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ENRIQUE VIDAL 26/11/2020

El 10

Pocas veces un dorsal dice tanto de quien lo porta. El diez. El uno y el cero, una pareja de números que simboliza la esencia de D10S.

Fue y será eternamente Diego el primero, el único, verdadero primus inter pares. Y también el cero, la nada, el vacío de alguien que estuvo permanentemente rodeado de todos y sin embargo vivió siempre en la más absoluta soledad.

Nadie ha sido ni será más que él en el mundo del fútbol, un mundo que trascendió hasta convertirse en un mito universal de la cultura pop. Cuento una anécdota personal para acreditarlo. En 1993, en Nueva York, destino del viaje fin de carrera de mi promoción de Derecho, curioseando entre baratijas en pleno Chinatown, los vendedores, listos como el hambre, al percatarse de nuestro idioma, nos daban palique para tratar de que les comprásemos algo. Enseguida la pregunta por tu país, tu ciudad, etc. Al decirles Sevilla (insisto, un chino americano en Manhattan), la respuesta fue: -Ah, Sevilla, Maradona.

A Diego no lo rescataron de la pobreza durante su infancia. No tuvo a su alrededor médicos, nutricionistas, endocrinos que ayudaran a su desarrollo físico. No pudo aprovecharse de una alimentación sana y adecuada para el deporte de élite. No fue objeto de planes específicos de musculación, fitness ni nada por el estilo. No vivió súper protegido en una burbuja de mimos, obsequios, cuidados personales, atenciones para su familia, etc. No residió en las afueras, en un barrio elitista. Ni siquiera creció en un país democrático, moderno, con infraestructuras dignas, aquello que pudo llamarse un día un estado del bienestar, sino bajo una de las más crueles dictaduras que se recuerdan, donde cada día imperaba el miedo de quién sería el próximo en caer. Un país tomado por el ejército que lloraba cada día con las madres de la Plaza de Mayo. Cuando alguien cuestione su absoluta supremacía como crack futbolístico mundial, recuerden esto.

Recuerden también que Maradona era ya una estrella mundial con dieciséis años, y que desde esa edad juvenil, recibía patadas y agresiones de todo tipo que castigaron su cuerpo como si de un torero con miles de heridas se tratase. Hablamos de la época de mayor permisividad arbitral con la violencia sobre un terreno de juego. No gozó de protección institucional, mediática ni mucho menos en la cancha. Nunca. Goicoechea, Gentile, Camacho y muchos más fueron auténticos cazadores a sueldo en sus enfrentamientos con Diego, al que machacaron impunemente porque los árbitros de entonces hacían la vista gorda para que el espectáculo no decayese. Si alguien pone en duda el liderazgo histórico de Maradona, piensen lo que les digo.

El fútbol es un deporte de equipo, y tampoco tuvo suerte Diego en este aspecto. Jugó en equipos menores, clubs con poco nombre en su tiempo o con un nivel muy por debajo de lo que fueron, antes o después. Barça, Boca o Sevilla no eran en tiempos del astro lo que habían sido o lo que fueron después. La selección argentina a la que encumbró Maradona era una vulgaridad futbolística absoluta. Lo que hizo con el Napoli es como si un futbolista cualquiera llega, por ejemplo, y con todos mis respetos, al Cádiz, y le hace ganar ligas, copas y títulos europeos. Por estas mismas razones fue el centro de la ira de los grandes a quienes usurpó de su trono (Madrid, Bilbao, Milan, Juventus, Alemania, Inglaterra, Italia, etc.) y estuvo en la diana por su vida deportiva y personal. No tuvo la suerte de integrar ningún dream team ni ser entrenado por genios de la pizarra. Todo lo que consiguió lo hizo gracias a sí mismo y a pesar de los demás. Pelé tuvo al Santos, Di Stéfano al Madrid de Bernabeu, Messi a Guardiola y al mejor Barça de la historia, pero Diego … ¿A quién tuvo Diego?

Al carecer de una educación mínimamente seria, no contaba con instrumentos para sobreponerse a la vorágine de sus días. No tuvo quien le protegiera de sí mismo y, sobre todo, de tanto vampiro como se le acercaba para exprimirlo. Al igual que en la cancha, lo daba todo en todo momento y todo lo hacía al límite. Nunca pudo sobreponerse a su generosidad, y todos nos aprovechamos de ella. Si grande fue su fútbol, no menos lo era su corazón. Víctima de las drogas y el alcohol, mujeriego, fiestero, pero pendiente de sus compañeros como nadie y demostrando su liderazgo cada domingo. Por ello, cualquier equiparación con nadie es improcedente. Para comparar hay que hacerlo con todos los elementos de juicio encima de la mesa, en igualdad de condiciones. Y esa batalla, ese debate, solo conoce un ganador, Diego Armando Maradona Franco. Objetivamente. Lo demás es demagogia o fraude, y no se sostiene.

Ha muerto el hombre como morimos todos, solo. La nada en que lo convirtieron desde su retirada del fútbol se lo ha llevado de entre nosotros. Pero seguirá siendo nuestro D10S imperecedero. No sufras más Diego, descansa por fin de las patadas de la vida y disfruta junto a tu homólogo de las barbas blancas, allá en la cancha del cielo, rememorando antiguas hazañas tá, tá, tá … querido barrilete cósmico.

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