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CARLOS MARTÍN 22/01/2021

Tara pluscuamperfecta

(Suena El equilibrio es imposible mientras una crítica al juego del equipo muere en el tablón de Twitter aplastada por un retuit con puestos Champions en la clasificación. Yo te sigo porque creo que en el fondo hay algo).

Seguro que hubo un día en el que este amor cobró sentido. Un momento en el que todo empezó a verse de forma diferente. Nadie te dijo que sería fácil porque este contrato estaba lleno de letra pequeña. “Me enamoré del fútbol tal como más adelante me iba a enamorar de las mujeres: de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar para nada en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia traería consigo”. Así lo decía Nick Hornby en Fiebre en las gradas, el mejor alegato posible para explicar esa firma a ciegas en este contrato. Ese que llevó al Sevilla a uno de esos lugares centrales que, casi por equivocación, ocupa el fútbol en la vida.

Cambias el fish & ship blaquirrojo de los “gunners” por una versión sureña bajo el ritmo del ‘mi tío tenía razón’ donde toca sumergirse a diario en la tumultuosa relación de ponerle cordura a esta pasión. “Sin embargo, ¿qué podemos hacer si somos tan débiles? Dedicamos horas cada día, meses cada año, años cada vida, a algo sobre lo que no tenemos el menor dominio. ¿Es de extrañar, me pregunto, que nos veamos obligados a celebrar ingeniosas, raras liturgias destinadas a crear la ilusión de que al fin y al cabo sí tenemos el poder en la mano, tal como ha hecho cualquier comunidad primitiva al verse frente a un profundo misterio, en apariencia insondable?”, explicaba el escritor británico sobre un mundo en el que cada detalle que se escapa de la lógica del trabajo se asocia con facilidad a la bendita flor.

Ahí, en cada uno de los fieles consumidores del negocio, entran las cábalas, ritos, supersticiones, manías o amuletos. Desde entrar siempre por el mismo torno, santiguarse al cruzar la puerta del estadio a subir los escalones hasta el voladizo de dos en dos. Invocar al azar con la bufanda de un gran valor sentimental que algún día será perdida a evitar mirar al asiento número 13 al llegar sin aliento hasta la penúltima fila. Coronarse con la gorra que solo peregrina en los ‘partidos importantes’ o levantarse puntual cuando el marcador muestra el minuto 42 porque provoca el último arreón. Estrategias espacio temporales como ver el fútbol apoyado en el mismo rincón de la peña bebiendo solo cuando el equipo ataca o la calada de la fortuna mirando al cielo. Rituales que van desde besar una pequeña estampa, el lote de ron Porteador que provocó aquella goleada y ya es tradición, el chocar las manos tras un gol con cada compañero de asiento hasta no pisar las líneas horizontales camino de Nervión. Aunque no se viera como algo habitual la extraña costumbre exóticas de los ajos tras la portería o la pata de conejo invocando a las “meigas” aquí se ha rezado a San Nectario por culpa de Dan Giorgiadis. Y si hay que esperar 25 años para volver a la tierra de Tsartas a venerar a los dioses se hace, porque por tu equipo eres capaz de todo, incluso de escuchar la emisión dominical con los comentarios de Soler y el partido copero con el inalámbrico de Fouto. Y aunque siempre te hayan dicho que este no te iba a dar de comer, los que se visten de corto son capaces de dejarte sin hambre y quitarte el sueño cuando pierden o de hacerte que te tragues hasta el último resumen si se paró ese penalti en el último minuto dándote los tres puntos.

Aunque de esta lista hay un par de rutinas que parecen intrínsecas al ADN sevillista. Esa que te lleva a apretar sin descanso, desde la grada a las redes. A construir desde la critica, a alegrarte lo justo y necesario porque siempre hay hambre y ganas de más. Una línea fina que separa al exigente idealista del inconformista pesimista o el optimista insatisfecho. Para muestra puede valer un paseo digital al acabar un partido o en los correos que llegan al descanso de cualquier narración. No intentes cambiarlo.

Y en el otro lado de la balanza está el orgullo intacto que hace apretar los dientes cada vez que alguien toca al que lleva este escudo, porque como dijo Bilardo: “los de colorado son los nuestros”. Ese que provoca el cierre de filas y a demostrar que siempre nos tendrán en frente si las críticas vienen desde los medios afines a la Federación o La Liga, si ponen al entrenador en el punto de mira o convierten en portada una barbacoa que traía plata en camino. Si provocas desde el campo a la que fue su grada o si desde las redes van en tromba contra la fecha de fundación. Por mucho que quieran verte en la lona ahí nos tendrán. Porque para quererte ya estamos nosotros.

Según la Real Academia a este fenómeno sevillista lo describen en su tercera acepción como un defecto físico o psíquico, por lo común importante y de carácter hereditario. Y a mucha honra. Una cara con dos monedas. Un equilibrio cada vez más imposible que hace apretar y amar a partes iguales a nuestro equipo. Un binomio que da sentido a nuestros días y pasa de padres a hijos y se mama desde la cuna.

“Por eso pido tolerancia para quienes describimos un logro puramente deportivo como el mejor momento de nuestras vidas. No es que nos falte imaginación ni tampoco llevamos una vida triste y yerma; lo único que sucede es que la vida real es más tenue, más apagada, y contiene un potencial menor para entrar en un delirio inesperado”. Como a Hornby, no pedimos que lo entiendan. Ellos son los culpables de los momentos más felices por muy efímero que parezca.

De todas las que engrosan la lista que siempre la encabece la vida en sevillista. Bendita tara pluscuamperfecta.

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