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JOSÉ MANUEL ARIZA 26/12/2020

Ritmo

Saludos.

Muchos de nosotros tenemos edad suficiente para recordar los tiempos en que jugábamos un partido a la semana. Eran seis días en los que debíamos “analizar” (escuchar, leer y un poco ver) lo acontecido por ésos campos en los que nuestro Sevilla FC debía batirse, a pecho descubierto (una fina capa de tela no es una coraza precisamente porque el blindaje lo llevamos más adentro, en el corazón) contra enemigos tan feroces como nosotros mismos. Eran, también, seis jornadas para argumentar, considerando nuestras capacidades, lo que deseábamos/esperábamos para la siguiente contienda: qué habíamos hecho mal y la mejor manera de no repetirlo (los magníficos entrenadores que todos llevamos dentro) Y los pronósticos: la quiniela que fallábamos a menudo por ponerle signo fijo al Sevilla: 1 en casa o 2 fuera que algunos jamás contemplábamos la x.

Lo más temido, siempre, eran los partes de bajas: debilitar el “once” titular podía suponer una pequeña tragedia.

A veces, dos partidos semanales (Liga y Copa) y muy ocasionalmente, Europa. Eran días, como el tiempo antiguo, más mesurado, más largo y pausado. Los sucesos futboleros, por tanto, tenían otras perspectivas espacio temporales.

Pero allá por 2006, un Sevilla recompuesto y renacido de cenizas peligrosas, un Ave Fénix como ningún otro, se aventura con éxito notable en jugar sin solución de continuidad: un partido cada tres días casi toda la temporada. A tal punto nos hemos habituado a digerir, analizar, estudiar partidos que nos hemos sumido en una vorágine pelotera propia de los tiempos que corren: no hay tiempo para nada y solo se vive el momento. Apenas superado un encuentro (se gane o no) se nos echa encima el siguiente. Y si aquel era difícil, el próximo puede ser más complicado aún.

Cada tres días son 72 horas y no siempre se cumplen: no te llamas como otros agraciados.

Siempre nos molestaron de sobremanera los parones de Selección porque nos dejaban huérfanos de Sevilla muchos días. En los últimos años y al ritmo al que nos hemos dotado, ésos parones son todavía más insufribles. Más aún, nos debatimos entre no querer que los nuestros acudan por el riesgo cierto de lesiones (yo) y los que querrían ver a dos o tres de los nuestros en el once nacional. Nos enorgullecemos de tener campeones del mundo con nuestros colores pero maldita la gracia que nos hace verlos con otra camiseta, la que sea. Es bien cierto, sin embargo, que alguna vez nos han venido bien (éste año saturado, por ejemplo) para recuperar efectivos.

Jugar a ése ritmo exige una plantilla larga y aunque siempre deban salir los mejores (según los criterios del míster y que no pocas controversias suscitan entre los aficionados ya que la máxima propone: si funciona, no lo cambies) el nivel de exigencia puede provocar agotamiento físico y mental en los jugadores. Sí, es cierto que son jóvenes, fortísimos y preparadísimos, con físicos envidiables y con cuidados y atenciones médicas como pocos; que lo que quieren es jugar siempre (los vemos cabreados cuando los cambian durante un partido) pero también se rompen (nos guste o no, son humanos) y debemos tener suplentes de nivel similar o parecido porque es imposible disponer de 25 titulares. Ni siquiera los más poderosos los tienen aunque consideremos que los banquillos de ésos ricos son de altísimo nivel; en cualquier otro conjunto menos rico, titulares indiscutibles.

En éste mundo futbolero en el que todo se construye alrededor, con y por el dinero y donde, por ello, el aficionado pierde cada día más valor como elemento de soporte de los equipos (en el sentido tradicional del término) los clubes se aferran a los derechos de televisión (los nuevos aficionados virtuales) como la parte del león de sus presupuestos anuales. Cada jugador, desde ésa óptica monetarista, es una inversión económica de alcance y por tanto, cada minuto que permanece lesionado/sancionado/parado un “primer espada”, supone una pequeña sangría de caja para el Club. En una Sociedad Anónima (Deportiva) los jugadores son activos y el Sevilla es especialista en revalorizarlos.

¿Nos imaginamos un Sevilla FC con unos presupuestos de, digamos, 700 u 800 millones como poseen muchos de los equipos contra los que tenemos que pelear? Pero los que padecemos el síndrome de Goliat hemos aprendido que no hay enemigo grande y que los sueños, por imposibles que parezcan, se cumplen.

El ritmo es el que es y es el que queremos que sea: jugarlo todo y en todas las competiciones en las que participamos. Además, queremos ganar alguna de ellas y si es posible, dos (ya lo hemos hecho más de una vez).

Yo lo definiría como “jugar con la lengua fuera” o “ritmo infernal” y por lo que hemos podido vivir en los últimos años, nos va bien a pesar de algunos tropiezos: las recompensas nos están permitiendo asistir, suerte que tenemos, a la época más laureadas de Nuestro Equipo.

Nuestro David tumbando gigantes con tres hondas: Escudo, Bandera y Afición.

Cuidaros.

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