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MANUEL LÓPEZ 24/02/2021

La balanza de Óliver

La convivencia del futbolista con el murmullo es una de las cláusulas ocultas, no escritas, que más dura es de firmar cuando uno estampa su garabato en los documentos vinculantes al llegar a un nuevo club de fútbol.

A veces justas, otras tantas no, las críticas pertenecen al desarrollo del futbolista. Con algunos acabó, con otros los ensalzó. Salvando las distancias en cuanto a nombre y peso histórico, en el Ramón Sánchez-Pizjuán se le ha pitado a Luis Fabiano o más recientemente a Youssef En-Nesyri. La exigencia los (nos) hizo mejores.

El último en subirse a ese barco de efectivos que le dan la vuelta a la balanza ha sido el propio Óliver Torres. El extremeño terminó la pasada campaña diluyéndose en un gran estado de forma de sus compañeros y continuó esa progresión hasta llegar a su punto de inflexión: 2 de enero de 2021. En el Benito Villamarín tocó fondo. No aprovechó su oportunidad de salir con el peto titular. Ese que tanto cuesta ganarse. Ahí se dio el momento en el que su chip pasó a ser más pragmático, a estar más al servicio del equipo que del preciosismo personal.

Llegó bajo la protección del León de San Fernando, pero aquellas cosas que le habíamos visto en las categorías inferiores de la selección nacional parecían lejanas. Sobre todo cuando sus apariciones se contaban en constantes ubicaciones en el carril zurdo, sin poder convertirse en ese escalón intermedio desde el costado que necesitaba su conjunto e insistiendo mucho en pases estériles, horizontales, sin riesgo.

Lleva semanas dejando aquello de lado. El contexto es más propicio para su fútbol. Insistiendo más en la salida desde atrás por parte del técnico de Asteasu. Pero no, él no es fin de ello, es una de las causas del cambio de estilo. Ahora se mueve entre las posiciones de pivote e interior llegador, algo que hacía con el exsevillista José Campaña en la Sub-19. Ordenando al equipo, jugando hacia delante e incluso llegando desde segunda línea con muchísimo dinamismo a diferentes alturas.

El fútbol moderno tiende a hacer sus análisis con balón y, por tanto, en ataque, pero la verdadera evolución del de Navalmoral de la Mata ha estado en su eficiencia en presión, sin pelota. Ahora activa la recuperación tras pérdida prácticamente al unísono con Jordán y Fernando, siendo ello imprescindible para robar más alto y, por tanto, transicionar más rápido en un juego que se ha vuelto conservador y en el que a nivel de posesión hay que picar piedra con paciencia día sí, día también.

En un fútbol donde cada vez hay que controlar más variables y dominar un mayor abanico de juego, Óliver ha conseguido dotar al equipo de lo que necesitaba en relación a sus características, ha logrado revertir las dudas en certezas y, así, que su balanza siempre muestre un peso en positivo.

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