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CARLOS MARTÍN 15/10/2020

Sé de un lugar

(Suena Triana con el recuerdo vivo de Jesús de la Rosa y el eco de un gol en el Sánchez Pizjuán aún fresco en la memoria).

Eduardo Galeano, escritor uruguayo fallecido el día antes del 2 a 1 de la ida de cuartos de final contra el Zenit, es decir cuando solo tres Europa League decoraban las vitrinas en abril de 2015, llamó a las cosas por su nombre en ‘El Fútbol a sol y sombra’ para expresar mediante sus relatos lo que muchos comenzaríamos a sentir desde hace algunos meses. “Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al fin del partido”.

En estos tiempos de parones prematuros a causa de las selecciones, y en los que añorar el fútbol de verdad, el de los clubes, parece que está en una posición preferente en el listado de pecados capitales, es inevitable acordarse con cierta morriña de las rutinas y emociones que han ido dando sentido a esta pasión. Cuadrar los compromisos y el festejo familiar según los partidos de local, un horario que te parte el día o un árbitro que no agrada a nadie. La eterna cola a la puerta del estadio mientras suena el himno con otra previa muy corta en una semana muy larga. Una avalancha tras un gol en el descuento. Tres puntos de oro que volverán a quitarte el sueño por la adrenalina postpartido y hasta una almohadilla bajo el brazo que escucha nuevamente camino de casa que no se juega a lo que se jugaba antes. Quién nos iba a decir el pasado 1 de marzo tras vencer a Osasuna en el último partido en casa que la nueva normalidad nos dejaría sin detalles así.

Aficionados herederos de una rutina llena de nostalgia con un fútbol huérfano de bufandas de un gran valor sentimental que volaban al viento para ser perdidas en las gradas. Robaron algo que daba sentido a una vida en blanquirrojo y que era recetado como mínimo una vez cada quince días. Una vacuna que durante 90 minutos era capaz de sanar todas las taras. Porque este amor, que fue creciendo hasta convertirse en locura camino del estadio y no frente la pantalla, también sabía de exilios en lugares como Carranza, Chapín, Nuevo Arcángel o Almendralejo. ¿Y quién ha levantado la voz para hablar de esta pérdida? ¿Qué estamento, parte implicada u colectivo se ha puesto en la piel del aficionado para comprender este escenario o acortar los plazos? Efectivamente, las mismas que en anteriores en ocasiones levantaron la voz por el cambio de sede de la supercopa. Cuidar al aficionado no es un discurso que venda ni genera un valor añadido porque se sitúa al lado del eslabón más débil de la cadena. Incluso en ciertos campos se vive mejor sin que se apunte al palco, se escuche el runrún en la grada si no llegan los cambios o se falla a puerta vacía.

En este nuevo tiempo en el que se habla de pérdidas económicas o de derechos de televisión se cuelga el ‘no hay billetes’ mientras los aficionados son sustituidos por un decorado virtual que tapa los asientos vacíos. El pregonado ‘Respect’ con su ‘animar no es insultar’ es una realidad exitosa al sonar una banda sonora artificial con cánticos en los que no es necesario el temido ‘apuntador’. Un escenario ideal en el que ya no hace falta cuidar los productos de las barras, negociar los precios como visitantes o comparar el cupo de entradas que se asignan a los socios y a los patrocinadores. La situación sanitaria manda mientras la sección de deportes muestra por televisión como un nuevo estadio en Alemania, Holanda, Bélgica o Francia abre sus puertas a un representativo porcentaje en las gradas.

Aunque en este nuevo escenario en el que nos encontramos toca detenerse en los segundos de diferencia que rompen cada semana con la magia. Esos que separan el canto de un gol entre los que ven el partido en la barra del bar por TV, desde la App móvil, en la plataforma de pago o lo escuchan por la radio. 90 segundos de diferencia que hacen que cada tanto deje de ser un grito unánime y se convierta en un eco cada vez más apagado. Un festejo escalonado que quita la emoción en casa a cada ataque sabiendo que algún otro lugar, si fue gol, ya se cantó.

Una situación que sirve para actualizar el poema de Martín Niemöller. “Cuando finalmente vinieron a buscarme a mi no había nadie más que pudiera protestar.” Se llevaron tantas cosas que incluso se perdió la emoción del gol.

Ojalá aún no sea demasiado tarde para pelear por el aficionado. Ojalá pronto se pueda cantar ese gol. Ojalá se regrese al lugar en el que todo cobra sentido. Hagan posible la vuelta al Sánchez-Pizjuán.

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