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Autor
ALFONSO RAMOS 13/10/2020

El loro de mi vecino

En el mismo sitio. A la misma hora. Como reza la sevillana de Chiquetete. Todos los días, a la hora de la siesta y desde la seguridad que le otorga su jaula, silba el himno del centenario del Betis el cabrón del loro de mi vecino.

“Ole ole ole ole Beti olee, ole ole ole ole Beti olee…”

Así lo canta, sin vocalizar, gracias a Dios, silbando las notas del himno que compuso Rafa González Serna, una y otra vez, como un CD rallado, en bucle, siempre repitiendo la misma estrofa. La plaga de cotorras argentinas que padece Sevilla es un mojón al lado del porculo que da el animalito en mi bloque. Pero, ¿saben qué? Él no tiene culpa.

En Sevilla, cuando nace un crío, antes de cortarle el cordón umbilical a la criatura, el padre ya se ha tomao 3 cervezas en el bar de en frente, le ha sacao al niño el carnet del Sevilla o del Betis y le ha hecho hermano de la Macarena o de Triana. Raro son los padres que a los meses o pocos años no le hacen una foto a su pequeñín en el mosaico del Sánchez-Pizjuán o en el arco de la Macarena. “Herencia de padres a hijos”, suelen titular la estampa. Una herencia es un chalé en Matalascañas, carajo. Heredar pasión no está mal tampoco, pero en la mayoría de los casos es más una imposición que le cae al niño en lo arto que un privilegio. Como heredar una deuda, heredar supersticiones absurdas o ritos. No seré yo el que reniegue de la vertiente pasional de esta ciudad, porque en ella reside gran parte de su encanto, pero convendría también enseñar a nuestros hijos a pensar y a decidir por ellos mismos, como mínimo con el mismo ímpetu con el que los abonamos a un club de fútbol o los hacemos hermanos de una hermandad. Y seguramente, este que escribe, cuando tenga un hijo, cometa los mismos errores. ¿Cantajuegos pa qué? Mi niño oirá marchas de Semana Santa a todas horas, desde los 2 meses de edad, para que a los 2 añitos nos llene de orgullo a papá y a mamá tocando su tamborcito en un programa de Telecinco. Mi niño aporreará las baquetas de manera repetitiva, sin saber muy bien por qué, para el goce de sus padres.

““Ole ole ole ole Beti olee, ole ole ole ole Beti olee…” No le entrará una afonía al loro, consusmuerto.

De este modo, inconscientemente, seguiremos criando hordas de niños adoctrinados que excusarán su fanatismo heredado gritando a los cuatro vientos que lo que sienten por “su” club y/o “su” hermandad es fruto de una pasión desenfrenada. Rivalidades adquiridas, odios que brotan inevitablemente. Y ellos no tienen la culpa. Tampoco el loro de mi vecino. La culpa es de sus dueños. Pero, a diferencia del loro, los niños no deberían tener dueños, sino padres, y no deberían actuar por repetición, puesto que tampoco tienen el cerebro del tamaño de un altramú.

Cuando tenga un hijo intentaré no criar un loro. Para ello leeré este escrito cuantas veces haga falta para no cometer estos errores. Intentaré no enjaularlo, para que crezca libre. Y, sobre todo, pondré todo mi esfuerzo para que no dé el coñazo a los vecinos silbando himnos o aporreado un tambor.

“Ole ole ole ole Beti olee, ole ole ole ole Beti olee…”

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