Cabecera Columnas Blancas
image
JOSÉ MANUEL ARIZA 14/12/2020

La mente en blanco

Saludos.

Y rojo, por supuesto.

No soy analista de fútbol porque no tengo la capacidad ni la perspicacia (que tanto admiro en otros) y porque mi único título consiste en ser aficionado desde que me tuve en vertical. Me resulta imposible estudiar las estrategias o las tácticas de un partido, ni siquiera a posteriori, porque se me escapan demasiados aspectos que no controlo y como no tengo ni idea, me quedo mirando el marcador al final.

Obviamente, si un jugador está remoloneando por el campo, lo noto; si otro se deja la piel (le salga mejor o peor) lo percibo; si aquel es un posible diamante con cuatro pases o carreras, lo ¿adivino?; si el conjunto se mueve en un acordeón perfecto, también lo noto… pero luego no me pidáis un análisis sesudo de lo vivido porque os decepcionaré. Como mucho, podré decir magnífico o ladrillo, partidazo o me cago en tó.

Voy a los partidos de MI Equipo con la mente en blanco (y rojo) y siempre con el deseo  profundo e íntimo de dejarme encantar, de permitir a los magos del balón con los pies que me enamoren aún más. De salir henchido de mis colores, de mi escudo, de mi bandera y de mi afición. La mía, la que comparto con tantos hermanos.

Y voy a ganar siempre y contra quien sea porque no me imagino desde otra posición. Mi optimismo con el Sevilla Foot-ball Club no tiene límites… aunque a veces me decepcione un poquito.

Lo mejor de un buen partido es que unos minutos después de terminar ya es Historia. Historia de la buena (a veces mala, ciertamente, pero es la mochila vital que no tiene fondo) y que enseguida renace en el anhelo de acudir al siguiente hito histórico. Mi Historia, la que he vivido y vivo y con suerte (los hados y demás) viviré un tiempo todavía. Sea cuando sea, me llevaré al Tercer Anillo una talega de plata como nunca antes, para que la palpen y degusten las/los que allí me esperan.

Pero una buena digestión tras la victoria y con una sonrisa tallada en mi cara a lo Bernini, no tiene precio.

Porque mi historia es conocer la Historia y porque el fútbol es la única religión en la que puedes ver a tus dioses en persona. Con suerte (yo la he tenido muchas veces) estar cerca, saludarlos, darles la mano y ver que detrás del halo hay personas. Son estos dioses los más griegos de todos porque a su condición de divinos se une la de humanos (con sus aciertos, fallos, defectos… con su divinidad y sus súper poderes). Sufren, padecen y lloran mientras se codean y patean con otros héroes, convocan a las fuerzas de la naturaleza y a las del Olimpo para goce y disfrute de los mirones, de los testigos, de los jueces de grada con sus fallos inapelables: pulgar arriba o pulgar abajo, inventarían un tiempo más tarde y no demasiado lejos, para determinar la suerte de los encausados.

Decía Plauto (s. III a. C.) que el espectador (del latín spectator: el que tiene el hábito de mirar y observar, de contemplar algo) lo era también “el que contempla un espectáculo público”.  Como podemos observar (“spectatores”) y desde entonces, parece que lo “público” se hubiera podido adueñar del término porque raramente lo aplicamos en otros ámbitos. Y lo público se articula todo para atraer espectadores, para atiborrar cines, teatros, conciertos… y campos de fútbol.

Tanto talento aplicado al espectador que se inventan métodos para juzgar desde tu propia casa y sin necesidad de acudir al Stadium, al Circo o al Anfiteatro: son los gladiadores los que te visitan a ti para que cómodamente instalado y con una calidad impresionante, decidas su suerte: bueno, malo, pésimo o extraordinario en sus estocadas (goles).

Cuando lees mitología griega ves una sucesión de crueldades sin límites, peleas, muertes, celos, infidelidades, envidias… lo mismo (casi) que en las demás religiones, lo mismo que en el fútbol pero en carne y hueso. Los dioses helenos aparecen como más humanos, más próximos, más cercanos porque los puedes ver años y años y sangran, lloran, se rompen o los colocamos en los altares para la eternidad, les erigimos estatuas.

O para una temporada: unos dejan huellas profundas y otros un mal recuerdo.

A veces, también, las batallas se dirimen lejos del Circo, entre los propios espectadores.

Y como en el teatro, griego, las máscaras (las hipocrités) nos las repartimos generosamente dentro y fuera de la arena (el césped). Vamos con las mentes en blanco (y rojo) para llenarlas de emoción sin barreras y a veces, para tocar la Gloria.

Cuidaros.

You might also like

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies