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Autor
MAMEN GIL 26/11/2020

El fútbol que me vale

Hubo un tiempo en el que los domingos eran sinónimo de fútbol y la Gran Plaza nuestro centro neurálgico. En esos primeros años de mi infancia aún éramos muy pequeños solo iban al Ramón Sánchez Pizjuán ellos, los padres, y algún que otro niño (varón, por supuesto). El resto íbamos llegando para la merienda. A veces quedábamos con los amigos y otras, con los abuelos, pero siempre quedábamos allí, en La Ponderosa.

Mientas ellas, las madres, charlaban, nosotras, las niñas, correteábamos por los alrededores. De vez en cuando nos acercábamos a las mesas y dábamos cuenta de la merienda. A pesar de nuestros gritos y nuestras risas, siempre llegaba con nitidez los ecos de los goles del Sevilla. Entonces, corríamos a nuestras mesas a reunirnos con las madres y todos, adultos y pequeños, lo celebrábamos como si estuviéramos en el estadio: manos en alto, besos, abrazos, palmas, ¡viva el Sevilla!… era fantástico.

Después llegaban ellos, los padres, con las sonrisas de oreja a oreja y nos contaban qué tal había ido el partido. Era como si lo estuviéramos viviendo en directo. Esas narraciones no tenían nada que envidiar a esas otras que escuchábamos los domingos que jugábamos fuera, en casa de mis abuelos, primero en torno a la vieja radio de madera, después alrededor del primer transistor moderno que llegó a casa de mis abuelos.

Y mientras ellos, los padres, contaban cómo había ido el partido, yo soñaba con acompañarlos algún día. Quería estar allí, en ese campo aún inacabado pero que a mí me parecía perfecto, porque lo que se ama siempre es bello.

A veces los sueños se cumplen y ese día llegó, así es como sin soltar la mano de mi padre en ningún momento, recorrimos en silencio la antigua calle Padre Coloma (actualmente Cristo de la Sed). Yo iba aguantando la respiración y solo se me escapó un suspiro cuando empecé a vislumbrar el córner de gol sur, ese que sería nuestro espacio durante varias temporadas.

No recuerdo cuál fue ese partido ni cómo quedó, pero lo que nunca he podido olvidar es esa frase que me estremeció, ¡árbitro, aborto de rana!… A mi corta edad no lograba entender exactamente el significado de esa frase, pero por el modo en el que lo gritó y por la mirada y el asentimiento de los demás, deduje que ese señor de negro, no el de la serie de televisión que interpretaba José Luis López Vázquez, sino el árbitro, sería un enemigo más.

Cuando terminó el partido y me preguntaron qué tal me había parecido, no comenté nada de esa frase que, en los días posteriores se convirtió en una verdadera pesadilla, pues soñaba una noche sí y otra también, con ranas asesinas y con árbitros con caras de anfibios.

No, no me aburrí como había imaginado mi padre y, ante mi insistencia, no tuvo más remedio que hacerme socia. La Gran Plaza siguió siendo durante algunos años más nuestro punto neurálgico, pero ya habíamos cambiado las meriendas de La Ponderosa por los pepitos de lomo de Casa Prieto.

Decía Fontanarrosa que el fútbol que vale es el que uno guarda en sus recuerdos y estos retazos de la memoria son también ya partes del fútbol, de ese fútbol que me vale.

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