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ALFONSO RAMOS 22/09/2020

El guitarrista de la Plaza España

Qué cabrones somos con quienes más queremos. Hay que ver lo que nos cuesta decirnos las cosas buenas a la cara. Coño, que parece que decirle “te quiero” a tus padres o a tus hermanos es como sacar dinero en un cajero ajeno, que conlleva comisión. Lo de sincerarte con algún amigo y decirle cuánto lo admiras, también es casi una quimera. Y lo verdaderamente jodido del asunto no es disponer del arrojo necesario para hacerlo, sino no hacerlo a posteriori. Hacerlo “en su momento” resulta tan difícil como apreciar la felicidad cuando la tienes. Y es que esta vida sería la leche si no existiera el tiempo. Supongo que lo inventaría el mismo mamarracho al que se le ocurrió lo de “el trabajo dignifica”. Porque, claro, cuando me levanto temprano para trabajar por cuenta ajena, me encuentro tan llenito de dignidad que no me cabe ni la media de aceite y jamón del desayuno, sí.

“Quillo, sa muerto Javi el yonki”. Con este mensaje me he despertado esta mañana. Una foto de Javi, que sirve de obituario digital, ha corrido como la pólvora por los grupos de wasap del barrio.

Javi era conocido en Sevilla como “el guitarrista de la Plaza España”, un apodo mucho más digno que el que usábamos en El Porvenir para referirnos a él. Y mucho más justo. Porque, a decir verdad, la única adicción visible de Javi era su guitarra. Y con guitarra me refiero al instrumento, porque no tuvo una sola sino cientos. Muchas de ellas heridas de guerra, con remiendos de esparadrapo. Otras, con menos cuerdas que una flauta. Y rara vez se le veía con alguna impoluta, porque así le duraban muy poco.

Recuerdo, hace unos años, que mi padre se cruzó con Javi y este le dijo que unos desalmaos le habían roto la guitarra, llorando esmorecío. Mi padre no dudó en subir a casa, trincar la guitarra que me regalaron mis tíos por la comunión (y que nunca supe tocar, salvo el punteo de Salir, de Extremoduro, que me enseñó mi hermano), y dársela a Javi. Eso necesitaba Javi, comprensión y reconocimiento “en su momento”. De nada sirven los “qué pena, tío”. “Joé, pobrecillo”. “Qué arte tenía”. Mensajes lastimosos que llegan tarde, sobre todo para él. Coño, que en vida, la mayoría de las veces le rehuimos la mirada, no seamos hipócritas. Y bueno, los que le conocíamos sabíamos que pesao también era un rato. Y resabiao, porque la vida le obligó a ser así. Que te pedía dinero pal autobú en la Calle Valparaíso y todos sabíamos que dormía en un cajero de Felipe II, cuando lo que más había en Felipe II eran bancos. Luego vino la fiebre de los bares de tapas, que obligó a Javi a pernoctar en otros lugares, eso sí, aprovechando la coyuntura para tocar su guitarra por los veladores a cambio de algunas monedas con pelusilla de bolsillo.

La muerte de Javi me ha hecho reflexionar. No podemos ser tan mariconas en el presente y redimir nuestros “pecados” en el futuro. Que me he cruzado a más de una excompañera del colegio a la que traté de inferior por ser poco agraciada físicamente cuando éramos niños y ahora, que está más fuerte que el Instagram de India Martínez, es super agradable conmigo (salta la sorpresa) cuando en realidad merezco ser escupido, cuanto menos. He visto a gente tatuarse el Carpe Diem, como si al depositarlo en tinta bajo su piel ya fueran capaces de llevar a cabo esa actitud ante la vida. Vivamos el presente, sí, pero amando al prójimo, cabrones. Que nos hemos tirado toda la semana hablando de que el Sevilla puede vender a Koundé y estamos a 48 horas de disputarle, o intentarlo al menos, la Supercopa de Europa al puto Bayer. Tengamos respeto por el club al que amamos y centrémonos en disfrutar estos momentos de gloria, que son irrepetibles. Pongamos en valor lo conseguido y lo que se puede conseguir. Porque el Sevilla no son Koundé, Diego Carlos y Ocampos. El Sevilla es tu abuelo, tu tío y tu padre. El abrazo con tu amigo en el salón de casa con 4 platos de ganchitos por testigo. Y luchemos contra la lógica, carajo. Contra los alemanes. Contra los presupuestos. Contra las cuotas de las casas de apuestas. Contra ese cabrón que es el tiempo, que te obliga siempre a darte cuenta de que eres feliz cuando ya no lo eres tanto. Digámonos te quiero ahora, “en su momento”. Y presumamos de Sevilla como lo hacía Javi, el guitarrista de la Plaza España.

Qué más quisiera Nueva York.

Porque Sevilla es Sevilla

que todo es de maravilla

Mira por dónde,

la vida es que nunca se orvida.

Sirva este escrito como homenaje a lo auténtico. A aquel que se muestra tal y como es, mostrando su identidad y su verdad al mundo. Va por ti, Javi.

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