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Y en estos malditos tiempos, apareció el Sevilla

En estos tiempos de dureza extrema, donde cada día es una lucha con el cuchillo entre dientes por sobrevivir, pues un enemigo invisible te asalta a plena luz del día y quema tu vida como una servilleta arrojada a la candela, aparece el Sevilla Fútbol Club para ponerte en los labios una sonrisa y regalarte un soplo de alegría.

Después de interminables días de confinamiento, enciendes el televisor y ves al Sevilla que salta al césped como un león con hambre de muchos días y comienza a destrozar rivales con una virulencia descomunal. Atrás, el equipo blanco es una muralla tan alta que da vértigo, pero en el centro se convierte en una orquesta sinfónica repleta de virtuosos; arriba, el gol se llama de distintos nombres y todos llevan la camiseta blanca.

¿Qué ha podido suceder en este tiempo de forzoso recogimiento, con un goteo de noticias tan desalentadoras que hielan el corazón? Que el fútbol es medicina contra el dolor y el Sevilla un foco de luz cegadora que inunda de ilusión a los buenos aficionados y, en especial, a los sevillistas. Bálsamo de Fierabrás.

En estos tiempos de zozobra y panorama oscuro como el ojo de un pozo, el Sevilla es una brizna de aire fresco, un descarado David que apedrea las sienes de Goliat y baila un tango en su barriga; un Sevilla (de Lopetegui) que escribe una historia tan hermosa que no quiero que se termine nunca, porque alivia las entrañas de las espinas que los atardeceres nos clavaron y ya tengo ganas de que vuelva a amanecer para seguir mirando de frente a Nervión y pensar que el sol sigue siendo sevillista.

Hoy, cuando acaricio la plata de la sexta copa de UEFA Europa League que nos volvió a regalar el Sevilla, me acuerdo de ti, padre; de ti, Jesús, hermano; y, sobre todo, de ti, Pilar, hermana, sevillista hasta en las uñas, que naciste y dejaste el último aliento escuchando las campanas de Triana; también me acuerdo de toda esa gente buena que, desde el callejón del Tercer anillo, alentaron a mi equipo a derribar murallas con su fútbol de tronío y tan angelical, que Vivaldi volvió a ser monaguillo y Camarón, grumete de nuestra fragata.

Yo sé que más allá de Carmona o cruzando las lindes de Aznalcázar, este Sevilla se ve con otros ojos que solo encuentran tinieblas. Pero me importa el escupitajo de una hormiga. El Sevilla Fútbol Club siempre fue un rebelde con causa, un pirata con buena vista y los apaños bien puestos; este Sevilla es compadre del Astérix, que puso firmes a legiones de romanos y habla su propia lengua; es el equipo del orgullo y la casta que solo los sevillistas entienden. Por eso somos así y seguiremos hasta el horizonte de la eternidad, un club de pecho muy grande y corazón inquieto. El club de mi gente que brilla como nunca, alza la voz y es mano poderosa que crece, lucha y vence en estos malditos tiempos.

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