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JOSÉ MANUEL ARIZA 28/04/2021

La neolengua

Saludos.

George Orwell, en su magnífica obra “1984”,  inventó el término “neolengua” (nuevahabla, nuevalengua) en un alegato fantástico contra los totalitarismos. El bueno de George se inspiró para el libro en su experiencia en la guerra civil española, donde sufrió en carne propia los horrores de las represiones, purgas y otras lindezas aplicadas al control total y absoluto del individuo. Curiosamente, vino como voluntario para combatir contra otro totalitarismo, el que acabó imponiéndose casi cuarenta sangrientos años.

El “ministerio de la verdad” (de la mía, obviamente); el “doble pensamiento” (el poder de mantener dos creencias contradictorias en la mente de uno simultáneamente y aceptar ambas); los “dos minutos de odio” (los ciudadanos ven una película diaria incitándolos a odiar a los enemigos del estado); “la libertad es la esclavitud”; “la guerra es la paz”; “la ignorancia es fuerza…”. El Gran Hermano (cámaras en tu propio domicilio para controlar hasta tu poca intensidad en los ejercicios físicos) que logra destruir la mente llegando al extremo de volverlos totalmente sumisos y obedientes, de desposeerlos de cualquier capacidad crítica y llegar, incluso, a adorar a sus verdugos.

Los nazis, apenas un rato más tarde, ampliaron, enriquecieron y llevaron al delirio la neolengua: desde el famoso “Arbeit macht Frei” (el trabajo hace libre) hasta el “Jedem das Seine” (a cada uno lo suyo) o el “cuando se inicia y desencadena una guerra lo que importa no es tener la razón, sino conseguir la victoria” o “con humanidad y democracia nunca han sido liberados los pueblos” o “qué mejor suerte que gobernar a hombres que no piensan” (Hitler) y con el asesino Goebbels al mando del aparato de la mentira en su millón de formas. Una horripilante colección de barbaridades insuperable pero que quedaron prendidas en algunas mentes para el futuro.

Hoy, la neolengua es de uso común y extendido y no solo en política (que es el “foro natural” para manejar el lenguaje torticeramente, alcanzando el paroxismo del doble pensamiento). La capacidad de disfrazar conceptos con frases aparentemente opuestas, dispersas y blanqueadas, permite decir cualquier barbaridad y que parezcan inocuas, incoloras y que encajen perfectamente con lo que quieres escuchar.

El fútbol, nuestro fútbol y como la sociedad toda, no podía estar ajeno a la neolengua. De hecho, nunca lo estuvo porque los que nos entretenemos en leer todo periódico publicado desde finales del siglo XIX (la principal y más valiosa fuente para investigar el pasado relativamente reciente) tenemos una ristra de ejemplos (otro día cuento algunos) de la forma tan “divertida” de reinterpretar la realidad para que se adapte a tus deseos. O a tus sueños incumplidos. Húmedos, incluso.

Ejemplo al pelo cogido por el mismo y sobre el que no me extenderé (hoy): “siempre fuimos mejores”.

Aún dura, cuando se publique éste trabajo, la resaca de la Superliga frustrada y muerta apenas nacida (“aquí yace con 48 horas de vida”, reza la lápida). Entre el montón de mentiras, medias verdades e inventos de una (unas) mentes calenturientas, megalómanas y enfermas de sí mismas, una se me quedó especialmente grabada, pegajosa y apestosa cual caca de can en suela, porque representaba las esencias mismas de la neolengua: “Salvar el fútbol”.

Y lo dice con absoluto desparpajo y porque cree en ello (!) tanto como en el sexo de los ángeles. Vergonzante e impúdico consentido desde su nacimiento mismo, facedor de transacciones malévolas y maliciosas incluso y sobre todo, más allá del fútbol (los verdaderos negocios están en los palcos) es el depravado que pretende arrogarse una representación global que nadie le ha pedido ni otorgado. Si hay que calificarla, habría que decir “supuesta representación… robada”.

Pues éste moderno Luis XIV (y sus virreyes) monarca blancón y su “el estado (fútbol) soy yo”, disfrazan sus necesidades acuciantes de rescatar del naufragio sus buques insignia (sobredimensionados, mal gestionados y derrochadores de herencias) ampliando y escudándose de sus desastres en el resto de equipos y tratando de hacerlos pensar que (el doble pensamiento) si él cae, se cae la casa toda; que tiene derecho a acumular riquezas sin límite a costa de lo que sea y de quien sea (esencia misma del capitalismo); que es su don divino competir en desequilibrio manifiesto y que sus tres puntos son infinitamente más importantes que los tres de los demás.

Porque si no vemos jugar a su equipo (pagando la plataforma) la vida carece de todo sentido ya que la “inmunidad de rebaño” tiene acólitos por todo el orbe con el aporte indispensable (imposible sin ellos) de las huestes de plumillas, radios y cámaras compradas. “Yo soy yo y mis circunstancias” decía el Ortega. El Gran Hermano, nuestro amado líder, que nos guía por nuestro propio bien.

¿Quién le ha dicho a éste mamarracho que quiero que me salve?

¿Se me nota mucho el hartazgo y el asco infinito que me producen ésos 2 + 1 y que la actualidad me lo pone en bandeja (a güevo) unas cuantas veces?

En tiempos de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario (George Orwell)

Cuidaros.

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