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Archivo familiar
CARMEN CASTEJÓN 12/12/2020

Ruiz Sosa, leyenda sevillista

Permítanme que mi primer artículo vaya dedicado a mi abuelo, Ruiz Sosa, el que sin querer ha sido el culpable de que yo haya decidido tomar este camino gracias al Sevillismo en vena y el amor a este deporte que él mismo me inculcó. Justo hoy, 12 de diciembre, hace 11 años de su fallecimiento y no podía perder la oportunidad de rendirle este pequeño homenaje.

Manolito Ruiz Sosa, así se hacía llamar, Ruiz-Sosa en su dorsal, amaba el fútbol como él solo, puro carácter y sentimiento, era la dedicación, el compromiso y la pasión personificada. Definido como un jugador con una fuerza inagotable, aguerrido, temperamental, con mucha técnica, y el que estaba siempre para echarse el equipo a la espalda cuando los minutos empezaban a pesar. Los ojeadores del Sevilla se fijaron en él cuando se encontraba en los juveniles del Coria e inmediatamente lo incorporaron al Sevilla Juvenil entrenado por Guillermo Campanal. En el 55 debutó con el primer equipo y, al siguiente año, se quedó definitivamente. Quedaron segundos en liga y fueron directos a la Copa de Europa por primera vez en la historia. En 1960 debutó con la selección absoluta ante Inglaterra y fue varias veces internacional. Poco más tarde, en la 61/62, llegó con los Sevillistas a la final de la Copa, y además disputaron la Recopa. Formó junto a Achucarro la mejor media de la historia del Sevilla FC. En 1964 terminó su contrato y varios clubs estuvieron interesados en él, Barcelona y Atleti entre ellos, pero finalmente marchó al Atlético de Madrid, dejando un dinero necesario, en aquel entonces, para el Sevilla. Con los colchoneros ganó un título de Liga y otro de Copa, y sé personalmente de lo feliz que fue allí, asimismo de lo mucho que le siguen queriendo. Siempre que llaman a mi madre soy incapaz de no poner el oído para enterarme de las buenas palabras que le dedican desde Madrid. Finalizó su carrera deportiva como futbolista en el Granada CF donde yo misma pude comprobar la temporada pasada, cuando fui a visitar al club en el GRA-SEV, el inmenso cariño que también le tienen en la ciudad Nazarí. Si me enorgullece muchísimo el saber lo que consiguió mi abuelo, hablando futbolísticamente, más me llena cuando me hablan de la calidad humana que derrochaba y lo muy presente que lo tienen aún.

Ruiz Sosa no quiso desvincularse del deporte más emocionante del mundo y se formó como entrenador. Dirigió como tal al Lérida, Jaén, Alcoyano, Villena, Oviedo, Linares, Algeciras, RSD Alcalá, Granada, Córdoba, Almería, Atlético Madrileño… Fue entonces, en 1993, cuando regresó a Nervión como segundo entrenador junto a Luis Aragonés, su inseparable amigo. Leí una vez que, en la etapa del Atleti, donde compartieron vestuario, Luis dijo que mi abuelo era “tan necesario para nosotros como el balón en el campo”, declaraciones que personalmente me conmocionaron mucho. Después, trabajó para la cantera sevillista como entrenador y siguió su andadura en el club formando parte de la secretaría técnica, donde perteneció desde sus comienzos al equipo de Monchi. Hasta el último día de su vida estuvo ligado al club de Nervión, lugar que siempre llevaba consigo.

Tal era su Sevillismo, que el día que rompió a llorar no fue estando como futbolista en activo, sino en la noche del 27 de abril de 2006, cuando Antonio Puerta, uno de los chavales a los que había formado en la cantera, logró con un dichoso zurdazo meter a su Sevilla en la final de la Copa de la UEFA. Derramó lágrimas de desmesurada alegría porque su Sevilla volvía a ser grande y porque sentía que eso era tan solo el principio de una bonita historia de amor escrita en renglones de oro.

Suelo ser de muchas palabras, pero sin embargo, este tema me deja muda. Hablar de este asunto me desgarra el alma a la vez que me lo cose. Creo que no me equivoco si digo que las conexiones que compartimos con nuestros abuelos son las más especiales. Todo lo que engloba esa relación se queda completamente inscrito en nuestra memoria y en nuestro corazón, aún más si cabe si se comparte una pasión de esta envergadura. Que si nos falta el abuelo, nos falta un poco de aliento para cantar el gol, se nos humedecen aún más nuestros ojos y sentimos aún más los logros de nuestro club. Es el alzar banderas y bufandas a un solo grito y junto a un único pensamiento y más que evidente dedicatoria. El Sevilla es, sin duda, un apoyo y una vía con la que poder tocar el cielo siempre que queramos. Esto no es solo fútbol, es el recuerdo infinito y la herencia más bonita y apasionante. Esto es cuestión de vivir y sentir una identidad que ya realmente vivía en nosotros mucho antes de que pisáramos este mundo y que por consiguiente seguirá viva eternamente aunque nos vayamos. Y eso es lo que siento con nuestro Ruiz Sosa, aquel centrocampista con escudo por corazón que con su esencia y Sevillismo permanece aquí de forma inquebrantable.

Yo era pequeña cuando desgraciadamente se nos fue nuestro Manolito, pero de siempre he sentido que todo lo que él valoraba y amaba a este club me lo dejó totalmente impregnado. Y es que a veces la vida cambia, y se lleva consigo una parte de ti que jamás pensarías que te iba a faltar. Pero sí, se la lleva y de la forma más cruel e inesperada. Es entonces, cuando sin apenas darte cuenta, sientes que hay algo que te reconforta y que es capaz de cerrar un poco esa maldita herida. Hasta ahí y mucho más llega mi Sevilla. Para mí, pasa fronteras dentro de mi corazón, no hay nada que me remueva más el alma ni nada que pueda sanarme mejor que él. Estoy segura de que, cuando nací, Ruiz Sosa me presentó a su Sevilla con la idea de que si él algún día me faltaba, yo pudiera aferrarme a nuestro escudo y sentirle conmigo, para que cuando más notara su ausencia pudiera pisar nuestro estadio y subir un peldaño más cerca del cielo, para que cuando necesitara contarle de mí tuviera cánticos con los que poder expresar el amor que compartimos, el Sevilla es mi abuelo, y mi abuelo es el Sevilla. Mientras tanto, seguiré con la manía de santiguarme cuatro veces mientras camino dirección a mi asiento con la camiseta del club más valioso del mundo serigrafiada con el número 4 y Ruiz Sosa a la espalda.

No es el dolor lo que duele, sino el vacío que nos ha dejado y el pensar que no pude abrazarle y celebrar con él las grandes noches europeas que hemos vivido en estos últimos años, ni que podré hacerlo con las próximas que vengan, así que me gustaría realizar una pequeña apreciación a todos los abuelos sevillistas: aquellos que defendieron y lucharon a muerte por el escudo de todos, por los que nunca titubearon en dejar solo a nuestro club en las peores situaciones, por los que pudieron ver a su Sevilla salir campeón en nuestro Templo como a los que desde el cielo disfrutaron tantas noches de gloria europea. Va por todos los culpables de que a día de hoy profesemos esta bendita e incomparable religión.

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