despido, por sus lamentables actuaciones en favor de los de siempre y contra los de siempre.

Los hilos que mueven estas marionetas, están ocultos. No se sabe quién los maneja. Pero sí se conoce el fin de sus actuaciones. Impedir que los clubes que puedan molestar a los poderosos puedan acercarse a importunarlos. Socavan la moral y la integridad de los profesionales, que ven, con tremenda impotencia, que no pueden hacer más que aceptar las patrañas que se inventan.

Que tienen que admitir que jueguen con su dignidad, con sus emolumentos, y con su carrera deportiva, y no pueden hacer absolutamente nada de nada. Solamente, apretar los puños, morderse la lengua y labios, hasta hacerse sangre, y salir corriendo porque saben que, si se enfrentan a los intocables, el final es contraproducente y desfavorable para sus intereses y los de sus Clubes.

Y esto, desdichadamente, dura ya mucho tiempo. Tener que tragar un año sí y otro también, hacen que el hartazgo, el hastío, terminen en repugnancia por la perversas, sibilinas e infames actuaciones arbitrales. Comportamientos indignos que van minando la competición liguera y las aspiraciones de todos los demás por conseguir ganarla. Hasta cuándo se va consentir esto, sin que las protestas se hagan escuchar de una vez. Hasta cuándo el Imperio del Mangazo.

Me pregunto ¿Por qué seguimos aguantado esto año tras año? ¿Por qué los demás clubes de la Primera y Segunda División no se rebelan ante estas graves injusticias? ¿Por qué consentimos, –todos– que estos jueces –que deberían aplicar la justicia deportiva en los partidos– se rían, temporada tras temporada, de nosotros los aficionados? ¿Por qué los medios de comunicación son tan tibios en sus crónicas? ¿Por qué aceptamos que este “status quo” de corrupción siga sistemáticamente imperando?

Para que esto cambie de verdad, hace falta unión. Y no sólo de los clubes. La implicación debe venir de todos los estamentos que tengan que ver con el mejor deporte de todos los tiempos. Todas las asociaciones deportivas deben exigir que prevalezca la pureza de la competición. Y las aficionados, que tienen que decir mucho es esta lucha, tienen que dar el definitivo impulso para que, a Martillo pilón, a Dios rogando y con el mazo dando, adviertan a los que ganan siempre moviendo los hilos a las marionetas, que algo empieza a agitarse con el ánimo de cambiar definitivamente las cosas.

Pero, sobre todo, para no seguir quejándonos de que los poderosos, y estas manipulables marionetas, sigan riéndose a carcajadas de todos los que amamos este deporte y prolongar, con nuestro consentimiento, el que los poderosos sigan campando a sus anchas “per saecula saeculorum”.

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