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Foto: Avaricia (“Greed”). Película de 1924.
ENRIQUE VIDAL 29/04/2021

Avaricia

“Barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura”. Con estas palabras, inicia Jorge Luis Borges el prólogo a la segunda edición de su “Historia universal de la infamia” (1954). Creo no exagerar si afirmo que Florentino Pérez podría haber sido perfectamente el infame protagonista de alguno de los relatos incluidos en esa singular obra, bien como “atroz redentor” (Lazarus Morell), “impostor inverosímil” (Tom Castro) o tal vez “proveedor de iniquidades” (Monk Eastman); que con todas estas caras se nos ha presentado el personaje en alguna ocasión. De haber tenido noticias suyas, quizás un Borges contemporáneo hubiera puesto colofón a su libro con un capítulo que evitase la desmemoria de los últimos acontecimientos, algo así como “El depravado cinismo de F. P.”

Porque, efectivamente, Pérez nos ha demostrado, sin que nadie se lo haya pedido, que está hecho de otra pasta, y que esa pasta se llama cinismo. Un cinismo tan al límite y desbordado, tan borgesianamente barroco, que resuena extravagante y frisa lo jokeriano. Si tuviéramos un periodismo libre, sin servidumbres al yugo del pensamiento único merengue, cualquier plumilla recién licenciado lo hubiese despedazado en las patéticas apariciones públicas que nos ha brindado para justificar su mesiánico proyecto de Superliga, pero (casi) nadie se atreve a toserle.

Ya en anteriores ocasiones he manifestado que el único y verdadero sancta sanctorum de este país es el sillón que se ubica en el centro de la primera fila del palco del Bernabéu. Han caído presidentes de otros clubs, políticos, gobiernos estatales y autonómicos, incluso monarcas, pero el que ocupa ese asiento es invulnerable, y además, lo sabe. Tiene un ejército de cómplices en su propia casa, y otro de mamporreros por todo el orbe. Aquí ha conseguido que sus socios, en lugar de censurarlo y ponerle freno, le hayan permitido modificar estatutos para entronizarse como un Santos Banderas que hace y deshace a su antojo en su particular Tierra Caliente. Allende estas fronteras, ha construido una legión de seguidores prefabricados que no es más que la suma de millones de consumidores de un producto artificial que no llega a ser la sombra de lo que un día pudo parecer genuina grandeza.

Personalmente este tipo de individuos me estremece, porque recuerdan tristes antecedentes de otros salvadores de la patria que también esgrimían la defensa de la democratización y la limpieza de las instituciones para legitimar lo que no era sino ansias de poder absoluto. Comportamientos así sólo tienen dos explicaciones posibles: o se trata de psicópatas o están tan acostumbrados al abuso y la impunidad que lo encuentran natural y no conciben que se les contradiga. Elijan lo que prefieran, cualquiera de las opciones es repugnante. Al menos, por encima del desprecio y la insolidaridad, el tufo supremacista que expele la Superliga y todo el nauseabundo aparato mediático que rodea a sus creadores, nos queda el consuelo de que este esperpento haya servido para que el mundo entero descubra la catadura de estos personajes, su doble moral y la vacuidad de una pose que pretende esconder, ya sin remedio, un egoísmo sin límites.

El proyecto de la Superliga incurre, no en una, sino en varias, claras y manifiestas, peticiones de principio. Premisas como que los problemas económicos de los clubs sedicentes han sido provocados por la pandemia o que gracias a ellos se consiguen ingresos televisivos y traspasos para la supervivencia de todos los demás clubs son absolutamente falaces. La primera pasa por encima de un dato elocuente: la Superliga lleva años gestándose en la clandestinidad. Además, soslaya el despilfarro y la mala administración de unos recursos económicos descomunales puestos al servicio de una megalomanía obscena. La segunda, sencillamente, subvierte la realidad, porque el trato privilegiado recibido de gobiernos e instituciones (desde su régimen jurídico, hasta prerrogativas políticas, financieras, fiscales, federativas o mediáticas), es la causa y no el efecto de haber incorporado a estrellas mundiales a sus filas, acumular triunfos y generar una brecha deportiva con sus rivales que rozaba lo ridículo. Queda muy poco de lo que en su día fue un deporte de caballeros, pero Pérez y compañía pretenden borrar hasta su recuerdo. Ni siquiera se conforman con una competición groseramente adulterada. No les parece suficiente disponer de designaciones arbitrales a la carta, comités sumisos, calendarios a medida o un VAR adecuadamente prostituido para que todo siga igual. Nos ofrecen el veneno y nos sugieren, como Tom Hagen a Pentangeli en la segunda parte de El Padrino, que seamos nosotros mismos quienes, discretamente, nos quitemos la vida, en un gesto de honor.

Según está montado el tinglado, Real Madrid y F.C. Barcelona (añadan si quieren al Atlético de Madrid) deben mantener su delirante espiral de gasto, y los demás tenemos que dejarlos vivir más allá de sus posibilidades (que son casi infinitas) en lugar de pasar por una reconversión. No solo debemos dejarlos, sino que estamos moralmente obligados a contribuir y apoyar su cruzada elitista. Se creen por encima del bien y del mal y, en su necesidad de acaparar recursos, no pueden permitirse la excepción a la regla, el riesgo de alguna heroicidad intrusa ni que algún rebelde plebeyo ose poner en jaque sus dominios de señor feudal. Por ello, si surge una competencia que pueda llevarse la mano pese a sus cartas marcadas, hay que eliminarla. Se trata de aniquilarnos a todos, por si acaso, como Herodes con los santos inocentes. Por eso, me gusta pensar (y me congratula saber) que nuestro Sevilla F.C. pueda ser una de esas amenazas. Y quisiera soñar (que para eso es el verbo más conjugado estos días por el sevillismo) que la torticera maniobra separatista de estos otrora enemigos íntimos, no les puede librar de acabar algún día como Schouler y McTeague, los protagonistas de uno de los mejores finales cinematográficos de la historia. Hablamos de “Greed” (Avaricia), la monumental película muda de Erich Von Stroheim, genio cáustico al que, por cierto, Borges tanto admiraba.

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